ACCION EJECUTIVA

Executive Action

Director: David Miller

Guión: Dalton Trumbo, según una historia de Donald Freed y Mark Lane

Intérpretes: Burt Lancaster, Robert Ryan, Will Geer, Gilbert Green, John Anderson, Paul Carr, Colby Chester, Ed Lauter

Música: Randy Edelman

Fotografía: Robert Steadman

EEUU. 1973. 91 minutos

 

La bancocracia de hoy

En fecha 10 de septiembre de 2011 se publicaba en el portal de Internet informativo-divulgativo “Tercera Información” (enlace http://www.tercerainformacion.es/spip.php?article28584) un artículo que dirige su atención a los poderes que rigen y se ocultan bajo esa denominación abstracta de “mercado financiero”, y que denuncia que en realidad se trata –de forma deplorable, de hecho insultante, para los presuntos valores y logros de una sociedad democrática y presuntamente desarrollada– de unos pocos nombres bajo cuyos designios la inercia del funcionamiento económico (y, consecuentemente, social) se tambalea. El artículo, de hecho, se hace eco de otros, la mayoría publicados en el New York Times, algunos lejanos como los publicados por Nicholas D. Kristof y Edward Wyatt entre el 15 y el 18 de febrero de 1999, sobre el acuerdo secreto de Bill Clinton “con las “manos invisibles” ya muy vistas de la plutocracia oligárquico-oligopólica de los banqueros de Wall Street”, y otros bien cercanos, como aquel de Louise Story del 11 de diciembre de 2010 en el que se informaba de que “cada tercer miércoles del mes, nueve miembros de la elite de la sociedad de Wall Street se reúnen en Manhattan con el fin de proteger los intereses de los grandes bancos en el vasto mercado de los derivados financieros, uno de los más redituables y controvertidos campos de las finanzas”, haciendo constar que esos nueve caballeros “conforman un poderoso comité que ayuda a vigilar las transacciones de los derivados, instrumentos que, como los seguros, son usados “para cubrir los riesgos” en un gran negocio de “multibillones. El artículo desvela esos nombres, no de las personas físicas sino de las entidades privadas que representan: JP Morgan Chase, Goldman Sachs, Morgan Stanley, Deutsche Bank, la británica Barclays, Credit Suisse, Bank of America y Citigroup. Como ya se ha explicado por activa y por pasiva en las glosas (en letra impresa o audiovisual de diverso formato) a las razones concretas de la actual crisis, “los reguladores gubernamentales son del todo incapaces de comprender el tamaño y la interconexión del mercado de los derivados financieros, en especial los Credit Default Swaps (CDS), que aseguran contra las quiebras de empresas o bonos hipotecarios”, y, en consecuencia, como también se ha dicho y escrito, se hace difícil detectar el destino concreto de los rescates efectuados a los bancos quebrados, que se llevan a cabo con (una pornográfica cantidad d)el dinero público de los ciudadanos; de tal modo, queda un escenario que nos deja totalmente inermes, en manos de esta bancocracia que se lucra, sí o también, según esta sofisticada desregulación que no es otra cosa que un eufemismo del insulto a las reglas más elementales del fair play financiero, y al precioso coste de estrangular economías que van de lo doméstico a lo macroeconómico, pasando, por supuesto, por el riesgo real de quiebra de países como, por ejemplo, el nuestro.

La oligarquía de ayer

¿Y a qué viene toda esta perorata introductoria a la reseña de una película? Bien, hay dos formas de decirlo. La primera, el hecho de que me resultó inevitable efectuar evidentes asociaciones de ideas entre lo que sucede ahora y lo que, según el guión de Dalton Trumbo, Donald Freed y Mark Lane para la película, pudo suceder entonces, pues, para los no-iniciados, el filme especula, con suma voluntad de coherencia y concreción radiográfica, sobre la posibilidad de que fueran lobbies conformantes de una suerte de plutocracia oligárquica estadounidense (principalmente representados por  los personajes que encarnan Burt Lancaster y Robert Ryan, en roles presumibles de magnates del petróleo con lazos con la industria armamentística) quienes planearan, financiaran y extendieran todos sus tentáculos de poder para asegurar el éxito del magnicidio de Dallas. Otra forma de plantearlo, también hablando de cine –que es a lo que humildemente me ciño aquí–, tiene que ver con el valor perenne, universal (siendo al respecto indiferente que su naturaleza se halle lógicamente tamizada por lo ideológico) de ciertas proposiciones presuntamente concreta(da)s en la manufactura de esos relatos especulativos, signo de la existencia de unos patrones o codas en el funcionamiento de los diversos órdenes en los que se desglosa el sistema en el que alumbramos y oscurecemos nuestros caminos individuales.

Al meollo

De la película, rubricada por David Miller en 1973, en las postrimerías de su carrera y, al mismo tiempo, en los años de eclosión del llamado “cine de conspiranoia o conspiranoico”, un estudio rubricado hoy sobre su fondo nos ubica en un territorio narrativo marcado espectacularmente por su talante combativo, directo, y que, a diferencia de otras –ciertamente apasionantes- aproximaciones sobre el tema (pienso sobre todo en la novela de James Ellroy American Tabloid, y, por supuesto, la película de Oliver Stone JFK: Caso Abierto, según las investigaciones del Fiscal Jim Garrison), nos dirige unívocamente a la entraña del asunto, y no se entretiene más que lo imprescindible en sucesos y personajes con incidencia más tangencial y mediata en el fatal devenir de John Fitzgerald Kennedy aquella mañana del 22 de noviembre de 1963 (cosa que Ellroy efectúa por vocación narrativa, genérica y de postulado sociológico, mientras que Garrison-Stone llevan a cabo por un bastante escrupuloso respeto a los límites de pruebas existentes y las inferencias lógicas que de ellas se extraen, algo a lo que en Executive Action también se recurre, aunque de forma más aislada y bien llamativa –sin ir más lejos en el epílogo, en el que se muestran rótulos con los nombres, fechas y diagnóstico de fallecimiento de hasta diecisiete testigos presenciales de lo acaecido en Elm Street, todos ellos que perdieron la vida en menos de un lustro tras el magnicidio, algo tan improbable según las incontestables normas probabilísticas (una posibilidad entre 1000 trillones) que nos invita a dejar de creer en semejante sucesión de azarosos azares…-). La claridad expositiva de la película, de hecho, fue demasiado para el establishment: se le negó publicidad en diversas cadenas televisivas mayoritarias, y, tras ser estrenada pocos días antes de cumplirse una década del asesinato, apenas estuvo unas semanas en los cines, y de hecho fue retirada de circulación hasta que a mediados de los años ochenta se editó en video y fue emitida por televisión; por su parte, en esa tan habitual muestra de alergia a la valentía que define a la crítica de aquel país cuando la polémica no estrictamente cinematográfica azota las razones, críticos como Roger Ebert, en su reseña de la película publicada en el tiempo de su estreno (y que se puede consultar aquí, http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19731120/REVIEWS/311200301/1023), tiraba de fáciles tautologías para atacar el fondo especulativo del filme, obviando todo el resto, en un ejemplo vergonzante de traición a las razones sobre lo artístico que se supone sustentan el análisis de un crítico de cine.

Desde las tripas

Sea como sea, no hay duda de que Executive Action es una obra hecha desde las tripas, y que en su aliento anida un fervoroso afán que trasciende con mucho la denuncia, buscando soliviantar al espectador, y en última instancia indignarle. Y así resulta de su incómoda atmósfera, que sólo le da voz dramática a los verdugos –especialmente al escalafón más alto y mediato y al más bajo e inmediato, todos ellos asumiendo sus roles según un escrupuloso código basado en el low key interpretativo- y que, como única opción narrativa, aboga por una frialdad expositiva que aún hoy resulta dolorosa al espectador. Los responsables de la película son conscientes de que su mejor arma narrativa habita en el hecho de que, por mucho que se sepa desde un principio dónde desaguarán los acontecimientos, su trascendencia es tan formidable que si se articula el relato como una fatídica cuenta atrás tiene posibilidades más que suficientes de capturar la atención (y también el ánimo) de quien la visiona; a tales fines, el filme se sirve de la sincreción para ubicar cada nuevo término añadido a la ecuación conspirativa, e instala una métrica de crescendo cada vez más asfixiante. En relación con lo anterior, y merced de sus crudas elecciones de punto de vista (que enfrenta esa dramaturgia convencional focalizada en los conspiradores con imágenes de documentos reales, en blanco y negro, sobre la víctima, particular en el que en el próximo párrafo nos detendremos), Acción ejecutiva subraya desde el primer momento su vocación más trágica, llegando a cubrir bajo su negro manto, como acto que cabría tildar de justicia poética, el perfil de los dos magnates principales instigadores, Foster (Ryan) y Farrington (Lancaster), quienes en el lance de una conversación se interrogan sobre su legitimidad para jugar a ser Dioses (sic) y en otra, ya cercano al cierre, reflexionan sobre el hecho de que los restos mortales del Presidente ya se hallan en ese lugar en el que, más pronto que tarde, espera los suyos.

La acción y su recreación

Un estudio de la película centrado en cuestiones formales hace especialmente llamativa su elección, tan efectiva en términos narrativos como de rebato discursivo, de mixturar, a modo de enfrentamiento (acción-reacción), las imágenes rodadas, de ficción, que desentrañan la conspiración, con otras preexistentes, documentales de archivo, en blanco y negro, en las que aparece Kennedy o se hace alusión a sus políticas –centradas en tres cuestiones: el desarme nuclear, la prohibición de test nucleares y los derechos civiles; y entre las que destaca el famoso speech de Martin Luther King en el Lincoln Memorial tras la famosa marcha sobre Washington de 28 de agosto de aquel 1963-, y en las que por tanto anida la Historia. En pleno siglo XXI, en estos tiempos en los que la llamada democratización de la imagen ha traído consigo –entre otras cosas- toda clase de experimentos de collage o fusión entre diversas texturas o procedencias de lo fílmico, resulta interesante comprobar cómo, en 1973 (por cierto, el mismo año en el que Coppola proponía, cerca de los márgenes del cine conspiranoico, un intenso comentario metanarrativo sobre la esencia manipuladora del montaje cinematográfico en La Conversación), David Miller se servía de forma aparentemente sencilla de esa dialéctica de alcance casi dramático entre dos naturalezas visuales diversas, consiguiendo, mucho más allá que encajar los enunciados concretos, materializar de forma radical su afán de Verdad: la ficción propuesta (“sugerimos que pudo suceder de este modo”, explica un rótulo al inicio de la película) en todo momento colindando con la realidad glosada en esas imágenes de archivo periodístico, y, no lo olvidemos, llamadas a casar en el momento culminante de la película, en aquellos planos, rodados en color, con actores, y mostrados al ralentí, en los que se describe la mecánica concreta de los diversos disparos que terminaron con la vida del 35º Presidente de los EEUU, no para tomarse licencia alguna, sino para, en lo narrativo, reclamar el valor revelador del detalle, y en lo discursivo, abogar por la desaparición de las fronteras entre la recreación de lo objetivo y de lo subjetivo.

http://www.imdb.es/title/tt0070046/fullcredits#writers

http://en.wikipedia.org/wiki/John_F._Kennedy_assassination

http://mcadams.posc.mu.edu/clark.txt

http://www.fas.org/sgp/advisory/arrb98/index.html

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