ANOMALISA

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Anomalisa

Director: Charlie Kaufman y Duke Johnson

Guión: Charlie Kaufman

Intérpretes: David Thewlis, Jennifer Jason Leigh, Tom Noonan

Música: Carter Burwell

EEUU. 2015. 92 minutos

 

Vidas de papel

Se podría afirmar que, en cierto modo, Anomalisa es un apéndice o complemento de la extraordinaria opera prima de Charlie Kaufman, Synecdoche, New York (2008), ya que si en aquella y a través del personaje encarnado por Philip Seymour Hoffman el guionista y director nos proponía algo así como (nada menos) un recorrido completo por el bagaje vital y creativo de un personaje, en este caso el planteamiento es muy inverso –la acción se concentra en una sola jornada, principalmente en una sola noche– pero las tesis alcanzadas son en muchos sentidos equiparables o intercambiables a las apuntadas en aquella anterior película, pues Anomalisa es, ante todo, el relato de una catarsis, aunque quizá más bien debamos precisar de una catarsis imposible, la que atañe al escritor Michael Stone (voz de David Thewlis), quien, en la soledad de un viaje a una ciudad que no es la suya para dar una ponencia sobre uno de sus libros de divulgación, trata de rendir cuentas con la clase de vida que lleva y los motivos de su infelicidad.

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Temas todos estos que, por supuesto, encajan igualmente en un imaginario superior, el del completo bagaje de Kaufman como guionista, ese imaginario que magnifica lo subjetivo y lo laberíntico de las expectativas vitales y emocionales y que cautivó por su expresividad, e incluso lucidez discursiva –a pesar de los vericuetos neuróticos que la configuran–, desde su arranque en obras dirigidas por Spike Jonze. Anomalisa redunda en lo que de coherente y personal tiene la trayectoria de este singular, y ciertamente interesante, cineasta; y en este gran imaginario, la peculiaridad que reclama este título es precisamente su bagaje narrativo minimalista, de concentración espacial, temporal y de personajes implicados, un auténtico huis clos existencial y de la emotividad del personaje que nos guía en este viaje al principio desesperado y finalmente desesperanzado.

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Todo ello encuentra una precisa y preciosa plataforma expresiva en el formato de animación mediante marionetas escogido –experimento  extendido a largometraje, pues fue inicialmente concebido como relato breve–, para cuya materialización Kaufman contó con la colaboración, co-dirección, de Duke Johnson. La apuesta estética resulta idónea para los fines expresivos: un cromatismo desvaído que sugiere frialdad y monotonía de los escenarios, y ésta acorde con la uniformidad en el juicio perceptivo, que incluso alcanza a las voces en una apuesta narrativa con peso importante: un único actor, Tom Noonan, encarna las voces de todos los personajes que se cruzan con Michael Stone a excepción de Lisa (Jennifer Jason Leigh) durante el breve espacio de tiempo en el que Michael siente atracción (¿amor?, nos preguntamos legítimamente) por ella; elección crucial para las definiciones anímicas –que son las primordiales, a la postre– del relato, pues formulan de forma categórica lo subjetivo: la sensación de aislamiento, de páramo emocional, que enclaustra al personaje, y del que sólo se verá liberado por unos breves instantes, ayudado por el exceso de alcohol y la cierta química con una chica que juzga especial, sensación que poco después quedará devorada por  esa coda espectral que arrastra al personaje en su devenir.

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En Anomalisa destacan algunos pasajes fugaces caracterizados por lo extravagante, donde Kaufman propone exacerbar esa sensación de monotonía asfixiante que embarga al personaje mediante soluciones que aprovechan el formato escogido para plantear metáforas como recapitulaciones visuales chocantes, al borde de lo terrorífico: ese rostro que empieza a desencajarse ante el espejo; o aquel momento posterior en el que se desprende un trozo de ese mismo rostro (sic), dentro de esa secuencia onírica donde una pléyade de trabajadores de hotel atosigan con su exceso de servidumbre al personaje… Estos rasgos expresivos, encauzados en la lógica de esa apuesta formal específica (la animación mediante marionetas), nos dirigen unívocamente a la tesis, ciertamente deprimente, que Kaufman edifica de principio a fin: la conciencia de una vida de papel, de una impostura, de algo que carece de sentido, de auténtico sentido, a no ser por algo anómalo que, sólo por unos instantes, pueda sortear ese nonsense. Stone, en la mirada atormentada que propone la película, termina elocuentemente fijado en el reflejo de ese busto de autómata japonés sexualizado que ha adquirido en una tienda de juguetes sexuales, en busca desnortada de un regalo para su hijo. Y si el personaje es un muerto en vida, cabe deducir que Kaufman extiende el comentario a todo lo que representa, en tanto que vendedor de estrategias psicológicas y empresariales que el público adora: de tal modo, parece decirnos Kaufman, el completo engranaje de funcionamiento del mundo es una broma de mal gusto, patética, paralizante y depredadora de lo que debería identificarnos como humanos: los sentimientos.

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