EL TALENTO DE MR. RIPLEY

 

The Talented Mr Ripley

Director: Anthony Minghella.

Guión: Anthony Minghella, basado en la novela de Patricia Highsmith.

Intérpretes: Matt Damon, Jude Law, Gwyneth Paltrow, Philip Seymour Hoffman, Cate Blanchett, James Rebhorn.

Música: Gabriel Yared.

Fotografía: Dean Semler

EEUU. 1999. 130 minutos.

 

Literatura

 

Digamos que ex aqueo junto con la oscarizada The English Patient, nos hallamos sin duda ante la obra más recordada del malogrado guionista y realizador Anthony Minghella, adaptación homónima de la primera de las novelas que Patricia Highsmith dedicó a su personaje más emblemático, Tom Ripley. Aunque tanto la Highsmith como Ripley habían sido previamente visitados por el cine (y la televisión) en diversas ocasiones –de hecho, la primera versión cinematográfica, A plein Soleil, de René Clement, fecha de casi cuarenta años antes que la presente-, fue Minghella quien consiguió el auspicio suficiente de los grandes estudios de Hollywood para rubricar la que sin duda es la primera versión mainstream de la obra de la novelista, un filme de todo punto ambicioso, avalado por un gran presupuesto, realizado con un equipo técnico de primerísima línea, y protagonizado por pesos pesados del star-system. A Minghella (y quizá también a Sydney Pollack, productor ejecutivo de la película) debe otorgársele(s) el mérito de haber llevado el material de partida de una novela de género a la codificación de la textura dramática que caracteriza los filmes con marchamo de calidad hollywoodiense. Y que se entienda esa aseveración: el mérito no consiste en la transformación del sustrato narrativo llevado a cabo por el guionista y director, sino en darse cuenta del formidable potencial (e innumerables virtudes) del texto de partida, e intentar hacerle justicia tratándolo como lo que es: literatura. Porque Sinclair Lewis o John Dos Passos o William Faulkner o Truman Capote fueron grandes escritores americanos del siglo XX; pero Raymond Chandler o Jim Thompson o Patricia Highsmith, también.

 

Afán quirúrgico

 

La adaptación firmada por Anthony Minghella, a pesar de contener algunas variaciones importantes a la trama novelesca, es la que más molestias se toma para seguir el cauce argumental elucubrado por la novelista estadounidense. No quiero decir con ello que la adaptación más fiel a un texto sea la mejor, pero sí que resultan dignos de elogio los esfuerzos del guionista por sincretizar al máximo situaciones y descripciones de personajes para respetar los muchos meandros narrativos a los que Highsmith nos aboca en su novela a través de los cambios de ubicación geográfica, que corresponden a las continuas idas y venidas de los personajes (dejando aparte Nueva York, viajamos a Mongibello, a Nápoles, a Roma, a San Remo, otra vez a Roma y a Venecia); ese más o menos continuo cambio de escenario da lugar a los denodados esfuerzos técnicos para diseñar un encourage de época marcado por la opulencia y por el trazo más bien paisajístico (y en el que quizá están de más ciertos experimentos fotográficos basados en la sobreexposición lumínica). El esfuerzo de sincreción contenido en el libreto alcanza lo modélico en algunos pasajes, como por ejemplo el prólogo que transcurre en la Gran Manzana: una corta sucesión de secuencias –acompañadas de la sobreimpresión de los títulos de crédito- presentan a los personajes y los proyectan hacia la acción mediante leves pero certeras pinceladas. Se nota el afán quirúrgico de Minghella por la condensación de ideas y descripciones valiosas a la trama en la elaboración de los diálogos (siempre breves y nunca carentes de algún contenido), en la utilización de los escenarios como marco para el retrato de las inquietudes y motivaciones de los personajes, en la importancia que se otorga a los objetos (una motocicleta, una nevera, una bañera, un busto de mármol… los anillos), y también en la introducción de algunos detalles descriptivos inéditos en la novela, como por ejemplo la pasión por el jazz de Dickie –modificando la pasión por la pintura que le caracterizaba en el texto literario-, de la cual Minghella extrae buenos réditos tanto del careo entre personajes (las secuencias en el tugurio napolitano) como de la oposición existente entre ambos (mediante otra pincelada de guión: si a Dickie le gusta tocar el saxo, Tom es en cambio un buen pianista, y lo suyo no es precisamente la improvisación melódica).

 

Menos suspense

 

Todos los esfuerzos de escritura del filme se ponen en imágenes de esa forma decorosa y algo afectada que caracteriza a la obra de Minghella, quien se mueve mejor en la descripción de personajes que en el apartado de la creación del suspense (sin ir más lejos, no resultan nada memorables los dos asesinatos, a pesar de los deliberados excesos manieristas). El filme va encadenando los interminables twists de la novela de la Highsmith con corrección, aunque la narración acabe resintiéndose de la rizadura de rizo que Minghella propone en el desenlace, no por las variaciones argumentales que contiene –tan válidas como cualesquiera otras, y consecuentes con la voluntad temática del autor, a la que me referiré en el próximo párrafo- sino por la incapacidad del director por dotarlas de la fuerza climática que debieran ostentar, probablemente resultado de la acumulación (pienso por ejemplo en la secuencia en la que Marge es acosada por Tom, o en la última que comparten, donde ella le reprende ser un asesino, ello y a pesar de que el propio padre de Dickie y el detective que le asesora piensan bien diferente).

 

Homosexualidad

 

En realidad a pocos puede escapar que lo que al cineasta más le interesa de The Talented Mr Ripley es la paráfrasis que tiene que ver con la homosexualidad del protagonista, una idea bien sugerida en la novela, y que aquí se lleva a la textualidad en la secuencia del desnudo de Dickie ante Tom (en la novela se limitaba a un diálogo sobre “invertidos”, en el que Tom negaba serlo); en el cierto amaneramiento que el realizador propone de las interpretaciones de personajes cuya heterosexualidad no se ponía en duda en la novela (sobretodo Philip Seymour Hoffman, el otro amigo de Dickie, pero también Jude Law, el propio Dickie), que obedece a la mirada subjetiva (bajo el rasero de Tom) con que son capturados por la cámara; y, claro, en el hecho de dar más importancia y caracterizar como se hace a un personaje anecdótico en la trama literaria, el tal Peter, pareja sentimental de Tom que, en la última –y magnífica en su utilización del off y de la voz over– secuencia acaba dirimiendo el sino del personaje. Esa opción temática de fondo escogida por Minghella resulta interesante por su osadía y por la dificultad que entraña su encaje en la trama de suspense. Sin embargo, darle tanta prioridad a esa cuestión acaba girándosele en contra del potencial narrativo del relato, porque el guionista y director pretende justificar racionalmente los actos del protagonista (sin ir más lejos, el asesinato en la barca parece fruto de un incidente, y no de la premeditación), y cuando al final se revela como lo que es, un asesino, nos está diciendo que su patología le ha vencido (pues destruye todo y a todos a quienes ama), y que por tanto está perdido. Demasiados matices a un personaje que en la novela disfrutaba con el peligro y que sabía agradecer la suerte que le acompañaba… hasta el final. Alguien que, incapaz de ser como la persona a la que más admiraba, se convertía en ella, e incluso afinaba su personalidad y su (falsa) moralidad. Y se podía sentir orgulloso de ello. Definitivamente, Tom Ripley era un tipo mucho más cabrón en la novela. Y precisamente era su villanía la que nos resultaba simpática, por estar sus actos tan bien justificados por su mente psicopática, que era a la que la narración daba la voz cantante. Sí, Tom Ripley era un tipo con mucho más talento en la novela. Y la Highsmith, una artista mucho más subversiva que los responsables de esta película.

http://www.imdb.com/title/tt0134119/

http://www.booksfactory.com/writers/highsmith_es.htm

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

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