IT FOLLOWS

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It Follows

Dirección: David Robert Mitchell

Guión: David Robert Mitchell

Intérpretes: Maika Monroe, Keir Gilchrist, Daniel Zovatto, Jake Weary, Olivia Luccardi, Lili Sepe, Linda Boston, Caitlin Burt, Heather Fairbanks, Aldante Foster, Ruby Harris, Christopher Hohman, Bailey Spry, Rich Vreeland

Música: Disasterpeace

Fotografía: Michael Gioulakis

EEUU. 2014. 101 minutos

El fatídico descubrimiento

 El caso de It Follows es un buen ejemplo sobre las vías expresivas abiertas hoy, y abiertas siempre, al cine de género. Hoy, en relación a los resortes formales que sostienen el relato, que definen la estética (y por supuesto la ética) de la obra. Siempre, por la universalidad de temas que maneja. David Robert Mitchell, su firmante –director y guionista– venía de firmar un único largometraje previo, The Myth of the American Sleepover (2010), un retrato de cariz naturalista de las pulsiones adolescentes, que progresaba con sutil y diestra capacidad analítica. En esta obra siguiente –que, al parecer, se ha interpuesto a otra que empezó a preparar y por el momento aún no ha concretado–, Robert Mitchell efectúa un aparente cambio muy radical de términos, al proponer un relato de puro horror, si bien la adscripción genérica no deja de resultar aquí una vía expresiva complementaria a la anterior, ya que en It Follows se reproducen indudablemente muchos elementos cardinales ya interesados en The Myth of the American Sleepover: la fijación absoluta, principalmente, por el mundo de la adolescencia; y no ya porque de un modo u otro sea fácil buscar alegorías en este relato sobre el angst asociado con ese periodo de crecimiento físico y emocional, sino por razones más evidentes: en ambas películas, las figuras adultas carecen llamativamente de presencia (o, si aparecen, que lo hacen aquí, es como manifestaciones corporales de ese “ello”, esa cosa que persigue a Jay (Maika Monroe) y a otros personajes durante el metraje), en ambas el relato se concentra en el quehacer de un grupo de adolescentes (de hecho, se podrá oponer que los acompañantes de Jay tienen poca entidad como personajes, pero precisamente su función es estar ahí, acompañar literalmente a la protagonista en su periplo, rehuyendo de este modo un relato furioso en lo subjetivo y vía abierta para una exploración de terror psicológico al estilo de Repulsión (Roman Polanski, 1965), algunos de cuyos ingredientes la película asume, pero no de forma prioritaria) y en ambas se produce una abstracción de lugar y tiempo, siendo estos dos datos en realidad irrelevantes en lo más mínimo en la edificación de sentidos del relato, lo que enfatiza la vis recogida, y también el aliento poético, que lo sostiene todo.

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En lo que a las vías expresivas “hoy” del cine de terror se refiere, It Follows toma por supuesto prestadas muchas referencias, o más bien maneras negociadas en su entraña narrativa, que regurgita hacia otros e inéditos sentidos. Se ha dicho quizá demasiado alegremente que la película toma elementos propios del “slasher”, y es que, más allá del esquema de su trama –esa reunión de adolescentes que deben conjurarse para luchar contra una fuerza maligna–, aquí se produce un enfrentamiento con fuerzas sobrenaturales, elemento que no define en puridad ese subgénero. Dos referentes del “slasher” son convocados aquí, pero Robert Mitchell precisamente toma prestado de ambos elementos que los diferenciaban de la definición tipológica o convencional: uno de ellos es La noche de Halloween (Halloween, John Carpenter, 1978), y por extensión las primeras obras del autor de La cosa (The Thing, 1982): el cineasta busca a Carpenter mediante sus intentos (a menudo muy solventes) de depurar el relato a través de lo formal, de estrategias de puesta en escena (esas panorámicas wide-angle y el leit-motiv de los travellings frontales, la cámara que avanza en el paisaje a velocidad monocorde, obvia expresión visual del verbo que comparece en el título de la película), de montaje (las elipsis, los abruptos fundidos) o de sonido (la evidente herencia carpenteriana en la partitura de sintetizador) que dotan de una intensidad hipnótica, de un crescendo claustrofóbico a los enunciados dramáticos. El otro referente posible podría ser Pesadilla en Elm Street (Nightmare on Elm Street, Wes Craven, 1984), por la cualidad pesadillesca y sobrenatural del elemento hostil en el relato, términos de enfrentamiento que añaden equívocos y desconcierto entre los jóvenes que tratan de detenerlo, y en consecuencia por razones sustanciosas, pues, como en el título fundacional de las correrías de Freddie Krueger, ese elemento sobrenatural (la capacidad de colarse en un sueño/la capacidad de seguir a alguien sin ser visto por nadie más que la víctima) fertiliza el relato de razones alegóricas, sobre las que nos detendremos después. No obstante, muchos otros referentes podrían buscarse y encontrarse en las imágenes de la película. Sin ir más lejos, George A. Romero en esa mirada absolutamente “desglamourizada” del lugar donde sucede la acción, esos barrios y casas destartaladas suburbiales que Robert Mitchell filmó en Detroit.

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Pero, al parecer de quien esto escribe, a todos esos referentes modernos se le debe añadir (¿oponer?) otro mucho más lejano, que es el que nos sirve para hablar de It Follows como aportación al género desde sus mimbres más universales. Me refiero al cine de terror urdido por Val Lewton/Jacques Tourneur en tres películas para la RKO que es ocioso citar aquí pues cualquier lector identifica rápidamente, y a la que quizá podamos añadir La  noche del demonio (Night of the Demon, Tourneur, 1957). De esas obras la película recoge la manera sui generis de plantear el horror, que a su vez funciona como caja de resonancia y elemento crucial para el condensado de motivos alegóricos fruto de una definición cierta y carismática del horror (contrapuesto al terror), de modo que puede decirse que la secuencia en la que el filme más se aleja de ese patrón de narración sutil en su descripción de lo maligno/oculto (el clímax en la piscina) es la que resulta menos efectiva al menos en términos de coherencia interna del relato.

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Porque sin duda lo más interesante de It Follows (aunque por supuesto ese interés sólo pueda emerger de la concreta disposición de las piezas narrativo-visuales) se halla en el campo de las ideas. Tiene que ver con la identidad indescifrable de esas visiones sobrenaturales y en todo lo que proyectan. Tiene que ver con todo ese aparato de abstracciones formales que revierten en nociones sobre temas diría que existenciales relacionados, como en su anterior película, con los padecimientos emocionales asociados a la adolescencia, o –ahí cada uno con sus interpretaciones, y éste no es un relato discursivo, sino que siembra sus metáforas de forma ambigua y abierta– sobre muchas otras cosas, con último límite posible en el comentario sobre el miedo a la muerte (las dos citas llamativas a textos literarios, de T.S. Elliott o de Feodor Dostoyevski, que comparecen en el relato). Algunos exégetas han visto en ese contagio mediante el sexo un comentario sobre el miedo asociado a las enfermedades de transmisión sexual. Cada cual con sus teorías y apreciaciones, por supuesto, pero quien esto rubrica considera que semejante argumento sería demasiado obvio y demasiado concreto, y los juegos simbólicos que Robert Mitchell sembra con tanta intención a lo largo del metraje más bien refieren motivos más universales y a la vez inconcretos o densos. El modo en que filma el cuerpo semidesnudo de su protagonista en diversos pasajes del metraje, desprovista de una vis sensual, nos empieza a indicar de qué está hablando la película. La presencia tan importante del agua en el relato lo concreta y confirma, en su asociación metafórica con la inocencia y su pérdida. Es defendible que el agua cumpla la función de líquido amniótico durante todo el metraje, en el que sería el opuesto neto a esa amenaza de la muerte. Es el espacio en el que Jay se siente tranquila, una suerte de líquido amniótico, a su vez última frontera de su indemnidad: esa piscina desmontable al lado de su casa. Es el testigo de atrocidades: esa playa a la que inconscientemente los jóvenes acuden en busca de refugio (igual que Jay en un determinado momento se refugia en un parque infantil) como si el agua fuera un posible cobijo, pero insuficiente, pues no alcanza la arena. Y es el argumento que esgrimen en el clímax para luchar contra el maligno, una materialización física del espacio asociado a la inocencia perdida, pues al fin y al cabo los horrores descritos y la amenaza latente (siempre latente, como demuestra el sugestivo plano de cierre de la película) tienen que ver con el advenimiento de la adolescencia como portadora de heridas, los de la vida adulta, que ya no van a sanar… Probablemente no sea It Follows una película completamente redonda, pero sí es una película de horror muy rotunda y que principalmente se caracteriza por su aliento poético. Y eso resulta noticia, hoy y siempre.

THE MYTH OF THE AMERICAN SLEEPOVER

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The Myth of the American Sleepover

Dirección: David Robert Mitchell

Guión: David Robert Mitchell

Intérpretes: Claire Sloma, Marlon Morton, Amanda Bauer, Brett Jacobsen, Nikita Ramsey, Annette Denoyer, Jade Ramsey

Música: Kyle Newmaster

Fotografía: James Laxton

EEUU. 2010. 96 minutos

Buscando algo a medianoche

 No transcurren muchos minutos de metraje de The Myth of the American Sleepover para que uno ya ubique la mirada de David Robert Mitchell entre, pongamos, un Larry Clark, un Gus Van Sant o un Todd Solondz, o quizá un refinado más suave, al estilo de Cashback (Sean Ellis, 2006). Una mirada naturalista, con un pie en las convenciones del cine indie (definición actual) y otro en la mirada incisiva a aquello que retrata: el cotidiano de la vida de unos adolescentes en un lugar cualquiera de los EEUU, llamando a las puertas de un suceso algo extraordinario (la fiesta de pijamas aludida en el título) que servirá de desencadenante para que la neurosis propia de esa edad crucial en el crecimiento emocional aflore de lo interior a lo exterior, de los sentimientos a los actos.

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Lo cierto es que, desde esos pocos minutos tras el arranque, percibimos en las maneras narrativas de Robert Mitchell una cierta naturalidad y temple para subrayar con la cámara, aunque a veces de forma muy obvia, ese territorio que se oculta tras el comportamiento siempre titubeante de los adolescentes, sus emociones, sus anhelos y dudas. Planos de detalle, o apenas el sentido de una elección de encuadre para subrayar diálogos presuntamente intrascendentes, elevan el interés de esa descripción por otro lado prototípica de los pulsos de los adolescentes que centra los términos en esa primera guerra de sexos a punto de ser lidiada, con las armas de la frescura azotadas por el escudo de los complejos, con esos cuerpos jóvenes y todas esas hormonas pululando por el ambiente. Lo que desconcierta conforme avanza el metraje de la película es no tener muy claro adónde nos dirige. El barómetro de lo inmediato está mejor recogido que, por ejemplo, en muchas y celebradas obras de la llamada “nueva comedia americana”, pero uno no termina de tener claro dónde ha establecido el tono o el énfasis Robert Mitchell. No obstante, el espectador sigue atento al cumplimiento de las expectativas que los cuatro personajes destacados de la función tienen frente a ellos: uno, Scott (Brett Jakobsen), el universitario que evoca la nostalgia a través de dos chicas mellizas que le hacían tilín, y a las que va a buscar a la universidad; otro, Rob (Marlon Morton), un chico que se pasa la noche buscando una joven rubia y muy hermosa que ha visto en el súper por la tarde; otra, Claudia (Amanda Bauer), una chica que está ubicándose entre las pandillas de la comunidad a la que acaba de llegar, y no puede evitar el conflicto para reivindicar su posición; otra, Maggie (Claire Sloma) que se debate entre dos jóvenes que le gustan, y no sabe terminar de decidirse por cuál de ellos deben apostar sus sentimientos…

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Obviamente, las fiestas de pijamas que se ubican en el final de un verano (información suministrada, llamativamente, en el primer diálogo de la película) suponen una ceremonia de transición entre unos pulsos que se dejan atrás, los de la inocencia, y aquéllos otros que definirán las tantas entelequias del futuro. Así comparece en un título que es fruto del más significativo diálogo de la película, aquel que el joven que trabaja en la piscina mantiene con Maggie durante la fiesta en la que se traban amistad. Con esa noción por bandera, conforme van progresando esos diversos short cuts (que el cineasta administra de forma admirable, concatenando las situaciones sin tratar de insuflar sofisticación a la manera de entrecruzarlos, consciente de que los conceptos que pone en solfa dramática son intercambiables, o al menos parientes cercanos), comprendemos que, si el hilo espiritual que termina de trenzar esos relatos individuales es el de esa línea fronteriza entre la infancia y la primera edad adulta, el debutante Robert Mitchell (escritor del guión, amén de director) tiene la suficiente clarividencia, sensatez, talento para efectuar una evocación muy marcada por lo implosivo, por lo tácito y sugestivo de esos sentimientos a flor de piel, y también por cierta abstracción/poética que emerge de forma subterránea, a menudo a través de símbolos que el cineasta va sembrando en las imágenes y en el relato.

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La aparente falta de pretensiones de The Myth of the American Sleepover termina resultando quizá su mejor virtud, el aliado de una personalidad que al final se desmarca de los referentes/espejos enunciados al principio merced de, simplemente, susurrar las cuestiones asociadas al angst adolescente en lugar de hacerlas explotar como catarsis o traumas. Es un relato bien trenzado, más denso en su exploración de lo que aparenta su progresión suave, nada estridente en definiciones de choque (coda a la que Robert Mitchell sabe entregarse de forma coherente hasta el final), y que seduce por la sutura de sus premisas y por la frescura e inteligencia con la que captura esos conceptos difusos, apasionantes, sobre los cambios de tornas en las edades de la vida. Resulta ciertamente curioso que esa tendencia a la depuración en imágenes de ideas abstractas sobre el hacerse mayor, ese minimalismo expresivo, esa renuncia a toda estridencia, encuentre una evolución bastante coherente en el género del puro horror en la siguiente obra del director, la celebrada It Follows (2014)…