TOMORROWLAND: EL MUNDO DEL MAÑANA

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Tomorrowland

Director: Brad Bird.

Guión: Brad Bird, Damon Lindelof y Jeff Jensen

Intérpretes: Britt Robertson, George Clooney, Hugh Laurie, Raffey Cassidy, Judy Greer, Kathryn Hahn, Lochlyn Munro, Chris Bauer, Tim McGraw, Paul McGillion, Raiden Integra

Música: Michae Giaccino

Fotografía: Claudio Miranda

EEUU. 2015. 129 minutos

 

Con un poco de imaginación

La Walt Disney Pictures acumula, en los últimos años, un corpus interesante de propuestas no animadas ni dependientes de sus multimillonarias franquicias. Interesante por ese propio desmarque, en el mosaico de la política creativa de la productora, que revela un cierto riesgo (los números en el box office cantan) a la hora de asumir proyectos: parece que a los ejecutivos de la compañía, quizá conscientes de que hoy la taquilla no es ya el barómetro útil para medir la rentabilidad de un producto, no les tiembla la mano en apostar mucho dinero en mecenazgos creativos y en propuestas que pueden fracasar pero, si tienen éxito, asegurarán réditos a largo plazo mediante secuelas y derivaciones en todos los ámbitos del mercado que el conglomerado maneja. Podría ser ése el caso de John Carter (Andrew Stanton, 2012) o de El llanero solitario (Gore Verbinski, 2013).

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Como en la fábula marciana basada en Edgar Rice Burroughs, se ha encomendado la realización de esta Tomorrowland a un director forjado en la Pixar, Brad Bird, y a un guionista de éxito y personalidad, Damon Lindelof, la participación en la confección del guión (que el propio Bird cofirma). Lindelof no deja de ser una conexión Abrams, el cineasta encargado de la remodelación tan esperada de la franquicia Star Wars. Y quien esto firma, pensando en la baraja de todos estos nombres, los Abrams y Lindelof, los cineastas de la Pixar, el Whedon de las películas sobre Los Vengadores, medita sobre el hecho de que, si bien es imposible equiparar épocas en la industria, los enumerados podrían ser vistos como los equivalentes de los Spielberg, Lucas o Coppola en los años del New Hollywood. Por supuesto habrá quien se eche las manos a la cabeza ante semejante argumento (¿sacrilegio?), pero vengo a referirme a personalidades creativas. El maltrecho Hollywood de principios de los años setenta nada tiene que ver con el paisaje tan transmutado de la industria hoy, pero esa industria necesita siempre creadores que ofrezcan una determinada mirada, que pulsen teclas por inquietudes, que subrayen unos temas o puntos de vista y dejen otros de lado. Y en ese sentido, gusten más o menos los resultados, y dejando la nostalgia aparte, esta batería de nombres capitalizan una parte importante de la creatividad en el seno de la industria del cine de hoy, y es dato relevante su asociación con la Disney. Desde el ejemplo más paradigmático de todos, John Lasseter, no se trata de nombres forjados en el seno de la WD Pictures, sino talentos cazados por la productora. La pregunta del millón es hasta qué punto tiene lugar el pacto entre los motivos artísticos y los, digamos, crematísticos.

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Y es una pregunta que una película como Tomorrowland hace difícil de contestar. Porque, a pesar de nacer como un proyecto que tenía que dar réplica cinematográfica a unas atracciones de los parques temáticos Disney, los resultados cinematográficos resultan desconcertantes, y probablemente más para lo bueno que para lo malo. En Tomorrowland se dan la mano dos creadores, Bird y Lindelof, que aúnan la solvencia artesana en sentido amplio (la capacidad para confeccionar ficciones del gusto del gran público) con una sofisticación en las maneras narrativas que procede del gran aparato artístico de la animación y de las series televisivas, las dos fuentes de mayor talento e innovación del audiovisual estadounidense de hoy. Aunque he leído alguna crónica despistada que nos dice –supongo que por aquello de que aparecen unos niños– que Tomorrowland pretende recuperar el aspecto luminoso, sencillo y buenrollista de la ci-fi de los años ochenta, poco termina habiendo de eso en la película. No hay sencillez, sino un argumento sofisticado plagado de reflexiones metanarrativas, la luminosidad es cuestionada como coda  argumental (conviven dos miradas enfrentadas en su visión del progreso, y ése es al fin y al cabo el tema de la película) y el buenrollismo está decididamente en fuera de juego, y me refiero al hecho de que, si algo se le puede achacar al filme, es que no es una obra entretenida, y que su estructura, de compleja, es a veces problemática, todo ello a tono con esa densidad aludida.

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En la miga narrativo-discursiva de la película, más allá de la puerilidad (también sofisticada, en esta ocasión) que es dable esperar de las películas de la productora (ese enfrentamiento entre los dos lobos, el de la luz y el de la oscuridad, que todos llevamos dentro, y que vence el que mejor se alimenta), hallamos algunas semejanzas con la muy cercana e interesante Big Hero 6 (n Hall, Chris Williams, 2014), película disfrazada de aventura animada con ingredientes superheroicos pero que también estampaba en su tablero argumentos cienciaficcionescos para proponer reflexiones interesantes sobre la era en la que estamos viviendo, en la colisión entre los agigantados progresos tecnológicos y el cuestionamiento ético asociado a esos progresos. Tomorrowland se toma bastante tiempo, medio metraje, para plantear el relato en sus términos. Es un peaje que Lindelof y Bird juzgan necesario: arriesgan a desentrañar el relato con calma, a partir de la presentación sucesiva de los dos personajes principales, y juegan la baza del sense of wonder en las secuencias más aparatosas de esa primera mitad del metraje, logrando secuencias tan memorables como la del hallazgo del pin que teletransporta (en una solución visual muy efectiva) a Casey Newton (Britt Robertson) al Mundo del Mañana. En la segunda mitad, la imaginería asociada al progreso se compagina con una sucesión de secuencias de acción e impacto (desde el episodio en la tienda vintage de artículos de coleccionista relacionados con el cine “del espacio” –por supuesto atestada de objetos/guiño para el espectador, desde las innumerables referencias a Star Wars al autohomenaje en la figurilla de un Increíble–, al enfrentamiento climático con el prócer de Tomorrowland, Nix (Hugh Laurie), pasando por la fuga de la morada de Frank Walker (George Clooney) cuando ésta es asediada por enemigos), pero también hay espacio para el sense of wonder puro (la conversión literal de la Torre Eiffel en una lanzadera, fruto de una idea de guión genuinamente steampunk y en una veta à la Alan Moore de La Liga de los Hombres Extraordinarios) y una sutura de situaciones y diálogos en los que se van condensando los elementos filosóficos sobre los que progresa la trama, y que de ningún modo pueden reducirse, a pesar de los inevitables efectismos, a lo esquemático y maniqueo.

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Semejante baraja de elementos da lugar inevitablemente a un metraje irregular, y muy mal estructurado si acudimos al manual que nos habla de la compensación entre presentación, nudo y desenlace. Y de ello se sigue que Tomorrowland fracase estrepitosamente como filme de neto entertainment. Ese roller-coaster de situaciones, tonos, cinéticas y efectos especiales sin duda resulta agotador, pero no porque aburra, sino porque a menudo sobrepasa. ¿Hubiera sido una película más redonda si la exploración hubiera sido más precisa en algunos elementos a costa de dejar de sugerir otros, o es precisamente más fascinante por la fecundidad de temas barajados, a pesar de que unos se apuntalen y otros queden en el aire? Es una respuesta imposible, que depende de las preferencias intelectuales-emotivas de uno, o de la clase de predisposición con la que se enfrenta al visionado de la película. A mí me seduce por la fuerza imaginativa de muchas soluciones visuales y el partido narrativo que se le extrae a la imaginería propia que propone, lo que revierte en términos de coherencia y de riesgo, esto es su capacidad por llevar a la hipérbole la entelequia del progreso mientras por otra parte cuestiona sus bondades, algo que puede resumirse en las constantes dicotomías que plantea la película (los niños y los adultos, el éxito y el fracaso, lo mesmerizante y lo ruinoso, el destino inevitable y el libre albedrío, las luces y las sombras del talento científico elevado a la máxima expresión…), y que si los responsables de la película resuelven de forma luminosa en ese cierre-epílogo en el que nos hablan de la Esperanza (así, en mayúsculas), antes han alcanzado la misma tesis a través de lo dramático: la solución del personaje del robot Athena (Raffey Cassidy), que se sirve de las premisas clásicas de los relatos sobre inteligencia artificial para plantar las tesis de la película de una forma poética, hermosa, conmovedora.

3 pensamientos en “TOMORROWLAND: EL MUNDO DEL MAÑANA

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  3. Hola, Sergi. Acabo de veure «Tomorrowland» i penso que expliques molt bé quina és la naturalesa tan problemàtica i interessant de la pel·lícula. Té una estructura estranya que dinamita per complet el clàssic plantejament presentació-nus-desenllaç (que els cineastes de la Pixar dominen a la perfecció; també Bird, sobretot en «The incredibles»). També m’ha resultat molt interessant com els dos protagonistes conten la història. Després, les seqüències d’acció són brillants però també rares, segurament perquè els dolents no acaben de ser gens creïbles ni temibles. Penso que el punt més feble és l’antagonista, tot i que és un personatge molt interessant i fins i tot fascinant pels dilemes que representa el seu discurs. I d’aquesta riquesa se n’aprofita molt bé la pel·lícula, tot i que també peca de cert voluntarisme new age que a estones la converteix en una espècie d’anunci «coca-cola».
    Ha estat un gran fracàs de taquilla però segur que es valorarà amb els anys. No he vist «John Carter». És un cas similar? M’interessa perquè Andrew Stanton és un dels meus directors favorits de la Pixar, responsable de meravelles com «Wall-E» i «Finding Nemo».

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