SICARIO

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Sicario

Director: Denis Villeneuve

Guión: Taylor Sheridan

Música: Jóhann Jóhannsson

Fotografía: Roger Deakins

Reparto: Emily Blunt, Benicio Del Toro, Josh Brolin, Victor Garber, Jon Bernthal, Jeffrey Donovan, Daniel Kaluuya, Maximiliano Hernández, Dylan Kenin, Frank Powers, Bernardo P. Saracino, Edgar Arreola, Marty Lindsey, Julio Cedillo

Productora:Lionsgate / Black Label Media

EEUU. 2015. 121 minutos

 

Peligro

 Amén de francamente interesante, la trayectoria del canadiense Denis Villeneuve es menos desconcertante de lo que pueda parecer. Con Sicario entrega su segunda película americana tras las celebrada Prisioneros (2013), ambas aparentemente en las antípodas una de otra y aún más de las adaptaciones de material de prestigio literario por las que también se ha aplaudido –aunque también cuestionado en algunos casos– a Villeneuve, las obras de pabellón aún canadiense Incendies (según la obra teatral de Wajdi Mouawad, 2010) y Enemy (según la novela de José Saramago, 2013). A nivel temático y de tratamiento dramático, diversos elementos emparentan todas estas obras. E incluso la brutal Polytechnique (2009), su primer título de culto, basado en los testimonios de los supervivientes del drama ocurrido en la Escuela politécnica de Montreal, el 6 de diciembre de 1989. Podríamos resumir ese parentesco en dos temas. Uno, la estupefacción y el horror de atestiguar la violencia y las asimetrías del mundo (Polytechnique, Incendies); y dos, y en estrecha relación, el desalojo de uno mismo, de las propias convicciones, cuando se revela que algo monstruoso convive con nosotros y puede perturbarnos en lo más íntimo (Enemy, Prisioneros).

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Y para pensar en esas concomitancias, partimos de la focalización en el personaje que encarna Emily Blunt, que es la que confiere el punto de vista que atañe al espectador. Blunt encarna a una agente del FBI, del departamento que combate el narcotráfico, y que pasa a formar parte de una operación encubierta de la CIA relacionada con mafias que operan a los dos lados de la frontera, entre Méjico y los EEUU. Se ha dicho que Sicario relata una historia sobre el levantamiento del velo de una cuestión incómoda, y es cierto; pero más cuestionable es que la película relate cómo esa agente va introduciéndose en ese submundo literal, porque en esa clase de relatos, los protagonizados por personajes ingenuos que se enfrentan a una situación que les supera, éstos suelen terminar formando parte activa de los mismos, para vencer heroicamente o sucumbir trágicamente. Y la agente del FBI sólo sucumbe, aunque trágicamente, a una cosa: a la verdad. O, dicho de otra manera, lo que sucede, llamativamente, en Sicario es que ese personaje guía del espectador intenta pero nunca termina de participar en la historia. Ni siquiera en el que puede considerarse el primer epílogo, secuencia que de hecho subraya esa circunstancia.

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Esto es importante porque afecta a todo el aparato narrativo, el qué se narra y el cómo se narra, una focalización entre lo periodístico y una entraña filosófica siempre cara a los intereses de Villeneuve. No de una forma radical, pues existen algunas pequeñas fugas –el personaje del policía mexicano retratado en esas breves secuencias cotidianas que al final se revelarán como algo así como el reverso oscuro del final optimista de Traffic (Steven Soderbergh)–, pero durante buena parte del metraje todo acontece en presencia del personaje que encarna Emily Blunt, equiparándose así al espectador: alguien que está fuera de todo lo que sucede, que quiere enterarse de lo que pasa pero no lo logra, y que simplemente será un testigo de excepción, como lo somos los espectadores. Y nosotros, como ella, pasaremos de la estupafección (la bomba y los cadáveres descubiertos en el apartamento en el que tiene lugar la redada del FBI al principio del metraje), al aturdimiento (la extraordinaria secuencia del tiroteo en la autopista), al desconcierto (ser utilizada de señuelo) y a la pérdida de esperanza (el descubrimiento al final de ese túnel de evidentes visos simbólicos). Pasaremos, en fin, por un via crucis de peligro, siendo ese peligro la contundente constancia de que esa otra realidad nos supera y que trasciende con mucho las armas que tenemos para combatirla.

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Y quienes están dentro de esa otra realidad, los agentes de la CIA a quienes dan vida Josh Brolin y Benicio del Toro, son sus partners en ese bautizo de peligro, de verdad, y utilizan los cauces legales y los ilegales para sus propósitos. Cuando el velo está por desvelar (una tortura en una sala de interrogatorios), la cámara aún no escenifica sus actos ilegales, por mucho que los deje patentes. Cuando el velo ya se ha desvelado (en el clímax), la cámara ya puede seguir al personaje que da sentido al título de la película y acompañarle en su expedición a la caza del capo mafioso con el que quiere ajustar cuentas. Villeneuve entrega así una obra que tiene un importante sustrato de periodismo de investigación, o más concretamente de denuncia. No tanto del funcionamiento de unas instituciones cuanto de una realidad oculta que ni siquiera la vis más idealista de la política o la gramática más parda de la legalidad puede descifrar. Sicario habla principalmente de una violencia devoradora y que se retroalimenta, un tablero de enfrentamientos marcados por el horror y que tiene como trasfondo el tráfico de drogas y las desigualdades sociales. Sicario es una película que muestra esa violencia de forma descarnada, y así establece los términos de lo que es o puede considerarse la frontera en la codificación de la existencia (y misma geografía) contemporánea, no muy lejos de las tesis literarias de, pongamos, Cormac McCarthy.

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Y todos esos argumentos se manejan de forma sugestiva, contundente en imágenes. Con un rodaje en exteriores, en Albuquerque, New Mexico, y El Paso, Texas, lugares que la cámara captura a menudo de una forma alucinada, con planos aéreos del desierto que sugieren ese concepto inasible, marciano y al mismo tiempo pavoroso, de frontera. En la visión termal del pasaje que discurre en un túnel se colofona esa alucinación, esa pesadilla, ese extrañamiento (imágenes en negativo: la realidad invertida) del que se nutren las imágenes y lo que nos cuentan. El operador Roger Deakins firma un meritorio trabajo que se halla en plena sintonía con la vertiente periodística, de reportaje, que sostiene el relato. Las imágenes transitan constantemente de lo general al detalle, estrategia de planificación que dota de un elemento inquietante, adverso, los escenarios que se retratan. Una partitura sonora percutante, cierto pacto con el cine de acción, también coadyuva a esa frialdad atmosférica que atesora la película, que a veces se hace insoportable en este progresivo viaje al corazón de las tinieblas. Y los protagonistas de la función -“los que están dentro”– avanzan en este entramado enfermizo con tanta aparente flema como autosuficiencia, y son elocuentes guías de un mundo, ese mundo aparte que vive sumergido en el nuestro, donde la militarización es un acto reflejo de la violencia, y es un cotidiano. Del Toro le habla a la joven y angustiada agente del FBI de una “tierra de lobos”, y ese concepto, que podríamos asociar con la frontera según anunciábamos más arriba, también está relacionada con la milicia, que se enfrenta a la barbarie allá donde la civilización no puede atreverse y con intenciones que ya nada tienen que ver con las aspiraciones de la civilización. Sicario habla de esos círculos viciosos con una convicción sorprendente. Por eso resulta francamente dolorosa.

ENEMY

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Enemy

Dirección: Denis Villeneuve

Guión: Denis Villeneuvey Javier Gullón, según una novela de José Saramago

Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Mélanie Laurent, Sarah Gadon, Isabella Rossellini, Jane Moffat, Tim Post, Laurie Murdoch, Darryl Dinn

Música: Danny Bensi, Saunder Jurriaans

Fotografía: Nicolas Bolduc

Canadá-España. 2013. 91 minutos.

 

El íntimo enemigo 

Publicada en 2002 por el escritor portugués ganador del Premio Nobel José Saramago, El hombre duplicado (O Homem Duplicado) se adentra en uno de los territorios, el de la identidad, de los que la literatura de los dos últimos siglos ha levantado acta de las más apasionantes disquisiciones sobre inquietudes existenciales y motivacionales del ser. Lo hace, como el propio título sugiere, a través de un relato sobre un doble o doppelgänger, abundando a través de los periplos de un profesor de Historia que descubre accidentalmente la existencia de otro hombre igual que él en espacios filosóficos y psicológicos que también han interesado a autores de la talla de Robert Louis Stevenson, Guy de Maupassant, Edgar Allan Poe, Feodor Dostoyevski, Oscar Wilde, Ambrose Pierce, Miguel de Unamuno, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges o Paul Auster. En la decisión de Denis Villeneuve de adaptar al cine la novela de Saramago (labor llevada a cabo antes que Prisioneros (2013), su desembarco en la industria estadounidense, por mucha que ésta se estrenara en España antes que Enemy), el cineasta canadiense afronta la que por ahora es probablemente su obra más ambiciosa en términos artísticos, e ingresa en una también nutrida nómina de (a menudo ilustres) creadores cinematográficos que hicieron de ese motivo, el del enfrentamiento con un doble, instrumento narrativo y alegórico en sus obras, entre ellos Alfred Hitchcock, Robert Mulligan, David Cronenberg, Kryzstof Kieslowski, David Lynch, David Fincher o Darren Aronofsky.

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Villeneuve, autor también de la adaptación junto a Javier Gullón, propone a través del relato puesto en solfa en este filme de elocuente título una pugna que perfectamente puede acomodarse a los pulsos del subconsciente. La trama nos habla de un tipo introvertido, hastiado de su trabajo y que padece un proceso depresivo, pero que encuentra un acicate a su gris existencia en el cambio de identidad que tiene lugar tras su encuentro fortuito con un hombre que, si en apariencia es idéntico a él, en realidad le complementa a través de un carácter extrovertido y un comportamiento obsesivo marcado por su apetito sexual. Utilizando un llamativo símbolo, una tarántula, para definir –en el arranque, en el cierre y en una poderosa imagen onírica plantada en el centro del relato– esta vis nociva, horrible, venenosa que define unos impulsos humanos que porfían por liberarse de la razón, las piezas de este relato-alegoría en que se erige Enemy se despliegan a modo de thriller psicológico de alto voltaje que debe progresar, y así lo hace, desde mimbres atmosféricos sórdidos.

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Polytechnique (2009) no se parece a Prisioneros, ni esta Enemy a Incendies (2010), pero todas ellas revelan algo indudable: el fuste de Villeneuve para la exposición de los temas que maneja, un esmero en el vaciado analítico del que se deduce una progresión dramática absorbente, una experiencia visual fuerte sostenida no tanto en imágenes de impacto –que sí le gustan al cineasta para culminar intenciones– cuanto en una edificación densa de los conflictos y sinuosidades del comportamiento de sus personajes. Aquí existe una sutil ilustración de un juego del gato y el ratón, un juego en el que no están sólo involucrados Adam Bell y Anthony St. Claire (Jake Gyllenhaal en ambos casos) sino las respectivas mujeres de éstos, Mary (Mélanie Laurent) y Helen (Sarah Gadon), y que, hábilmente, utilizando los resortes de un relato minimalista de suspense, Villeneuve traslada al espectador, que desde el mismo inicio de la función se verá obligado a tratar de atar piezas, información suministrada, por mucho que al final, cuando una llave nos suministre un último dato [imagen con claros ecos a una situación planteada por el gran maestro del cine contemporáneo en lo que al cuestionamiento de la identidad se refiere, David Lynch, en este caso concretamente tomada de Mulholland Drive (2004)] y la función sólo nos depare una última y angustiosa imagen, todas esas piezas funcionen como acicates del desarrollo intrínseco de la trama y no contagien –y eso es una virtud narrativa– la elucubración de sus pespuntes psicologistas y alegóricos.

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Para lograr esos efectos narrativos y esa carta de naturaleza expositiva Villeneuve se sirve de una atenta planificación en las secuencias que discurren en interiores, un trabajo escenográfico marcado por lentos desplazamientos de cámara y por ubicaciones de la misma que establecen un articulación subterránea del relato –la cámara a menudo parece que espíe a los personajes del mismo modo que se espían entre ellos– y una utilización del montaje para, a través de estrategias de alternancia o crosscutting, concatenar las existencias llamadas a converger/entrar en conflicto y a su vez para orquestrar codas repetitivas que vienen a proponer de forma sutil un cuestionamiento de la realidad y su(s) sentido(s). Todo ello sumerge las imágenes en un hado de inquietud, de incertidumbre, que magníficamente sostiene el pulso del relato a lo largo de todo el metraje, y que se apuntala con una labor con el sonido y la música que ribetea de forma gaseosa, abstracta, este relato sobre la búsqueda y la pérdida de identidad condicionada por aporías que en última instancia desaguan en cuestionamientos morales.