SECCION ESPECIAL

Según fue publicado en el portal cinearchivo.com

http://www.cinearchivo.com/site/Fichas/Ficha/FichaFilm.asp?IdPelicula=63657

 

Section spéciale 

Director: Constantin Costa-Gavras

Guión: Constantin Costa-Gavras y Jorge Semprún,

según el relato de Hervé Villeré

Intérpretes: Roland Bertin, Louis Seigner, Michel Lonsdale,

 Ivo Garran, François Maestre

Música: Éric Demarsan

  Fotografía: Andréas Winding

Montaje: Françoise Bonnot   

   Francia. 1973. 95 minutos

 

Costa-Gavras

Hay quien le considera uno de los grandes realizadores europeos, y hay quien lo desmiente por razones cinematográficas o, a veces, extracinematográficas; sea como fuere, el nombre de Constantin Costa-Gavras ha quedado para siempre asociado con el denominado cine político, de hecho desde que él mismo le diera carta de naturaleza como auténtico subgénero  en Europa a finales de los años sesenta del siglo pasado, con la realización de la mítica película Z (1968), primero de muchos otros títulos en los que el cineasta de origen griego ha venido rindiendo cuentas cinematográficas sobre acontecimientos de diversa procedencia histórica y geográfica pero que tienen en común sus coyunturas de injusticia, intolerancia, represión o aniquilación de derechos (en un enunciado breve y que se detiene en los títulos más célebres, la mencionada Z efectuaba una crónica sobre la convulsión política en Grecia en tiempos del asesinato del  diputado izquierdista Lambrakis; Laveu/La confesión, 1970, denuncia los procesos políticos y purgas del estalinismo; État de siège/Estado de sitio, 1972, alude a la actuación de la CIA en el Uruguay contemporáneo; Missing/Desaparecido, 1982, se traslada al Chile de los primeros años de dictadura de Pinochet; Hanna K. (1983) aborda el conflicto palestino-israelí desde una perspectiva inédita hasta entonces; Amén., 2002, se centra en el espinoso episodio de las relaciones entre el Vaticano y el partido nazi durante los años de la Segunda Guerra Mundial). Aunque el cineasta ha ido modificando los formatos, y adaptándose a los cánones estéticos cambiantes, a lo largo de los que ya son más de cuarenta años de trayectoria cinematográfica no ha dejado atrás esa concepción del medio cinematográfico como vehículo para lo radiográfico, el rebato naturalista y la avidez por lo simbólico en las imágenes, elementos todos ellos que cimentaron una reputación (y controversias al respecto) que aún revive cada vez que se pone tras las cámaras y propone un nuevo análisis jurídico-político-social en formato largometraje.

 Legislar en los tiempos del cólera

La película que aquí nos ocupa, Section spéciale/Sección Especial, fue realizada en 1975 y galardonada con el Premio al Mejor Director en la edición de aquel año del Festival de Cannes; Costa-Gavras tomó como material de partida un libro de Hervé Villeré, y en labores de escritura del guión volvió a contar con la inestimable colaboración de Jorge Semprún, el excelente escritor con quien ya había trabajado en Z y La Confesión. El filme nos ubica en Francia, en agosto de 1941, y nos narra la creación por parte del gobierno de Vichy de la denominada Sección Especial, cuyo objetivo oficioso era la de obtener chivos expiatorios como represalia por el asesinato de un oficial nazi, y cuya naturaleza oficial era el enjuiciamiento retroactivo de delitos cometidos contra el régimen, esto es aplicable a los actos que se cometieron antes de la entrada en vigor de la ley. Las víctimas concretas a las que el filme presta atención son un grupo de presos comunistas y/o judíos, acusados de subversión, y a los que les toca en desgracia volver a responder ante la justicia con base a la aplicación de aquella legislación retroactiva. La película nos propone, pues, una crónica que parte de lo judicial no tanto para perfilar un zeitgeist de aquella época marcada por la ignominia y el miedo cuanto para focalizar el conflicto en diversos personajes implicados, y a partir de ese mosaico de decisiones y comportamientos (en los que el peso de la conciencia y los conflictos de moralidad cobran toda la relevancia) trazar los diversos ángulos de un dilema que en lo jurídico no tiene nada de apasionante (pues es un auténtico dislate, ya que contraviene una doctrina elemental del Derecho Penal, la irretroactividad de las normas desfavorables), y que, precisamente por ello, reclama su sentido en la plasmación del modo en que, en tiempos del cólera (en este caso, la ocupación nazi), se desploman y vacían de contenido los pilares fundamentales del Estado del Derecho y, por extensión (no es baladí que en la película se cite la doctrina de La Separación de Poderes de Montesquieu), de la democracia.

 

Los burócratas

Como sucede en muchas otras obras del cineasta, no interesa tanto mostrar historias individuales cuanto exponer una tesis, en este caso una grave afrenta al Estado de Derecho ni cometida ni instigada por el enemigo oficial, los nazis, sino desde las altas instancias de un gobierno que asumió sin titubear su condición de títere. De tal modo que el relato está planteado en tales términos que el hincapié recae mucho más en la trascripción de la infamia que en el relato de sus efectos, en la crónica más bien despojada de sus elementos más trágicos (en el filme, el dramatismo sólo concurre, y de manera muy contenida, en los fragmentos que reproducen los juicios sumarios, en la forma –la música, que previamente había brillado por su ausencia, puntúa lo aciago de la situación que se plantea a los presos–, y en el contenido –mediante esas fugas narrativas en forma de escuetos flashbacks que explican los motivos por los que los presos fueron anteriormente encausados, los mismos delitos por los que antaño fueron condenados a cinco meses o cinco años de prisión, que ahora, bajo la aplicación de la nueva ley, pasan a ser condenas de diez, quince años de cárcel, o incluso la pena capital–). El libreto que confecciona Semprún queda como una bastante caligráfica exposición de los hechos, la llaneza de cuyo contenido e itinerario (cronológicamente, todo queda concentrado en apenas siete días) contrasta con las generosas descripciones de los agentes burocráticos que intervienen (siguiendo una prelación jerárquica, la jefatura nazi en Vichy, el mariscal –que en realidad no aparece, pero su ausencia también es objeto del relato–, los interlocutores franceses con los nazis, los Ministros de Interior y de Justicia, sus respectivos Secretarios –de importancia simbólica fundamental, pues encarnan, desde el anonimato y la ausencia de responsabilidad, la perfecta conjunción entre lo mecánico y lo despiadado que reviste la acción política–, hasta llegar al completo aparato judicial, desde los altos funcionarios que organizan el tribunal sumario a los magistrados designados para el cargo). La película pormenoriza cuál es el cometido de cada uno de ellos, y en esa disección que algo tiene de entomológica (por la distancia entre el punto de vista narrativo y el de esos agentes burocráticos), a cada cual se otorga, en correspondencia con sus palabras y decisiones, una cota de responsabilidad, un juicio moral.

 

Carestía moral

Costa-Gavras, sintonizando con esa diáfana caligrafía propuesta en el libreto, nos entrega una narración que pule hasta el hueso el acontecer político y judicial, sirviéndose de una virtuosa concepción del montaje como instrumento para la explicación más transparente y dinámica, similar a la que ya concurría en las dos previas colaboraciones del director con Semprún. Las estrategias de la puesta en escena dan por incidir en ese discurso en el que espora el elemento de la lucha de clases, pues se subraya en todo momento lo suntuoso de los espacios donde se mueven los personajes para perfilar una amonestación de ese aparato oficial y burocrático instalado en un mundo muy alejado de la realidad, el inmovilismo (que trasciende el conformismo) como coda de actuación de las clases poderosas (atiéndase a las secuencias que nos muestran el cotidiano familiar del Ministro de Justicia o del juez titular de la Sección Especial, secuencias que inciden en esa idea de no dejar que nada –ni el advenimiento de la infamia– pueda ser motivo de turbación ni de apenas cargos de conciencia). La cobardía y carestía moral de esos burócratas se revela constantemente merced de la mirada despiadada que les escruta, una cámara muy atenta a los detalles, a indefendibles palabras o a intencionados silencios, que logra capturar lo inconfesable (particular en el que cobra relevancia la labor de un magnífico elenco de actores, entre los que se cuentan Roland Bertin, Louis Seigner, Michel Lonsdale, Ivo Garrani y el chabroliano François Maestre), o a veces incluso lo grotesco (v.gr. el obvio simbolismo de la secuencia en la que una gallina se pasea por entre los pasillos del hotel de Vichy donde las altas instancias mantienen una reunión). El inicio y el cierre de la función, que nos muestran respectivamente una ópera y una representación teatral en el fastuoso auditorio de Vichy, sirven a modo escenificación dentro de la escenificación, enunciando primero, recapitulando después, la mascarada que lo sostiene todo, la distancia insalvable entre tan honorables apariencias y la hipocresía que las sostiene, ello equiparable a la celebración de la (alta) cultura y su destrucción.

 Estos son los vencedores

Si la Resistencia llevada a cabo por los civiles franceses, los partisanos, durante la Segunda Guerra Mundial siempre ha sido pintada por el Cine (no sólo americano) contando con la épica y el romanticismo como principales ingredientes, esta aportación de Costa-Gavras nos ofrece otra óptica, mucho más insólita y pesimista, el modo en que el aparato del Estado fue retrocediendo con la única intención de mantener su statu quo, parapetándose en la excusa del mal menor, instrumentalizándose a sí mismo al servicio de la ignominia. Y si atendemos a los rótulos finales de la película, esos tan poco patrióticos actos no se vieron castigados cuando la guerra terminó, momento en el que, según se dice, los vencedores deben castigar a los vencidos. Así que quizá el cuestionamiento último que nos deja la película tiene que ver con esa definición, mucho más compleja y grisácea, sobre las responsabilidades en liza. ¿Acaso los que promulgaron y aplicaron esas normas no fueron vencedores?

http://www.imdb.com/title/tt0073679/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19760901/REVIEWS/609010301/1023

http://www.fotogramas.es/Peliculas/Seccion-especial

http://www.adictosalcine.com/peliculas/16909/Secci%F3n+especial-de-Jorge+Sempr%FAn.php

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AMEN.

Amen.

Director: Constantin Costa-Gavras.

Guión: Jean cLaude Grumberg y Constantin Costa-Gavras, basado en la obra de Rolf Hotchhuth.

Intérpretes: Mathieu Kassovitz, Ulrich Tukur, Ulrich Mühe, Michel Duchaussoy, Ion Caramitru, Friedrich von Tun.

Música: Armand Amar.

Fotografía: Patrick Blossier.

EEUU. 2002. 130 minutos.

 

Otra mirada al Holocausto

Uno de los últimos proyectos del siempre combativo director Constantin Costa-Gavras le llevó a enfrentarse al tristemente célebre holocausto judío desde una perspectiva inédita, políticamente incorrecta, y por ello muy estimulante. Las trágicas imágenes que Spielberg y Polanski se arrancaron en sus dos grandes películas sobre el tema quedan (casi) en off en este caso: Costa-Gavras prefiere dejarlas en elipsis y en unas continuas secuencias de transición que muestran el incesante ir y venir de trenes de carga por la geografía alemana -erigiéndose esos trenes, eso sí, en el auténtico leit-motiv del filme-. Esta estrategia narrativa sirve a la perfección a los propósitos del sabio realizador, toda vez que consigue arremeter todo el dramatismo de una forma inasible pero cierta, a sabiendas de que el espectador conoce perfectamente lo que le están sugiriendo, y permitiéndole de este modo concentrarse en esa óptica que propone, que parte de un agente de las SS, nazi convencido, pero que repudia la radicalidad de la política antisemita, pasando luego (la narración) al punto de vista de un jesuita con contactos en las más altas esferas del Vaticano, y donde se despliega la carga discursiva del filme, que retrata, con todo lujo de detalles, las razones por las cuales la Iglesia Católica se negó a impulsar -y a hacer extensible a sus fieles y a la opinión pública internacional- la denuncia contra la política nazi respecto a los judíos.

 

Fe y Política

El personaje de Ricardo, bien encarnado por Mathieu Kassovitz, refleja el progresivo descubrimiento de la diferencia entre la Fe cristiana en abstracto y las razones de oportunidad o necesidad política de su jerarquía humana, y de cuan fácilmente la primera perece ante lo segundo. Con la cámara exprimiendo la opulencia y suntuosidad de los escenarios, gestos y palabras de los actores que intervienen y deciden en la Santa Sede, Amen. establece su reivindicación, su denuncia, en la opción que emprende, en su desesperación, el padre Ricardo. En el epílogo, cerrando un círculo macabro, descubrimos que la salvación en este mundo sólo queda garantizada a aquéllos que carecen de escrúpulos.

http://www.imdb.com/title/tt0280653/

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=443619

http://www.elcultural.es/version_papel/CINE/6118/Costa_Gavras

http://www.arbil.org/(65)amen.htm

http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=673833

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Z

 

Z

Director: Constantin Costa-Gavras.

Guión: Constantin Costa-Gavras y Jorge Semprún, basado en la novela de Vassilis Vassilikos.

Intérpretes: Jean-Louis Tringtignant, Yves Montand, Iréne Papas, Jacques Perrin, Charles Denner, François Périer,  Pierre Dux.

Música: Mikis Theodorakis.

Fotografía: Raoul Coutard

Francia-Argelia. 1968. 123 minutos.

 

        Complot político

 

        Filme muy celebrado en su época (probablemente, el año 1968, tan convulso a escala global, fue un momento especialmente oportuno para el estreno de la película) y que dio celebridad a la casta combativa del realizador griego Constantin Costa-Gavras, esta Z adaptaba a la gran pantalla una novela de Vassilis Vassilikos en la que se denunciaba unos trágicos hechos acaecidos en 1963, el complot político que se concretó en el asesinato en Salónica de un diputado griego pacifista que se había convertido en adalid de la oposición al gobierno y que se hallaba en aquella ciudad liderando una manifestación contra la instalación de centrales nucleares; la pericia y valentía del Juez instructor del caso llevó a la luz pública el referido complot y germinó en la acusación formal dirigida contra altos cargos de la prefectura policial y el gobierno; los espectadores que se acerquen hoy al filme no conocen a fondo la trascendencia de estos hechos, por lo que no está de más decir que aquel escándalo precipitó en 1967 un golpe de estado en Grecia, conocido como el Golpe de los Coroneles, que acabó con el gobierno de la extrema derecha que, a pesar de la aparente fórmula democrática, gobernaba con modos dictatoriales.

 

 

       

Perrin, Semprún, Theodorakis

 

        Allende los considerandos históricos, a Z se la recuerda por ser una de las películas que pusieron en boga, al menos en su noción contemporánea, el subgénero de cine político, deviniendo uno de sus primeros (probablemente su precedente más relevante sea la espléndida La Batalla de Argel, de Gillo Pontecorvo) y más ilustres exponentes. Sus aspiraciones de denuncia se encontraron con muchas cortapisas, pero también con insignes complicidades: por un lado, el proyecto estuvo a punto de quedarse sin productor, y se convirtió en una producción franco-argelina (quizá en Argelia podían creer en un proyecto de ese corte precisamente raíz del éxito de la citada película de Pontecorvo) en la que fue providencial el auspicio recibido del joven actor francés Jacques Perrin (quien, jugosa anécdota, actuó en la película en la piel del joven fotógrafo que ayuda a destapar la trama); por otro lado, el mismísimo Jorge Semprún colaboró con Costa-Gavras en la confección del libreto, responsabilizándose de los afilados diálogos, y en el apartado musical se contó con Mikis Theodorakis, precisamente un represaliado del régimen que el filme denunciaba, y que firmó una partitura poco menos que sublime, combinando con gran elocuencia estética lo apacible y espeluznante.

 

 

       

Discurso en el corsé del thriller

 

        El resultado en imágenes es, a mi parecer, brillante. Y, contrariamente a lo que he leído en otros foros, no opino que la naturaleza de esas imágenes y de esa construcción narrativa hayan envejecido mal. Bien al contrario, en Z aparece bien vigente un logro bien difícil, cual es el de equilibrar el mordiente ideológico (o las entrañas del creador, sus ansias de denuncia) y el elaborado artefacto narrativo (el intelecto, la intuición y la pericia del cineasta). El afán eminentemente discursivo es el que vehicula absolutamente todas las descripciones de tipos y situaciones que el filme va desgranando, pero el modo de concretarse obedece a las convenciones del thriller más absorbente; esa abierta denuncia no sólo se perfila en secuencias concretas y explícitas -como la del prólogo o los speechs políticos, o incluso la escena del incidente/asesinato del Diputado que encarna Yves Montand- sino que se va hilvanando con mil detalles que se van imbricando en la estricta trama judicial y que al mismo tiempo van enriqueciendo la radiografía de todas las clases presentes en el entramado político y social de la ciudad escenario del filme, así como su papel, activo, pasivo, o tan a menudo instrumentalizado (me llama la atención el hincapié del filme en confundir de un modo progresivamente patente la condición entre verdugos y víctimas de los miembros del CROC, esa organización secreta que actúa untada por la policía: interesa a la narración la condición social de esos miembros –pertenecientes a las capas sociales más deprimidas- y la supina ignorancia en la que viven inmersos, fácilmente aprovechable a los infames fines del Poder; en el epílogo, se nos revela que muchos de esos miembros del CROC han muerto en condiciones extrañas, dejando bien aireada la sospecha de haber sido liquidados por temor a que hablaran más de la cuenta).

 

 

       

Intensidades

 

        Buena parte del mérito de este agudo y rabioso retrato político mixturado con la mejor tradición del thriller radica en su virtuoso ritmo, y al que colabora con mucho la magnífica tarea en labores de montaje de Françoise Bonnot. Con esa inestimable ayuda, las estrategias narrativas utilizadas por el realizador de Missing combinan en justa medida la concisión expositiva con una mayúscula intensidad en lo dramático (todo lo que gira entorno a la muerte del diputado, el sufrimiento de su esposa, los infaustos capítulos hospitalarios) y la mayor elocuencia en lo discursivo (vehiculado a partir de las revelaciones que van jalonando la investigación judicial del juez intertpretado por Jean-Louis Tringtignant), siendo digno de mención al respecto que Costa-Gavras se atreva incluso a introducir ciertos elementos hilarantes a la trama político-criminal conforme ésta se acerca a su desenlace (véanse por ejemplo las secuencias encadenadas que muestran las diversas imputaciones sobre los militares y el intento, idéntico por parte de todos ellos, de huir por una puerta de atrás para rehuir a la prensa), cambio de registro sobrevenido que no debe verse como una banalización de lo trágico sino como una bien medida sobredefinición de tonos cuya única finalidad es acerar al máximo el dibujo de las corruptelas del aparato burocrático que se denuncia.

http://www.imdb.com/title/tt0065234/

http://en.wikipedia.org/wiki/Z_(film)

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