LA REGLA DEL JUEGO

La Règle du jeu

Director: Jean Renoir.

Guión: Jean Renoir y Carl Koch.

Intérpretes: Marcel Dario, Nora Gregor, Jean Renoir, Paulette Dubost, Mila Parély, Roland Toutian, Julien Carette.

Fotografía: Jena Paul Alphen, Jean Bachelet y Alan Renoir.

Francia. 1939. 114 minutos.

 

Curiosidades

 

Curiosidades de la historia del Cine: en el poco propicio momento de su estreno (1939), crítica y público se cebaron con Renoir, porque se tomaron a la tremenda (en clave chauvinista, imagino) la irreverencia de La Règle du jeu; su mayúsculo fracaso obligó al realizador a efectuar una versión descartando abundante metraje, y a reivindicar su orgullo patrio en la posterior This Land is mine (1943), fábula que contenía la quintaesencia del discurso antinazi y pro-Resistencia. Un par de décadas después la película fue rehabilitada por los cahieristas, y más adelante, ya tras la muerte del realizador, saludada con epítetos tan unívocos como “la mejor película francesa de la historia” o “una de las diez mejores películas de todos los tiempos”. La sombra del filme es alargada en su innegable influencia en infinidad de obras (la mayoría de ellas, de refinado marchamo) que escudriñan en la temática propuesta por Renoir, ya desde prestigiosas series de televisión (la británica Up & Down) a la obra de directores tan variados como Denys Arcand o Robert Altman, y con representación especialmente trufada en la propia cinematografía gala, Claude Chabrol en cabeza. Curiosidades, ya digo.

 

 

Alta burguesía

 

La historia que encauza la narración de esta La Règle du jeu toma como sustrato lejano la obra de teatro de Alfred de Musset Los caprichos de Mariana (Les caprices de Marianne), y narra los avatares de diversos representantes de la alta burguesía de la época (contemporánea a la realización del filme) en un encuentro lúdico en un castillo situado en la campiña francesa. Si me permiten el pleonasmo, la coda narrativa abunda en la mascarada para escarbar en las máscaras: se dan cita las más bajas y neuróticas pasiones y pulsiones, pero (casi) nunca se pierde la más estricta elegancia y cortesía, es decir, la regla del juego del título.

 

 

Carestía moral

 

El filme se plantea como una comedia de apariencia costumbrista, y sus imágenes, siempre sardónicas, concitan una cada vez más acerada denuncia de los excesos y la carestía moral de los círculos más opulentos de la sociedad. Mediante el juego cruzado de diversos equívocos y romances furtivos (que concretarán mil intrigas en ese único escenario en el que transcurre la segunda mitad del metraje), Renoir sabe manejar con maestría ese tono jocoso para hallar el escarnio, saturar el texto de las más detalladas, a menudo sangrantes, referencias al fondo de desasimiento emocional que incumbe al grueso de los personajes y al modo tan caprichoso de manifestarse en su envoltura/compostura. La cámara se pasea tan impune como los personajes por los refinados escenarios retratados, curiosea, se cuela en las alcobas, participa del juego (y sus reglas), deshoja las margaritas de tantas seducciones largamente acariciadas, o improvisadas, o denostadas. La soberbia escenificación de lo coral se viste de vaudeville y llega al paroxismo en la desopilante, impresionante secuencia en la que el juego de disfraces y el juego de máscaras se acaban por confundir, alcanzando así la literalidad (al punto que el anfitrión, Robert de la Cheyniest, le pide a un mayordomo que “termine con esta comedia” y el criado le pregunta, contrariado, “¿Con cuál, señor?”). En los últimos compases aparecen los ribetes agridulces: el único personaje íntegro y honesto, André (Roland Toutian) es abatido y se desploma del mismo modo que los conejos y los faisanes en la previa secuencia de la cacería (esa comparación no es mía, la recoge el personaje de Marceau después del erróneo atentado). En ese jalón de la trama la muerte de André es fruto de una fatal casualidad, pero no así en la grave tesis que Renoir nos ofrece, y que se materializa en la reacción (una impoluta y mesurada consternación) de unos personajes abocados, tras la apariencia, a la más flamígera desintegración de toda moralidad.

 

 

Octave

 

Amén de dirigir y ser responsable (junto a Carl Koch) del guión y los diálogos, el propio Jean Renoir se reservó un jocoso papel en la trama, el de Octave, un papel que permite un juego metacinematográfico por cuanto sirve de engarce a las diversas cuitas que se dan cita entre los protagonistas; ello puede ejemplificarse en uno de los muchos instantes antológicos de la película, en el que Octave/Renoir se lleva a un aparte a Christine, y busca la salida de la mansión, abre la puerta y le muestra el contraste de una tétrica oscuridad/soledad exterior. La cámara lo recoge en plano panorámico, de interior a exterior, Octave invita a Christine/al espectador a seguirle…

http://www.imdb.com/title/tt0031885/

http://www.celtoslavica.de/chiaroscuro/films/reglejeu/regle.html

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