DEL REVÉS (INSIDE OUT)

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Inside Out

Director: Pete Docter, Ronaldo Del Carmen

Productora: Pixar Animation Studios/Walt Disney Pictures

John Lasseter, Mark Nielsen, Jonas Rivera

Guión: Meg LeFauve, Josh Cooley y Pete Docter.

Musica: Michael Giacchino

Montaje: Kevin Nolting

EEUU. 2015. 94 minutos

El arco iris de las emociones, el poder de la imaginación

Alegría, Miedo, Rabia, Asco y Tristeza (o Joy, Fear, Anger, Disgust y Sadness, para los que prefieran la precisión de matices de la VO). Cinco engranajes de las emociones cobijadas en la psique de una niña, Riley. Rigen su comportamiento, sus reacciones inmediatas, al tiempo que son los guardianes de los tesoros de su memoria (por mucho que algunas cosas –los recuerdos “esenciales”– se hallen más allá de sus prerrogativas). Desde su cápsula, especie de buque de control que la cámara localiza en alguna ocasión en el interior de la frente de los personajes, acceden a contemplar el mundo exterior desde una gran pantalla que son los ojos de la niña, pero en el extremo opuesto de su cápsula hay otro gran mirador, uno al interior, que muestra estructuras de comportamiento consolidadas –la familia, la amistad, la sinceridad, la hilaridad y las aficiones, en este caso el Hockey–, y en la lejanía, separados por un espacio que recorre el autorrailado tren de los pensamientos, los depósitos de la memoria, el lugar de la imaginación o el estudio cinematográfico en el que se manufacturan los sueños (sic). La mera premisa de Inside Out es despampanante: convertir en algo tangible y un mundo narrativo la vida interior de una persona no deja de ser un hallazgo de pura genialidad, un arrebato de audacia que viene a materializar la infinidad de metáforas que el cine, o las artes en general, han utilizado para aproximarse a lo psicológico y emotivo.

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No es de extrañar que el máximo responsable del filme sea Pete Docter, uno de los más brillantes profesionales de la factoría de John Lasseter que, tras participar como guionista o colaborador creativo en diversos ya clásicos de la Pixar diera el do de pecho con la sensacional Monstruos SA (Monsters Inc., 2001), responsabilizándose también, aparte de su secuela, del guión (co-escritor) de WALL-E (Andrew Stanton, 2008) y de la realización de Up (2010). Inside Out –que cuenta con un segundo director, Ronnie Del Carmen, con menor bagaje en la compañía y forjado en los story departmentsculmina una trayectoria que acentúa la carga abstracta y la modernidad (revolucionaria, diría) de planteamientos de la factoría, sin duda dos de los más destacados pilares, de entre los referidos a la elucubración de relatos, que han hecho de la Pixar lo que es, probablemente la productora que atesora más genialidad en el cine de las últimas décadas (no, no me he olvidado de escribir “de animación” después de “cine”). Pero esa carga abstracta y esa modernidad de planteamientos para nada están reñidos con la emotividad, otro de los pilares fundamentales de los relatos de la Pixar, y eso se lleva al paroxismo en Inside Out, una película que de hecho podríamos calificar de epítome del completo bagaje de la productora de Lasseter, porque si siempre se ha dicho que la Pixar prima la originalidad de los relatos y la riqueza dramática que dirimen sus personajes, aquí nos hallamos con una sencilla premisa –el proceso de angustia que sufre una niña de once años, Riley, cuando, por razón del traslado de su padre, se ve obligada a dejar atrás la vida que llevaba y empezar de nuevo en otro lugar, muy lejos del que siempre fue su hogar– que es exprimida hasta extremos impensables, convirtiendo la definición dramática de ese personaje, el desglose de esas emociones y angustias, en motor literal y finalidad del relato.

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Si antes decíamos que la mera premisa de Inside Out resultaba despampanante, no es menos cierto que en el mismo arranque de la función (ese proverbial encaje de bolillos para presentar sus relatos que es marca de fábrica en Pixar) uno comprende que la profunda carga abstracta del relato y la capacidad analítica inagotable que ofrece su prisma original posibilitaban, a priori, infinidad de opciones narrativas de desarrollo. Quizá en ese despliegue de piezas inicial, Inside Out se postulaba para convertirse en una comedia brillante y sofisticada. Pero Docter, Del Carmen y los guionistas eluden esa senda, dejando la sensación de que es un abandono de una vía fácil (¡como si articular comedia lo fuera!), para en su lugar adentrarse en territorios mucho más ambiciosos, mucho más arriesgados, sin duda mucho más frágiles en lo que concierne a la relación con el público. Docter y el equipo de guionistas deciden traducir la crisis de Riley en una odisea lewiscarrolliana que hermana a Alegría y Tristeza en un tránsito por los rincones más recónditos de esa vida interior que de forma tan exuberante se describe, con parada en lugares tan llamativos como el subconsciente, el pensamiento abstracto (sic) o … el olvido. Tan aguerrida como moderna apuesta narrativa precisa de una alquimia o coordenadas narrativa inéditas para encauzar lo dramático. Pero el resultado es pariente próximo de Monstruos SA: como en aquélla, Docter y el formidable equipo creativo de la Pixar logran un equilibrio entre las convenciones en las que el espectador (y no debo añadir el grosero epíteto “familiar”) se siente cómodo y su tan constante, tan potente ruptura en el desafiante tablero narrativo. En Up, si lo pensamos bien, también tenía lugar esa tensión en el engranaje narrativo –al fin y al cabo aquel viaje literal de una casa guiada por globos era el enfrentamiento de un anciano con sus frustraciones vitales, un intento urgente y catárquico de zanjar la herida de lo que no había sido su vida–, pero la resolución, a pesar de su brillantez, dejaba algunos puntos suspensivos en lugar de la resolución cartesiana del filme protagonizado por Mike Wazowski y Sulley. Inside Out obra de nuevo el milagro de cerrar el círculo perfecto en una historia tan fértil y saturada de ingredientes abstractos que pronosticaba la imposibilidad de lo cartesiano y la inacabable discusión aferrada en lo meramente intelectual. La emotividad, ya lo decíamos, filtra lo intelectual, eso dota de personalidad a la obra y también identifica su maestría, su capacidad para convertirse en un referente dentro de una factoría donde la excelencia es la norma, pero que no contaba con un título tan redondo desde Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010).

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La receta para alcanzar ese grado de depuración, ese poderío narrativo, radica en la sabia conjunción entre virtudes de escritura y de puesta en escena, todas ellas proverbiales de la Pixar, cada una de ellas siempre distintas en su materialización por bandera autoimpuesta en la productora en lo que a abordaje de temas se refiere (algo que se aprecia igual en las películas convertidas en sagas: junto a las citadas Monstruos SA y Toy Story, Cars, 2006 y 2011). En lo que concierne a la escritura, en Inside Out vuelve a ejemplificarse la diferencia de nivel aún existente entre las –a menudo notables– películas de animación actuales y las películas Pixar: aquí nunca una anécdota, un gag, o la posibilidad de arrancar una risotada al espectador, sacrificarán el sentido determinado, elocuente, y engrasado en la totalidad, de una escena: en Inside Out las anécdotas son incesantes, las situaciones que invitan a la complicidad y la sonrisa también, pero suelen ser fruto directo y armónico del dispositivo narrativo o, en algunos casos, apuntalan desde lo hilarante una idea, y por tanto se subordinan a aquélla. Las anécdotas puras quedan relegadas a los créditos finales, e incluso allí, después de tan copioso caudal de ideas acumuladas, el gag por el gag guarda bajo su chistera una ironía genial que encaja a la perfección en el seno relatado. Pienso por ejemplo en ese payaso que acude a una fiesta infantil y se lamenta de su mal fario profesional, el mismo que, en la terrorífica secuencia del subconsciente, habíamos visto como una de las visiones de lo monstruoso que más perturbaron a Riley en su primera infancia. Es un ejemplo de muchos; de hecho, podríamos hablar de auténtico atracón. Y yendo de lo particular de los ejemplos a lo general de los resultados, permítanme argumentar que aunque Inside Out es sin duda una coming-of-age story, un relato sobre el dolor asociado al hacerse mayor, quedarse con eso sería poco más que quedarse con la mera anécdota argumental en una película que desde el frente narrativo, metanarrativo y lírico trabaja mayúsculas reflexiones sobre los nutrientes de un relato y los mecanismos que se disputan a través de la identificación con un personaje.

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En lo que concierne a la puesta en escena, probablemente la razón por la que, al final, Inside Out se elevará a la categoría de clásico es por su clarividencia, imaginación y capacidad sugestiva a la hora de elucubrar en imágenes las abstracciones que maneja. Podríamos decir que esta es una película sobre lo invisible hecho visible, pero es más adecuado hablar de lo invisible dirimido en una paleta cromática: Inside Out celebra la potencia de su propia premisa mediante una apuesta por la exuberancia y la nitidez en los colores. Los cinco personajes citados al principio de esta reseña se traducen en colores de suma viveza, elementos primarios prestos a una combinación que va desglosando y al mismo tiempo enriqueciendo –el poderío formal de la película es tan intachable como siempre– el paisaje, lo geográfico (ese mundo mágico) por lo anímico en una vorágine de explosiones cromáticas que, en última instancia, vendrían a suponer una especie de línea clara trasladada a la imagen en movimiento, que incluso se sofistican en descomposiciones geométricas y guiños cubistas en uno (no el único) de los pasajes alucinados del formidable viaje. La mirada del espectador queda fascinada de principio a fin por esa celebración de lo cromático que se da la mano con la anarquía de conceptos visuales (esas ferias flotantes que corresponden a las estructuras de pensamiento, imaginolandia, el subconsciente…), y no existe mejor énfasis en ello que la oposición entre las imágenes que discurren en ese mundo interior y un naturalismo descriptivo, el que corresponde con la realidad exterior o la vida en presente de Riley, un mundo real que, en comparación, resulta totalmente desvaído.

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Cuando, desde esta última (hasta ahora) y rutilante parada cinematográfica, miramos hacia atrás y contemplamos el inmenso paisaje de imágenes concebidas por la Pixar, podríamos asimilar la anterior oposición a las razones que explican su capacidad para fascinar e inspirar al espectador: en las películas de la factoría de Lasseter, la imaginación en su definición más pura cobra forma y color, y contempla la aburrida realidad con tanto desprecio… que da vértigo. O se puede plantear de otra forma: el hecho de que Riley sea un personaje tan crucial no por lo que se visualiza de ella (en esas imágenes desvaídas) cuanto por lo que tienen otros personajes (quienes habitan en su fuero interno) que decirnos sobre ella desde la universalidad revela de la forma más preclara el legado de la Pixar: Riley podría ser cada uno de nosotros, lo que vivimos o hemos vivido, o lo que viven o han vivido nuestros hijos; y no es que la Pixar cuente nuestra historia, sino que la engalana, desde la atalaya mágica de la luz oscura de un cine, con el fruto precioso de la imaginación. La imaginación, nos dicen películas como ésta, es el carburante convertido en una estela de arco iris que alimenta los juegos que jugamos en el pasado y que seguiremos necesitando para acceder al futuro. La imagen, ésta por ejemplo, es de un portento lírico indiscutible. Pero algunos aún lo llaman “entretenimiento”…

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