ELEGY

Elegy

Director: Isabel Coixet.

Guión: Nicholas Meyer, basado en la novela

The Dying Animal de Philip Roth

Intérpretes: Ben Kingsley, Penélope Cruz, Dennis Hopper, Patricia Clarkson, Peter Sarsgaard, Deborah Harry.

Fotografía: Jean-Claude Larrieu

Montaje: Amy E. Dudleston

EEUU. 2008. 97 minutos.

 

Philip Roth

En su primera película de producción íntegramente norteamericana, Isabel Coixet puso en imágenes la novela El Animal Moribundo, de Philip Roth, obra de la serie protagonizada por el personaje de David Kepesh (que en el filme encarna Ben Kingsley), y en la que el autor de Pastoral Americana pone en la picota los temas recurrentes de sus últimas novelas (o de todas ellas), entroncadas en la relación compleja entre las pulsiones sexuales y los procesos de madurez individuales (aquí ya envejecimiento y decadencia física), siempre en el marco de la tipología de personajes característica del universo particular del autor –judío, burgués, culto, urbanita-. En El Animal Moribundo, Roth desglosa en la primerísima persona de su alter ego pensamientos y sentimientos, a menudo opuestos, inclinados sólo tibiamente en un discurso existencialista, pues sus reflexiones siguen más fuertemente enraizadas en la fotografía cultural y sociológica, el retrato de lo que en ciertos foros se dio por acuñar como “el alma americana”. Aquí, en ese perfil, cobran especial interés las impresiones más sinceras sobre todo lo referido al sexo, trazadas a menudo valiéndose de la perspectiva del tiempo sobre la propia herencia generacional, los movimientos contraculturales de la década de los sesenta, que cimentaron la forma de ver, vivir y entender la sexualidad como un campo abierto y despenalizado de la moralidad (y el matrimonio, por oposición, como algo castrante).

 

Meyer y Coixet

         Es sin duda Roth un autor de prestigio, y también lo es el material en concreto que Nicholas Meyer, guionista, e Isabel Coixet, realizadora, llevan a imágenes. Y, sea dicho sin mal afán, Meyer y Coixet desprestigian el texto, porque no logran más que potenciar sus atuendos sofisiticados, pero no ilustrar las profundidades del discurso ni mucho menos efectuar tesis particulares. Resulta cierto que adaptar a Roth –y adentrarse en su relativismo moral- no es tarea fácil. Meyer lo intentó en una anterior ocasión, en la elaboración del libreto de The Human Stain (dirigida por Robert Benton, 2003), y allí resultó una obra interesante pero irregular, más bien abrupta en su implementación de ideas y sentimientos. Aquí la opción de Meyer –y afianzada por la puesta en escena de Coixet- es algo distinta, consiste en simplificar los postulados narrativos y las ricas aristas psicológicas, redundando en una narración lineal (a pesar de los leves juegos con el continuo temporal) en torno a la premisa del amor que surge entre un hombre provecto y una chica joven, el profesor universitario David (Kingsley) y la estudiante, cubana afincada en los EEUU, Consuela (Penélope Cruz). El relato sí respeta el punto de vista único y el recurso al voice over, y utiliza tres personajes-satélite representativos de diversas manifestaciones del afecto –el hijo de David, encarnado por Peter Sarsgaard, un colega poeta, encarnado por Dennis Hopper, y una amante que lleva largo tiempo compartiendo cama con él, Patricia Clarkson-, para ir apuntalando datos del personaje y sus relaciones con el prójimo más allá de lo que concierne a su historia de amor con Consuela. Sin embargo, muchas de las cuestiones que surgen de y David dirime con aquellos personajes-satélite se quedan, en el urdido narrativo, en meros enunciados, que sólo potencian, primero, contrastes con la definición sentimental entre David y Consuela, y, segundo, la sombra de la muerte que se cierne sobre los personajes.

 

Amor y muerte

         En esa simplificación argumental, que deja en anécdota tanto las referencias culturales y sociológicas como el grueso de elucubraciones sexuales que vestían el sustrato literario, y que en cambio dota de mayor fuerza a cuestiones que allí eran al fin y al cabo accesorias, como los celos de David, Coixet logra encontrarse cómoda. Construye un relato en el que se edifica un edificio emocional para después desmoronarlo, la neta división/tránsito entre/de el amor impensable a la llegada de la enfermedad y la muerte. Grandes temas, caros a la filmografía de la cineasta española, y que ésta maneja con su reconocible estilo visual deliberadamente moroso, aunque más estilizado que nunca, probablemente por el talento superior del completo elenco técnico. Coixet se entretiene en lo estático, en planos de detalle de los que a veces emergen sugerencias y otras no, en leves movimientos de cámara que funcionan bien para describir la indefinición del personaje (el tratamiento del espacio en el apartamento, el modo en el que los encuadres aislan al personaje); deja a los actores expresarse libremente, y quien obtiene mejores resultados es Patricia Clarkson, porque es la mejor intérprete y también porque su cometido no se pierde entre tantas miasmas de indefinición, que es lo que le sucede al David encarnado por Kingsley, quien está demasiado agarrotado, nos abruma con la rotundidad de su presencia física pero sus matices interpretativos son demasiado sutiles como para alcanzar al espectador, lógica opción interpretativa ante un personaje al que no acabamos de comprender ni estimar como sí comprendemos y estimamos a, pongamos por ejemplo, los personajes neuróticos que construye Woody Allen. Meyer en su traspolación a libreto, y Coixet en su a la postre fría escenografía, no se atreven a escarbar en lo abstracto, pero tampoco a llevar al final los postulados dramáticos convencionales en los que han escogido quedarse. Así que de los intrincados cauces del relativismo moral de Philip Roth pasamos a otra cosa, menos dolorosa, en realidad demasiado gráfica, más anodina, e infinitamente más insustancial.

http://www.imdb.com/title/tt0974554/

http://www.onpictures.com/peliculas/elegy/index.htm

http://www.elmundo.es/elmundolibro/2002/11/20/anticuario/1037821035.html

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