LAS COLINAS TIENEN OJOS (2006)

 

The Hills Have Eyes

Director: Alexandre Aja.

Guión: Alexandre Aja y Grégory Levasseur.

Intérpretes: Aaron Stanford, Kathleen Quinlan, Vinessa Shaw, Emilie de Ravin, Dan Byrd, Tom Bower, Billy Drago.

Música: tomandandy.

Fotografía: Maxime Alexandre.

EEUU. 2006. 110 minutos.

 

Soberbio Remake

Quizá fue por el éxito que en su día obtuvo The hills have eyes (Wes Craven, 1977) que se le colgó la fama de fundacional del género slasher moderno –compartida con la obra previa de Craven The last house on the left (1972), con The Texas Chain Saw Massacre (1973) y con Halloween (1978)-; pero el caso es que el filme de Craven no es especialmente memorable, ni siquiera bajo los estrictos parámetros genéricos (como tampoco lo fue la secuela rubricada por el propio realizador en 1985). No puede decirse lo mismo de este remake –producido por gato viejo Craven- realizado por el francés Alexandre Aja, una obra cabal dentro del panorama terrorífico de este principio de milenio, en mi opinión más turbadora que los mejores filmes de esta nueva hornada de filmes caracterizados sobretodo por el lujo atmosférico como coda del horror, filmes como el Silent hill de Christopher Gans, House of the 1000 Corpses, de Rob Zombie o The Texas Chain Saw Massacre (otro afortunado remake), de Marcus Nispel.

 

Hijos de la bomba

La premisa argumental incide en temáticas y ambientes esenciales del género: tenemos a una familia de turistas que, de camino a California, se pierden en el desierto (su coche-caravana se avería) y son atacados por unos seres deformes y caníbales. La tensión entre los representantes de lo urbano y el territorio comanche de lo rural viene siendo un tema alegórico desde que Tobe Hooper filmara la sierra mecánica de Texas por allá en los años setenta, cuando la crisis económica en los Estados Unidos se cebó especialmente en algunas de esas zonas deprimidas; Aja recoge y lleva a las últimas consecuencias el sentido de la alegoría, pero transmuta sus términos en la propia definición argumental tanto como en la resolución visual de la película: en efecto, la familia feliz (para más señas, republicana) es devorada por el desierto de Nuevo Méjico y la hostilidad salvaje de sus moradores, pero lo que en el libreto (firmado por el propio Aja en colaboración con Grégory Levasseur) interesa es la motivación de ese salvajismo, quiénes son –o más bien: de dónde salen- esos seres deformes que sobreviven en la tierra baldía con nada más que la carne humana que, cuando disponen de una ocasión, se llevan al gaznate: se trata de familias de mineros que durante los años cincuenta del siglo pasado, periodo en el que por aquellos lares el gobierno norteamericano se dedicó a hacer pruebas atómicas, se negaron a abandonar su tierra -y su trabajo- y permanecieron allí, tras las verjas donde reza “no trespassing” balizadas por el Departamento de Energía y el ejército cuyos restos convertidos en amasijos de hierro –pero aún siendo legible el rótulo- son enfocados por la cámara, no por casualidad, durante los primeros compases de la película. Tras un prólogo de brutalidad contundente, los créditos nos llevan al ayer, a la década prodigiosa de los cincuenta, de la abundancia económica, de la consolidación de las formas del american way of life, de los cuadros de Norman Rockwell; pero se nos muestra las dos caras: en un anuncio televisivo, una joven beldad sonríe a la cámara y hace ademán de soplar las velas de un pastel, instante en que por corte pasamos a un plano de la nube expansiva de la bomba atómica. En esos créditos antológicos vemos documentos de esas pruebas nucleares puntuadas por una entrañable melodía musical, cínica por cuanto –en la misma línea del desenlace de Dr. Strangelove– pretende vestir de idealismo aquellos tiempos en los que la humanidad vivió bajo el influjo de la bomba atómica; pero entre los compases de esa melodía se cuelan acordes discordantes, a la vez que se efectúan insertos de los que serán protagonistas de la cinta, los hijos de la bomba, seres deformes, mutantes, repugantes por efectos de la radioactividad (insertos que conviven con otras imágenes donde no opera el maquillaje de Gregg Nicotero, sino que se corresponden a la realidad: fotos de fetos deformes guardados en formol, hijos de otras bombas: el agente naranja que el ejército norteamericano lanzó por toneladas en territorio vietnamita).

 

No man’s land

         El cine fantástico, dentro del cual se enmarca el cine de terror, no sirve al espectáculo (por mucho que el mainstream tan a menudo se empeñe en hacérnoslo creer). No. En cualquier caso, se sirve del espectáculo para trazar líneas alegóricas (y ello por ende, por la propia definición de fantástico, con el valor de los mitos). En The hills have eyes asistimos a la lucha encarnizada entre dos clanes, y por tanto es cabal el concepto familiar. Los hijos del establishment (el páter, Big Bob, sus tres hijos, un yerno, un bebé representando la tercera generación… y dos hermosos perros  de raza pastor alemán) contra los hijos de la depredación del sistema (también hay una suerte de páter –el regente de la gasolinera, por un lado, y el monstruo macrocefálico recluido en aquella silla, que dicta las órdenes con su walkie talkie-, están los jóvenes, que ejecutan las órdenes, y también hay niños pequeños, y una adolescente –sugestionada por la belleza de los que no son como ella, y que acabará convirtiéndose en guardiana de la vida del bebé-). No es baladí en ese sentido que, tras la agresión a que es sometida la familia de turistas, sea su oveja más descarriada –el yerno, de ideas más progres- el que precisamente tenga que calzar la piel de american hero y meterse en la boca del lobo para salvar a su hija, o, dicho de otra manera, librar la cruenta batalla contra los otros (y que le acompañe el perro guardián, y empuñando un bate de béisbol). Y, dato aún más trascendente, es revelador de las intenciones que esa cruenta batalla se libre en ese escenario, el pueblo fantasma, donde los dos rostros del sistema se enfrentan bajo el arbitrio de las figuras inertes (que enfatizan esa sensación de hallarnos en tierra de nadie), los maniquíes que sirvieron para los ensayos atómicos.

 

        

        

Canciones

         En relación a esta coda simbólica, e incidiendo en una lectura política (o, si prefieren, ideológica), interesa comentar la maliciosa utilización de las diversas piezas musicales que van jalonando la función. No hablo de la banda sonora de Tomandandy, que cumple con su utilidad vehicular de lo inquietante, sino de canciones como la que he mencionado que acompaña a los créditos iniciales, o la que cierra la película (de concluyente título, Sun Shinin’ Day), u otras más reconocibles, como por ejemplo el California Dreamin’ que el protagonista tararea mientras avanza por el desierto en busca de ayuda o, cómo no, el Star Spangled Banner que oímos cantar (cambiando la letra) al morador macrocefálico retenido en su silla de inválido.

 

        

         Splatter

 

         Lo truculento hace acto de presencia en la larga secuencia nocturna que quiebra el tono de la narración, que desata la violencia en el mismísimo interior de la caravana, llevando al extremo la sensación de agresión. No voy a detenerme en la secuenciación de crímenes y depravaciones a los que asistimos, baste decir al respecto que Aja, tras imprimir un magnífico crescendo de tensión, no tiene mayores contemplaciones en arrastrar al espectador al horror más descarnado, y su cámara, paseándose por el interior de la caravana, llega al extremo de lo insano como pocas veces se ha visto en el cine. En el otro foco de violencia del filme, el que transcurre en el pueblo fantasma, los propósitos de Aja ya no se entroncan tanto en lo malsano (aunque lo malsano haga acto de presencia en algunos instantes, v.gr. el interior del congelador donde despierta el protagonista) como en un afilado cinismo para transcribir la gesta del que antes hemos calificado como american hero, la virulencia de su batalla con ese Goliat deforme, donde tras sufrir lo indecible -¡y sobrevivir!- logra vencer insertándole en el cuello una bandera de las barras y estrellas (sic), para al final regresar, cual paladín en un western –y cubierto de sangre hasta las cejas- con su familia, y con su retoño en brazos…

 

        

Belleza turbadora

 

En el apartado formal, la indudable calidad (y cualidad) atmosférica de la película proviene del esmero en la escenografía, el modo en que la cámara recoge la orografía del paisaje y sabe utilizarla con fines narrativos. El desierto de The hills have eyes transmite al mismo tiempo una sensación ominosa y una cualidad de belleza extraña, alienígena; la rocosidad es laberíntica –tal como patentiza la planificación y el uso del montaje en las secuencias de pesquisas o persecuciones por los desfiladeros, y cómo la cámara gusta de buscar la infinitud de guaridas, sendas esquinadas, precipicios-, la inmensidad inmoviliza a los personajes –las múltiples ocasiones en que la cámara que describe los horizontes interminables desde el lugar donde la caravana se ha accidentado-, les vuelve inermes –el magnífico plano panorámico, desde el punto de vista del protagonista, cuando éste descubre la colosal depresión de terreno (el lugar donde años ha cayó una bomba) utilizada por los moradores para abandonar los coches de sus víctimas-.

http://www.imdb.com/title/tt0454841/

http://www.fanzinedigital.com/articulo.php?sec=c&cod=2184

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

 

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