DISPARA FUERTE, MÁS FUERTE… ¡NO LO ENTIENDO!

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Aunque condenada (sino directamente al olvido) a la galería infame de comedias  mediocres incluso del circuito italiano de la década de los 60, Dispara fuerte, más fuerte… ¡no lo entiendo! cuenta con algunos ingredientes de interés. En un caso curioso de colaboración entre autores interdisciplinares, La llamada Reina de Cinecittà, Suso Cecchi D’Amico, arma el guion de la película basándose en una obra, «Le voci di dentro» con la firma del gran Eduardo De Filippo, quien, atención, asume las riendas de la dirección. Como asevera el título de la pieza teatral, la película relata los avatares de un escultor, Alberto Saporito (encarnado por un Marcello Mastroianni en su clásica vena cómica), quien, tras conocer a la hermosa Tania ( Raquel Welch, mayoritariamente condenada a ejercer de mujer florero, aunque con cierta gracia), empezará a tener problemas para discernir entre sus sueños y la realidad, a partir de lo que se verá envuelto en una rocambolesca trama criminal que acaece en el propio vecindario.

raquel welch dispara moto
El film enarbola la bandera de la comedia costumbrista, fuertemente impregnada del localismo napolitano, y exacerba las premisas a través de apuntes disparatados, de gusto y regusto por lo anárquico, que llenan de bullicio las desnortadas idas y venidas del sufrido protagonista. Alberto convive en su taller con su padre, un anciano artificiero que, en protesta contra el estado de las cosas, se comunica exclusivamente a través de los petardos (que, en cada contexto, pueden significar una cosa u otra), premisa categórica de las intenciones gamberras que movilizan el relato. Ese pim, pam, pum argumental deja pasajes francamente divertidos en una sucesión de acontecimientos que quizá da excesivas vueltas sobre los malentendidos que vertebran lo cómico, y con un final literalmente de traca y cuya deriva surrealista (esas sillas que vuelan) parece citar a Vittorio de Sica. Pero el filme también vale lo que su metáfora, la del artista enfrentado al cortocircuito entre sus musas y una realidad circundante que, de tan gris, solo puede salpimentar sé a través de lo sombrío y grotesco.