EL HOMBRE MOSCA

Safety Last!

Director: Fred C. Newmeyer y Sam Taylor.

Guión: Hal Roach, Sam Taylor y Tim Whelan

Intérpretes: Harold Lloyd, Mildred Davis, Bill Strother, Noah Young, Westcott Clarke, Roy Brooks.

Música: Don Hulette (1974).

Fotografía: Walter Lundin

EEUU. 1923. 75 minutos.

 

Harold Lloyd

 

Como bien se recogía en un pasaje de aquel homenaje cinéfilo llamado The Dreamers (Bernardo Bertolucci, 2003), uno de los debates más encendidos en los círculos cahieristas de antaño tenía que ver con la supremacía de Charles Chaplin o Buster Keaton en la comedia en tiempos de los pioneros de la Historia del Cine. Como sucede siempre con los aspavientos dogmáticos, uno se pierde en la cuadrícula. No me añadiré a la contienda dialéctica sobre dos de los más imprescindibles actores (que también creadores) de la historia del Cine, pero sí me atrevo a decir, de entrada en esta reseña, que Safety Last! (estrenada aquí con el ya mítico título de El hombre mosca) está a la altura de El maquinista de la General o La quimera del oro.

 

 

La filosofía del éxito

 

Efectivamente, Harold Lloyd tuvo que vivir a la sombra de aquellos dos grandes genios –lo que no significa que no fuera una gran estrella-, y como le sucedió a Keaton fue arrollado por el advenimiento del cine sonoro. Pero nos dejó un puñado de joyas del slapstick, la más gloriosa de las cuales –quizá con permiso de Las siete ocasiones– es el filme que nos ocupa. Safety last! narra la historia de un provinciano que es contratado en un comercio del téxtil en la gran ciudad y abandona a su familia y amada prometiéndole un rápido progreso económico (la tan traída filosofía del éxito); pero las cosas no resultarán tan fáciles: no pasa de ser un mindundis, un dependiente del comercio que tiene que hacer equilibrios con el dinero, dejar de comer o pagar el alquiler para comprarle joyas a su amada y así mantener la ficción de ese progreso profesional anunciado. Accidentalmente se entera del interés de la empresa en concretar algún tipo de fórmula publicitaria de la firma, y a Harold se le ocurre organizar un show en el cual un amigo suyo, al que ha visto trepar por las paredes de un edificio, hará lo propio en el rascacielos donde radica el comercio. Pero por una desafortunada carambola, será el propio Harold quien tendrá que escalar hasta las alturas de la ciudad en tan arriesgada proeza…

 

 

Self-made man

 

A diferencia de los dos cómicos citados, Lloyd no basó su personaje en algún rasgo físico o característica específica de vestuario, y construyó el prototipo de hombre joven y corriente, representante voluntarioso self-made man de aquella nación en constante progreso, y en todo caso recordado por aquellas gafas redondas de carey, tan anodinas como el propio personaje. En Safety Last! pone en la picota no pocas referencias a los arquetipos sociales, culturales y económicos de su tiempo y lugar, lanzando una mirada brillante, sutilmente felina, que guarda en lo hilarante no pocas dosis de sorna y hasta, si quieren, denuncia. El modus operandi (o nada menos que el milagro de la escenografía más el repertorio interpretativo) se basa en las infinitas posibilidades del ingenio, argumental en la creación de incesantes y jocosos gags, y en la naturaleza visual, tan efectiva, de aquellos gags, desde su meticulosa planificación (a menudo compleja, porque juega con la coralidad) al absoluto tino del cineasta y actor para dar la medida de aquellos auténticos malabarismos físicos y gestuales.

 

 

Sombras de la ciudad

 

En el imaginario cinematográfico se conserva la gloriosa escena climática que se suele llamar “del reloj”, en la que Harold Lloyd va escalando el edificio añadiendo al riesgo objetivo no pocos obstáculos sobrevenidos que van jalonando el sentido de la tensión y el espectáculo; realmente, son impactantes los planos en los que vemos a Lloyd colgado literalmente de la fachada, bordeando el abismo, mientras en el segundo plano del tráfico se constata esa altitud cada vez mayor (por cierto, la escena se efectuó con el uso de un doble en los planos generales, pero sin trucajes). Es realmente una escena mítica, por lo que tiene además de culminación metafórica del espinoso trepar laboral del personaje, pero no es, ni mucho menos, la única secuencia antológica. Anoto también, sin ánimo exhaustivo, la primera del filme, donde mediante un ardid visual con las perspectivas –vemos junto a los personajes tras unas rejas y una cuerda colgante poco más allá- se confunde la marcha de Lloyd en la estación de tren con el momento de ascender un condenado a muerte al cadalso, anticipando el hado de no pocos terrores que le espera al protagonista; aquella otra que le muestra peleando contra reloj para volver a su oficina a tiempo, y porfiando con un tranvía literalmente colapsado, o elucubrando un sinfín de ardides para conjurar el tráfico a su favor (secuencia emblemática en cuanto a planificación y saturación de gadgets visuales, y que temáticamente abunda en ese sentido apuntado del “peligro de la gran ciudad” y del constante “ir a contracorriente” de nuestro sufrido protagonista); o las diversas que transcurren en el lugar de trabajo, una que muestra hiperbólicamente el afán consumista de una auténtica legión de señoras disputándose al dependiente rayando la agresión, mientras al encargado no le preocupa más que la apariencia del vestuario del pobre Harold a punto de perder hasta la camisa, o aquélla otra, larga, y resuelta con endiablada habilidad, en la que Harold finge ser un tipo importante en la empresa y hasta llega a ocupar el despacho del gerente mediante improvisadas tretas a cual más desopilante. En definitiva, cierro insistiendo en lo señalado al inicio: no hay exageración en la aseveración de que Safety Last! es una de las mayores joyas cinematográficas de todos los tiempos.

http://www.imdb.com/title/tt0014429/

http://www.filmsite.org/safe.html

http://www.silentsaregolden.com/featurefolder/safetylastpage.html

Todas las ímágenes pertenecen a sus autores.

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