UN PROFETA

Un prophète

Director: Jacques Audiard

Guión: Jacques Audiard y Thomas Bidegain, según un argumento de Abdel Raouf Dafri y Nicolas Peufaillit

Intérpretes: Tarik Rahim, Niels Arestrup, Adel Bencherif, Reda Kateb, Hichem Yacoubi, Jean-Philippe Ricci, Gilles Cohen

Música: Alexandre Desplat

Fotografía: Stéphane Fontaine

Montaje: Juliette Welfling   

  Francia. 2009. 157 minutos

 

Seis años, una vida

En diversos foros, básicamente publicitarios o informativos, he leído que a esta Un prophète la comparan con The Godfather (Francis Ford Coppola, 1972). Y aunque la comparación está más que cogida por los pelos, nos puede dar una idea de algo importante: la inmensidad narrativa de la película, que se desdobla en dos proposiciones: una, las muchas cosas que Jacques Audiard y Thomas Bidegain (el primero, director; los dos, guionistas) logran contarnos en los ciento cincuenta minutos de metraje de la película; y, dos, la sensación de que ese metraje se hace corto (algo que en efecto comparte con el título de Coppola). El espectador, pasadas las dos horas y media, abandona la sala pensando en cuán largo ha sido el recorrido del relato, cuántas cosas le han pasado al protagonista, Malik El Djebena (Tarik Rahim), desde que ingresara en la cárcel al inicio de la función. Y si manifiesta que el metraje se le ha hecho corto (es mi caso), es porque ha sido absorbido por ese vendaval de acontecimientos, porque la película, de un modo u otro, por uno o varios de los argumentos cinematográficos puestos en liza, le ha apasionado. Y es que en efecto parece que Un Prophète tiene mucho de película-río, ello y a pesar de tener perfectamente delimitado el espacio cronológico a nada más que seis años, los que dura la condena de Malik. Seis años en la cárcel, una vida. Enunciado que enlaza con las intenciones manifestadas por el cineasta a la hora de realizar la película (“me interesa la prisión como metáfora de la sociedad; lo que pasa dentro y fuera de sus muros es lo que le ocurre a cualquiera”, manifestó Audiard en la rueda de prensa de la presentación de la película en el Festival de Cannes), y que certifica el éxito de la propuesta.

 

Complejo mosaico

Y es que todos los dramas carcelarios (o los thrillers carcelarios, a veces cuesta deslindar los subgéneros) contienen por ende esa intención alegórica, la de retratar un microcosmos perfectamente extrapolable a una generalidad geográfico-histórico-social (los tres parámetros, en los que concretamente incide esta película), aprovechando las razones de urgencia, peligro y necesidad connaturales al entorno presidiario para afilar las tesis concretas. Audiard y Bidegain sirven en todo momento esa máxima, y su voracidad explicativa y pasión narrativa dejan siempre un espacio a la lucidez de esos propósitos alegóricos. En Un Prophète se barajan diversos temas, sea mediante los diferentes espacios narrativos que conviven en la trama, sea mediante la profusa descripción de ambiente, esa estética que al principio parece afanada en la mirada documentalista y, conforme avanzan los acontecimientos, se escora hacia el hiperrealismo. La película nos habla del complejo mosaico racial y cultural que ha traído la era de la globalización (Francia, recordémoslo, es un país de tradición inmigrante, procedente de la zona antaño colonial en el norte de África, pero en la película se explicita, mediante el cambio en la ratio de presos, el aumento del flujo inmigrante que ha caracterizado este cambio de siglo), sirviéndose de ese protagonista que se halla entre dos mundos y al que le toca capear con las consecuencias de su no-pertenencia. Rasgos sociológicos que se interrelacionan con la lectura naturalista, de descripción o denuncia de lo que tiene de entelequia la posibilidad de rehabilitación que, según dictan las leyes penales, es el objetivo de las penas de privación de libertad, ello expuesto desde el estilo, la vocación descriptiva de las imágenes que nos ilustran sobre tipologías humanas y relacionales, que pormenorizan cuestiones como los roles en los que se organizan los presos, detalles del cotidiano en la cárcel, etc.

 

Instintos y sentimientos

Sin negar la sintonía con todo lo anterior, pero en el meollo dramático de la película (que la hace trascender de los parámetros del thriller más o menos comprometido con el discurso social), Un Prophète nos habla de la búsqueda de una identidad, de las arduas lecciones de vida que recibe Malik y que marcan su camino, su posicionamiento final: la película nos narra, es cierto, que Malik, merced de los azares y de su agudeza, logra abrirse camino en el microcosmos en el que le toca vivir; pero, al respecto, es importante traer a colación que su supuesta independencia (su iniciativa particular, su inteligencia emocional, su habilidad relacional, todas esas cosas que le hacen medrar) se halla al servicio no sólo de los instintos, sino también de los sentimientos. De hecho, cuando empieza la película y conocemos a Malik, muy poca, casi nula, es la información que del mismo se nos cuenta: así los guionistas trabajan con un perfil virgen, que se va moldeando en todo caso en virtud de los acontecimientos que el filme desgrana de forma lineal (lo que, de paso, sigue abonando la teoría de que el filme nos narra un vida entera concentrada en seis años –apenas tenemos datos de lo que sucedió antes, y al relato no le incumbe lo que sucederá después-); y si en el aparato de los instintos tiene importancia cabal la banda corsa que le acoge por interés, en el aparato sentimental esa importancia recae en tres personajes de condición racial y cultural compartida con Malik: por un lado, Ryad (Adel Bencherif), su amigo, el primero con el que establece un puente relacional con los de su casta, pero también el que le enseña a leer, y aquél con quien Malik llega a alcanzar un compromiso familiar (descrito con sutileza, con profunda capacidad para la sugerencia); por el otro, Jordi el Gitano (Reda Kateb), contacto con el que Malik inicia su propio negocio de tráfico de drogas; y, por el otro, decisivo, Rejeb (Hichem Yacoubi), su primera víctima, que le acompaña en esas fugas que la película se permite a lo onírico, y a través de las cuales se perfila no tanto un peso en la conciencia cuanto el sentimiento de pertenencia, la constatación de una deuda contraída con aquéllos que comparten su herencia cultural (en ese sentido, es una idea brillante de guión que Rejeb, el fantasma, se erija como guía espiritual de Malik, pero aún más allá, su recuerdo llegue a tener trascendencia narrativa –cuando Malik se reúne con el gángster marsellés que era amigo de Rejeb-).

 

Brecht, Bresson, Melville…

De tal modo, conforme las piezas narrativas que informan el relato van hallando su cauce (algo que agradece la buena estructuración del guión), los instintos y sentimientos de Malik se arrebujan y balancean constantemente en una compleja pugna interior, ello escenificado de forma tan palmaria como brillante en el patio de la cárcel, donde los dos bandos (corsos y árabes) ocupan cada uno su parcela, parcelas opuestas, de direcciones enfrentadas, Malik yendo y viniendo, tomando posiciones, equidistancias, hasta la solución final. Roger Ebert decía en su reseña de la película que Tarik Rahim, el actor protagonista, le recordaba al Alain Delon de Le Samouraï (Jean-Pierre Melville, 1967), por su buscada inexpresividad, la nula información que revela de su pensar y sentir. En concordancia con ello, soy de la opinión que, guardando las distancias, el planteamiento narrativo y visual de Audiard guarda cierta relación con las maneras esgrimidas por Robert Bresson en su insobornable Un condenado a muerte se ha escapado (Un Condemné à Mort s’est Échapeé, 1956), en el sentido de la búsqueda de lo esencial en el desglose de los acontecimientos que se van acumulando en una única dirección, estrategia basada en el control y aprovechamiento de los escenarios (la mayoría, las dependencias de la cárcel), el gusto por detalles descriptivos, y la narración lacónica –aquí, a veces, incluso elíptica-, que sitúa siempre a Malik por delante del espectador, pues éste nunca sabe cuál será su ulterior maniobra. Es de ese férreo control del espacio escénico y del montaje (que Audiard no sacrifica ni en las esporádicas secuencias que transcurren en exteriores, pues reciben similar tratamiento visual, basado en el plano y el montaje corto) que el cineasta extrae el magnífico pulso narrativo y el inapelable tempo de la película. Como pueden haber deducido, soy de la opinión que, por mucho que a la película se le cuelgue la estela de la modernidad cinematográfica, en muchos frentes bebe y traduce fuentes clásicas de la narración. Argumento a favor del cual puedo añadir la inclusión de la lenta progresión melódica del Mack the knife que acompaña la secuencia final de la película: no me parece nada ociosa la elección de la pieza escrita por Bertold Brecht y Kurt Weill incluida en su celebérrima Ópera de los tres centavos (Die Dreigroschenoper, 1928), que nos narra las andanzas de un escurridizo y despiadado asesino de los bajos fondos, personaje y ficción que, como es bien sabido, servían para perfilar una acerada sátira a la sociedad de su tiempo (“When the shark bites, with his teeth, dear, scarlet billows start to spread; Fancy gloves, though, wears macheath, yeah, so there’s not a trace of red…”), y que en su equiparación con el Malik de esta Un Prophète, alcanza un ingrediente irónico que, amén de subrayar la univesalidad del relato, sirve de magnífico colofón de la función.

http://www.imdb.com/title/tt1235166/

http://www.un-prophete-lefilm.com/

http://en.wikipedia.org/wiki/A_Prophet

http://culturazzi.org/review/cinema/a-prophet-jacques-audiard

http://www.indiewire.com/article/audiards_prophet_hailed_by_critics_bloggers_as_best_of_cannes/

http://articles.latimes.com/2009/may/19/entertainment/et-cannes19

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