SOUTHPAW

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Southpaw

Director: Antoine Fuqua

Guión: Kurt Sutter

Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Forest Whitaker, Rachel McAdams, Oona Laurence, Naomie Harris, 50 Cent, Victor Ortiz, Caitlin O’Connor, David Whalen, Dominic Colon, Miguel Gomez, Malcolm M. Mays, Adam Ratcliffe, Jeremy Long

Música: James Horner

Fotografía: Mauro Fiore

EEUU. 2015. 122 minutos

 

Levantarse del suelo otra vez

Uno de los géneros (o subgéneros) más codificados, el cine de o sobre boxeo repite una y otra vez infinidad de lugares comunes temáticos y de tropos visuales. Entre los primeros, la consabida lucha por la superación personal, casi siempre en condiciones adversas, sean sobrevenidas o no (con espacio aquí para el discurso sobre la clase baja, la condición del boxeador de carne de cañón); la crisis que conlleva el éxito y el exceso de dinero, de la que el boxeador debe alzarse literal y metafóricamente para evidenciar su fuste de auténtico campeón; relacionado con lo anterior, las curas de humildad, que suelen proceder de un entrenador sabio y que se mueve entre la gente humilde, en un gimnasio de barrio, neto opuesto de los promotores sin escrúpulos a los que, bajo la máscara al final revelada, sólo les mueven intereses espurios; los combates al principio y al final, estos últimos que, no importa el resultado, revelarán el coraje más allá de toda duda en la definitiva representación (de las más gráficas que existen) sobre la lucha inherente a la condición humana… En lo que concierne a la ilustración de esos temas, podríamos contar principalmente las secuencias de entrenamiento –con o sin montaje musical–, la imagen del boxeador manejando el punching ball como muestra de equilibrio recobrado, y principalmente la planificación y filmación de las secuencias de combate, con sus coreografías, los planos generales compaginados con planos cercanos cámara al hombro, a veces POV, las decisivas en ocasiones al ralentí; la violencia siempre excesiva de esos combates –la sangre y los moratones que anulan la visión, las narices partidas, etc–, o el hecho de que se recurra a la voz over de periodistas, como si de una retransmisión televisiva se tratara, en contraposición con los planos cercanos al boxeador magullado en su esquina, en los descansos (el médico siempre a punto de parar el combate, el entrenador dando ánimos, el luchador sacando fuerzas de flaqueza), sin olvidarnos de los habituales contraplanos de personajes secundarios –seres queridos, principalmente– observando el doloroso espectáculo desde la grada o desde otro lugar.

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Una película como Southpaw, que incorpora todos esos y muchos otros tópicos de las boxing movies, evidencia las razones por la que el público gusta de esas codificaciones: como antes hemos apuntado, las propiedades metafóricas del boxeo como representación de la vida son muy gráficas, y quizá por ello atractivas. Aunque los resultados artísticos suelen ser superiores si se saben trascender esas reglas, como en Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980) y Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2005), nada hay de malo reproducirlas una y otra vez, siempre que se disponga de suficiente talento y personalidad para moldearlas en un determinado y armónico sentido, resultando suficiente eso que algunos erróneamente calificarán de envoltorio para que todas esas elementales representaciones dramáticas sobre la vida surjan efecto. El talento y personalidad que les ha faltado a los artífices de Creed: la leyenda de Rocky (Ryan Coogler, 2015), en cambio concurre sobradamente en Antoine Fuqua en esta Southpaw (que, a diferencia de aquélla, no se ha estrenado en cines en España ni tiene a ningún actor en danza con el Oscar al mejor actor secundario).

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¿Y qué teclas activa Fuqua? El cineasta se muestra solvente, de entrada, en manejar los estereotipos, quizá porque es un storyteller ya muy bregado en el cine de género. La convicción en sus planteamientos, por manidos que sean, redundan en intensidad narrativa. Fuqua apuesta por una iluminación de graduación oscura, metálica, de ecos seventies (la misma que ya comparecía en Training Day: Día de entrenamiento (2001)), decisión estética que compensa, dotando de sequedad visual, a los planteamientos melodramáticos que sostienen parte importante de la propuesta. Maneja el ritmo con solvencia, y esa métrica revierte en un determinado tono: de nuevo, el argumento hacía fácil caer en el exceso lacrimógeno, y el director enuncia todo lo que debe enunciar pero no se entretiene, no se detiene, obligando a progresar la historia mediante secuencias casi siempre breves, de capacidad descriptiva y una ajustada formulación dramática. Por otro lado, y especialmente en la segunda mitad de metraje –la que narra la caída en desgracia del boxeador y sus denodados esfuerzos por reinventarse–, Fuqua planifica y encuadra con intención y talento (un breve encuentro en la penumbra de las escalinatas del gimnasio, por ejemplo), a menudo reforzando la economía de medios en beneficio del relato. Y last but not least, debe apuntarse que los actores asumen su cometido con presteza –Jake Gyllenhaal entrega una de sus mejores interpretaciones, Whitaker está excelso en su rol de entrenador de la working class del oficio–, y ello también redunda decisivamente en los resultados.

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El único elemento que podríamos considerar particular de la película acaece a la media hora de metraje y rompe súbitamente la coda de los planteamientos iniciales para dejar expedito el relato de la debacle del boxeador protagonista. De ese modo, Southpaw atrapa al espectador con un twist inesperado, pero la fuerza de ese giro argumental no se limita a lo procedimental, pues revierte de forma crucial en la completa construcción dramática del filme. Antes que eso sucediera ya nos había llamado la atención el interés de las imágenes por mostrar el rostro desfigurado de Gyllenhaal, fruto de los golpes recibidos, o detalles como esos hilos de sangre que descienden por su boca en los vestuarios, tras el combate, pero también a la mañana siguiente. Fuqua mantendrá durante todo el metraje un especial énfasis en la cartografía del dolor anímico del personaje a través de lo que ese rostro maculado expresa. Así dota de fuerza la sempiterna metáfora. Ese ojo que no puede ver con claridad es la oscuridad por la pérdida de los seres queridos, esas heridas y cicatrices son el legado revelado, tras la apariencia de la buena vida, del precio que el cambio de circunstancias le reclama. Así, a través del rostro, de la sangre y las heridas, se expresa un boxeador, según Fuqua. Porque la esperanza, representada en el trainer que encarna Whitaker, le exigirá protegerse, cambiar de hábitos pugilísticos, algo imprescindible para encontrar la luz al final del laberinto. Pero ésta es una película de boxeo, así que no basta con ver la luz, hay que enfrentarse al minotauro en el clímax y darlo todo, pagar de nuevo el precio del dolor, de la sangre, de los golpes bajos, y revolverse hasta que el aliento, más allá de las fuerzas que le quedan, lo permita. Como decía al principio, Southpaw es, ni más ni menos, una peli de boxeo. Pero Fuqua la filma de forma harto convincente, así que la metáfora funciona, se crece, se disfruta. Porque, no nos engañemos, a todos nos gustan las pelis de boxeo.

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