GHOST TOWN

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Ghost Town

Director: David Koepp

Guión: David Koepp y John Kamps

Música: Geoff Zanelly

Fotografía: Fred Murphy

Intérpretes:  Ricky Gervais, Téa Leoni, Greg Kinnear, Billy Campbell, Kristen Wiig, Dana Ivey

 EEUU. 2008. 106 minutos

La salsa de la vida (y de la muerte)

Habida cuenta del tiempo prudencial transcurrido desde el estreno de ¡Me ha caído el muerto! (2008), y por tanto del hecho de no tratarse ésta de una reseña de actualidad, sino más bien que pone en perspectiva un trabajo más del paisaje filmográfico de David Koepp, podríamos empezar por devolverle a la película, justamente, la dignidad que en España perdió desde el momento en que alguien tuvo la nefanda idea de modificar esa “ciudad de fantasmas” del título original por el tontorrón e inadmisible “¡me ha caído el muerto!”, título que pretendía de entrada equiparar la comedia de Koepp con las comedias para teenagers que llevan esa parroquia joven a los cines, traición tanto a unos como otros, pues el filme, precisamente desde el mérito, traiciona esas expectativas que acaso hallan en el título quienes acuden a ver la película seducidos por el mismo, mientras el target real del filme buscado por sus responsables, claramente adulto, también está traicionado por la razón inversa. Quizá no se trate de una película memorable, pero habida cuenta del estado en el que se halla la comedia americana –sea nueva o de reciclaje, de patronazgo indie o industrial–, no debería descartarse que, en un juicio analítico efectuado con suficiente perspectiva (pongamos de aquí un par o tres de lustros), Ghost Town pueda llegar a figurar en una antología sobre buenas comedias americanas de lo que llevamos de siglo XXI. Para que eso suceda, empecemos por recordar la película olvidando los falsos matices de su título en castellano.

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Continuemos, ya centrados en el universo koeppiano, por glosar las curiosas, a priori anecdóticas concomitancias que la película guarda con la que acaso sea mejor película hasta la fecha del cineasta, El último escalón (1999). Como Tom Witzky (Kevin Bacon) en aquella obra basada en una novela de Richard Matheson, Bertram Pincus (Ricky Gervais) adquiere aquí por accidente –allí era una sesión de hipnosis, aquí un trance anestésico en el curso de una colonoscopia– la facultad de ver fantasmas, y cómo allí uno de ellos le pide una clase de ayuda que, desde el otro lado, es incapaz de dar, un ajuste de cuentas con la vida que quedó pendiente –allí, la revelación de la autoría de un horrible crimen; aquí, más difuso, la resolución de unas heridas sentimentales–. Traspasando la primera apariencia, y en buena lógica narrativa, tanto Tom como Pincus vivirán una progresión dramática que emerge directamente de ese apoderamiento trascendente, que, como allí, les llevará a realizarse, a encontrar una paz interior que antes les faltaba. Precisamente todas esas concomitancias sirven para deslindar claramente  territorio genérico que, en cada caso, Koepp maneja, pues en esta Ghost Town, que ciertamente por definición puede considerarse una comedia fantástica, el cineasta decide en cambio dar la espalda  –da la sensación que muy conscientemente– a los elementos visuales y narrativos que configuran el elemento sobrenatural, que aquí deviene en realidad un brebaje traspolado a lo cotidiano para presentar de forma hilarante las premisas de una comedia de triángulo sentimental.

 Ricky Gervais Ghost Town movie image Kristen Wiig

De tal modo, el trabajo atmosférico con la composición de los planos y la fotografía cede el espacio a un territorio visual abiertamente neutro, que, en la convención de la comedia sofisticada, se mueve en recurrentes espacios interiores –la consulta del dentista, el interior de los apartamentos o la propia finca, el ascensor, un museo…– y se oxigena en escogidos escenarios exteriores, aquí de la ciudad más fotogénica de los EEUU, una Manhattan cuyos opulentos rincones Koepp, como tantos otros antes que él, no puede evitar contemplar embelesado. Y en el mismo sentido, la manipulación subjetivista de los encuadres y del montaje cede a otra clase de rigores menos manieristas, ello añadido al hecho indudable de que en Ghost Town hay bien pocos efectos especiales (algunos que se modifican por ocurrencias más sutiles, por ejemplo esa broma consistente en mostrar que el contacto con un fantasma nos lleva a estornudar). Estoy diciendo que lo que hace Koepp, de tal modo, de forma valiente y consecuente, es básicamente desalojar de lo visual el elemento fantastique, y basar la eficacia cómica en el planteamiento de situaciones y en la labor de tres actores en franco estado de gracia.

 GHOST TOWN

Es en estos ingredientes, canónicos de la comedia clásica –no tanto de la que se estila en los últimos años, más cultivada por lo extravagante en diversas formas–, de donde emerge el indudable aroma agradable de este relato. Y no se desliga de lo anterior que una seña cabal del cine de Koepp, superior a cualquier término de identificación genérica, se mantiene felizmente: la concisión expositiva: en esta película el ritmo funciona a la perfección porque el desarrollo argumental es concreto y directo, y los conflictos están perfectamente balanceados en su progresión narrativa. La imaginación y el elemento hilarante fluyen, pero de modo que nada chirríe. A pesar de contar con la tentación del one man show de Ricky Gervais, Koepp modula a la perfección las prestaciones cómicas que ofrece el actor, y consigue que vista perfectamente las pieles de su personaje: le deja dar rienda suelta a algunos de sus chistes, pero no que éstos traspasen los límites del rol que el actor tiene encomendado, que está perfectamente delineado y que se orilla en cierta y sorprendente sobriedad en la ecuación interpretativa final. Algo parecido sucede con otra actriz de cuyas performances cabría esperar semejantes acicates interpretativos, Kristen Wiig, pero aquí esa tentación está atajada porque sólo se le ofrecen un par de breves apariciones, una de las cuales la actriz, en feliz asociación con Gervais, nos entregan esa desternillante secuencia en la que se produce un auténtico diálogo de besugos, los dos hablando sin comprender a su interlocutor y por tanto replicando de forma arbitraria. Wiig, como decía, sólo funciona aquí para un apuntalado cómico, y la estructura dramática se sostiene en cambio en Greg Kinnear, cuya composición del fantasma, magníficamente matizada, contiene de hecho las claves del tono preciso que Koepp imprime a su destilado cómico, y Téa Leoni, quien asume el contrapeso más dramático y demuestra ser una de las intérpretes mejor dotadas de su generación (y más desaprovechadas en Hollywood), pues ofrece una réplica excelente a Gervais con su presencia magnética y un rostro tan pletórico de expresividad que, en cualquier secuencia en la que aparece, enciende infinidad de matices que no hacen otra cosa que engrandecer el valor de la historia.

http://www.imdb.com/title/tt0995039/

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SIN FRENOS

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Premium Rush

Director: David Koepp

Guión: David Koepp y John Kamps

Música: David Sardy

Fotografía: Mitchell Armundy

Intérpretes:  Joseph Gordon-Levitt, Jamie Chung, Michael Shannon, Aasif Mandvi, Dania Ramirez, Aaron Tveit

 EEUU. 2012. 106 minutos

La ética del biker

 Hay diversas películas que conviven en aparente armonía en Premium Rush. En este quinto largometraje dirigido por David Koepp –segundo, tras Ghost Town (2008), en el que le acompaña en labores de libretista John Kamps–, la primera apariencia nos dice que se trata de un título de intriga y acción que aprovecha la espídica profesión de sus protagonistas –mensajeros que montan en bici por Manhattan– para erizar las premisas canónicas de un relato que discurre a contrarreloj. Al mismo tiempo, el target juvenil al que parece que la película va dirigido se afianza en su envoltorio estético y su acompañamiento musical, y se puntúa merced de un alambicado de relaciones y conflictos de personajes marcado por un tono liviano, desenfadado, fresco que parece reproducir con sorna ciertos tics de realities al uso de la MTV que tienen como protagonistas a jóvenes (en este caso, guapos y deportistas), de modo tal que Koepp y Kamps se permiten, por ejemplo, trenzar en una larga secuencia -espectacular carrera que discurre por las calles de Manhattan y por Central Park– la miga argumental con un enfrentamiento entre dos bikers que pretenden a la misma chica.

 

Pero no se vayan todavía, aún hay más. Bajo la fachada de esta rocambolesca historia de las idas y venidas de un sobre que contiene un recibo a liquidar a la mafia de Chinatown a cambio del traslado de un niño inmigrante chino a los EEUU, aliñado por la interferencia de un poli chiflado (Michael Shannon) –llamado Bobby Monday pero que se hace llamar, en un guiño simpático al universo fantastique que siempre ha sido devocionado por Koepp, Forrest J. Ackerman– que pretende lucrarse con el dinero de ese canje para pagar las deudas de juego asimismo asumidas en los locales clandestinos de Chinatown, Koepp y Kamps ponen en solfa, un poco a la manera y tono de Plan oculto (The Inside Man, Spike Lee, 2008), un retrato a pie de la furiosa calle de la Manhattan contemporánea, de su realidad desglamourizada. Dicha crónica sotto vocce principia por la propia excusa argumental, pues sirve como postulación cinematográfica de una realidad económico-cultural que tiene lugar en aquella ciudad, el mundo de la mensajería en bicicleta, esta manera alternativa, má barata (queda clara la estratificación social de los que participan del oficio), menos contaminante pero, al parecer, mucho más peligrosa de servir la incesante necesidad de transporte de paquetería en el seno de Manhattan. Pero la crónica no se limita a eso, y de principio a fin del metraje, Sin frenos busca cierto hálito de realidad en su descripción de la vida en las calles de la ciudad-escenario, sean los citados lugares de Chinatown, las comisarías de policía y los agentes uniformados, la Universidad que se halla en el Upper West, los paisajes verdes de Central Park o, en fin, los sucesivos blocks que se comunican en la danza del pedaleo de la bici de Willie (Joseph Gordon-Levitt), el protagonista, cuyos recorridos, como coda visual, aparecen transcritos en un mapa GPS de su teléfono móvil.

 

La verdad es que Sin frenos encuentra en su carencia de pretensiones su mejor arma, demostrando precisamente que esa carencia de pretensiones no está reñida con la inteligencia y el buen hacer narrativos. El filme es un espectáculo visual extravagante pero ingenioso –las secuencias en bici a alta velocidad sustituyendo, con un saludable punto cáustico, las canónicas persecuciones motorizadas–, que además imprime literalmente un vertiginoso ritmo a un relato magníficamente ajustado, como suele ser habitual en los filmes dirigidos por Koepp –no llega a la hora y media de metraje–, y donde el cineasta parece tomar nota y aprovechar en beneficio de ese vertiginoso vaivén rítmico ciertas convenciones del relato depalmiano que el guionista de Atrapado por su pasado (1993), Misión imposible (1996) o Snake eyes (1998) conoce muy bien, principalmente la presentación de las piezas del relato a modo de puzle –con un reloj que se adelanta y retrocede para ubicar el momento concreto de la tarde en la que discurre íntegramente la acción, y así ubicar al espectador sin necesidad de seguir un orden cronológico– donde, como en Snake eyes (o como en Regreso al futuro, parte II (Robert Zemeckis, 1991), llegan a convivir idénticas secuencias desde puntos de vista distintos. Pero más allá de ese entretenimiento asegurado, Sin frenos nos cautiva por esa citada causticidad, ese redoble irónico con el que articula los mimbres del relato –pienso por ejemplo en la caracterización del poli psicópata que encarna Shannon–, y que en última instancia, como filme de vocación teenager un punto malcarado, propone un enfrentamiento entre la ética callejera de los bikers y la del orden representado por las innumerables reglas de tráfico que los ciclistas se saltan a la torera y, claro, por ese cuerpo de policía que, descontando a su miembro psicópata, no deja de ser un comparsa que la habilidad de los ciclistas y la providencia convierte felizmente en inoperante. Así lo atestigua ese clímax en el que, tras la renuncia literal del sufrido policía ciclista que se pasó medio metraje persiguiendo a los mensajeros en balde, se produce un apoderamiento de esa, a la postre, tribu urbana organizada que acude, como la caballería en un imposible western neoyorquino, al auxilio del héroe en su momento de mayor necesidad. La cosa no deja de tener su gracia. Y su soterrado cinismo.

http://www.imdb.com/title/tt1547234/

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