MAR ADENTRO

Mar Adentro

Director: Alejandro Amenábar

Guión: Alejandro Amenábar y Mateo Gil.

Intérpretes: Javier Bardem, Belén Rueda, Lola Dueñas, Mabel Riera, Josep María Pou, Clara Segura, Joan Dalmau.

Música: Alejandro Amenábar.

Fotografía: Javier Aguirresarrobe

Montaje: Luis San Narciso

España. 2004. 125 minutos.

 

 

Cine amenabariano

        Alejandro Amenábar da un nuevo paso en su (tan y tan patrocinada) demostración de la clase de talento narrativo que atesora. Las mejores bazas de Mar adentro residen, allende la sobriedad interpretativa de algunos de los actores, en ciertos detalles de puesta en escena, alardes e ingenios visuales que remozan la historia y la van oxigenando. Amenábar es ante todo un buen narrador, y esta irregular Mar Adentro nos lo confirma. Pero basta despojarla de sus atavíos formales para encontrarnos con la cruda realidad de una historia que ni siquiera pretende avanzar, que se mueve, en todo caso, a bandazos entre el guiño, la tragicomedia desenfadada y la nostalgia de sobremesa, una historia trivial sobre algo que en ningún caso debería serlo.

 

Fragilidad

Sí. Es mi humilde opinión calificar esta laureada Mar Adentro como una película eminentemente frágil, y su fragilidad reside en su esencia y en su discurso. Hay una escena, a priori carente de mayor importancia, que en cierto modo define toda la película: el personaje que encarna Lola Dueñas va de parto, y su novio-marido –el abogado- conduce a toda prisa por las calles de Barcelona con destino al hospital; ella está hablando con Sampedro por el móvil, y se la ve de lo más preocupada, involucrada, en los problemas de Ramón; lo que no se la ve es sufrir por su estado actual y su parto inminente… Es una secuencia que siempre se puede justificar de forma pueril, pero que en el fondo raya lo grotesco, tanto como la secuencia del tour de force verbal de Sampedro con el cura que encarna Josep María Pou, segmentos de la película que no tratan de hacer creíble nada, sino de imponer un discurso. Y lo que transmiten al espectador, según mi humilde opinión, es una penosa sensación de irrealidad, que amenaza la propia esencia de la película, y que, al final, huérfana de otra tutela argumental, consigue dañarla irremisiblemente. Porque termina el metraje, y Sampedro consigue su objetivo, que era morir, pero el espectador aún no termina de entender por qué quería morir. Tiene enamoradas a un regimiento de mujeres, puede codificarse con Puccini y salir a volar, y, al fin y al cabo, sólo vemos su desesperación en una secuencia aislada, que, por lo demás, tiene más que ver con otro personaje, el de Julia, que con sí mismo.

 

Razones extracinematográficas

Y todo esto, como decía, tiene que ver con la endeble hechura de la historia que Amenábar, tan bonita, nos narra. Y lo que le ha dado al filme el pasaporte al triunfo no ha sido su fuerza narrativa, ni la intensidad de sus interpretaciones, ni siquiera la disposición de los elementos cinematográficos. Ha habido dos imponderables, turbiamente mixtificados, por cierto, los que han hecho de esta Sea Inside (como dicen en la tierra del tío Oscar) un acontecimiento. Uno, el principal, es el bombo mediático, del que me niego a hablar aquí. El segundo, su discurso, que se me antoja de lo más peligroso. Y es peligroso porque es profundamente tramposo. El discurso envenena todo el metraje de Mar Adentro, y su constante servidumbre a ese discurso obliga a Amenábar a llevar la película por la senda de la puerilidad y del buen rollo. Y me parece que pocas cosas hay más ajenas al buen rollo que el debate sobre la vida y la muerte, el derecho a escoger. Si liberáramos el filme de su discurso, quedaría una película muy, muy americana, aceptable por bien contada, olvidable por sus carencias argumentales –algo así como una A beautiful mind. Con la rémora de ese discurso, nos enfrentamos a un ejercicio de manipulación en toda regla, un ejercicio de irresponsabilidad, que hace de la gratuidad y del manierismo su insignia. Uno no puede creerse en posesión de una verdad tan absoluta que sea capaz de despreciar al que no piense como él. Eso quizá podía hacerlo Sampedro, pero no Amenábar. Uno no puede vestir de inmundicia moral a un cura, sino que debe sentarse en el banquillo de una iglesia desnuda (la de cualquier clase de Fe) y llorar, con o contra ella. Uno no debe hacernos creer que los juicios se terminan de esa manera, y mucho menos hilvanar un discurso jurídico en el que se apueste por la legalidad y la racionalidad y se deseche la metafísica de la moral… porque una película contiene, por ende, esa propia metafísica que se pretende desechar… Irrealidad, en fin, que nos han empaquetado con los mejores oropeles.

 http://www.imdb.com/title/tt0369702/

http://www.labutaca.net/films/27/maradentro.htm

http://www.filmaffinity.com/es/film936995.html

http://www.clubcultura.com/clubcine/clubcineastas/amenabar/mar08.htm

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