RIO CONCHOS

11165051_det

Rio Conchos

Director: Gordon Douglas

Guión: Joseph Landon y Clair Huffaker.

Intérpretes: Richard Boone, Stuart Whitman, Anthony Franciosa, Jim Brown, Edmond O’Brien, Wende Wagner

Música: Jerry Goldsmith

Fotografía: Joseph McDonald

EEUU. 1964. 109 minutos

 

En la guerra como en la muerte

Sin duda uno de los westerns más exuberantes –también uno de los mejores– de la era post-clásica, podríamos decir que en Río Conchos se produce la fricción, el encuentro, entre el John Ford de Centauros del desierto (1956) y el Sam Peckinpah de Grupo salvaje (1969). Lassiter (Richard Boone), su protagonista, tiene muchos atributos que nos recuerdan a Ethan Edwards, pero la retórica de Ford pertenece a una época y la de Gordon Douglas a otra: si al primero le conocemos y reconocemos, con esa puerta que se abre, como personaje de visos mitológicos, las mismas alegorías sirven para Lassiter, pero desde una construcción intencionadamente en bruto y mucho más nihilista: en su primera aparición, en el fondo del encuadre en la secuencia pregenéricos del filme, se dedica a asesinar a sangre fría, a tiros por la espalda, a diversos Sioux que se hallaban celebrando un ritual funerario; Douglas llegará a escatimarnos su rostro hasta una secuencia posterior, y por el momento no deja de ser un un hombre pegado a su rifle, un asesino sin escrúpulos.

AuQs19nUtabIjeCfLTwAruxluau

La lírica de Ford, como fruto noble de las mismas intenciones por parte del novelista Alan Le May, filtraba y graduaba debidamente las anotaciones historicistas del relato. En esta Río Conchos no hay filtro, como tampoco lo hay en Mayor Dundee (1964) o en la citada Grupo salvaje. El filme de Douglas, según el fértil argumento (y excelente guion) de Joseph Landon y Clair Huffaker, habla de las heridas de la Guerra Civil, principalmente el odio, el sentimiento de derrota y el desasimiento tras la pérdida de seres queridos, factores profundamente humanos fruto de ese determinante contexto que quedó tras el enfrentamiento fratricida, a los que se añade otro variable, la lucha contra los indios, para agitarlo todo según las reglas de la violencia más pura. Así, el relato nos narra la odisea de un grupo de hombres compuesto por dos miembros del ejército yankee, incluyendo un sargento negro, por Lassiter, quien aún lleva puestos los pantalones del ejército confederado, y por Rodriguez (Tony Franciosa), un buscavidas sin escrúpulos. Interesa tanto el objetivo como la circunstancia: lo primero, recuperar un formidable cargamento de rifles que se teme que un confederado, Pardee (Edmond O’Brien), quiere poner en manos de los Apaches para que éstos ataquen al ejército unionista; lo segundo, conocer si tan asimétrico grupo encontrará un equilibrio, un respeto, un acuerdo en pos del objetivo.

b907778367194325bad737bf7330c55f

Con semejantes mimbres, Gordon Douglas ejecuta un sensacional relato marcado por la fisicidad (a lo que coadyuvan esos planos largos y panorámicas en scope con los que el cineasta aferra los personajes al adusto territorio, así como la magnífica fotografía en color de Joseph MacDonald) y por la violencia (en sede de la cual comparecen en el relato algunas secuencias particularmente angustiosas, incluida una tortura en los últimos compases del relato, que Douglas filma sin contemplaciones y con mucha convicción), una violencia en lo narrativo atravesada por el punto de vista de Lassiter, un hombre atormentado por la terrible pérdida de sus seres queridos, que, en beneficio de la causa, cuenta con la opinable ventaja de no pretender tanto colaborar con el confederado Pardee como rendir cuentas con unos indios a los que odia tan profundamente como éstos le odian a él (eco de Edwards, bien desgranado a lo largo del relato y rematado en el speech que a Lassiter le dedica el jefe Apache cuando se encuentran en el fortín improvisado de Pardee). Que sea un personaje tan experto, pero también cansado y a pesar de lo anterior lleno de ira como Lassiter quien, en la definición argumental, conduzca el relato, sólo puede traducirse en un acontecer desasogante que desagua en un, eco hacia Peckinpah, clímax caótico salvaje. Algunos exegetas han visto en semejante argumento un reflejo del viaje a El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad (“La misión para matar conduce hacia la locura, remontar un río, profundizar en el territorio, equivale a penetrar en la mente, buscar lo profundo de ésta”; Al oeste del mito, Adrián Sánchez, pág. 150), atinada reflexión que, no obstante, quizá obvia la motivación redentora que, finalmente, espora en Lassiter, quien asume como propia una misión que sin duda escapaba de las habilidades de los miembros del ejército unionista que debían liderarla, harto como está el personaje de la vorágine de violencia y muerte que el enfrentamiento armado trae consigo; Lassiter alcanza esa decisión al ser sensibilizado por la imagen de otras víctimas como las suyas (la formidable secuencia del asedio al grupo por parte de los Apaches en una casa arruinada, donde Lassiter descubre a una mujer muerta en circunstancias parecidas a su esposa –Douglas deja la dantesca escena fuera de campo, porque lo que importa es la reacción del personaje– y a un bebé herido que, poco después, también perecera), algo que le lleva a tomar la iniciativa e incluso enfrentarse con su aparente aliado Rodríguez por su falta de compromiso a la causa.

descarga

Esa redención a través del sacrificio altruista (de nuevo Ethan Edwards), no obstante, no significa una enmienda de unas piezas, las desgranadas en el tablero de relaciones entre los personajes, demasiado desgastadas por la ruina bélica y moral como para hallar un reencaje. De hecho eso es lo que hace de Rio Conchos una película tan turbadora y, al mismo tiempo, conmovedora: a través de su torturado protagonista atraviesa, zigzagueante, el filo entre un compromiso con el prójimo y una insubordinación como bandera y declaración de principios. No hay otro camino que la muerte y la destrucción para Lassiter, pero en última instancia comprende que incluso ese blackout insalvable de su vida puede llevar esperanza a otros (un capitán unionista y una mujer india que se contemplan el uno al otro, supervivientes y de algún modo capaces de entenderse, más allá del cierre del relato); algo que también puede resumirse con otro parangón basado en percutantes imágenes de la película: hay al fin y al cabo algo de dignidad y cordura en intentar vivir, sabiendo que será imposible, en una casa reducida a cenizas (la de Lassiter, al principio del filme, cuando es capturado por el ejército), y no en cambio en imaginar poder construir, en la nada, el proyecto de una mansión sureña y el proyecto de otra guerra con un ejército de mercenarios o de víctimas instrumentalizadas (los indios), como pretende Pardee, personaje que, encarnado por el carismático O’Brien, acumula en sus pretensiones, en sus actos y en su reino aberrante (de nuevo, El corazón de las tinieblas) toda la abyección e indignidad que resumen, de forma complementaria, las heridas de guerra de Lassiter, unas y otras que, definitivamente, son de esas que el sol no puede curar.

LA HUMANIDAD EN PELIGRO

Them!

Director: Gordon Douglas.

Guión: Ted Sherdeman y Russell S. Hugues,

basado en una historia de George Worthing Yates.

Intérpretes: James Whitmore, Edmund Gwenn, Joan Weldon, James, Arness, Onslow Stevens, Sean McClory.

Música: Bronislau Kaper.

Fotografía: Sidney Hickox

Montaje: Thomas Reilly

EEUU. 1954. 91 minutos.

 

En la era atómica

Nos hallamos ante uno de los máximos exponentes tanto del género fantástico de la década de los cincuenta como del sistema de producción de películas que denominamos serie B (junto con títulos –de cine fantástico y serie B- como The Incredible Shrinking Man, 1957, de Jack Arnold o The Day the Earth Stood Still, de Robert Wise). Y esa aseveración debe ser tomada en su justa medida. Probablemente, Them! (“¡Ellas!”, escueto y urgente título original del filme) es de las obras de aquel periodo mejor valoradas precisamente por su carga ideológica, que no se incardinaba en la paranoia anticomunista sino que cargaba contra los peligros de la era atómica (algo patente en la propia premisa argumental y que el científico protagonista certifica en la contundente y tan intranquilizadora última frase de la película: “la era atómica ha abierto las puertas a un nuevo mundo, y aún no sabemos lo que nos encontraremos en él”). Pero debo decir al respecto que, más allá de la loabilidad y rigor de ese discurso que no establece bandos sino que acusa de igual modo a propios y extraños, al ser humano de sus excesos científicos y militares, Them! merece todos los parabienes por razones estrictamente cinematográficas, porque es una película de soberbia manufactura, que contiene buena parte de las mayores virtudes de la gloriosa serie B, y que adquirió una rápida carta de referencialidad que ha perdurado, como sólo sucede con los clásicos.

 

Hormigas y demás criaturas mutantes

En Them!, una explosión atómica provocada en el Desierto de Alamogordo (Nuevo Méjico) causa la mutación de las hormigas que habitan el desierto. Es, como he dicho, la amenaza nuclear cerniéndose sobre esa humanidad que menciona el título español. Item que se explotó con fortuna dispar pero mucha frecuencia en las denominadas monster-movies, probablemente cuyo más influyente antecedente sea precisamente no norteamericano (o más bien, precisamente japonés, Godzilla, el dinosaurio mutante despertado de su letargo por unas pruebas nucleares), y que nos enfrentó, amén de a estas hormigas de dos o tres metros, a  arañas (en Tarantula, de Jack Arnold –en este caso, mutación producida por un accidente durante un experimento que pretende… ¡mitigar el hambre en el mundo!), a escorpiones (The Black Scorpion de Edward Ludwig), a mantis religiosas (The Deadly Mantis de Nathan Juran), a pulpos (It Came from Beneath the Sea, de Robert Gordon) y un largo etcétera, seres que, por lo general, habían mutado –y agigantado- por mor de la radiación nuclear.

 

Tratado de entomología

Cabe efectuar una apreciación teórica, sobre la incardinación de la obra en el marco de la ciencia ficción, y decir que en Them! tanto los argumentistas como Douglas en la puesta en escena se toman bastante en serio el concepto doble y mixtificado, la presencia de lo científico en una trama de ficción, lo que la diferencia de muchas películas del género en los que la excusa científica es, a lo sumo, anecdótica (el grueso de las realizadas en aquellos tiempos, y, a pesar del desarrollo temático que la SF ha sufrido con los años y la más feliz relación del cine con los sustratos literarios –ricos y abundantes- del género, el grueso de las películas mainstream que se realizan en la actualidad). En la película que nos ocupa, y merced del personaje del científico (y su hija-ayudante) se refieren constantemente cuestiones referidas a  los condicionamientos biológicos que provocaron la mutación o a aspectos de entomología –referidos a los hábitats de las hormigas, la arquitectura de sus cuevas, los métodos reproductivos…-, cuestiones todas ellas tratadas con severidad y escrupulosidad, tanto que no existen conflictos dramáticos superiores ni personajes que los encarnen (véase al respecto, por ejemplo, la levísima materialización del inevitable romance de la función, el de la hija científica y el inspector del FBI), siendo la opción narrativa categórica la exposición diáfana de los estragos causados por los monstruos, la consideración abstracta del peligro mayor, la función que se otorga al ejército y su disposición de medios, y una resolución que, a pesar de la apariencia –por otro lado, argumentalmente genial: las hormigas han llegado a la gran ciudad, y han convertido los alcantarillados en su guarida-, no va a quebrar con la cierta introspección, incluso me atrevería a decir naturalismo, que da carta de naturaleza a la perspectiva del relato.

 

De lo telúrico

Douglas, en una esmerada y sobresaliente puesta en escena, invoca de buen principio los valores telúricos como acicate de la tensión y el horror. Baste fijarse en las panorámicas que muestran –desde la perspectiva de helicópteros sobrevolando la zona- la inmensidad del páramo, el desierto en su acepción más rotunda (como una zona desconocida e inhóspita para el ser humano), dejando aflorar, primero, lo inquietante –sobrecogedora la secuencia inicial, la recogida de la niña en estado de shock, que deambula perdida, y el sucesivo detalle del vehículo-caravana atacado por una hormiga gigante (según información que el espectador posee, pero los dos policías que registran la caravana, no)-, luego la inminencia del horror –principalmente, el efecto de sonido urdido por Bronislau Kaper, el compositor, que reproduce de forma siniestra la onomatopeya de las hormigas-, y ya la materialización de ese horror –la memorable secuencia nocturna del puesto comercial en el desierto, que se inicia con otro registro por los agentes de policía en el que ya no se limitan a hallar pistas poco halagüeñas, porque descubren el cuerpo sin vida del propietario, y que termina con el ataque de una (o varias) hormiga(s) al policía que se ha quedado en la escena del crimen, ataque en off visual y articulado con total intensidad merced de los diversos elementos anticipados, como el sonido de la hormiga, elementos definitorios, como el chillido del agente que nos indica que va a morir, o elementos intuitivos que habilitan el suspense (ese plano, desde el interior del local, a la ventana que enmarca el desierto, ventana como última frontera entre lo racional y lo pavoroso)-. La destreza narrativa de Douglas es en realidad la que da vigor y resonancia a una obra como ésta, de ambiciones tan limitadas como su presupuesto. Que la sombra de Them! es alargada lo atestiguan la infinidad de referencias a la obra que han trufado el cine de ciencia-ficción contemporáneo, desde guiños concretos como la aparición de la niña Newt en un pasaje de Aliens, el regreso (de James Cameron), a definiciones tonales (como The Happening, de M. Night Shyamalan), o a elucubraciones temáticas que pretenden retomar la senda donde Them! y las obras de su corte lo dejaron en el periodo clásico (como The Mist de Frank Darabont según la novela de Stephen King –Darabont, por cierto, un director que ya dio muestras de su admiración por la película al escoger a James Whitmore, el desconocido actor que encarna al policía Paterson, para encarnar a un intenso personaje secundario en Cadena Perpetua, el del viejo Brooks-).

http://www.imdb.com/title/tt0047573/

 http://blugosi.freeprohost.com/humanidad_peligro.htm

http://classic-horror.com/reviews/them_1954

http://efilmcritic.com/review.php?movie=4764

http://www.50footdvd.com/movies/t/them.html

http://www.eofftv.com/review/t/them_review.htm

http://www.fearscene.com/news-article.storyid-24.htm

Todas las imágenes pertenecen a sus autores