LA CASA GUCCI

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Algo que caracteriza, desde siempre, a Ridley Scott, quizá por su conciencia como poderoso creador de imágenes, es su cierto desprecio  por, o más bien falta de escrúpulos hacia, los guiones de sus películas. Guiones que, por supuesto, nunca firma. Así sucede que, por ejemplo, en el caso de El último duelo, se enfrentaba con un guion sólido, y en cambio aquí, el de La Casa Gucci, no lo es tanto: deslavazado, descompensado, y con errores de bulto en la edificación dramática (principalmente del devenir de Maurizio Gucci, el personaje encarnado -con la solvencia habitual- por Adam Driver). No he leído la novela en la que se basa, pero muchas de esas inconsistencias, es cierto, tienen que ver con la propia lógica de ese material de partida, que se entretiene en el trazo grueso, el vitriolo y lo sensacionalista sacrificando por el camino, sin problemas, el rigor, en la creencia de que al público el rigor le interesará menos que esos otros y más llamativos aspectos.

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Sin embargo, y siendo un cineasta de bagaje irregular, es cierto que todas las obras de la última década firmadas por Ridley Scott atesoran brillantez, una clarividencia visual que, en ocasiones como la que nos ocupa, hacen trascender con mucho los resultados cualitativos del filme de las limitaciones argumentales. En las diestras manos de Scott, La Casa Gucci va incluso más allá de lo que el guion concreta, el periplo vital de la arribista Patrizia Reggiano (Lady Gaga, magnífica en su coda de excesos) y su progresivo descensus ad inferos en su afán por significarse en el emporio familiar tras la célebre firma de moda. Scott relata eso, sí, y con suma convicción, pero se entretiene, y con mucha intención, en todo el juego de oropeles visuales que ilustran semejante trayecto por un determinado entorno y una determinada época (el tejido empresarial de alto copete en la Italia de los años setenta y ochenta del siglo pasado). Y eso lo que propicia algo que va mucho más allá de ese one-woman show que el filme corría peligro de convertirse.

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Abundando, con más fiereza, en lo ensayado en la tétrica Todo el dinero del mundo, La Casa Gucci nos presenta una opera bufa, una fábula grotesca, sobre la decadencia moral que caracterizó el comportamiento económico en aquellos tiempos y contexto. Scott parece disfrutar en la sublimación de lo sucio y violento desde lo suntuoso, y de algún modo conecta ambas nociones desde una poética oscura, que emerge de la superficie -pues Scott siempre fue y es un rutilante ilustrador de superficies-, pero nos sumerge en un angst francamente pesimista. Del mismo modo, en su cine a menudo reclaman su relevancia los personajes que juegan, sin la menor destreza, a erigirse en pequeños dioses,  un mesianismo que Scott siempre contempla con ironía y distancia -arrancando carcajadas a las plateas apelando a su humor más negro-, para alcanzar las mismas constataciones pesimistas, en realidad trágicas, antes aludidas.

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Excelentes partners de esa vocación pop y vitriólica, pero más bien sobre lo vacuo y vitriólico, resultan la cohorte de personajes con apellido y peso específico en el relato. Aparte de Lady Gaga, Jeremy Irons, Al Pacino y Jared Leto, a los que cabe añadir la vidente-confidente encarnada por Salma Hayek. Todos ellos ofrecen extravagantes y muy satíricas caracterizaciones. Scott le saca punta a esa labor interpretativa, puliendo desde lo externo, vestuario, subrayados de una determinada gestualidad, definición de su naturaleza mediocre a través de los actos caprichosos y comportamientos altaneros, despóticos,  patéticos… para fijarlos como hipertrofias de un determinado entramado sociocultural y sus veredas (a)morales que rozan lo pornográfico o, sin más, la pura delincuencia. A poco de pensarlo, y con armas distintas, Scott nos explica cosas no muy alejadas a las que Scorsese nos planteó en El lobo de Wall Street, otra obra sobre altas esferas, excesos, depredación y miseria humana. 

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