EL ROSTRO DE UN ÁNGEL

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The Face of an Angel

Director: Michael Winterbottom.

Guión: Paul Viragh, según el libro de Barbie Latza Nadeau

Intérpretes: Daniel Brühl, Kate Beckinsale, Valerio Mastandrea, Cara Delevingne, Peter Sullivan, Alistair Petrie, Sai Bennett, Austin Spangler, Rosie Fellner, Genevieve Gaunt, Corrado Invernizzi

Música: Harry Escott

Fotografía: Hubert Taczanowski

GB-Italia. 2014. 108 minutos

El doloroso work in progress

Las premisas de El rostro de un ángel –un director de documentales, instalado en la industria del cine americano, investiga in situ el asesinato de una joven cometido en Siena– remiten a lo autobiográfico: el filme recrea la investigación de un asesinato que acaeció en Perugia en 2007 y en efecto causó enorme revuelo en la prensa, el de la joven estudiante inglesa Meredith Kercher; y al parecer Michael Winterbottom himself cubrió para algunos medios ingleses aquella investigación. Sin embargo, debe anotarse de entrada, la película utiliza ese trasfondo verídico con intenciones que se alejan categóricamente de la dramatización fílmica de aquella investigación o de aquel asesinato: esos elementos comparecen sólo para ofrecer un contexto a lo que realmente interesa al cineasta –y de ahí también la vis autobiográfica extraída, es de deducir, de pensamientos o ideas que acudieron a la mente del director en aquel periodo de tiempo que pasó en Perugia–, que es el acercamiento dramático al proceso creativo de un cineasta que quiere extraer un guion de aquel suceso y, a través del mismo, el análisis abstracto sobre cuestiones filosóficas y socio-culturales, sobre las que nos detendremos más adelante.

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 Si nos pusiéramos a rastrear en la larga y heterodoxa filmografía de Michael Winterbottom quizá podríamos convenir que The Face of an Angel guarda un parentesco con la vertiente documentalista del cineasta, pues uno de los planos sobre los que progresa el relato es esa crónica sobre la investigación de un asesinato, la mirada externa del que trata de comprender un acontecimiento, en este caso luctuoso. También guarda relación con el sentido drama Génova (2008), por la importancia escenográfica de las callejuelas y lugares desalojados de luz de la ciudad italiana de Siena, que Winterbottom utiliza sabiamente para imprimir un enrarecido tono a lo que cuenta, y de nuevo por la mirada foránea: Thomas (Daniel Brühl), el protagonista, es un cineasta británico que está lejos de su hogar, en aquella ciudad italiana, embelesado y al mismo tiempo torturado por ese entorno. De hecho, aunque menos aparente al principio, el parentesco con Genova también tiene que ver con el relato sobre el duelo por una pérdida, aunque sea más indefinido que el de la película protagonizada por Colin Firth. Pero, diría que por encima de todo, la película guarda importantes ecos con Tristram Shandy (2005), la ambiciosa y tan divertida adaptación, por así llamarla, de la novela de  Laurence Sterne “The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman”, que más bien relataba cómo se las manejaba un cineasta para intentar adaptar esa obra “inadaptable”. ¿Y por qué una obra tan pesimista y oscura como The Face of an Angel se asemeja a una comedia irónica protagonizada por Steve Coogan? Principalmente por la sutil trabazón entre un sustrato (allí literario, aquí periodístico) y el modo en que, de forma extraña, un creador trata de trasladar ese sustrato a lo fílmico.

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¿Hablamos, pues, de cine sobre cine? En parte, sólo en parte, sí. Cierto es que en Tristram Shandy se cubría el proceso de rodaje y aquí en cambio nos hallamos en fase de una temprana preproducción. Por ello allí se meditaba en clave satírica sobre la ejecución fílmica y aquí en cambio nos adentramos en un territorio más abstracto y alegórico, también más denso en apariencia, que gira en torno a la dificultad de un cineasta por concretar sus aspiraciones creativas. Thomas mantiene contacto con diversos personajes relacionados de un modo u otro con el suceso: una periodista (Kate Beckinsale), una estudiante (Cara Delevingne), un autóctono que tiene sus propias teorías sobre lo ocurrido a la contra de lo publicitado en los medios y asumido en sede judicial (Valerio Mastandrea). A través de unas y otro, y lidiando al mismo tiempo con problemas sentimentales (entre ellos, cómo le afecta vivir lejos de su hija pequeña, Bea (Ava Acres), con la que habla por skype, tras un reciente divorcio), el cineasta intenta encontrar la inspiración, focalizar de algún modo esa crónica criminal cinematográfica, quizá buscar la verdad, quizá renunciar a ella y entregarse a un relato que haga pie en otros aspectos, relacionados quizá con lo anímico, quizá con el modo en que, como espectador o personaje extraño en ese lugar, contempla el desarrollo de la investigación…

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De tal modo, se conforma un tablero tan aparentemente caótico en su exposición como fértil en la recolección de reflexiones en diversos frentes. Porque el filme refiere un acontecimiento trágico que interesa a quien intenta radiografiarlo desde lo fílmico, y a su vez –como película que desde fuera analiza ese proceso creativo–, es una radiografía desde lo fílmico de cómo se fragua lo fílmico, en una relación no de causa-efecto pero sí de vasos comunicantes entre continente y contenido siempre caro al interés de Winterbottom, cineasta especializado en la revisión y comentario sobre los géneros, cineasta con un pie en el documentalismo, y, en fin, cineasta deconstructivo.

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The Face of an Angel, como obra que gira al fin y al cabo en torno a algo tan trágico como el asesinato de una persona joven, progresa de forma clautrofóbica, como auténtico via crucis para ese cineasta fuera de lugar (en lo geográfico como en lo anímico) que deberá enfrentarse a los rincones más oscuros tanto de su inspiración como de su desconcierto. En la sintaxis desacomplejada (chirriante en ocasiones, especialmente en un par de fugas oníricas en las que, quizá innecesariamente, se recurre a efectos digitales para hacer explícito lo implícito en el sufrimiento del personaje), pero también sincrética, y a ratos inspirada de Winterbottom progresa un drama poderoso que, a su conclusión, logra algo tan complicado como explicar la redención del artista y asociar esa redención (lo dramático) con una severa meditación (lo discursivo) sobre lo tan habitual como pernicioso que resulta el morbo con el que nuestra sociedad suele acercarse a los acontecimientos trágicos. En la limpieza de sus conclusiones (que viene a decir que lo que realmente interesa recordar de la persona desaparecida es su vida, no su muerte), no es poco aguerrida la crítica (poco velada) al gusto por la carnaza en el que medran los mass-media al gusto más intestinal del público.

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