ROMAN J. ISRAEL, ESQ.

roman_j_israel_esq-947809877-large

La maleta huérfana

La segunda película de Dan Gilroy guarda muchas concomitancias con la aplaudida Nightcrawler (2014). Como en ella, un personaje masculino, muy peculiar, asume el completo protagonismo. De hecho, el título alude al personaje en ambos casos. Ese personaje es representativo de un sector de actividad e incidencia social: allí, el periodismo de sucesos; aquí, la abogacía penal. Desgranar ese retrato de lo peculiar, bastante a menudo desangelado sino vital de esos personajes, sirve para trazar un retrato no menos desencantado de la sociedad en la que vivimos. Una gran urbe, Los Angeles, sirve de macroescenario, como si fuera un testigo mudo de las miserias del tránsito y las relaciones humanas. En “Nightcrawler” nos acercábamos a la coda de la prensa sensacionalista, a la carnaza que busca el gran público y cómo ello se convierte en objeto de jugoso comercio. Aquí, la coda presente es otra: cómo la saturación de la justicia lleva a decisiones expeditivas en cuestiones jurídico-penales, en perjuicio de los justiciables, y cómo el funcionamiento procesal aceptado por todas las piezas de ese engranaje abandona los escrúpulos en pos de una celeridad que, bajo la gramática parda de las leyes garantistas, abandona los fines que se supone defiende. (o al menos los valores que debieran inspirarlas).

maxresdefault

Sin embargo, y curiosamente, posiblemente lo más interesante de esta Roman J. Israel, Esq. radique en un elemento que la diferencia frontalmente de su predecesora, o, siendo más precisos, que establece un juego de opuestos. Si allí la temática era una voraz mirada al estado de las cosas de la prensa amarilla, aquí se produce una pugna, una evidente dialéctica, entre dos épocas distintas. La caracterización física de Denzel Washington, su peinado, sus maneras, nos indican que nos hallamos ante un personaje de otros tiempos. Sorprende, al inicio del filme, escuchar una llamada de teléfono móvil: sin ella, estaríamos seguros de hallarnos ante una película que recrea los años setenta. Roman es un abogado que no trabaja con bases de datos informáticas sino con legajos e infinidad de notas que cuelgan por doquier en su despacho. El que era su jefe (que nunca conoceremos) le tenía literalmente, como decimos los abogados, “en la cocina”, trabajando los asuntos, estudiando los pormenores jurídicos y los subterfugios procesales que el jefe defiende después en la Corte. La necesidad (que ese jefe sufra un infarto y quede en estado vegetativo, lo que obliga a Roman a buscarse la vida en otro lugar) enfrenta al personaje a estos otros tiempos, el presente, con el que Roman mantiene una relación harto conflictiva.

Denzel-Washington-Roman-J-Israel

Así, y a través de la importancia de las subtramas procesales o de la activista Maya Alston (Carmen Ejogo), con quien Roman mantiene una relación de amistad, la película parece hablar de la necesidad de conservar cierto idealismo, claramente a la contra, en un palpitar despiadado del ejercicio de la abogacía, para seguir luchando, como se luchó hace medio siglo, por unos derechos civiles siempre en jaque. Y el filme funciona en ese sentido más o menos bien, aunque quizá de forma algo previsible  Pero resulta que termina teniendo mayor relevancia, mayor encanto para el espectador atento, el escenario vivo que sirve para esa disputa ideológica: Maya, voluntaria de una ONG pro-derechos civiles, como George Pierce (Colin Farrell), el jefe del próspero bufete en el que Roman pasa a trabajar, revelan aspectos complementarios de ese idealismo según cabe entenderlo hogaño: trabajar sin apenas medios ni mayor ambición que las pequeñas victorias locales (Maya) o edificar una estructura de bufete caro y competitivo e intentar compaginar todo ello con la pervivencia de ciertos valores progresistas (George). Ante esas dos y discutibles opciones se alza un quijote, un personaje de antaño, condenado a vagabundear de principio a fin (como así subraya Gilroy en el leit-motiv visual de esas idas y venidas del personaje) por un mundo que, podríamos decir, ya no le compete. El conflicto dramático, fruto de la colisión entre esos dos polos opuestos del funcionamiento social, el low profile vs el éxito, es acaso demasiado obvio, pero lo traumático del relato de Gilroy es la constancia de la genialidad de Roman. Lo realmente patético del personaje, y brillante de la mirada con la que lo enfoca Gilroy, es que ese caballero andante en unas gestas imposibles guarda en esa maleta pesada que carretea allá adónde va la posibilidad de cambiar el mundo, pero el mundo ya no le espera, y prefiere destruirle. SPOILER. No es su cuerpo ensangrentado lo que vemos cuando escuchamos el fatídico disparo; es… su maleta huérfana. Que George, en la secuencia epílogo, acuda a presentar esa ansiada demanda que Roman nunca pudo concretar podría verse como una concesión a la esperanza, si no fuera porque el resto del metraje nos lo ha desmentido con tanta convicción en lo precedente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s