THE MYTH OF THE AMERICAN SLEEPOVER

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The Myth of the American Sleepover

Dirección: David Robert Mitchell

Guión: David Robert Mitchell

Intérpretes: Claire Sloma, Marlon Morton, Amanda Bauer, Brett Jacobsen, Nikita Ramsey, Annette Denoyer, Jade Ramsey

Música: Kyle Newmaster

Fotografía: James Laxton

EEUU. 2010. 96 minutos

Buscando algo a medianoche

 No transcurren muchos minutos de metraje de The Myth of the American Sleepover para que uno ya ubique la mirada de David Robert Mitchell entre, pongamos, un Larry Clark, un Gus Van Sant o un Todd Solondz, o quizá un refinado más suave, al estilo de Cashback (Sean Ellis, 2006). Una mirada naturalista, con un pie en las convenciones del cine indie (definición actual) y otro en la mirada incisiva a aquello que retrata: el cotidiano de la vida de unos adolescentes en un lugar cualquiera de los EEUU, llamando a las puertas de un suceso algo extraordinario (la fiesta de pijamas aludida en el título) que servirá de desencadenante para que la neurosis propia de esa edad crucial en el crecimiento emocional aflore de lo interior a lo exterior, de los sentimientos a los actos.

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Lo cierto es que, desde esos pocos minutos tras el arranque, percibimos en las maneras narrativas de Robert Mitchell una cierta naturalidad y temple para subrayar con la cámara, aunque a veces de forma muy obvia, ese territorio que se oculta tras el comportamiento siempre titubeante de los adolescentes, sus emociones, sus anhelos y dudas. Planos de detalle, o apenas el sentido de una elección de encuadre para subrayar diálogos presuntamente intrascendentes, elevan el interés de esa descripción por otro lado prototípica de los pulsos de los adolescentes que centra los términos en esa primera guerra de sexos a punto de ser lidiada, con las armas de la frescura azotadas por el escudo de los complejos, con esos cuerpos jóvenes y todas esas hormonas pululando por el ambiente. Lo que desconcierta conforme avanza el metraje de la película es no tener muy claro adónde nos dirige. El barómetro de lo inmediato está mejor recogido que, por ejemplo, en muchas y celebradas obras de la llamada “nueva comedia americana”, pero uno no termina de tener claro dónde ha establecido el tono o el énfasis Robert Mitchell. No obstante, el espectador sigue atento al cumplimiento de las expectativas que los cuatro personajes destacados de la función tienen frente a ellos: uno, Scott (Brett Jakobsen), el universitario que evoca la nostalgia a través de dos chicas mellizas que le hacían tilín, y a las que va a buscar a la universidad; otro, Rob (Marlon Morton), un chico que se pasa la noche buscando una joven rubia y muy hermosa que ha visto en el súper por la tarde; otra, Claudia (Amanda Bauer), una chica que está ubicándose entre las pandillas de la comunidad a la que acaba de llegar, y no puede evitar el conflicto para reivindicar su posición; otra, Maggie (Claire Sloma) que se debate entre dos jóvenes que le gustan, y no sabe terminar de decidirse por cuál de ellos deben apostar sus sentimientos…

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Obviamente, las fiestas de pijamas que se ubican en el final de un verano (información suministrada, llamativamente, en el primer diálogo de la película) suponen una ceremonia de transición entre unos pulsos que se dejan atrás, los de la inocencia, y aquéllos otros que definirán las tantas entelequias del futuro. Así comparece en un título que es fruto del más significativo diálogo de la película, aquel que el joven que trabaja en la piscina mantiene con Maggie durante la fiesta en la que se traban amistad. Con esa noción por bandera, conforme van progresando esos diversos short cuts (que el cineasta administra de forma admirable, concatenando las situaciones sin tratar de insuflar sofisticación a la manera de entrecruzarlos, consciente de que los conceptos que pone en solfa dramática son intercambiables, o al menos parientes cercanos), comprendemos que, si el hilo espiritual que termina de trenzar esos relatos individuales es el de esa línea fronteriza entre la infancia y la primera edad adulta, el debutante Robert Mitchell (escritor del guión, amén de director) tiene la suficiente clarividencia, sensatez, talento para efectuar una evocación muy marcada por lo implosivo, por lo tácito y sugestivo de esos sentimientos a flor de piel, y también por cierta abstracción/poética que emerge de forma subterránea, a menudo a través de símbolos que el cineasta va sembrando en las imágenes y en el relato.

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La aparente falta de pretensiones de The Myth of the American Sleepover termina resultando quizá su mejor virtud, el aliado de una personalidad que al final se desmarca de los referentes/espejos enunciados al principio merced de, simplemente, susurrar las cuestiones asociadas al angst adolescente en lugar de hacerlas explotar como catarsis o traumas. Es un relato bien trenzado, más denso en su exploración de lo que aparenta su progresión suave, nada estridente en definiciones de choque (coda a la que Robert Mitchell sabe entregarse de forma coherente hasta el final), y que seduce por la sutura de sus premisas y por la frescura e inteligencia con la que captura esos conceptos difusos, apasionantes, sobre los cambios de tornas en las edades de la vida. Resulta ciertamente curioso que esa tendencia a la depuración en imágenes de ideas abstractas sobre el hacerse mayor, ese minimalismo expresivo, esa renuncia a toda estridencia, encuentre una evolución bastante coherente en el género del puro horror en la siguiente obra del director, la celebrada It Follows (2014)…

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