FACTOTUM

 

Factotum.

Director: Bent Hamer.

Guión: Bent Hamer y Jim Stark, basado en la obra de Charles Bukowsky.

Intérpretes: Matt Dillon, Lily Taylor, Marisa Tomei, Fisher Stevens, Didier Flamand, Adrien Shelly, Karen Young.

Música: Kristin Asbjornsen.

Fotografía: John Christian Rosenlund.

Noruega. 2005. 101 minutos.

 

Bukowskiano

 

No es la primera vez que el cine se acerca a la obra de Charles Bukowski, antes ya lo hicieron cineastas de pelaje tan diverso como Marco Ferreri, Patrick Roth o Barbet Schroeder –en aquel caso, la inclasificable The Barfly, con guión del propio escritor-. Ahora le toca el turno a Bent Hamer, solvente realizador noruego que disecciona sin ambages el descomedido universo bukowskiano, y con resultados harto interesantes.

 

 

 

Nihilismo y ribetes líricos

 

La entrada del diccionario que atiende al título de la novela de Bukowski y la película homónima firmada por Bent Hamer, define factótum como aquella “persona entremetida, que oficiosamente se presta a todo género de servicios”. Exacta denominación para los tumbos que va dando Matt Dillon en esta curiosa comedia negra. Dillon interpreta a Henry Chinaski, alter ego del escritor de origen alemán, que apareció por primera vez en La Senda del Perdedor y siguió sus pasos serpenteantes en buena parte de la completa bibliografía de Charles Bukowski. En ese sentido esta adaptación –de cuyo libreto se responsabiliza el propio realizador noruego en colaboración con Jim Stark- lo es de una novela pero tiene mucho de introspección en la quintaesencia de la obra del escritor, de cuyo tono monocorde (que personalmente me parece interesante, igual que a otros puede resultar cansino o despreciable) Hamer arranca la esencia de cada plano hasta construir una historia tan secuenciada y desgajada como las propias letras escritas, y tan empapada de sus constantes: hiperrealismo azuzado desde cierta apatía, un lacónico sentido de la rebelión contra una sociedad enferma y, en definitiva, un nihilismo existencial de ribetes inesperadamente líricos.

 

 

 

Exclusión voluntariosa

 

En Factótum asistimos al tránsito de Henry Chinaski por las calles de una ciudad anónima y anodina. Un tránsito desnudo, bien impropio, que tiene apariencia de intrascendente, que renuncia a cualquier sentido del aprendizaje, que empieza exactamente en el mismo lugar en donde termina: entre las copas de whisky de alta graduación, los sentimientos  pasajeros con forma de mujer, y, eso sí, siempre el mismo lápiz que toma notas a pie de página de ese camino a ninguna parte. Así, la película nos recuerda una y otra vez que Chinaski es escritor, un oficio descasado con las reglas que rigen la vida en sociedad. Los acontecimientos se van narrando con la misma parquedad emocional que se encuentra en la letra bukowskiana, lo que da fe del éxito de Hamer en la elección de las opciones escénicas: desarrollo de la historia mediante set-pièces en ocasiones fraccionadas, lentos movimientos de cámara para construir los planos-secuencia, aspiración al subjetivismo en el retrato de los lugares que testimonian los actos que se narran (sucias habitaciones, la luz de neón de los bares nocturnos, los rascacielos inalcanzables en el ojo panorámico, e incluso una especie de oasis marino en forma de ese viaje con el yate de Pierre, cuya absurda frustración -que coincide con la narración over del fin de la existencia del excéntrico millonario- tiene mucho de declaración de intenciones). En ese sentido, no es casual que lo único que parece concernir al hálito superviviente de Chinaski en sociedad (que se vendan sus historias) sea el único instante de la película en el que el protagonista no aparece en pantalla –recibe y lee la carta la casera de un motel en el que Henry ya no reside-.

 

 

 

Patetismo

 

   Pero lo que hace más interesante esta magnífica adaptación cinematográfica de los avatares vitales de Henry Chinaski tiene que ver sobretodo con la capacidad de Hamer de alcanzar, mediante las referidas estrategias narrativas, los mismos incentivos líricos que se hallan, bajo la apariencia de la casualidad, en la prosa del autor. Así, no son pocas las imágenes de esta Factótum capaces de sugestionar al espectador, tanto como de arrancar belleza de un presunto patetismo (v.gr. la secuencia en la que Henry le deja sus zapatos a Jan porque le duelen los pies; el ritual alcohólico en compañía de un anciano de color). Junto a ello, no podemos obviar la admirable tarea actoral de Matt Dillon –atemperando los visibles excesos de su personaje– así como de Lily Taylor y Marisa Tomei, en las demacradas pieles de las dos mujeres que siguen a Chinasky (o no) en sus vaivenes cotidianos.

 

 

 

 

El exceso

 

Una conocida máxima de William Blake decía que el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría. Una filosofía que no resulta ajena a la narrativa de Bukowski, y a la que el filme da cierta literalidad cuando, acompañando ciertas escenas de transición, las imágenes se enriquecen con apuntes recitados en off por Chinaski/Dillon, textualmente extraídos de las historias escritas por el autor de Pulp. Se trata de pequeños y notables extractos de su obra, y su sentido, más allá de puntear la estricta narración, estriba en alcanzar esa tesina que, sin mayores aderezos, cierra la película: el compromiso con la alienación voluntaria y la negación de la norma y el statu quo social como única y dolorosa forma de alcanzar… la inspiración. Lo dicho: puro Bukowski.

http://www.imdb.com/title/tt0417658/

http://www.factotummovie.com/

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