EL GRAN GATSBY

The Great Gatsby

Director: Baz Luhrmann

Guión: Baz Luhrmann y Craig Pearce, según la novela de Francis Scott Fitzgerald

Música: Craig Armstrong

Fotografía:  Simon Duggan

Intérpretes:  Leonardo DiCaprio, Tobey Maguire, Carey Mulligan, Joel Edgerton, Kate Mulvany, Isla Fisher, Vince Colosimo

EEUU. 2013. 143 minutos

De obsesiones y máscaras

 Tan atormentado como lúcido, tan eléctrico como penetrante, el relato que Francis Scott Fitzgerald propuso en El Gran Gatsby (1925) tardó en consolidarse como un clásico, como suele suceder con las obras visionarias, pero ya hace tiempo que es considerado con todo merecimiento como un título cabal en el (tan prolífico) paisaje de la narrativa norteamericana de la primera mitad del siglo XX; la verdad es que las pesimistas constataciones socio-culturales que Fitzgerald alcanzó a través de esa historia sobre sueños convertidos en obsesiones que revelan la implacable faz del funcionamiento socio-económico puede perfectamente traspolarse, sin necesidad de demasiados matices, a la coyuntura cultural y social en la que, también por marcados mecanismos del diktat económico, nos hallamos inmersos en esta segunda década del siglo siguiente.

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Que tan genial sustrato literario cayera en manos de un cineasta del talante de Baz Luhrmann resultaba a priori para muchos –entre los que me cuento– más bien temible. Y en el arranque de la película, y constante los tres cuartos de hora que el director juzga necesarios para plantear el relato y dirigirlo a su núcleo duro, dichos temores se ven confirmados: ya de entrada se aprecia que Luhrmann opta por un planteamiento argumental que se acerca a la literalidad de las situaciones deshojadas en la novela (descontado ese prólogo, o ancla narrativa que no desentona en el relato, consistente en la presentación del narrador Nick Carraway (Tobey Maguire), al que hallamos en un centro de reclusión psiquiátrica, desde donde evoca la historia en flashback), pero la literalidad no siempre es una garantía de respetuosidad al sustrato, y semejante distorsión se acusa mucho, demasiado, en la decisión de Luhrmann de dar rienda suelta, gozoso, a los mismos desmanes escenográficos vestidos de oropel y artificio que caracterizaban Romeo ­+ Julieta (1996) y, especialmente, Moulin Rouge (2001), para perfilar un retrato de la sociedad de la costa este norteamericana de la era del jazz marcado por vertiginosos movimientos de cámara que cubren literalmente grandes distancias geográficas –y de paso contrastes sociales-, encuadres fastuosos y atiborrados que desfilan ante los ojos del desnortado espectador al compás de un frenético montaje –con la excusa de las opulentas fiestas que se celebraban en la mansión de Jay Gatsby (Leonardo Di Caprio)– y, en fin, un afán de, perdonen la expresión, gran masturbación de lo iconográfico que, más allá de sus excesos rayanos en la pura horterada –coadyuvados por la estrategia de entreverar en la partitura musical contrapesos melódicos actuales, aquí al ritmo hip-hop de Jay-D, como suerte de cacofonía kitsch para masas–, no hacen otra cosa que regodearse en lo banal o, en los mejores casos, dejar a medias, interruptus, buenas ideas descriptivas.

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Pero, sorprendentemente, y merced de, en primer lugar, un trabajado casting y un reseñable trabajo de escritura de guión, y, en segundo lugar (y eso es lo sorprendente), de razones de vehiculación cinematográfica, cuando este Gatsby de Luhrmann termina de asentar los términos del drama que despliega –cosa que hace después de la aparición del personaje encarnado por Di Caprio– se convierte en, sencillamente (que no fácil de conseguir), una buena adaptación. Como si todos esos artificios fueran desalojándose del relato como lastres (y, me atrevo a pensar, como si Luhrmann se diera cuenta de tiene que sacrificar lo externo y refulgente para introducirse en su amargo reverso), la película se afianza de forma progresiva en la descripción cada vez más densa, oclusiva, asfixiante de los mecanismos devoradores que acucian a unos personajes (Gatsby, Nick) y las motivaciones implacables que atesoran los otros (principalmente, Daisy (Carey Mulligan) y Tom Buchanan (Joel Edgerton)). Bien arropado por sus actores –todos ellos espléndidos–, en las largas secuencias dialogadas que desentrañan el drama Luhrmann termina ajustando una fórmula narrativa idónea en los movimientos de cámara y en los mecanismos del montaje, demostrando con ello que tiene bien interiorizada la historia y sabe ilustrarla desde un intencionado énfasis. Pero acaso más llamativo resulte el hecho de que Luhrmann sepa recurrir también a sus propias, o más reconocibles, señas narrativo-visuales para edificar los mimbres anímicos y metafóricos del relato. Puedo citar por ejemplo ese elemento extraído literalmente de la novela –el haz de luz verde que recorre la distancia marítima existente entre la mansión de Gatsby y aquélla en la que reside la mujer que anhela, Daisy, propiedad de su marido, Buchanan–, convertido en motivo visual que subraya ese halo de misterio, de idealización y vértigo, en el que se cimienta la obsesión de la que habla la película. Aunque al respecto el más llamativo ejemplo  sea probablemente la estrategia de Luhrmann de utilizar como coda visual el formidable cartel publicitario situado en la carretera a Nueva York, o más concretamente la representación que anida en unos enormes ojos observantes tras las lentes redondas que aparecen en él, estrategia inteligente y bien exprimida por el cineasta, ya que conforme se desarrolla el relato cada nueva aparición de la imagen va revelando nuevos y cada vez más profundos y siniestros sentidos.

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El espléndido, percutante, tan deprimente y genuíno retrato que Fitzgerald  manufacturó de las sombras que cobijan el llamado sueño americano terminan cobrando, acaso milagrosamente, vida en las imágenes de este El Gran Gatsby, y el filme, en su última hora larga progresa con una fuerza dramática inusitada que nada tiene que ver con el ritmo avendavalado, para terminar alumbrando la que quizá sea la mejor versión existente del clásico literario. Que es decir, a la postre, mucho más que la mejor película que Luhrmann ha realizado hasta la fecha, pues lograr eso no era, de lejos, tan difícil como intentar, y en el latir del relato cinematográfico terminar consiguiendo, la hazaña de hacerle justicia en imágenes a la prosa de Fitzgerald, algo harto difícil, como queda patente en el hecho de que incluso cineastas mucho más dotados que Luhrmann, como Elia Kazan o Richard Brooks, no lograran conseguirlo en sus, a pesar de todo estimables, esfuerzos. Quién lo iba a decir.

http://thegreatgatsby.warnerbros.com/

http://www.imdb.com/title/tt1343092/?ref_=fn_al_tt_1

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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