LA SAL DE LA TIERRA

Salt of the Earth

Director: Herbert J. Biberman

Guión: Michael Wilson.

Intérpretes: Rosaura Revueltas, Juan Chacón, Will Geer, David Wolfe,

 Mervin Williams, David Sarvis

Música: Sol Kaplan

Fotografía: Stanley Meredith y Leonard Stark

Montaje: Joan Laird y Ed Spiegel

EEUU-Mejico. 1954. 95 minutos

 “The house is not ours.

But the flowers… the flowers are ours.

Esperanza

 

The Only Blacklisted American Film

Bertrand Tavernier, en su obra coescrita con Jean-Pierre Coursodon 50 años de cine norteamericano, dijo de ella que “uno tiene mala conciencia criticándola (…), es probablemente una de las únicas obras no criticables de la Historia del Cine: su mayor mérito es el hecho mismo de su existencia”, y es que en el análisis del filme dirigido por Herbert J. Biberman la atención a los elementos va más allá de los términos de la gramática o el lenguaje, y se centra en lo industrial, en los muchos y diversos condicionantes de la realización de la película, y de su causa, el contexto en el que y donde germinó. En realidad, siempre suele ser así, pero, lo que es mucho menos común, el caso de Salt of the Earth -considerada una de las primeras películas independientes del cine norteamericano-  ejemplifica en su propio seno, entre el continente y el contenido, el discurso y su opuesto, la razón por la que ese discurso se estigmatizó. Estoy hablando de nada más y nada menos que de la caza de brujas, pues Biberman, el director (uno de los llamados Hollywood Ten, que fueron encarcelados en los primeros tiempos de la escabechina, junto con, entre otros, Edward Dmytryk y Dalton Trumbo), pero también el productor Paul Jarrico, el guionista Michael Wilson, el compositor Sol Kaplan y los actores Will Geer y Rosaura Revueltas se hallaban incluidos en esa infame “lista negra” del Comité de Investigación de Activades Anti-americanas. En algunos de los carteles que, con los años, y en motivo de sus ediciones sucesivas en video o dvd, se han confeccionado de la película aparece un tagline que reza: The Only Blacklisted American Film. El hecho de alardear, al menos a título comercial, de esa circunstancia es una muestra de la clase de reputación de la película. También de que la Historia, aunque sólo a veces, pone ciertas cosas en su sitio.

                                                                                                     

Periplos

El filme propone una crónica sobre acontecimientos reales, la huelga que en 1951 promovieron los mineros trabajadores de la Empire Zinc Company en Grant County, Nuevo Mexico. El nombre de la localidad cambia en la película a Zinctown (nombre que sustituye a otro, el de San Marcos, para más datos), y la empresa pasa a llamarse Delaware Zinc Incorporated. El relato, tomando como prisma una primera persona familiar, narra las circunstancias concurrentes en la eclosión de la huelga y los diversos incidentes que se sucedieron durante los largos meses de duración de la misma, incidiendo con especial énfasis al papel que en ella asumieron las mujeres esposas de los mineros. El director Biberman, puso en pie el proyecto, con la inestimable ayuda de Paul Jarrico, precisamente tras salir de la cárcel. A nadie debe sorprender que el filme, que se rodó en México y en diversas localidades del Estado norteamericano representado, fuera torpedeado desde su mismo arranque, convirtiendo el rodaje en un auténtico periplo. La institución United States House of Representatives investigó los participantes en el proyecto por sus eventuales inclinaciones comunistas. El FBI miró con lupa los términos y procedencia de la financiación. La American Legion promovió un boicot masivo del filme a lo largo del territorio norteamericano. Un congresista, Donald Jackson, dijo de la película que estaba “deliberadamente pensada para atizar los odios raciales y señalar a los EEUU como el enemigo de la gente de las minorías raciales”, y que Salt of the Earth era “una nueva arma de la URSS”. La actriz principal, Rosaura Revueltas, fue deportada a México. En algunos foros se menciona que brigadas anticomunistas llegaron a disparar con sus rifles al lugar donde estaba instalado el set de rodaje. Se prohibió a los laboratorios de postproducción participar en la película (por lo que se tuvo que montar la película en secreto), y se conminó a los proyeccionistas de todo el país a no mostrarla en sus salas.

 

Contra diversos tipos de discriminación

Sólo cinco actores profesionales aparecen en la función: Revueltas (Esperanza Quintero), Will Geer (el Sheriff), David Wolfe (Barton), Mervin Williams (Hartwell) y David Sarvis (Alexander). El resto del numeroso elenco interpretativo fue cubierto por no-actores, aldeanos de la villa de Grant County, en Nuevo Mexico, más miembros de la International Union of Mine, Mill and Smelter Workers, muchos de los cuales, de forma relevante para el espectador del filme y/o lector de esta reseña, habían de hecho participado en la huelga en la que se inspira la ficción propuesta. Uno de ellos, Juan Chacon, por aquel entonces presidente electo del citado sindicato,  acabó asumiendo el rol protagonista, Ramon. Chacon comentó al respecto de su experiencia en el rodaje que “casi no hacía falta interpretar”, comentario que nos introduce en la innegable naturaleza semidocumental de la obra, así como en su relación con diversos de los postulados naturalistas, neorrealistas, que estaban marcando tendencia ética y estética en las cinematografías europeas. Unos postulados que, en su definición visual, proyectan lo descriptivo a la denuncia, denuncia de zonas de sombras para la vida y dignidad humanas, situaciones de carestía económica, marcos de injusticia flagrante. Las infamias de la Europa arrasada por la guerra del otro lado del Atlántico encuentran su réplica aquí en las miserables condiciones de vida en la que tienen que vivir los trabajadores de procedencia latina (mejicana) que trabajan en la mina de la Delaware Zinc. Sin embargo, una de las principales bazas de Salt of the Earth reside precisamente en el hecho de que su rabiosa lectura en clave social no se circunscribe únicamente al objeto, la reclamación de condiciones dignas de trabajo y salubridad, sino al sujeto: acaba siendo tema central de la película, y bandera de su vis revolucionaria, la descripción del modo en que las mujeres dejan de limitar sus roles al ámbito doméstico y, afectadas ellas también –y sus hijos– por esas carencias, cobran conciencia de fuerza colectiva y útil para la causa, intervienen y adquieren voto en las asambleas sindicales, e incluso devienen parte central del enfrentamiento que tensa la cuerda de la legalidad con las fuerzas del orden público. Dicho de otra forma, en Salt of the Earth la defensa del derecho a la no discriminación de los norteamericanos de origen latino en relación a los angloamericanos se acaba extendiendo a un ámbito más universal, el de la mujer respecto del hombre, encauzándose en los valores de la igualdad y la distribución igualitaria de las tareas del hogar.

                                                                                                     

Estrategias narrativas y visuales

Aunque por su matrices argumentales críticas con el capitalismo desenfrenado al filme se le suele emparentar con la película de John Ford, adaptación de la novela homónima de John Steinbeck, Las uvas de la ira, también existen ciertos anclajes entre la obra de Biberman y otro título de la época -falazmente llamada- de prestigio de Ford, en todo caso otra obra maestra, titulada ¡Qué verde era mi valle! Los dos títulos se erigen en crónicas de las duras condiciones de vida de comunidades mineras, e incluso comparten motivos episódicos; huelga decir que mayores son las diferencias, porque Ford lanza una mirada nostálgica al pasado, y Biberman una mirada doliente al presente, pero el inicio de la película, con la voz de Rosaura Revueltas introduciendo el relato con sus palabras en over nos trae ecos de la misma (y sublime en lo cinematográfico) presentación de la citada adaptación de la obra de Desmond Llewellyn; sin embargo, y ahí se encapsula la diferencia, el narrador en How Green It Was My Valley! abre las puertas de la evocación con su discurso, y en cambio Esperanza Quintero (Revueltas), las cierra al glosar algunos datos del pasado (el nombre perdido, en español, del pueblo, la procedencia familiar de algunos de los terrenos que ahora ostenta la corporación minera) que ya se han dejado atrás. Esa introducción, loa en lo narrativo y réplica en lo argumental del título de Ford, ya nos deja las primeras muestras del tono melancólico, pesaroso, estoico, que interpretará los acontecimientos, y que erigirá la magnífica vis melodramática que el filme registra en su propio seno (al menos hasta sus últimos minutos, donde se impone la tesis optimista, la victoria de la causa común obrera), y que resulta cabal para despertar la empatía del espectador, al mixturar el sufrimiento de una madre y esposa con los conflictos que atañen a la generalidad, lo primero en franca representación de lo segundo. Y a ese juego de representación consagra sus esfuerzos –y mejores hallazgos escénicos- Biberman: los primeros planos de la actriz, la importancia del agreste paisaje en los momentos de enfrentamientos, imágenes simbólicas obvias –los planos de detalle de las pistolas y cartucheras del sheriff y sus agentes, aquella imagen de Ramón quedándose con el bebé en brazos mientras su mujer acude a engrosar el círculo de piquetes– y otras más sutiles pero no menos contundentes –la larga secuencia en la que vemos a los trabajadores en huelga moviéndose en círculo enarbolando sus pancartas reivindicativas mientras dos de los responsables de la empresa meditan sobre la cuestión cómodamente instalados en el interior del coche de uno de ellos–. Los movimientos de la partitura de Sol Kaplan inciden en la abstracción discursiva precisamente a partir del énfasis un punto solemne, casi épico.  La fotografía, en cambio, transmite poderosamente el drama en sus gradaciones con los claroscuros, una labor valiosa en las dinámicas secuencias de exteriores pero que también apuntalan de forma certera los estados de ánimo en la labor en interiores, principalmente en la morada de los Quintero (o en las asambleas sindicales: atiéndase, por citar uno de muchos resultados visuales interesantes en ese sentido, al instante en el que los coordinadores comunican a sus compañeros que la policía tiene orden de detener a los piquetes: un plano encierra los rostros de los tres representantes de los trabajadores entre la mesa y una tira negra que se extiende por encima, muy cerca, de sus cabezas).

 

Repercusiones

En su edición de 9 de febrero de 1953, el Hollywood Reporter se refería en estos términos al filme: “los rojos de Hollywood están filmando una película de propaganda sobre tema racial en Silver City, Nuevo México”. El FBI, el Comité de Investigación de Actividades Anti-Norteamericanas y la CIA fueron puestos sobreaviso. En ocasión de su estreno en EEUU, Salt of the Earth se vio obstaculizada por infinidad de denuncias, y sólo vio la luz en 13 salas de todo el país, que desafiaron las amenazas de la IATSE (International Alliance of Theatrical Stage Employes) en caso de hacerlo. Aunque fueron escasas las repercusiones críticas, algunos medios, caso del New York Times, dieron su beneplácito a la obra. En todo caso, el camino fue largo hasta alcanzar el peso que el filme reclama en la Historia del siglo XX. Fue a partir de los años sesenta cuando la película empezó a reivindicarse en foros diversos, incluidos algunos educativos, y sus postulados reivindicados por el izquierdismo y el feminismo que informó parte de los movimientos contraculturales de aquella década en los EEUU. Pero mientras esos sectores –y otros, como las plataformas de derechos de inmigrantes- daban voz a la obra, otro tanto hacían los historiadores de cine. En su cincuagésimo aniversario, Salt of the Earth fue conmemorada en múltiples circuitos dentro del territorio norteamericano, a menudo acompañando la proyección de la película con conferencias sobre los diversos temas que trata el filme o con los que sus responsables tuvieron que lidiar para darle luz. Hoy en día, La Sal de la Tierra es uno de los títulos preservados en la Librería del Congreso de los Estados Unidos por su relevancia histórica y cultural. Y el nombre de Biberman será por siempre recordado y asociado con la película; aunque, si se le hubiera dejado elegir, quizá hubiera preferido ser recordado por algo menos parecido a una gesta: el haber podido desempeñar con normalidad su labor profesional, y exponer sus ideas o pensamientos, con obras realizadas en el seno de la industria cinematográfica o el teatro de su país.

http://www.imdb.com/title/tt0047443/

http://www.lib.berkeley.edu/MRC/blacklist.html (The Hollywood Ten)

http://film.society.tripod.com/nzffs/bib-salt-of-the-earth.htm

http://www.saltearthlaborcollege.org/

http://www.library.csi.cuny.edu/dept/history/lavender/salt.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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