DESAYUNO CON DIAMANTES

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A Beatriz, primavera

Holly(wood) lightly

A Truman Capote, que había publicado la novela en 1958, le disgustó mucho lo que George Axelrod, por individualizar la intervención hollywoodiense en el guionista, hizo con su historia, la naturaleza y deriva de sus personajes, principalmente la carismática Holly Golightly. Recuerdo haber visto la película poco después de leer la novela, excelente novela, de Capote y abonar su impresión negativa de la película como adaptación. Pero de eso hace mucho tiempo. Una revisión mucho más reciente, además de una copia restaurada de la obra, me permite adentrarme en el material cinematográfico puro, sin la consideración de cuán mejor o peor adaptación de la novela del autor de A sangre fría resultó.

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En esos términos, hay que reconocer que Axelrod entrega un libreto convencional, fiándolo casi todo a ese carisma del personaje protagonista femenino, pero siendo capaz -algo tampoco tan habitual- de desentrañar una narración en peligro de redundancias sin ninguna fisura, prestando atención a los detalles descriptivos y a las metáforas (ese gato sin nombre como alter ego de la chica), haciendo un buen balance en la gestión tonal (de lo desenfadado a lo melodramático, apenas a un paso lo uno de lo otro), evidenciando corrección, y a veces brillantez, en la edificación de situaciones y diálogos… Un guion que, en fin, atesora las cualidades, la mesura y la métrica de un buen relato romántico según Hollywood.

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Blake Edwards, cineasta por entonces relativamente joven (tenía 39 años cuando filmó la película, y fue la primera obra con la que probó las mieles del éxito), se muestra ávido de expresividad al explorar esas cualidades del guion de Axelrod. También fía muchas cosas al carisma de la protagonista, pero ya no del personaje tanto como de la composición, hoy icónica, que entrega una Audrey Hepburn deslumbrante en todas las facetas, desde la fisicidad de su actuación al manejo de los diversos registros dramáticos. En George Peppard halla una buena réplica y partenaire, y, aun a sabiendas de que los conflictos de ese si es no es amoroso entre ellos se bastan para sostenerlo casi todo, la apuesta escenográfica no se limita a lo circunstancial (la coctelera de los ingredientes pop de la película, desde su vestuario y uso del technicolor hasta la partitura jazzie, estupenda, de Henry Mancini, que además viene presidida por una canción y leit-motiv, Moonriver, llamados a la categoría mítica), sino que también se aplica, y concienzudo, a una imaginativa puesta en imágenes que saca partido a la comicidad (atiéndase a la set-piece del guateque en casa de ella), pero también a lo lírico e íntimo, y que juega especialmente bien con las definiciones que anidan en los (en realidad, pocos y de vocación teatral) escenarios.

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Sí, la condición de clásico y vigencia de Desayuno con diamantes reposa en la superficie, tan hermosa, del rostro expresivo de la Hepburn y de la melaza bien entendida de la melodía de Mancini. Pero la sustancia se halla, como el propio título anticipa, en las calles de Nueva York donde se producen las idas y venidas de la pareja protagonista y en los lugares que se convierten en nidos de vida, de frescura y acción, de pura química o desangelo (la famosa joyería, la biblioteca publica, un bazar o un bar de strip-tease), y otros prestos a la nostalgia (el reservoir de Central Park, que evoca juegos del pasado, cuando Holly era Lullaby en otro planeta, en el Sur) o la confesión (el taxi en el que tienen lugar largas conversaciones, o la parada de autobuses).

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En la miga del relato hallamos dos nómadas tratando de huir de su sino sin apenas darse cuenta de ello. Aunque con otra vocación que la novela, el filme relata la fina línea que va de los espíritus libres (como se juzga a sí misma la protagonista, y como también se pretende ubicar el escritor y gigoló que la pretende) a los espíritus perdidos en la inmensidad de una urbe refinada e inane. Para Holly y John, entre reuniones de la cafe society y planes inconcretos de éxito, los escenarios danzan, no hay nada del todo sólido, razón por la que cualquier lugar es el hogar y, en cambio, el aparente hogar no termina de serlo. Sus encuentros merced de la escalera de incendios del edificio se antojan como una versión cosmopolita y accidental de los categóricos accesos al balcón de los Romeos y Julietas de la escritura clásica; en esas escaleras como no-lugar se produce el cortocircuito, la chispa del amor que los atrapa con la promesa de liberarlos de su soledad (él) o con la amenaza de negarles su libertad (ella), en el conflicto argumental subyacente. Pero en todos esos encuentros cada vez menos fortuitos se evidencia lo que, me temo, Capote ponía en primer término y aquí queda más soterrado: el angst existencial de los personajes y su deseo o necesidad de escapar de la coda depredadora del ambiente exclusivo de la ciudad en la que se han colado sin invitación. A diferencia del genial escritor, la película los redime, en un happy end donde la metáfora del gato sin nombre se resuelve de forma hermosa, llena de ternura, en el plano que reúne a la pareja en el ansiado cierre.

EL GUATEQUE

The Party

Director: Blake Edwards.

Guión:Blake Edwards, Tom y Frank Waldman.

Intérpretes: Peter Sellers, Claudine Longet, Natalia Borisova, Jean Carlson, Marge Champion, Al Checco.

Música: Henry Mancini.

Fotografía: Lucien Ballard

EEUU. 1968. 109 minutos.

 

El gran Sellers

No sé qué sucede con los cómicos, que siempre son vapuleados por su crítica contemporánea, o, dicho con otra cadencia, su arte no es tomado suficientemente en serio –ni por tanto se conoce en profundidad- hasta que el tiempo impone distancias que sirven para derribar barreras. Peter Sellers sería un ejemplo paradigmático: ahora nadie pone en duda su inmenso talento cinematográfico (otro ejemplo sería Jerry Lewis, otros más actuales, Steve Martin y Bill Murray; de los pioneros del cine, podríamos citar a Buster Keaton y Harold Lloyd, ambos mucho más que dos vehículos físicos para lo hilarante). En el caso de Sellers, talento constatable en variopintas obras que van, por ejemplo, de una a otra apariciones en la filmografía de Kubrick (Dr. Strangelove por cuadruplicado y Lolita), y pasan incontestablemente por esta obra que nos ocupa, uno de los ya clásicos filmes que nos dejó Blake Edwards.

 

Peligros de la opulencia

The Party se plantea como un ejercicio de puro slapstick que toma como punto de partida las maravillosas hazañas cinematográficas de Jacques Tati –no sólo en la concepción visual sino también en la descripción de la modernidad como campo de batalla para el sufrido protagonista- y las traslada a su tiempo y lugar: los sixties y un guateque organizado por un acaudalado ejecutivo de uno de los grandes estudios hollywoodienses. Con esta sencilla baza, y constante un metraje mayoritariamente planteado casi a tiempo real, como si de una opereta se tratara, Blake Edwards y Peter Sellers manejan un guión a la par elegante y divertidísimo, y trastornan en sorna e hilaridad las convenciones establecidas sobre el mundillo de Hollywood, retratando en clave de gadgets continuos el sinfín de tics de esa aristocracia de Beverly Hills. La cámara de Edwards aparece siempre tan agazapada como el propio protagonista de este weird vaudeville, y ofrece una mirada distante, fría al microcosmos que retrata, consiguiendo con ello afilar el discurso, la acidez siempre patente, finalmente desatada.

 

Masterpiece de Edwards

Auspiciada por la Mirisch, esa productora que estaba tras no pocas grandes obras de Billy Wilder, The Party es una comedia deliciosa, y de una idiosincrasia muy peculiar, cuyo único parangón en el cine americano sólo puede buscarse en retazos aislados de la filmografía de su autor.

http://www.imdb.com/title/tt0063415/

http://lamusicadelaluna.blogspot.com/2009/08/party-blake-edwards-1968-la-medida-de.html

http://www.urbancinefile.com.au/home/view.asp?a=10759&s=dvd

http://www.palisadespost.com/content/index.cfm?Story_ID=4048=Palisadian-Post

http://www.tcm.com/thismonth/article.jsp?cid=88940&mainArticleId=194046

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