FIREFLY

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Firefly

Creador: Joss Whedon

Producción ejecutiva: Joss Whedon, Tim Minear y Ben Edlund

 Intérpretes:Nathan Fillion, Gina Torres, Alan Tudyk, Morena Baccarin, Adam Baldwin, Jewel Staite, Sean Maher, Summer Glau, Ron Glass

Temporadas         1 -Episodios         14

FOX. 2002-2003

La luciérnaga en la órbita del planeta Hawks

No he visto todas las series (sí las películas) de Joss Whedon, pero, conociendo las señas particulares de su universo, se me hace difícil pensar que su talento haya llegado a lucir con tanta atmósfera, exuberancia, frescura y profundidad en la exploración de personajes como en la serie Firefly, de una única temporada emitida –con problemas, pues se canceló antes del final– por la Fox en 2002, más su complemento, la película Serenity, respuesta al grado de culto que la serie había generado entre el público, realizada en 2005.

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L-R:Alan Tudyk, Nathan Fillion, and Gina Torres in the movie SERENITY. photo by Sidney Baldwin. Universal Studios

Esta especie de space western opera, como la han definido, resulta harto interesante para desentrañar esencias importantes de un discurso, el de Whedon, que reclama su peso específico en la narrativa audiovisual de lo que llevamos de siglo. Lo que llama la atención de entrada es el desacomplejado melting pot de elementos convocados para, al fin y a la postre, construir un relato de aventuras de los de toda la vida, donde se hace evidente que la prioridad narrativa no constituye tanto el lugar/escenario cuanto la exploración de los personajes. La gracia del caso es que Whedon (creador, co-escritor, showrunner de la serie y productor ejecutivo de la misma junto a Tim Minear, amén de director de los dos primeros y el último episodio, igual que firma el guión y dirección de Serenity) inventa un encourage novedoso (por mucho que sea fruto de la fusión desacomplejada, pero no por ello menos sabia, de elementos bien reconocibles) para reproducir en él un esquema realmente clásico en lo que concierne a esa exploración de personajes, utilizando esa tensión entre lo conocido y lo inédito para dar rienda suelta a su imaginación y a sus obsesiones como narrador, que, a pesar de quedar patentes de bien principio, nunca devienen redundantes, pues cada episodio de la serie exprime de forma excelente el molde narrativo tan bien fijado para profundizar en ese estudio de personajes.

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Debemos señalar que las herencias asumidas por Firefly se hallan menos en los lugares comunes pop del western o de la space opera que en los términos de influencia, perfectamente asimiladas y traspoladas a su tiempo, del imaginario más rutilante y efervescente del cine de Howard Hawks, que probablemente muchos seguidores de la serie –especialmente los más jóvenes– desconocen sin que ello signifique que su incidencia no sea mayúscula en las definiciones matrices que hacen funcionar el ingenio narrativo. Firefly, en ese sentido, es una celebración pura y muy autoconsciente de elementos cardinales del cine aventurero de Hawks, principalmente la capacidad de sugestionar al espectador a través de relatos corales de personajes de personalidades muy marcadas, personalidad a menudo confundida con la acción que desarrollan, de modo tal que hay un nexo umbilical dirigido al dinamismo del relato, a menudo su condición afable, incluso en algunos casos ingenua por lo primario de las definiciones, pero en un articulado endiabladamente hábil de relaciones complementarias que confieren lógica y apabullante personalidad al relato.

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Como en tantas obras del autor de Sólo los ángeles tienen alas (1939), en Firefly los personajes están profundamente definidos por lo que hacen, por su oficio, un oficio del que son tan devotos que se hace difícil imaginar que pudieran hacer otra cosa en la vida, y evidente que nada de lo que pudieran hacer lo harían mejor. Por eso hablar de Firefly, la historia de esta luciérnaga-nave espacial que surca los espacios exteriores de una galaxia centralizada por una especie de imperio galáctico tan nefasto como el perfilado en Star Wars, es hablar del carisma de sus personajes, cuyas definiciones tipológicas e interacciones encierran la miga de la historia. La luciérnaga tiene un nombre, Serenity, y su tripulación, nueve personas, es el motor que lo condensa todo, muy por encima de la gravedad y peligro de las sucesivas misiones en las que se comprometen o entrometen (depende del caso) como smugglers o contrabandistas de emociones a nuestro lado –pues de complicidad se trata– de la galaxia.

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Así, debemos empezar por hablar del capitán, Malcolm Reynolds (Nathan Fillon), quintaesencia del tipo comprometido con una causa, altruista por naturaleza, tan bondadoso como sarcástico (que no cínico) y tan firme en sus resoluciones como duro a la hora de apechugar con las más terribles contingencias. “Mal” para los amigos, viva expresión del coraje y referente indispensable para todos los miembros de la tripulación, es llevado al borde de la muerte en diversas ocasiones (teniendo que inyectarse a sí mismo un chute de adrenalina en el corazón para sobrevivir o soportando la más terrible de las torturas de un mafioso galáctico), estableciéndose así vasos comunicantes entre el heroísmo y el sacrificio altruista (algo así como si John Wayne tuviera que soportar el calvario que incumbe a Dean Martin en Rio Bravo (1959)), en una definición de resonancias castrenses (el cabecilla militar que predica con el ejemplo ante sus hombres) que proceden de los antecedentes del personaje, narrados en bruto en la secuencia prólogo del piloto y después referenciados de diversas maneras en el devenir de la serie, que nos hablan de Reynolds como un soldado de rango en el ejército de los “casacas marrones” (sic), que se rebeló ante la Alianza/Imperio, y que como perdedor debe pasar a ejercer su rebeldía como buenamente puede, capitaneando esta nave que se dedica al comercio en los confines exteriores, a menudo haciendo tratos con gentes de catadura bien dudosa (o moralidad cuestionable) pero que comparten con él su condición de parias cuando no proscritos, outlaws en esta frontera que, aunque sideral, algunas y evidentes concomitancias tiene establecidas con la del far-west.

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Entre los miembros masculinos de la nave hallamos a Derrial Book (Ron Glass), un predicador que, como suele decirse, guarda un secreto sobre su pasado; a Hoban “Wash” (Alan Tudyk), el entregado y eficiente conductor de la nave; a Simon (Sean Maher), un médico de buena familia convertido en proscrito por necesidad (la de salvar a su hermana de las garras de la Alianza) y que se convierte en el imprescindible sanitario de la nave (que episodio tras episodio debe salvar la vida o integridad física de unos u otros miembros de la tripulación); y a Jayne (Adam Baldwin), el brazo ejecutor de Malcolm, un tipo tan fuertote como más bien carente de luces, y personaje que nos sirve para ejemplificar con qué aparente sencillez los guionistas manejan los mimbres del relato como una ecuación diáfana, cuyo placer para el espectador reside precisamente en resolverla una y otra vez: Jayne es un mercenario y la pieza desaparejada en el mosaico de relaciones en la nave (como después analizaremos), y su cuestionable compromiso y sentido de la ética se pone en jaque en diversas ocasiones, reciclando con astucia nociones sobre su posición de amenaza para el grupo, de lo que resulta un personaje que, a pesar de su aparente simpleza y de la función algo bufa que cumple en el entramado de personajes, puede desconcertar para alimentar algunos de los tantos twist que la serie gusta de ir manejando para retroalimentar sus señas.

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Si he dividido los miembros de la tripulación por sexos es porque, indudablemente, uno de los puntos fuertes de Firefly se hallan en el interés y la frescura que Whedon (recordemos, el creador de Buffy y Angel) y los guionistas de la serie demuestran a la hora de perfilar personajes femeninos. Quizá de entre ellos el más apasionante sea el de Inara (Morena Baccarin), la réplica exquisita del protagonista del serial, cuya profesión, la de “acompañante”, refina las connotaciones asociadas a la prostitución; la bella y siempre elegante Inara, en secreto enamorada de “Mal” (al igual que él lo está de ella, aunque eso no está tan claro en el juguetón intercambio situacional-dialogado entre los dos personajes), es una mujer de estudios, formada como una geisha moderna y una cortesana, y ese matiz (que es consecuente con las reglas del universo firefly) sirve para plantear un paradigma de personaje femenino muy alejado de los cánones, y en que de hecho –extensible a buena parte del universo whedoniano– merecería un atento estudio en clave cultural. Y ese darle la espalda deliberado, bien trabajado, a los tópicos de la función que una mujer debe ocupar en un universo a priori tan masculino como el de las cuitas aventureras de un carguero espacial, viene reforzado por los otros tres personajes femeninos que pueblan la función: la íntegra Zoë Alleyne Washburne (Gina Torres), escudera de Malcolm en la guerra y aún su mano derecha; la bondadosa Kaylee Frye (Jewel Staite), personaje chocante por cuanto su apariencia angelical contrasta con ese rol, tan masculino, de ejercer de mecánico de la nave; y por último, River Tan (Summer Glau), la hermana de Simon, una joven perturbada por culpa de unos sombríos experimentos de la Alianza en los que le tocó ser conejillo de indias, y de los que ha heredado una intuición a menudo visionaria, de manera tal que el personaje ofrece al relato unas a menudo apetitosas fugas enigmáticas. Del director de Bola de fuego (1941)  y La novia era él (1949) queda esa tipología asociada a las mujeres de carácter, pero los significantes quedan sin duda lejos de lo hawksiano, y enlazan con la lectura contemporánea que la serie sin duda reclama a gritos.

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Como el director de  La comedia de la vida (1934), Whedon extrae mucho partido a las situaciones de guerra de sexos y al flirting a menudo asimétrico entre los miembros de la tripulación. También, como muestra del rigor y el control de las piezas de ese mosaico vivo, el relato progresa a menudo aparejando personajes en conflictos de largo alcance: tenemos por supuesto la historia de amor consumada entre Zoe y Wash, o las dos pendientes entre Keileen y Simon o entre el propio Mal e Inara; pero también tenemos la relación entre los dos hermanos prófugos, o los interesantes apuntes filosóficos/teológicos que depara el careo entre River y el predicador Brook. Firefly nunca sacrifica la posibilidad de seguir sacándole punta a ese estudio y careo de personajes y grupos: las ocurrencias argumentales resultan briosas, divertidas y en ocasiones angustiosas o hasta sombrías, pero se saben subordinadas a ese retrato, sencillamente brillante, de personajes. No es de extrañar que en la culminación de un episodio como “Ciudad de Ariel”, en el que tienen lugar graves acontecimientos (como siempre resueltos felizmente los últimos cinco minutos), cuando Kaylee es preguntada por lo sucedido explique todos esos entresijos de la trama (dos que se hicieron pasar por muertos, otros que planearon un robo en un hospital en el corazón de la Alianza, una expedición que se torció y terminó con apuros, atropellos y violencia) quitándole hierro; Kaylee viene a decirnos: “da igual lo que suceda, todo acabará bien”; lo que no significa que lo que suceda no sea importante, simplemente nos asevera dónde radica el meollo de la cuestión.

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Esos axiomas, en cualquier caso, funcionan como sugestivo combustible de otros: lo que Firefly termina proponiendo es un retrato de vena romántica y que nos habla de los significados de la amistad, el compañerismo, la lealtad y el compromiso con unos determinados valores ya perdidos en un mundo (perdón, galaxia) donde la oligarquía de poder retroalimenta su carroña ideológica y excluye a la mayoría en nombre de la ley y el progreso. Conjugando con suma eficacia escenográfica el minimalismo de los interiores de la nave y unos efectos digitales tan sencillos como resultones para ilustrarnos sobre el progreso y las fachadas de este extraño futuro intergaláctico, la serie propone, sin abandonar nunca la clave pop, un paseo por elementos categóricos de la ciencia ficción: atiéndase al retrato social distópico o a los experimentos en el personaje de River, que sostienen parte importante de la inercia de esa constante sensación de fuga que caracteriza a estos outlaws de las páginas del futuro que, da igual si lo son por vocación o necesidad, defienden con uñas y dientes el pabellón de la rebeldía, porque saben que es el sinónimo de la libertad.

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El aludido contraste escenográfico, que también es extensible a los exteriores donde discurren los sucesivos periplos, entre el high-tech o la frialdad metálica de los espacios opulentos y la rudeza de tabernas o prostíbulos, por no hablar de la desnudez de espacios desérticos o nevados, nos habla también de la apuesta de Firefly por la dialéctica entre  lo viejo y lo nuevo, las reglas de un clasicismo que se hace evidente que no se agota y los esfuerzos por incorporar nuevos tropos, nuevas retóricas, algunos de reciclaje pero otros fruto del ingenio y la capacidad innovadora de Whedon y el resto del equipo creativo. Firefly es una excelente serie en el balance de todos esos elementos en solfa y armonía, que en realidad poco tiene de posmoderna pues detesta la mera cita, el guiño o la sutura, y ambiciona en cambio una mirada moderna, desacomplejada, extravagante si es preciso, pero sin que el canje sea nunca el rigor expositivo y el equilibrio en el relato de personajes. Firefly es, añadirían algunos, entertainment de quintales; pero yo no lo añadiré, porque eso que damos en llamar “entretenimiento” siempre me ha parecido una definición difusa que a menudo pervierte/subvierte/ningunea, al ser esgrimida, los fértiles significados en los que reposa el interés de una obra de ficción. Y eso es injusto. Por no decir miope. O incluso cínico. Y el cinismo daña las cosas bellas, como la nave Serenity, como el capitán Reynolds y su tripulación, o como la imaginación de Joss Whedon.

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ELLA ME ODIA

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She Hate Me

Director: Spike Lee.

Guión: Spike Lee y Michael Genet, según un argumento del segundo.

 Intérpretes: Anthony Mackie, Kerry Washington, John Turturro, Ellen Barkin, Monica Bellucci, Jim Brown, Brian Dennehy, Woody Harrelson, Bai Ling, Q-Tip, Dania Ramirez, Kristina Klebe, Chiwetel Ejiofor

Música: Terence Blanchard

Fotografía: Matthew Libatique

EEUU. 2004. 116 minutos

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Quizá los contornos de suave proposición lírica de la partitura de Terence Blanchard nos recuerdan, en una primera apariencia, que She Hate Me, una de tantas películas poco conocidas de Spike Lee, se filmó en el segundo (y por ahora) último de sus periodos de esplendor creativo, dos años después de la extraordinaria La última noche (The 25th Hour, 2002), y dos antes de entregar ese thriller lumetiano e irónico disfrazado para todos los públicos que fue Plan oculto (The Inside Man, 2006) así como su última obra maestra, el valioso (y aún tan vigente) documental sobre el Katrina When The Levees Broke: A Requiem in Four Acts (2006). Entre tanta capacidad para la trascendencia fílmica, She Hate Me podría parecer la nota discordante, el inevitable eslabón irregular incluso en aquel periodo tan fértil, aseveración que lleva a otra, la constancia de la irregularidad de la carrera de un cineasta indudablemente talentoso como es Lee.

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Puede verse de esa manera. Y, sin duda, lo cierto es que nos hallamos ante una obra que chirría desde diversos puntos de vista, principalmente su argumento desconcertante o, más bien, el modo en que acaba siendo gestionado en imágenes. Ese argumento –de Michael Genet, que el propio Genet y Lee convierten en libreto– mixtura un relato sobre los excesos y sandeces de los lobbies poderosos que llevaron a la crisis económica con el periplo personal de un joven, John Henry Armstrong (Anthony Mackie, entonces aún lejos de la popularidad que hoy atesora, y que sin embargo entrega la mejor interpretación que le he visto) quien, de la noche a la mañana, pasa de ser un ejecutivo de prestigio en una empresa farmacéutica a ser despedido y pasar a ganarse la vida cediendo su esperma a diversas mujeres lesbianas que pretenden quedarse embarazadas (sic). Con semejantes piezas de difícil encaje, Spike Lee disfruta edificando un relato en el que su sempiterna bandera de incorrección y denuncia política (y matiz racial, aquí también) se enarbola junto a otra, ideológica y de deriva sociológica, referida al discurso sobre el comportamiento psico-sexual, elemento este que por otra parte no debería sorprender a quien conozca con un poco de detalle el bagaje de Lee, pues es un tema que ya aparecía en su opera prima, Nola Darling (1986) y sobre el que el cineasta ha reflexionado en diversas obras sucesivas.

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Demasiado larga, sin duda arrítmica, carente de un guión lo suficientemente férreo para que la dramaturgia implicada se imponga sobre las apetencias discursivas per se (o, dicho de otro modo, que las segundas se hallen bien canalizadas por lo primero, y no lo contrario), según es dable esperar de un argumento de desarrollo más o menos convencional (que no temática convencional), She Hate Me sólo puede defenderse desde el prisma de la autoridad del auteur. Pero desde ese punto de vista, resulta que la película no se halla tan lejos de ninguna de las otras tres obras antes citadas de aquel primer lustro del siglo XXI firmadas por el director. De hecho, es una obra “de Spike Lee” más evidente que las otras tres, prima hermana de la citada Nola Darling o de Fiebre salvaje (Jungle Fever, 1991), si bien desde las maneras estilísticas del realizador mucho más fijadas. Pariente cercana de Mo’ Better Blues (1990), de Girl 6 (1996), de He Got Game (1998) o incluso de Crooklyn (1994), aunque el aparente escenario vital sea otro, pues todas esas películas, las que se cuentan como menores, fallidas o mediocres de Lee son las que definen en profundidad los recovecos narrativo-discursivos del cineasta que la canónica (y maestra, cierto) Haz lo que debas (Do the Right Thing, 1998) planteó de forma cartesiana, gráfica y, por ello, harto elocuente.

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Porque She Hate Me nos habla al fin y al cabo del cuestionamiento de la integridad de un ciudadano de a pie, John Henry Armstrong (el “Henry” no es un añadido ocioso a su nombre de pila) que pasa, de formar parte del enganaje capitalista salvaje-cohorte de la clase dirigente, o al menos adinerada, a regresar a los cubículos de la humildad de los que procede, para tener que lidiar con interrogantes sentimentales que no tienen fácil resolución (las cicatrices de su ruptura sentimental con Fatima (Kerri Washington), quien se convierte en proveedora de las mujeres lesbianas que pretenden sexo y procreación con él) al mismo tiempo que se enfrenta a una serie de encrucijadas relacionadas con su degradación profesional, que el relato no titubea en trufar de detalles sardónicos que hacen del periplo de Jack Armstrong una versión contemporánea, posmoderna, extravagante de la lucha de los héroes caprianos. Versión también racial, pero especialmente afiliada a unos parámetros de combatividad política, de afirmación de una determinada pertenencia social y a los valores auténticos que la definen, en oposición a los de esa clase dirigente y despiadada a la que dio juego antaño (individualizada en ese jefe cabrón al que da vida Woody Harrelson).

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 Por supuesto, She Hate Me es el típico relato sobre la posibilidad de redención. Pero en el cine de Lee interesa saber de qué debe uno redimirse y cómo llega a hacerlo, siempre contraviniendo normas de funcionamiento social extendido, aceptado y, por supuesto, nocivo. Si se tiene eso claro, resulta que las piezas de esta película de apariencia tan curiosa se engarzan con sorprendente armonía. Del mismo modo que sucede en todas esas películas que antes he identificado del corpus duro del cineasta, o como sucede también, por zanjar la cuestión de la autoría con un  ejemplo de aparentemente difícil parangón, en Miracle at Santa Anna (2009), que revisó la Segunda Guerra Mundial desde el prisma de otros héroes, aquéllos que, definitivamente, no tenían en Europa nada por lo que luchar.

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Hunger

Dirección: Steve McQueen

Guión: Steve McQueen y Enda Walsh

Intérpretes: Michael Fassbender, Stuart Graham, Laine Megaw, Brian Milligan, Paddy Jenkins, Liam Cunningham

 Música: Leo Abrahams y David Holmes

Fotografía: Sean Bobbitt

Montaje: Joe Walker

GB-Irlanda. 2008. 96 minutos.

A merced de la violencia

Aunque Steve Rodney McQueen ya atesoraba un bagaje artístico previo importante en materia audiovisual (en 1999 se alzó con el Turner Prize, prestigioso galardón de arte contemporáneo británico), su opera prima cinematográfica, esta Hunger, sorprendió a crítica y público ya desde su opening en el Festival de Cannes (en la sección Un certain regard), donde se alzó con el premio al mejor filme de un director novel. Y no es para menos: Hunger es una película espléndida, que demuestra tanta intuición como genialidad en el abordaje altamente formalista de un tema espinoso y de poderosa (y nada complaciente) ubicación ideológica. McQueen, a la manera del primer Paul Greengrass (el de Bloody Sunday), logra enraizar su obra de forma harto personal en el mosaico cinematográfico del documentalismo británico, tradición artística tan antigua como la propia cinematografía de aquel país, pero que en los últimos años andaba sin duda falta de esa clase de inspiración que el filme que nos ocupa exuda por todos sus poros.

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Y la verdad es que en estos tiempos en los que la crisis económica global ha dado alas y oportunidad en Europa a la derecha para dar rienda suelta a los planteamientos neoliberales, en estos años en los que –por ejemplo en España- empieza a palparse de forma clara que el Estado del Bienestar pronto va a quedar defenestrado, puede decirse que la temática abordada por la película cobra un sentido que trasciende, aunque sea desde lo particular, la crónica histórica. El londinense McQueen, acompañado por la guionista irlandesa Enda Walsh, nos proponen un relato que se centra en un episodio crucial de la política nacionalista irlandesa, la huelga de hambre que diversos presos miembros del IRA siguieron en 1981 y que se cobró la vida de diez de ellos, incluyendo a Bobby Sands (Michael Fassbender), que  fue elegido Parlamentario durante el curso de la huelga, una huelga que culminaba cinco años de protestas seguidas por los republicanos irlandeses prisioneros en Irlanda del Norte (durante la época denominada de “Los Problemas”, que se inició con la Protesta de la Manta de 1976, cuando el Gobierno Británico denegó un status específico a los paramilitares convictos, y se fue recrudeciendo hasta alcanzar en 1981 este fatídico pulso entre los prisioneros irlandeses y la Primera Ministra Margaret Thatcher). Si hablo de momento crucial es porque el trágico cómputo de vidas sacrificadas por la huelga y el hecho de que entre ellos se contara el parlamentario Sands movilizó a la opinión pública dentro y fuera del Reino Unido, y marcó un antes y después en la política nacionalista: el Sinn Féin, hasta entonces un partido minoritario, se convirtió en una fuerza política de primer orden.

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Muchos de los datos apuntados en el párrafo anterior no se exponen en la película. No porque no interesen a sus responsables, sino porque se dan por conocidos y, por tanto, pueden y deben ser integrados en el aparato de reflexión que emerge de ese inside out de fuerte componente que va de lo subjetivo a lo abstracto, y en el que de una apariencia radiográfica y hasta distante emerge un formidable aliento lírico rabioso en su aparato simbólico. Hunger está estructurada en tres partes muy bien delimitadas. La primera detalla las terribles condiciones de vida en las que se hallan los presos políticos en la prisión irlandesa de Maze, fruto del terrible crescendo de enfrentamiento entre las facciones enfrentadas, y que en la depurada caligrafía descriptiva de McQueen (que guarda algunos ecos con las estrategias formales, y también las intenciones narrativas, del mismísimo Robert Bresson de Un condenado a muerte se ha escapado) subyuga por la constancia de lo cruento, pero también de lo inexorable, pues levanta acta de un estado de las cosas en el que el odio ya se ha hecho irrespirable, y se hace imposible pensar en una solución, en una distensión. De forma audaz, se narra la llegada de un preso a Maze, y el espectador sigue su trayecto por ese lugar infernal: es, en efecto, un viaje iniciático, un viaje para la conciencia y el escrúpulo, en el que el cineasta gestiona de forma excepcional los resortes de lo dramático, partiendo de lo implosivo mediante atinadas elipsis en los que se perfila una violencia (v.gr. la señal de una lesión en la cabeza del preso que se dirige por primera vez en su celda; las cicatrices en los nudillos del celador) que se mostrará de forma inequívoca en los clímax.

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En este portentoso arranque queda ya claro que McQueen no va a contentarse con una crónica a la usanza, por descarnada que ésta sea. Prefiere centrar los términos desde un trazo minimalista (las imágenes del interior de la celda, con las texturas de las heces en la pared y esa abertura en la reja en la que polula un insecto…) y habilitar los símbolos a través de imágenes contundentes (los charcos de orines que emergen del interior de las celdas, esas heces en la pared formando un perfecto remolino) o secuencias tan terribles como la que se muestra el procedimiento seguido para cortar el pelo a los reclusos (que guarda la imagen, nada inofensiva, del joven antidisturbios llorando en un compartimento del encuadre mientras en el otro se muestra una brutal paliza en curso). La secuencia del asesinato a sangre fría, en el comedor de un asilo, del celador, marca un punto y aparte en el relato, evidenciando que, en cualquiera de los bandos enfrentados, al final sólo quedan personas, y que quedan más a merced de la violencia que del odio; pero esa secuencia, al hablarnos de que nadie está a salvo (haciendo referencia a los miedos que aparecían en la primera secuencia del filme –en la que el personaje miraba si habían instalado un explosivo en el vientre de su vehículo-, eran fundados), revela una estratagema cabal en la construcción narrativa y visual de la película: la coda basada en primero sugerir y después constatar, que interpreta el articulado completo de imágenes sin dejar una sola fuga, y que dota al relato de una más que relevante pátina de febrilidad y urgencia.

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Tras todo lo anterior, y sólo entonces, nos detenemos literalmente en la celebrada secuencia rodada en un plano fijo y distante (aunque incorpora un plano de detalle, de Bobby cogiendo un cigarrillo) que dura nada menos que diecisiete minutos y en la que Sands conversa con un cura (Liam Cunningham) y le revela sus planes como cabecilla del grupo de reclusos: la huelga de hambre; la estrategia formal es pertinente por cuanto es, en ese preciso instante y en ningún otro de la función, donde las palabras son importantes, donde se debate la cuestión política y los puntos de vista (el cura es abiertamente reticente al plan propuesto por Sands, y trata por todos los medios, y con suma convicción expositiva, de convencerle de que no lo haga; el preso expone sus motivos, y su previsión de consecuencias). Y tras aquélla queda el tercer segmento, y desenlace de la película, que centra su atención exclusivamente en el seguimiento de la huelga por parte de Bobby Sands, sin distracción alguna a agentes externos (omisión de todo punto intencionada), la progresiva mengua de fuerzas y aptitudes mentales de un hombre arrojado al límite literal de sus convicciones y de sus fuerzas, secuencias duras en las que el cineasta aprovecha con una avidez expresiva no reñida con el pudor la descripción de la depauperación física (Fassbender siguió una rigurosísima dieta que le dejó literalmente en los huesos), y en las que sutiles subrayados en una banda sonora antes inexistente o breves planos subjetivos (la cámara se desenfoca como lo hacen los ojos del enfermo) tensan los últimos términos de la exposición desde una perspectiva coherente con el resto del iter formal de la función y no por ello menos chocante: una sensación de paz espiritual y de equilibrio. Cabe buscar la interpretación en lo que, como antes mencionaba, el filme no narra pero sí que tiene fundamental importancia: el contexto, el curso de los acontecimientos históricos (si bien al respecto sí que aparecen unos breves rótulos al final de la película, exclusivamente centrados en el final del personaje y de sus nueve compañeros, y en la decisión final del gobierno británico, sin mención alguna al brazo político del ejército republicano irlandés). Aunque también cabe, agazapada por las abstracciones, una sencilla interpretación desde lo dramático: la recompensa de hallar la paz después de tanto odio, tanto sufrimiento.

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Ghost Town

Director: David Koepp

Guión: David Koepp y John Kamps

Música: Geoff Zanelly

Fotografía: Fred Murphy

Intérpretes:  Ricky Gervais, Téa Leoni, Greg Kinnear, Billy Campbell, Kristen Wiig, Dana Ivey

 EEUU. 2008. 106 minutos

La salsa de la vida (y de la muerte)

Habida cuenta del tiempo prudencial transcurrido desde el estreno de ¡Me ha caído el muerto! (2008), y por tanto del hecho de no tratarse ésta de una reseña de actualidad, sino más bien que pone en perspectiva un trabajo más del paisaje filmográfico de David Koepp, podríamos empezar por devolverle a la película, justamente, la dignidad que en España perdió desde el momento en que alguien tuvo la nefanda idea de modificar esa “ciudad de fantasmas” del título original por el tontorrón e inadmisible “¡me ha caído el muerto!”, título que pretendía de entrada equiparar la comedia de Koepp con las comedias para teenagers que llevan esa parroquia joven a los cines, traición tanto a unos como otros, pues el filme, precisamente desde el mérito, traiciona esas expectativas que acaso hallan en el título quienes acuden a ver la película seducidos por el mismo, mientras el target real del filme buscado por sus responsables, claramente adulto, también está traicionado por la razón inversa. Quizá no se trate de una película memorable, pero habida cuenta del estado en el que se halla la comedia americana –sea nueva o de reciclaje, de patronazgo indie o industrial–, no debería descartarse que, en un juicio analítico efectuado con suficiente perspectiva (pongamos de aquí un par o tres de lustros), Ghost Town pueda llegar a figurar en una antología sobre buenas comedias americanas de lo que llevamos de siglo XXI. Para que eso suceda, empecemos por recordar la película olvidando los falsos matices de su título en castellano.

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Continuemos, ya centrados en el universo koeppiano, por glosar las curiosas, a priori anecdóticas concomitancias que la película guarda con la que acaso sea mejor película hasta la fecha del cineasta, El último escalón (1999). Como Tom Witzky (Kevin Bacon) en aquella obra basada en una novela de Richard Matheson, Bertram Pincus (Ricky Gervais) adquiere aquí por accidente –allí era una sesión de hipnosis, aquí un trance anestésico en el curso de una colonoscopia– la facultad de ver fantasmas, y cómo allí uno de ellos le pide una clase de ayuda que, desde el otro lado, es incapaz de dar, un ajuste de cuentas con la vida que quedó pendiente –allí, la revelación de la autoría de un horrible crimen; aquí, más difuso, la resolución de unas heridas sentimentales–. Traspasando la primera apariencia, y en buena lógica narrativa, tanto Tom como Pincus vivirán una progresión dramática que emerge directamente de ese apoderamiento trascendente, que, como allí, les llevará a realizarse, a encontrar una paz interior que antes les faltaba. Precisamente todas esas concomitancias sirven para deslindar claramente  territorio genérico que, en cada caso, Koepp maneja, pues en esta Ghost Town, que ciertamente por definición puede considerarse una comedia fantástica, el cineasta decide en cambio dar la espalda  –da la sensación que muy conscientemente– a los elementos visuales y narrativos que configuran el elemento sobrenatural, que aquí deviene en realidad un brebaje traspolado a lo cotidiano para presentar de forma hilarante las premisas de una comedia de triángulo sentimental.

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De tal modo, el trabajo atmosférico con la composición de los planos y la fotografía cede el espacio a un territorio visual abiertamente neutro, que, en la convención de la comedia sofisticada, se mueve en recurrentes espacios interiores –la consulta del dentista, el interior de los apartamentos o la propia finca, el ascensor, un museo…– y se oxigena en escogidos escenarios exteriores, aquí de la ciudad más fotogénica de los EEUU, una Manhattan cuyos opulentos rincones Koepp, como tantos otros antes que él, no puede evitar contemplar embelesado. Y en el mismo sentido, la manipulación subjetivista de los encuadres y del montaje cede a otra clase de rigores menos manieristas, ello añadido al hecho indudable de que en Ghost Town hay bien pocos efectos especiales (algunos que se modifican por ocurrencias más sutiles, por ejemplo esa broma consistente en mostrar que el contacto con un fantasma nos lleva a estornudar). Estoy diciendo que lo que hace Koepp, de tal modo, de forma valiente y consecuente, es básicamente desalojar de lo visual el elemento fantastique, y basar la eficacia cómica en el planteamiento de situaciones y en la labor de tres actores en franco estado de gracia.

 GHOST TOWN

Es en estos ingredientes, canónicos de la comedia clásica –no tanto de la que se estila en los últimos años, más cultivada por lo extravagante en diversas formas–, de donde emerge el indudable aroma agradable de este relato. Y no se desliga de lo anterior que una seña cabal del cine de Koepp, superior a cualquier término de identificación genérica, se mantiene felizmente: la concisión expositiva: en esta película el ritmo funciona a la perfección porque el desarrollo argumental es concreto y directo, y los conflictos están perfectamente balanceados en su progresión narrativa. La imaginación y el elemento hilarante fluyen, pero de modo que nada chirríe. A pesar de contar con la tentación del one man show de Ricky Gervais, Koepp modula a la perfección las prestaciones cómicas que ofrece el actor, y consigue que vista perfectamente las pieles de su personaje: le deja dar rienda suelta a algunos de sus chistes, pero no que éstos traspasen los límites del rol que el actor tiene encomendado, que está perfectamente delineado y que se orilla en cierta y sorprendente sobriedad en la ecuación interpretativa final. Algo parecido sucede con otra actriz de cuyas performances cabría esperar semejantes acicates interpretativos, Kristen Wiig, pero aquí esa tentación está atajada porque sólo se le ofrecen un par de breves apariciones, una de las cuales la actriz, en feliz asociación con Gervais, nos entregan esa desternillante secuencia en la que se produce un auténtico diálogo de besugos, los dos hablando sin comprender a su interlocutor y por tanto replicando de forma arbitraria. Wiig, como decía, sólo funciona aquí para un apuntalado cómico, y la estructura dramática se sostiene en cambio en Greg Kinnear, cuya composición del fantasma, magníficamente matizada, contiene de hecho las claves del tono preciso que Koepp imprime a su destilado cómico, y Téa Leoni, quien asume el contrapeso más dramático y demuestra ser una de las intérpretes mejor dotadas de su generación (y más desaprovechadas en Hollywood), pues ofrece una réplica excelente a Gervais con su presencia magnética y un rostro tan pletórico de expresividad que, en cualquier secuencia en la que aparece, enciende infinidad de matices que no hacen otra cosa que engrandecer el valor de la historia.

http://www.imdb.com/title/tt0995039/

LOS MUNDOS DE CORALINE

Coraline

Director: Henry Selick

Guión: Henry Selick, según una novela de Neil Gaiman

Música: Bruno Coulais

Fotografía: Pete Kozachik

Intérpretes:  Dakota Fanning, Teri Hatcher, Jennifer Saunders, Dawn French, Keith David, John Hodgman, Ian McShane

EEUU. 2009. 97 minutos

  

El botón con que se mira

 

Coraline [was] a huge risk.

But these days in animation,

the safest bet is to take a risk.

—Henry Selick

 Que Los mundos de Coraline es una pieza cinematográfica exquisita, e indudablemente uno de los títulos más excepcionales que nos ha dejado el cine de animación en lo que llevamos de siglo (en este caso, modalidad miniaturas animadas mediante la tradicional técnica del stop-motion) es algo que debería quedar fuera de toda duda, pues las imágenes de la película hablan por sí mismas y su condición de clásico casi instantáneo sólo será inadvertido por aquellos que desdeñan de lo que no sea –o denomine incorrectamente- “acción real”, prejuicio aún muy extendido entre ciertas facciones de público, al menos en nuestro país. Más que defender ese hecho, que me parece obvio, mejor plantear las razones por las que Coraline alcanza ese status de genialidad. Algo que es fruto, por supuesto, del trabajo colectivo de una infinidad de grandes profesionales de las facetas artísticas y técnicas –animadores tanto tradicionales como de factura digital (que actúan en posproducción), el director lumínico, el compositor, el montador…-, pero que obedece a una batuta estética y narrativa urdida de forma tan personal como brillante por el director Henry Selick, quien en esta ocasión sintoniza a la perfección con un imaginario literario no menos marcado, el del escritor de procedencia inglesa Neil Gaiman, quien al parecer fue el primer interesado en que Selick asumiera la realización de la adaptación cinematográfica de su novela homónima, escrita en 2002.

 

Si el bagaje en la escritura de novelas y cómics de Gaiman es impresionante (sin duda, se trata de una de las plumas más ilustres del cómic contemporáneo), el autor de The Sandman ha tenido hasta la fecha menos suerte en la traslación de sus obras a la órbita de lo cinematográfico. A la espera de lo que pueda dar de sí (y sin duda promete mucho), la adaptación que de la prestigiosa novela American Gods está produciendo la HBO (bajo la batuta del propio autor junto a los productores Tom Hanks y Gary Goetzman), las luces y sombras que hasta la fecha atesora el cine de o sobre Gaiman poco tienen que ver con la temperatura tan peculiar y desbordante de ingenio que destilan esas mismas luces y sombras en sus textos escritos. Poco se ha trasladado a la pantalla, y cuando se ha hecho, caso de Stardust (Matthew Vaughn, 2007), los resultados fueron más bien pobres. Quizá en parte ello se explique porque los inconfundibles formatos temáticos, tonales y argumentales con los que Gaiman trabaja resultan a menudo muy complicados de ser reconvertidos en imágenes sin perder parte importante de su idiosincrasia, aseveración ésta que también es aplicable a Coraline, su reputada novela de ecos carrollianos (que obtuvo el Premio Hugo a la Mejor Novela Corta de 2003, el Premio Nebula a la Mejor Novela Corta de 2003 y el Premio Bram Stoker a la Mejor Obra para Jóvenes Lectores), que sin embargo sí encontró en la persona y trabajo de Henry Selick a alguien a la altura creativa, pues esta Coraline, para los no iniciados en Gaiman, es indudablemente una suculenta puerta de acceso al alucinante y percutante universo del autor de Mr. Punch, una obra de definiciones aparentemente afables pero pespunteadas por lo grotesco y que, en un crescendo arrebatador, van contaminándose con turbadores componentes terroríficos que revelan el absoluto vértigo de las premisas fantásticas liberadas al tiempo que reflexionan, con suma lucidez, sobre la alquimia de los cuentos para niños.

 

Henry Selick, decíamos, supo desplegar con su otra varita, la visual, ese exuberante compendio de nociones fantásticas de la obra de Gaiman, quien sentía devoción por el realizador desde que viera su imborrable Pesadilla antes de Navidad (1993), el primer largometraje de Hollywood rodado íntegramente con la técnica del stop-motion animated feature, y le cedió al cineasta el absoluto control creativo de la traslación de su novela a lo fílmico –Selick, amén de director, es el autor del libreto, en el que introduce algunas modificaciones importantes, entre ellas la creación del personaje del amigo de Coraline, Wyborne ‘Wybie’ Lovat–, quien, para la ocasión, rizó el rizo formal al rodar la película íntegramente en tres dimensiones (resultando, al respecto, una de las películas cuyo visionado estereofónico resulta más gratificante de las muchas que se han realizado en los últimos años). Cineasta perfeccionista donde los haya (algo casi obvio de predicar de alguien que se dedica al stop-motion), y brillante urdidor de atmósferas, Selick orquestró la labor de diversos y muy brillantes animadores para hacer de esta Coraline una experiencia cinematográfica pletórica en todas y cada una de sus facetas narrativas, exprimiendo los ítems creativos de Gaiman en una sinfonía visual despampanante en la elucubración de los espacios escénicos, en la utilización de las texturas y colores, en la caracterización de los personajes y en la ciencia de lo cinético y el movimiento.

 

Era necesario el trabajo de diez personas durante 3 o 4 meses para construir una marioneta de Coraline, personaje de quien se hicieron hasta veintiocho modelos de diversa magnitud. Este dato nos ofrece un mero ejemplo, de tantos que cabe extraer de las notas de producción de la película, que certifican la absoluta meticulosidad de la labor de tantos profesionales de la creación de los veinticuatro fotogramas por segundo, creadores de formas al mismo tiempo que intérpretes (sin duda privilegiados) por transferencia a sus puppets. De la imaginación impresa en esa labor, presta a impregnar al espectador del primer al último minuto del metraje, nos habla cada uno de esos por lo general saturados de trabajo segundos de que se compone el filme, un filme que, a tono con lo glosado sobre Gaiman en lo precedente, recicla convenciones de tipologías argumentales diversas (la niña que se traslada a otro hogar; los padres demasiado atareados para ocuparse de ella; el caserón antiguo con una puerta que esconde un secreto y una llave que promete confesarlo;…) en lo que se cuece como un relato de fantasía infantil coartado por lo ambiguo y hasta terrorífico (pues, no lo olvidemos, lo infantil y lo terrorífico no son, nunca han sido, dos conceptos excluyentes) que termina germinando en una sinfonía visual, a menudo abigarrada, muy brillante, de alto voltaje atmosférico y poético que nos habla principalmente, y con una voz heredera de los clásicos pero indudablemente propia, del material sensible del que están hechos los sueños y las pesadillas en las que el subconsciente derrama los anhelos y frustraciones, las esperanzas y los miedos, las certezas y los interrogantes. Brujas que sustituyen a madres, botones que extraen la voluntad de la mirada, anillos que permiten contemplar perspectivas ocultas, instintos personificados en animales que hablan, hadas buenas parapetadas en el cuerpo de dos ancianas caprichosas, almas recluidas tras un espejo…  En Los mundos de Coraline todo es posible, y todo tiene un sentido. Algo bien difícil de lograr, de hecho sólo al alcance de los genios, en este caso dos, Gaiman y Selick, cuyas órbitas se han alineado de forma virtuosa en la fábrica de los sueños.

http://www.imdb.com/title/tt0327597/?ref_=fn_al_tt_1

http://coraline.com/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

CHOPPER

Chopper

Director: Andrew Dominik

Guión: Andrew Dominik

Música: Mick Harvey

Fotografía: Geoffrey Hall y Kevin Hayward

Intérpretes:  Eric Bana, Simon Lyndon, David Field, Dan Wyllie,

Bill Young, Vince Colosimo

Australia. 2000. 88 minutos

 

El caos y la furia

 El neozelandés Andrew Dominik contaba treinta y tres años cuando escribió y dirigió esta su opera prima, Chopper, recreación dramática de algunos avatares vitales de  Mark “Chopper” Read, criminal que se ganó el estatus de legendario desde que escribió su autobiografía durante un periodo de reclusión en la cárcel y ésta se convirtió en un best-seller. Read escribió otros libros, e incluso novelas que tomaban elementos autobiográficos como punto de partida, textos que terminaron de afianzarle en la extraña clase de celebridad de que disfruta en las antípodas. Mirado en retrospectiva esta Chopper, resulta notoria la asociación que cabe hallar entre semejante y extravagante personaje y aquel otro asociado a la mítica del western, Jesse James, a quien Dominik consagrara su segunda obra, la magistral El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007): desde dos perspectivas distintas, complejas y válidas, el cineasta nos sirve en ellas exploraciones sobre la figura de sendos outlaws que bajo un aliento desmitificador proponen jugosas líneas descriptivas, alegóricas y reflexivas.

 

Quizá resulte más idóneo tirar el hilo de esos retratos de personajes reales meditando sobre la inevitable confusión entre realidad y mito, o, planteado de otro modo, el valor distorsionante del punto de vista en la recreación/elucubración de hechos cuya evocación ha calado en el imaginario cultural, en este caso reciente y de latitudes localizadas (Australia), en el otro de premisas y acomodo más universal, especialmente por la prolífica intervención mediata del cine. Centrándonos como corresponde en Chopper, lo interesante del caso es que Dominik juega una baza narrativa basada en equívocos, verdades relativas o directamente cuestionables que Read expone en sus textos autobiográficos, datos a menudo llenos de inconsistencias y premisas tan llamativas como indemostrables, que diluyen cualquier afán de discernir qué es cierto y qué no lo es. Precisamente en esa indefinición Dominik halla una plataforma expresiva subjetiva harto interesante, mixturando datos autobiográficos con otros de cosecha propia que llevan el relato a la deconstrucción y la paráfrasis abstracta.

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Dominik rueda la película en pantalla horizontal. En la primera parte, los encuadres nos encierran en la asfixiante desnudez grisácea de celdas colectivas, cubículos de una cárcel en los que empezaremos a adentrarnos en la personalidad indomeñable, imprevisible, muy peligrosa de Chopper, encarnado con excepcional solvencia por el entonces desconocido Eric Bana. Después, pasada la primera media hora, abandonaremos la cárcel, pero no la  sensación de claustrofobia, que Dominik y sus operadores fotográficos, Geoffrey Hall y Kevin Hayward, trabajan con una iluminación feísta, y una textura granulada, en la que a menudo se lleva a la saturación cromática los rojos y azules. De lo que se trata no es aquí tanto de describir unos entornos como una personalidad enfermiza, desde la que se filtra el relato, no sólo a través del recurso de la cámara subjetiva, sino desde ese método más radical, la imagen inundada por esa visión esquinada, paranoica, obsesiva. Chopper es una película cuyo visionado resulta crudo no tanto por la ya de por sí angustiosa gestión de las explosiones de violencia –el capítulo en el que el personaje es apuñalado por uno de sus compañeros de celda- sino porque lo perceptivo está supeditado en todo momento a esa perspectiva siempre esquiva al espectador, que en un inicio parece obedecer a un extraño código de conducta, pero conforme se desarrollan los acontecimientos se revela fruto de la arbitrariedad de una mente enfermiza. Una arbitrariedad que ofrece el punto de vista caprichoso de los hechos, algo que se lleva a la tesis en la explicación final, rodada desde diversas posibles ópticas, sobre la comisión de un asesinato en el aparcamiento de un local. ¿Qué sucedió realmente? ¿Cuál es la verdad? Es imposible de saber. Pero el personaje defiende su postura con una autoindulgencia que descoloca al espectador, invitado a formar parte de su imaginario en la matriz narrativa que, en el principio y final de la historia, se escenifica en la misma secuencia, Chopper mirando el programa televisivo que nos habla (al principio) y cuestiona (al final) su versión de los hechos sobre ese asesinato, y ofreciéndole a los dos celadores que le acompañan las glosas que él considera pertinentes al respecto, que no hacen otra cosa que agravar aún más la sensación de desconcierto. Dominik, de tal modo, no se limita a proponer una aproximación furiosa e hiperrealista a los actos de un delincuente célebre principalmente por su insubordinación constante; más bien nos adentra en su propio imaginario, dinamitando desde dentro todas las convicciones desde las que se construye esa sustancia legendaria  y simbólica.

http://www.imdb.com/title/tt0221073/?ref_=fn_al_tt_1

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

ADAM RESUCITADO

http://secuelainevitable.files.wordpress.com/2012/10/688272_poster_adam-resurrected.jpg?w=549

Adam Resurrected

Dirección: Paul Schrader

Guión: Noah Stollman, según la novela de Yoram Kaniuck

Intérpretes: Jeff Goldblum, Willem Dafoe, Derek Jacobi, Ayelet Zurer,    Hana Laszlo,        Joachim Król

Música: Gabriel Yared

Fotografía: Sebastian Edschmidt

Montaje: Sandy Saffeels

EEUU-Alemania-Israel. 2008. 94 minutos.

La memoria, la dignidad, la soledad

 La ya muy nutrida, sin duda desigual, pero a menudo estimulante batería de títulos que el cine contemporáneo  -europeo o norteamericano– ha consagrado a las secuelas del genocidio del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial añade con esta Adam Resurrected una aportación valiosa por lo que narra y por el cómo lo narra.  Lo primero, que podemos identificar con el noble sustrato literario de partida, El hombre perro, de Yoram Kaniuk; lo segundo, con la mirada siempre personal e intransferible de su promotor cinematográfico, Paul Schrader. Aunque el autor del libreto de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1975) no firme en esta ocasión la conversión en guión de la novela de Kaniuk (labor de la que se encomienda Noah Stollman), las razones por las que a Schrader le interesó el proyecto son fáciles de conjeturar; qué duda cabe de que el espinoso trayecto catárquico de Adam Stein, el personaje que (de forma soberbia) encarna Jeff Goldblum en la película encaja perfectamente con ese imaginario schraderiano poblado de conflictos tortuosos y que se dirimen en el campo de batalla psicológico o espiritual. Adam es sin duda un personaje apasionante, cuya miga debe ser explorada desde lo intuitivo, como así resulta siempre en las apuestas narrativas de Schrader; y el tapete argumental, en correspondencia con lo anterior, resulta más bien poco ortodoxo, utilizando una cronología en dos tiempos (ayer, el de la herida; hoy, el de las secuelas) como modo efectivo de abrir las compuertas que difuminan la diferencia entre la crónica histórica y aquélla (que en el cine normalmente es muy otra) versada en las patologías del espíritu, en este caso los traumas enquistados en la memoria del personaje, unos recuerdos que, siendo patrimonio privado de Adam, el filme abre a la paráfrasis colectiva, trascendiendo lo descriptivo y llevando las riendas dramáticas a la interpelación del espectador. (que es el modo que tiene el cine de promover sus juicios, en este caso sobre la Historia).

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En esa danza cronológica, las ventanas que se abren al pasado –filmadas en blanco y negro hasta la finalización de la Segunda Guerra Mundial, como si de otra existencia se tratara– corresponden, de forma convencional (flashbacks) a las dolorosas evocaciones del pasado cuando éste, fruto de alguna asociación mental, emerge en el presente. Lo llamativo, casi esperpéntico, es el planteamiento de esa evocación: Adam se halla en un centro psiquiátrico, pero no está recluido en él: de un modo chocante, el filme describe cómo su raro carisma le convierte en una especie de líder entre los pacientes, de modo tal que puede hacer valer una cierta jerarquía entre los miembros del equipo terapéutico (detalle importante, porque encaja perfectamente con la idiosincrasia de Schrader, que propone una forma realmente novedosa, absolutamente contraria a los lugares comunes, de relatar la relación entre el individuo y el centro psiquiátrico que le acoge); allí entrará accidentalmente en contacto con un niño que tiene diagnosticado un grave padecimiento psíquico que encaja perfecta y trágicamente con la tortura física y psicológica a la que Adam se vio sometido durante sus años de reclusión en el campo de concentración nazi, por parte de un oficial al mando, el Coronel Klein (Willem Dafoe), que conocedor del oficio de Adam –era showman en un cabaret berlinés–, lo adoptó como protegido a cambio de exigirle que se comportara… como un perro. David, el niño enfermo con el que, tantas décadas después, Adam entra en contacto, vive recluido en la convicción de que es un cánido. Con semejante, pasmosa y brillante, premisa de conflicto, el filme deshojará el proceso catárquico del personaje merced de su labor como improvisado psiquiatra que tratará de sanar al niño, pues lograrlo supondría para Adam cerrar la honda herida del pasado y encontrar la forma de rehabilitar algo de lo que sigue desposeído, su propia dignidad. Pero el camino no será fácil, ni para Adam ni para David, aunque, y es importante, el filme se limita a enunciar los progresos del menor, porque en lo que en realidad se centra es en las reacciones emocionales del torturado personaje protagonista.

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El de Schrader es sin duda un cine de experiencias fuertes, y en Adam Resurrected el cineasta demuestra principalmente la condición insobornable de su mirada, convirtiéndose en un febril ilustrador de los periplos internos del personaje, que el cineasta viste con tanta elocuencia como carencia de complejos. Se apoya principalmente en la extraordinaria composición de Goldblum para transcribir en imágenes los pasajes que corresponden al pasado, de un modo atractivo pero limitado por lo gráfico; pero el auténtico territorio de tesis anida indudablemente en los pasajes que discurren en el centro psiquiátrico, espacio en el que Schrade diluye las reglas de la lógica de modo tal que el espectador se ve arrastrado por la vorágine subjetiva, a través de la cual el cineasta compone un retrato tan patético como conmovedor de su personaje, un hombre cuya inteligencia y sensibilidad le hace aún más susceptible de ser acuciado por la inestabilidad emocional.

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A la postre, Adam Resurrected termina hablándonos con voz queda de algo que trasciende el epígrafe histórico que lo sustenta: el formidable peso de las máscaras en la existencia humana, y su implacable proceso de descomposición. No es de extrañar que la catarsis –incluso subrayada en una secuencia epifánica, de esas con las que Schrader sazona algunas de sus obras, desconcertando a buena parte de los espectadores– sea, al final, sólo aceptada en su auténtica mesura: como Adam confiesa en el hermoso cierre, es posible recobrar la cordura y el equilibrio; pero ni lo uno ni lo otro desmienten la dolorosa huella de lo que hemos sido y hecho. O, dicho de otro modo, ni en última instancia quedan recetas para el recuerdo ni la soledad.

http://www.imdb.com/title/tt0479341/

http://www.elantepenultimomohicano.com/2012/10/critica-adam-resucitado.html

http://www.cinedivergente.com/criticas/adam-resucitado

http://www.cineycine.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1507:adam-resucitado&catid=13:pellas&Itemid=39

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