EL QUINTO PODER (DENTRO DE WIKILEAKS)

FifthEstate

The Fifth Estate

Director: Bill Condon

Guión: Josh Singer, según los libros de Daniel Domscheit-Berg y de Luke Harding y David Leigh

Música: Carter Burwell

Fotografía: Tobias A. Schliessler

Intérpretes:  Daniel Brühl, Benedict Cumberbatch, Jamie Blackley, Ludger Pistor, Alicia Vikander, Clarice Van Houten, David Thewlis, Laura Linney, Stanley Tucci, Anthony Mackie

EEUU. 2013. 128 minutos

De la verdad, la lealtad y demás controversias

 Tenía, por supuesto, que suceder. WikiLeaks estuvo en el punto de mira informativo, y en Hollywood tomaron buena cuenta de ello. Y han recurrido para ello a dos libros que glosan las actividades de la organización –por supuesto elección de sustrato intencionada, en el sentido extenso del término–, concretamente al firmado por Daniel Domscheit-Berg “Inside WikiLeaks: My Time with Julian Assange and the World’s Most Dangerous Website” y al co-firmado por Luke Harding y David Leigh, “WikiLeaks: Inside Julian Assange’s War on Secrecy“, pasados por el filtro de la translación a libreto por parte de (curioso, sólo un guionista:) Josh Singer, para construir un relato cinematográfico que replique desde la mirilla hollywoodiense esa (casi) actualidad informativa reciente. De tal modo, y como punto de partida de esta crítica, consideremos lo siguiente: asumidas las razones de relevancia en el ámbito de la comunicación a gran escala y las disquisiciones sobre la censura informativa que acarrea indudablemente WikiLeaks, el interés de la película que nos ocupa puede medirse, más allá de sus estrictos méritos cinematográficos, en términos de juicio mediático, esto es la definición concreta que desde Hollywood se quiere lanzar de la organización y sus actividades.

 the-fifth-estate-group-600

Recordemos que WikiLeaks, creada y regida por una sola cabeza visible, Julian Assange, es una organización mediática internacional sin ánimo de lucro que desde hace más de un lustro ha venido publicando a través de su sitio web informes anónimos y documentos filtrados con contenido sensible en materia de interés público, y que lo hace preservando el anonimato de sus fuentes. Su finalidad, la de ejercer un concepto revolucionario de periodismo, traspasando las barreras censoras de los intereses creados para denunciar comportamientos poco éticos por parte de gobiernos o grandes empresas de todo el globo. El filme, que narra básicamente la relación que se establece entre Assange (Benedict Cumberbatch) y un joven informático que se alía con él, Daniel Berg (Daniel Brühl), dirime ese prototípico relato de encuentro y posterior desencuentro dejando por supuesto comparecer en el relato las filtraciones que han dado notoriedad a Wikileaks: entre ellas, el video de tiroteo a periodistas en Bagdad (13 de julio de 2007, publicado en 2010), Los papeles del Departamento de Estado (publicados el 28 de noviembre de 2010) y especialmente los llamados Diarios de la Guerra de Afganistán (publicados desde el 25 de julio de 2010 por los periódicos The Guardian, The New York Times y Der Spiegel, haciendo públicos un conjunto de unos 92.000 documentos sobre la Guerra de Afganistán confeccionados entre los años 2004 y 2009, que WikiLeaks cedió a los periódicos sin compensación económica alguna). Pero, casi huelga decirlo, el filme no se ocupa del periodismo de investigación, del modo en que se obtienen las fuentes, ni en adentrarse en la sustancia de esas filtraciones (lo que daría para muchos y muy otros relatos), sino que escoge progresar según las maneras de un relato sobre el mecenazgo, que en la gran tradición de Hollywood que puede ir, por ejemplo, de Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles, 1940) a la reciente La Red Social (The Social Network, David Fincher, 2010), ésta última con la que la relación subordinada y asimétrica entre sus dos protagonistas guarda severas concomitancias de fondo. Demostrando, eso queda claro, que la figura de Julian Assange de algún modo ha aterrorizado, sugestionado, escandalizado o espoleado a buena parte de la opinión pública y poderes públicos o fácticos norteamericanos, The Fifth Estate nos alinea rápidamente como espectadores a la figura de Daniel Berg, y es a través de su mirada, al principio fascinada, progresivamente deteriorada por los recelos, que nos acercamos a la figura totémica y misteriosa de Assange, razón por la que cabe decir que Benedict Cumberbatch resulta, más allá de la oportunidad que tiene que ver con la floreciente situación del actor en el establishment, una muy pertinente elección, pues el recientísimo villano de la segunda entrega del Star Trek de J.J. Abrams le otorga al personaje todo el hálito enigmático y magnético que resulta dable de su personaje en el tapete narrativo escogido.

 Daniel Brühl

A nivel cinematográfico, El quinto poder resulta una película de atrayente envoltorio formal, en el que Bill Condon recurre al rodaje con cámara de alta definición (la muy utilizada actualmente Arri Alexa Plus) en escenarios naturales, aunque mayoritariamente interiores, de Bruselas y Berlín, para urdir en imágenes una historia marcada por la inercia expeditiva en lo  expositivo y cuya incesante saturación de información se representa a través de un atractivo juego escenográfico marcado por fórmulas ya conocidas (la continua utilización, a veces sobreimpresión en las imágenes, de dígitos informáticos que se corresponde a la interminable danza de mensajes telefónicos o correos electrónicos que se cruzan los personajes en liza), pero que Condon gestiona con inteligencia y un buenhacer rítmico en buena medida merced del talento de unos colaboradores de primera fila, entre los que cabe contar el responsable de la partitura musical Carter Burwell y muy especialmente la montadora Virgina Katz, el diseñador de producción Mark Tidesley y el operador lumínico Tobias A. Schliessler –éste último, quien ya colaborara con Bill Condon tanto en Dreamgirls (2006), su filme de mayor prestigio hasta la fecha, como en el episodio que dirigió para la serie Con C Mayúscula (The Big C, 2010-2013). Pero ni siquiera ese look visual por lo general impecable de la película resiste, conforme avanza ese metraje condensado y extenso (128 minutos) la cierta sensación de hartazgo del espectador ante lo que se le narra, y ello se debe a que, bajo ese envoltorio visual, el acercamiento dramático resulta, no sólo convencional, como se ha dicho, sino a la postre fláccido.

 stanley-tucci-the-fifth-estate

Porque, seamos francos, y sin necesidad de tomar partido hacia las posturas que el relato enfrenta, de los muchos elementos que se condensan en la propia razón de existir y devenir de WikiLeaks probablemente uno de los menos atrayentes, por acomodaticios, resulte el escogido por los responsables de la película. Además de previsible, el enfrentamiento entre Assange y Berg resulta inane, a no ser para aquéllos a quienes les guste que, en lugar de invitarles a pensar, les moldeen –a la baja, claro- la capacidad de reflexión. Cierto es que la cesion de la palabra al estigmatizado Assange en el cierre del filme ofrece una cierta fuga aparentemente redentora a semejante reduccionismo narrativo, pero acaso llegue demasiado tarde. La relación Berg-Assange de la que nos habla la película sólo se atreve a trascender de los enunciados más o menos obvios en esas secuencias de trance, magníficamente urdidas en imágenes, en las que Condon propone una especie de visualización imaginaria de ese periodismo de la era cibernética a través del dibujo de una suerte de redacción periodística ubicada en los limbos en la que los dos personajes protagonistas asumen una función múltiple y que provoca la misma reacción en cadena (sea creadora o destructora) en su seno que la que WikiLeaks puede predicar haber provocado al exterior, en sus destinatarios a toda y gran escala. Esas breves fugas entre lo onírico y lo simbólico sí cubrían, de forma concisa y precisa, ese eje vertebrador del relato que la película en cambio arrastra por cansina acumulación de tópicos y que sólo llega a aplacarse en parte a través de la intromisión en el relato de personajes que representan precisamente los ámbitos de recepción/repercusión de las noticias filtradas (David Thewlis, como periodista del The Guardian; Laura Linney –suerte de actriz-fetiche de Condon, pues, aparte de la serie Con C Mayúscula, había aparecido en Kinsey (2004)– y Stanley Tucci, como agentes de inteligencia usamericanos) y que sirven para invitar a la reflexión sobre los motivos o cuestiones que, en un juicio serio y hondo al fenómeno WikiLeaks, debe interesar al espectador de la película, que es también receptor de la información global; cuestiones como los límites de la libertad de expresión (o hasta qué punto es legítimo dejar a la intemperie a las fuentes secundarias de la información filtrada), la colisión entre esa libertad de expresión y los mecanismos de censura que han venido siendo práctica habitual por parte de unos mass-media controlados por oligarquías de poder, o, en última instancia, la dilucidación de las posibilidades  revolucionarias de un artefacto informativo tan frágil y vituperado, pero también tan oportuno y combativo, como el urdido por Assange con las únicas armas de la tecnología de la era digital. Cuestiones que quedan en el aire, por supuesto, para aquél que quiera pensar en ellas, por mucho que pudiera haber pensado en ellas sin necesidad de ver una película que en fondo termina trocando las sustancias peligrosas que maneja por las mucho mejor manejables, y por supuesto inofensivas, disquisiciones sobre la lealtad a una clase de humanidad que se revela esquiva en una apariencia física.

http://www.imdb.com/title/tt1837703/

Anuncios