EL GRAN GATSBY (1974)

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               La vieja Nueva York, el nuevo Hollywood

Cineasta británico que a menudo se considera experto en adaptaciones literarias -merced de títulos como éste, o The Innocents, la excelente adaptación de Otra vuelta de tuerca de Henry James-, Jack Clayton llevaba tiempo sin ponerse tras las cámaras cuando la Paramount le encomendó dirigir el filme que nos ocupa. Se trata de la primera adaptación cinematográfica hoy recordada de la simpar novela de Francis Scott Fitzgerald, pero en realidad fue la tercera, tras una primera versión, muda y hoy perdida, dirigida por Herbert Brenan solo un año después de la publicación de la novela, en 1926, y la curiosa aportación noir firmada por Elliott Nugent y protagonizada por Alan Ladd en 1949. Los derechos de la novela fueron adquiridos por Robert Evans, que quería ofrecerle el papel de Daisy a la que entonces era su esposa Ali MacGraw, si bien en el tránsito se produjo la ruptura sentimental y fue Mia Farrow quien acabó vistiendo las pieles de la niña bonita de alta cuna de la que se enamora Gatsby (Robert Redford en la película). El mismísimo Truman Capote participó inicialmente en la escritura del libreto, pero al final la labor recayó en nada menos que Francis Ford Coppola, por aquel entonces entre Padrinos de Mario Puzo, y por tanto en la más alta consideración como adaptador de lo literario a lo cinematográfico. Sin embargo, y es obvio decirlo, no es lo mismo adaptar la novela de encargo de Puzo que un clásico del calibre de El gran Gatsby.

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Coppola manifestó que su versión, su guion, no terminó viendo la luz; a falta de conocer detalles al respecto, debe decirse que en ese trabajo de guion convertido en imágenes, ambicioso pero acaso imprudente, lo relevante es la decisión de abandonar la tecnica de la novela, siempre aferrada a la mirada externa, la de Nick Carraway (Sam Waterson, en el filme). Con ello se pierde, más que el ritmo, la armonía expositiva. Podemos ver un ejemplo de ello en el personaje de la amante de Tom, Myrtle (Karen Black). En la fiesta que acaece en los primeros compases del relato, hay un llamativo primer plano de Black, que pone en el paisaje dramático, más allá del contexto, a Myrtle; pero no hay continuidad en ese camino hasta la secuencia climática, que arranca  con esa escena en la gasolinera, de Myrtle picando el vidrio hasta que lo rompe dejando su mano ensangrentada, añadiendo después la discusión con su marido que precederá el desastre. Es un ejemplo de una gestión insatisfactoria del balance entre los (pocos) personajes. Sería fácil decir que el problema tiene que ver con abandonar la fidelidad a la novela, al disgregar la voz de Nick, pero es más pertinente anotar que el guion no halla la fórmula alternativa a ese cambio. Coppola, en los diálogos, y Clayton en la construcción escénica y el montaje, dejan respirar poco la humanidad de Gatsby, prefieren envolverlo en misterio aunque ello suponga sacrificar durante buena parte del metraje algo esencial en la novela, la relación de sincera amistad que se establece entre aquél y el narrador, Nick Carraway. En el filme, Gatsby no es, como en la novela, un personaje cuya humanidad vaya desvelándose, sino alguien distante, cuyas motivaciones y actos resultan extravagantes para Nick, desalojado del relato de su vida (de su relación previa con Daisy) y por tanto más bien exento de las motivaciones que lo llevan a empatizar con él.En la lacónica intervención de Gatsby, casi siempre contemplado como una figura abstracta, se difumina la motivación del personaje que da por ensamblar los grandes temas de la novela a partir del sustento más obvio, su amor por Daisy. Los adornos con cierto tono bucólico de la relación amorosa entra Gatsby y Daisy, incluyendo construcciones escenográficas arty de Clayton, no resultan fértiles, de nuevo, probablemente, porque aprisionan los términos del relato.

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Todo lo anterior no debe llevar a considerar que se trate una adaptación del todo fallida, aunque sí lejos de ser redonda (de lo que tomaron buena nota las posteriores adaptaciones, la modesta y academicista que Robert Markowitz filmó para la BBC en 2000 y la que Bazz Luhrmann acometió en 2013, ésta última caracterizada por sus excesos y desvaríos con la imagen sintética, sí, pero también por un estudio de personajes mucho mejor trabado, y especialmente una definición del personaje que da título a la obra que puede considerarse la más acabada, la mejor, de todas las que ha conocido el cine), y que hoy acaba resultando más atractiva por razones coyunturales: esta El gran Gatsby es una obra interesante en su contexto industrial, moviéndose en esa especie de neblina creativa característica del cambio de guardia que tuvo lugar en Hollywood en los años setenta; el hecho de llevar a cabo la adaptación de una obra ya considerada -desde los años cincuenta- “la Gran Novela Americana” evidencia esta pugna de motivos, entre el clasicismo y las nuevas fórmulas, subyacente, al igual que es prueba de ello la elección, extraña, de Clayton. Probablemente las inercias de una industria, la cinematográfica, en reconstrucción no resultan el mejor caldo de cultivo para hallar la esencia del relato, que no es otro que la degeneración del ideal romántico del sueño americano, pero sí en cambio para poner en valor la eficacia cinematográfica de diversos de los artificios bien entendidos que sustentan la puesta en imágenes, no brillante pero sí irreprochable, de la película.

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