ELEPHANT

Elephant.

Director: Gus Van Sant.

Guión: Gus Van Sant.

Intérpretes: Alex Frost, Eric Deulen, John Robinson, Elias McConnell, Carrie Finklea, Timothy Bottoms.

Fotografía: Harris Savides

EEUU. 2003. 92 minutos.

 

La mirada fascinada

Gus Van Sant vuelve a sus fueros de indie de lujo (ya lo hizo previamente con Gerry, y con esta Elephant se alzó con la Palma de Oro en Cannes y con el premio al mejor director) y se acerca al instituto Columbine, cuya matanza de adolescentes llevada a cabo por adolescentes ya fue tratada de otra guisa bien distinta por el combativo Michael Moore. Elephant, contrapunto lírico de aquella Bowling for Columbine, se revela como una obra cara a la crítica, pero menos al público. Y la razón de ello radica en el pulso lánguido que Van Sant imprime a la narración en todo momento: película de gran subjetividad en el aparato formal (uso del travelling y la persecución de los personajes por los interminables pasillos del instituto, buscando efectos que van de lo alienante a lo inquietante), paradójicamente el contenido omite mayores (fáciles) referencias subjetivas, ya que la cámara se limita a mostrar, a descubrirnos acontecimientos, sin emitir juicios de valor al respecto, o, dicho de otra forma, la búsqueda constante de parquedad dramática. Van Sant hilvana su narración con auténticas filigranas visuales en la yuxtaposición para el espectador del tiempo, el espacio y los diversos protagonistas, otorgándole a su película ese tono circular, casi estancado, abiertamente opresivo. A la luz de ese deambular visual, quizás el único discurso radica en ese nonsense como coda para el avance de los acontecimientos. Y también quizás por ello la cámara desacelera y muestra al ralentí aquellos brevísimos instantes de mayor pulsión (cuando las tres chicas bulímicas ven pasar al guapo, cuando un perro se levanta del suelo para saludar a Alex en la salida del instituto, cuando el fotógrafo desarrolla su actividad amateur), porque tal vez esos minúsculos fragmentos de vida acaban otorgando, ni que sea inconscientemente, la razón del ser para esos adolescentes.

 

Atmósfera y violencia

La verdad es que Van Sant se mueve bien lejos de la ortodoxia, y siguiendo sus propias pautas triunfa en su construcción de la atmósfera tensa que dará lugar al fatal desenlace, cuya violencia seca y silenciosa no pierde un ápice de su brutal sentido. En una de las magníficas secuencias finales, un chico de color se acerca a uno de los francotiradores con la intención de detenerlo. Se persiguen de forma muda, casi pausada, por diversos pasillos de ese laberinto infernal, y al final el francotirador le descubre y le mata: ahí se revela otra clave del filme, la plasmación de la imposibilidad del heroicismo en una coyuntura real de tal calibre (y tan lejos de los estereotipos de la industria). Este y muchos otros detalles narrativos y formales le otorgan a esta Elephant un valor de conjunto de un vigor fuera de dudas, y Van Sant deja claro que vuelve a estar en la mejor forma. Quizás la única tacha la trasladaría a esa pretendida poesía en los planos de las nubes –uno de ellos cierra la película-, cuya cierta petulancia contrasta con la sublime sensación que nos dejaron nubes similares (en B/N, eso sí) en la soberbia Rumble fish de Coppola, título que sin duda se cuenta como referente del Van Sant de esta Elephant.

http://www.imdb.com/title/tt0363589/

http://www.newline.com/properties/elephant.html

http://en.wikipedia.org/wiki/Elephant_(film)

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

MI NOMBRE ES HARVEY MILK

 

Milk

Director: Gus Van Sant.

Guión: Dustin Lance Black

Intérpretes: Sean Penn, James Franco, Diego Luna, Josh Brolin, Emile Hirsch, Alison Pill, Victor Garber, Dennis O’Hara.

Música: Danny Elfman.

Fotografía: Harris Savides.

EEUU. 2008. 126 minutos.

 

Desde la trinchera

 

“Mi nombre es Harvey Milk, y estoy aquí para reclutaros”. Según el guión escrito por Dustin Lance Black ése es el comentario idiosincrásico que el político encarnado en el filme por Sean Penn utilizaba para abrir sus speechs, en el que apelaba claramente a lo simbólico para enarbolar la bandera de la militancia como única forma de integridad y como único mecanismo de defensa de los derechos de las minorías. Algo parecido nos dice Gus Van Sant en su biopic sobre el político. Nos lo dice desde el propio título, Milk (leche), para quienes guste sorber lecturas maliciosas y razones contundentes en su sutileza. Pero, para el que no, desde el primer al último fotograma de esta espléndida película el director de Gerry no hace otra cosa que vehicular una llamada a la acción, casi una admonición, un ferviente reclamo a la ciudadanía. Que la construcción base su estructura en lo elegiaco (desde el principio sabemos que Harvey Milk morirá asesinado; y aún así, la narración en off la pone el propio protagonista con sus grabaciones, motivadas por la premonición de su desaparición –al parecer fueron grabadas sólo nueve días antes de ser asesinado-, y que por tanto pueden verse como un testamento del activista) no hace otra cosa que potenciar las razones ideológicas, reivindicativas que el filme explota desde esas imágenes, esos textos, ese tono… todo ello convertido en una llamativa trinchera.

 

 

Civil Rights Movement

 

El espectador más o menos avisado puede reconocer los preceptos que erigen el discurso de Milk por haber sido anteriormente (y con fruición) tratados por el cine, si bien a nivel más abstracto (la lucha pro-derechos civiles –podemos citar por ejemplo The People vs Larry Flint de Milos Forman-) o referidos más concretamente a la lucha contra la segregación: filmes como Malcolm X de Spike Lee (o la complementaria Get on the Bus del mismo realizador), Ghosts of Mississippi de Rob Reiner (centrado en la figura de Medgar Evers y su asesino que quedó impune) o Mississippi Burning de Alan Parker (que recreaba la investigación por parte del FBI del asesinato de tres activistas en Mississippi en 1964), e incluso, cambiando de latitud geográfico-histórica pero no de esencia discursiva, Cry Freedom de Richard Attenborough (sobre la vida y asesinato de Steven Biko y la lucha contra el apartheid en Sudáfrica), sazonan en lo cinematográfico una de las cuestiones sociales más relevantes del siglo XX. En cambio, la lucha política y jurídica por la igualación de los derechos de los homosexuales (al igual que otros temas también englobados en el genérico “Civil Rights Movement”, tales como la lucha por los derechos de la mujer) se ha visto mucho menos representada por el cine -minorizada a menudo por la confusión entre esos reclamos civiles y las manifestaciones contra la guerra de Vietnam-, o más bien ha ido apareciendo de forma tangencial, caso de –por citar tres ejemplos de tres épocas distintas- Advise & Consent de Otto Preminger, Dog Day Afternoon de Sidney Lumet o Philadelphia de Jonathan Demme, todas ellas caracterizadas por subrayar la estigmatización de esa orientación sexual (al igual que muchas otras películas, documentales o series de televisión, entre las que cabe citar la aclamada Angels in America). En el entramado temático de la filmografía previa (y tan heterodoxa) del propio director –en obras como My own private Idaho o Last Days– también se hallaba el retrato de la homosexualidad. Sin embargo, una película como Milk, que retratara la asunción de posición política de esta minoría, no existía. Sí un documental laureado con el Oscar en su categoría en 1984 sobre el propio Harvey Milk, The times of Harvey Milk, de Ron Epstein, que, según manifestó Van Sant, le espoleó para asumir el proyecto que se convirtió en esta película cuando la visionó, curiosamente en el Castro Theatre de San Francisco.

 

 

El Alcalde de Castro

 

A Harvey Milk se le recuerda en los libros de historia por ser el primer hombre abiertamente gay en ser elegido a un cargo público en California, concretamente como miembro del San Francisco Board of Supervisors, el equivalente a nuestras concejalías, con jurisdicción en la ciudad y condado de San Francisco. No es extraño que se convirtiera en un auténtico icono en San Francisco, e incluso calificado de “mártir por los derechos de los gays” (según el profesor Peter Novak, de la Universidad de aquella ciudad). En Milk, la película, esa condición de “mártir” planea durante todo el filme, pero no se enfatiza especialmente. Bien al contrario, en lo que el filme centra todos sus esfuerzos –en una narración que abraza un arco cronológico de apenas un lustro- es en la plasmación de una bien secuenciada progresión que va de la concienciación individual a la colectiva: primero, se detallan los condicionantes personales, culturares y sociales que llevaron al activista a serlo, desde la presentación de su relación con Scott Smith, que desencadenó su marcha a San Francisco al alcanzar la cuarta década de vida, tras una existencia más bien gris y una carrera como tecnócrata en Wall Street –“un judío más de clase media”, según su definición-, hasta la toma de contacto con el célebre barrio de Castro, y la progresiva organización del lobby con la finalidad de dar voz política al colectivo gay en aquel entorno donde su condición minoritaria no era tal pero sí su condición aún marginal; segundo, se reseñan los primeros pinitos del toma y daca político hasta lograr la cota de notoriedad y poder necesario –fue proclamado por el vox populi “alcalde de Castro”- para maniobrar en las altas esferas locales del sector público; tercero, se relata la culminación de esa fulgurante carrera, al convertirse en Supervisor por el distrito de Castro al vencer por un 30% frente a otros dieciséis candidatos; cuarto, se enuncian los primeros movimientos y campañas políticas gestionadas desde su concejalía; quinto, se narra de forma especialmente detallada la lucha asumida por el activista contra la Iniciativa Briggs (una propuesta de ley del senador de California que pretendía convertir en obligatorio despedir a los maestros gays y todo empleado público de las escuelas que defendiera los derechos de los gays); y, sexto, se secuencia el doble asesinato ocurrido el 27 de noviembre de 1978, en el que Milk y el alcalde Moscogne fueron abatidos por disparos a quemarropa de otro supervisor –dimisionario que pretendía recobrar el puesto-, Dan White. Esta exploración en la vida pública y los datos objetivos resulta, como puede verse, exhaustiva, merced de la concisión expositiva presente en el libreto tanto como de la innegable agilidad descriptiva lograda por la cámara de Van Sant. Se yuxtapone con ciertas pinceladas sobre su vida privada, su relación sentimental con Scott y con Jack Lira, aunque también con otros miembros de su lobby, principalmente Cleve Jones, así como también se hace hincapié en sus tira y afloja más personales que políticos con White, el que después sería su verdugo.

 

 

Intensidades

 

Precisamente el tratamiento del personaje de White (encarnado por Josh Brolin) es una de las diversas, a menudo sutiles, y bien certeras acotaciones narrativas que cargan la tinta contra aquello que denuncian: White no se parece en nada al curtido senador Briggs, y más bien es retratado como un auténtico paria fácilmente manipulable por los poderes fácticos (se entiende, por aquellos grupos de presión que le pusieron donde está): poco antes de cometer el asesinato, vemos diversas secuencias del personaje desnortado tras haber dimitido del cargo, y en una de ellas le vemos entrar en un despacho policial, indicio breve en imágenes –apenas tres segundos- pero más que suficiente para apuntar con el dedo a los interesados en la desaparición de Milk, o incluso a la existencia de una posible teoría de la conspiración, máxime si conectamos esa secuencia con las diversas menciones que durante el metraje hallamos sobre la brutalidad que la policía ejercía contra los homosexuales en los bares y calles de San Francisco (referencia principal en las imágenes fotográficas, estas reales, que acompañan el prólogo del filme y los créditos iniciales). Para vehicular esas intenciones de denuncia (y esa carga soterradamente áspera, que a menudo se impone netamente sobre lo hagiográfico en la descripción de los actos del protagonista), es evidente que el propósito principal que Gus Van Sant tenía en mente al confeccionar Milk era la obtención de cotas de intensidad suficientes. Y lo logra desde la convicción narrativa, una concienzuda planificación, el estudio del ritmo y el riguroso montaje. No desde los cauces melifluos que suelen aflorar en los biopics al uso. Logra una perfecta armonía entre la información que se va dosificando al espectador y la parcialidad de la misma que convierte la obra en reivindicativa, lo que se consigue con el brío con el que están rodadas las diversas secuencias climáticas (con especial mención a las escenas de grupo –las diversas manifestaciones nocturnas-, o claro, la secuencia del asesinato, mostrada al ralentí, particularizando la agonía del personaje con una mención a la ópera de Puccini de la que supura una sencilla pero efectiva carga lírica), o mediante la inclusión de diversos insertos en los que la imagen está tratada como si se hubiera recurrido al archivo, esto es la técnica del falso documental, que viste el relato del preciso naturalismo; pero sobretodo Milk logra sus objetivos mediante el retrato ameno, complejo, soberbio, de la figura de Harvey Milk (a lo que coadyuva con mucho la interpretación de Sean Penn, sin duda una de las mejores de su carrera).

http://www.imdb.com/title/tt1013753/

http://es.wikipedia.org/wiki/Harvey_Milk