BALADA TRISTE DE TROMPETA

Balada triste de trompeta

Director: Alex De la Iglesia.

Guión: Alex De la Iglesia

Intérpretes: Carolina Bang,  Santiago Segura,  Antonio de la Torre,

  Carlos Areces,  Fernando Guillén Cuervo, Terele Pavez

Música: Roque Baños

Fotografía: Kiko de la Rica.

Montaje: Alejandro Lázaro

España. 2010. 120 minutos.

 

El camino del exceso

Es indudable –y el propio Alex De la Iglesia lo debe de tener asumido– que el realizador de esta Balada triste de trompeta predica aquella máxima del  poeta William Blake que reza que “el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría”. Recuerdo haber asistido al estreno de su opera prima, Acción Mutante, y llevarme una impresión pariente no muy lejana de la que me he llevado tras el visionado, diecisiete años después, de esta su novena película (décima si contamos la TV Movie Películas para no dormir: La habitación del niño). En aquel caso se trataba de una comedia gamberra de proposiciones cyberpunk en la que una cuadrilla de freaks pretendía aniquilar por la brava terrorista la hegemonía de los ricos y guapos. El director bilbaíno, que en el momento de estrenar el filme que nos ocupa es Presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, ha ido jalonando su filmografía con una estética y contenidos en los que la hipérbole se da la mano con la parodia, y a menudo con el homenaje genérico, ingredientes que nunca suelen armonizarse con mesura lo que acaba dando de resultas obras en las que se detecta cierto talento en la realización, pero sobretodo se agradecen las ansias expresivas, los intentos de proyectar agudeza –a veces sin pasar de cinismo– en la radiografía de la propia realidad socio-cultural, y como generalización resultante de lo anterior, la demostración de una personalidad propia, bastante a la contra de los cánones imperantes en la industria patria (el éxito de su temprana El Día de la Bestia, de hecho, afincó a De la Iglesia en la privilegiada posición de aquellos realizadores que van a la suya, y sólo rinden cuentas con la taquilla).

 

         Mirar atrás con ira

En esa definición de contexto y estilo no cuesta mucho decir que en muchos sentidos puede calificarse esta Balada triste de trompeta como una recapitulación y al mismo tiempo un intento de rubricar una obra de referencia filmográfica, tentativa que sólo se fragua con éxito a ratos, que probablemente se intuye más de lo que se certifica en imágenes. La película, que podría definir de forma maliciosa como un cruce entre Gangs of New York y Forrest Gump del pasado reciente español, pasado por el tamiz estético de esa bandera feísta que De la Iglesia siempre enarbola y un toque desquiciado a medio camino entre proposiciones tarantinianas y el gusto por la expresividad cartoon de, pongamos, Russ Meyer, es un ejemplo de las mejores virtudes y las grandes limitaciones del cineasta. En esta ocasión no recurre a su habitual ayudante guionista, Jorge Guerricaechevarría (quien entretanto se dedicó a firmar el guión adaptado de Celda 211, de Daniel Monzón), con lo que asume en primera y exclusiva persona, dirección y guión, las riendas del estilo y significado de la película. El filme mixtura lo simbólico –lo que traslucen los personajes a través de su bagaje, sus decisiones, sus instintos desatados y sus conflictos– con destellos iconográficos diversos –esos magníficos créditos iniciales que cubren una particular cronología visual de los años de dictadura; la presencia de personajes, lugares y acontecimientos reales y de evidente asociación narrativa, como puedan ser respectivamente Franco, el Valle de los Caídos o el asesinato de Carrero Blanco–; de ahí se extrae una acre mirada al pasado de este país, un relato que, amén de pretender nada menos que reinventarse uno de los temas más tratados por la cinematografía patria –la Guerra Civil y sus consecuencias–, se articula como una (ya de por sí desquiciada) crónica del enfrentamiento entre dos personajes destructivos, cuyo trágico nexo –la simiente del odio agazapada bajo la careta de payaso– es el amor por una mujer, Natalia (Carolina Bang). En el caso de uno de ellos, Javier (Carlos Areces), ese odio lo es en realidad contra el mundo, es la herencia de una obsesión por la venganza cocida en los horrores de la guerra.

 

         Una visión…

De tal modo, De la Iglesia acumula en su relato la existencia atribularia y arrabalera de un grupo circense de baja estofa, la crónica del horror del pasado –la guerra visualizada en un ostentoso prólogo, y sus postrimerías en las ulteriores secuencias iniciales, todas ellas que comparten un tratamiento lumínico terroso y difuso que da una pátina de solemnidad a las imágenes, un poco como declaración de estar plasmando un territorio casi mítico–, la feroz y luego trágica pugna por esa mujer acróbata, de belleza magnética aunque más bien sintética, la exacerbación de la violencia como coda del legado oscurantista del régimen –la imponente caracterización de Javier como suerte de ángel vengador ataviado con ropajes de alcurnia eclesiástica y el rostro martirizado, situación que colofona un correoso pasaje del filme en el que se ilustra la progresiva y literal deshumanización/animalización del personaje–, y, en fin, una estampa desalentadora del Madrid de los primeros años setenta del siglo pasado. Acumulación probablemente excesiva en su mismo planteamiento y efectivamente excesiva en su manierista plasmación visual y narrativa. Una lírica desazonada recorre el metraje de principio a fin, y a menudo tenemos la impresión de que De la Iglesia apenas va levantando acta de cada nueva infamia, cada dosis de dolor añadido, cada nueva alusión al rencor y las cicatrices de toda índole. No importa la congruencia argumental, a menudo incluso el elemental estudio de personajes perece bajo el formidable peso de las ideas que por esa vía alegórica asociamos a sus actos. Las muestras de virtuosismo conviven con lo burdo, el espesor feísta, subrayados efectistas y descaradas convulsiones narrativas que catalizan el relato en sus términos. No seré yo quien desmienta a aquéllos a quienes no les haya convencido una película como Balada triste de trompeta. Sin embargo, y es un voto muy particular, creo que la película contiene en su misma esencia desbocada la manifestación de un aliento subjetivo –de ciertos mimbres cinéfilos– que interpreta la propia Historia de forma perfectamente válida, e incluso coherente con una visión del Arte y del mundo ya postulada en los antecedentes filmográficos del director. Con sus agonizantes luces y sus atribuladas sombras, prefiero a este De la Iglesia que al storyteller sofisticado pero carente de oxígeno que se responsabilizó de Los Crímenes de Oxford.

http://www.imdb.com/title/tt1572491/

http://www.baladatristedetrompeta.com/

http://www.blogdecine.com/criticas/balada-triste-de-trompeta-el-payaso-que-no-sabia-hacer-reir

http://baladatristedetrompeta.blogspot.com/

http://blogs.libertaddigital.com/confesiones-de-un-cinepata/balada-triste-de-trompeta-la-ametralladora-nacional-8726/

http://www.fotogramas.es/Noticias/Festivales/Festival-de-Venecia/2010/Alex-de-la-Iglesia-Balada-triste-de-trompeta-es-el-film-del-que-mas-orgulloso-me-siento

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CRIMEN FERPECTO

Crimen Ferpecto

Director: Alex de la Iglesia

Guión: Alex de la Iglesia y Javier Guerricaechevarría.

Intérpretes: Guillermo Toledo, Mónica Cervera, Luis Varela, Enrique Villén, Fernando Tejero.

Música: Roque Baños.

Fotografía: Jose L. Moreno

Montaje: Alejandro Lazaro

España. 2004. 105 minutos.

 

Cine de género y caspa

A Alex de la Iglesia hay que reconocerle la habilidad, el talento y el talante (bien mirado, indómito) de haber concitado en este país éxitos de público y crítica con obras llenas de personalidad –por mucho que ésta fuera en parte heredada del cine norteamericano- y netamente afiliadas al cine de género (ya desde Acción Mutante, y sobretodo con El Día de la Bestia). Más de un lustro después, y ya consagrado en el panorama patrio, dirigió esta Crimen Ferpecto, obra que se salda con resultados parejos a los de su precedente inmediato, La Comunidad. Lo que más se agradece del realizador de Mirindas Asesinas es, como digo, su pertinaz adscripción a unos códigos genéricos que no tienen parangón en el panorama cinematográfico patrio actual, en este caso –tras el borrador que supuso Muertos de Risa-, a ciertas formas y un discurso propio del cine negro. Lo que concierne a su dependencia a los referentes y guiños diversos, se cuela y ensambla en su trama con solvencia una vez más (aquí, hasta en el título-homenaje). En lo que atañe al feísmo visual, marca de estilo recurrente, los resultados son –también como siempre- dispares: por un lado, es efectivo en cuanto a la idiosincrasia que revela, así como a su funcionalidad, como mecanismo para satirizar la realidad velada que describe; sin embargo, sucede casi siempre con las obras del realizador que el gusto por lo casposo y ese desparpajo con el que convoca a los personajes y elementos con peso narrativo (tragicómico, sería la definición más pertinente) terminan por empañar un tanto la lucidez, inteligencia e innegable mala leche que suelen revestir las propuestas del realizador.

 

Gajes del oficio

Ésa es la sensación que deja en la retina del espectador el visionado de esta a menudo atractiva Crimen Ferpecto: hay solvencia narrativa –y un gusto por el encuadre heredado del cine americano comercial de calidad-, lo que imprime al filme un acelerado pero pertinente ritmo; hay en el argumento una innegable voluntad transgresora, e ideas  tan bien aprovechadas como la puesta en boga de la ropa de pallaso que jalona el desenlace de la función. Parecen argumentos más que suficientes para hilvanar una obra de calidad, y aunque este filme no deja de serlo, su propuesta pierde fuelle en la falta de seriedad, en el retruécano innecesario, en el efectismo baladí, en la jocosidad campechana y carente de mesura.

 http://www.imdb.com/title/tt0395125/

http://www.labutaca.net/films/27/crimenferpecto.htm

http://www.clubcultura.com/clubcine/clubcineastas/delaiglesia/ferpecto_index.htm

http://www.filmaffinity.com/es/film579558.html

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LOS CRIMENES DE OXFORD

 

Los Crímenes de Oxford

Director: Alex De la Iglesia.

Guión: Alex De la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría, basado en la novela de Guillermo Martínez.

Intérpretes: Elijah Wood, John Hurt, Leonor Watling, Julie Cox, Burn Gorman, Anna Massey, Jim Carter, Alan Davis.

Música: Roque Baños.

Fotografía: Kiko de la Rica

España-GB. 2008. 102 minutos.

 

        Del storytelling

 

        Aunque a Alex De la Iglesia se le viene haciendo menos caso que a otros cineastas patrios de los, digamos, exportables (o mainstream, lo que sea que eso signifique en España), el interés de su filmografía se remonta a los tiempos de su opera prima, Acción Mutante (sin descontar el corto Mirindas Asesinas), obra con la que encendió la mecha de su condición de énfant térrible del cine de género en un lugar y tiempo en el que el cine de género no estaba muy apreciado (si ahora lo está un poquitín más no es por los telefilmes disfrazados de filmes que vienen auspiciados por televisiones, sino por el cierto renombre alcanzado por algunos realizadores de cine de terror). Y aunque tras el éxito de El Día de la Bestia (para mí, una de sus peores obras) algunos le colgaron el marchamo de cult director, era y es evidente que ése no era el principal interés de De la Iglesia, quien siguió afinando caminos desde su citada matriz, Acción Mutante, a menudo rociando de material altamente corrosivo las convenciones, salpicando de humor negro los resortes de esa caligrafía, la del cine de género, que siempre le atrajo (aunque en algunas ocasiones, como en la inspirada Muertos de Risa, la disfrazara de otra cosa), hasta afianzarse como más que solvente storyteller. Descontando los pinitos de la hiperbólica Perdita Durango (que, además, era un encargo), se puede afirmar con esta Los Crímenes de Oxford el realizador realiza un paso consecuente con su filmografía, lógico a estas alturas de su carrera, y deja atrás (o casi) las altas dosis satíricas quizá como asunción de severidad, conciencia de que filma una producción de mayor envergadura, rodada en Gran Bretaña y con mayoría de actores británicos. De la Iglesia exporta literalmente un producto propio, urdido con la colaboración de su guionista Jorge Guerricaechevarría y confeccionado de la mano de otros técnicos que han colaborado más o menos estrechamente con él en sus películas previas (Roque Baños en el apartado musical, Kiko de la Rica en el fotográfico, Alejandro Lázaro en el montaje).

 

       

Cuestiones lógicas e ilógicas

 

        Que el realizador no se amilana lo demuestra el sustrato literario que toma de partida, la obra Crímenes imperceptibles, del escritor y matemático argentino Guillermo Martínez, novela de misterio que mixtifica una canónico novela de misterio con elementos tomados de la filosofía, las matemática y la lógica. Aún simplificando, bosquejando o modificando ciertas intríngulis presentes en lo literario, el director asumió el reto y el riesgo de llevar más allá de las convenciones temáticas un territorio tan y tan manido como es el del whodunit, ambición que sin duda merece un reconocimiento. Aunque también hay que convenir que los propósitos de De la Iglesia no llegan a buen puerto, lo que es una auténtica lástima. Porque la ocasión y la temática lo merecían, porque el esfuerzo escenográfico concede más que suficiente atractivo visual al filme –incluyendo, porqué no, sus manieristas homenajes cinéfilos al maestro Hitchcock, que no son nuevos en la filmografía del autor, y que siempre han resultado de lo más efectivos-. Aunque el realizador rehuye las sofisticaciones tan en boga en el cine de género, acaba colisionando con su contrario: las piezas casan de un modo algo abrupto, por no decir anticlimático. Y ello tiene mucho que ver, probablemente, con el hecho de que la historia no concede a los personajes mayor interés que el representativo (profesor y alumno) o el estereotipo (las chicas, Podorov, el inspector de policía), con lo que la frialdad expositiva (que efectivamente le sienta bien a una historia como ésta) se convierte en otra cosa, barreras al interés de la narración.

 

       

Fallida

 

        Se puede considerar que Los Crímenes de Oxford es una película fallida, un ejercicio cinematográfico en el que a pesar del interés que revisten algunos elementos cinematográficos conjugados, a pesar de la solidez narrativa demostrada en la presentación de la trama y las cotas de intensidad alcanzadas en pasajes aislados, tanto escritos (pienso, por ejemplo, en la truculenta historia del matemático que se autolobotomiza para borrar los límites que a la sabiduría impone la razón), como visuales (la secuencia que acontece en la conmemoración del asalto al Parlamento británico por parte de Guy Fawkes, que a su vez sirve de divertida cita a V de Vendetta, el majestuoso cómic escrito por Alan Moore) se obtiene un resultado chirriante. Que a los personajes les falta vida es algo que aún se agrava más por el terrible error de casting consistente en insertarnos, sí o sí, las presencia de Elijah Wood en un papel que no casa en modo alguno ni con su físico, ni con sus aptitudes (soy de los que no les disgustó el papel de Frodo Baggins, por ejemplo), ni, mucho menos aún, con su imagen. Si se trataba de un peaje comercial, puede entenderse, pero no pasarse por alto. Al fin y al cabo el personaje/actor debía conducir la historia, y acaba personificando todo lo que no funciona en ella: la carencia de gravedad o trascendencia de los actos y el misterio, la sustancia fundamental de un filme de estas características. Lo mismo sucede con el encourage, del que no se aprovechan sus muchas oportunidades atmosféricas, quedando como mero andamiaje estético. Los Crímenes de Oxford podría recordarse como un descalabro, aunque prefiero tomármelo como un ensayo, un apunte sobre el que el realizador, que nos tiene demostradas aptitudes sobradas para ello, llegará a filmar algún día una gran película de misterio.

 

 

http://www.imdb.com/title/tt0488604/

http://divulgamat.ehu.es/weborriak/publicacionesdiv/Libros/LiburuakDet.asp?Id=177

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