MUD

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Mud

Director: Jeff Nichols

Guión: Jeff Nichols

Música: David Wingo

Fotografía:  Adam Stones

Intérpretes:  Matthew McConaughey, Tye Sheridan, Jacob Lofland, Reese Witherspoon, Sam Shepard, Ray McKinnon, Paul Sparks, Bonnie Sturdivant, Sarah Paulson, Michael Shannon, Joe Don Baker, Stuart Greer

 EEUU. 2013. 130 minutos

Del amor, las serpientes y la redención

Parece ser que el de Mud, la tercera película de Jeff Nichols, es un proyecto largamente acariciado por el cineasta, que de hecho emerge de una idea muy lejana y sobre la que escribió un primer tratamiento de guión incluso antes de redactar el libreto de la que terminaría siendo su segunda y previa película a ésta, la extraordinaria Take Shelter. Como el joven protagonista de la película, Nichols creció en una zona rural de Arkansas, por lo que este relato railado según las convenciones del coming-on-age story (esto es las películas que versan sobre el tránsito hacia la madurez de jóvenes, en este caso un adolescente de catorce años, Ellis (Tye Sheridan)) y que guarda claros ecos a la narrativa de Mark Twain (e incluso algún detalle que parece evocar a Dickens), tiene, sino contenido autobiográfico, el sello de una implicación personal basada en lo emotivo, algo que indudablemente transluce la película de principio a fin.

 

Ellis es el hijo único de un matrimonio que vive en una casa flotante sobre el río Mississippi, y, como es propio de un joven de su edad, le gusta pasar tiempo fuera de casa con su mejor (no sabemos si único) amigo, Neckbone (Jacob Lofland), con quien es aficionado a dar paseos en una pequeña lancha por el caudaloso río. En el inicio del filme, Ellis y Neckbone se reúnen para efectuar una de esas expediciones; el tío del segundo, Galen (Michael Shannon), pescador submarino en la zona, le ha comentado a su sobrino que en un determinado lugar hay una barca colgada de un árbol (sic), a cuya búsqueda los dos adolescentes acuden. La encuentran, pero también hallan en el apartado lugar un hombre que responde al nombre de Mud (Matthew McConaughey), que se crió por aquella zona y que dice hallarse en aquellas soledades a la espera de alguien; Ellis y Neckbone pronto descubrirán que Mud es un prófugo de la justicia, pero ello no impide que entablen, especialmente Ellis, una relación amistosa con él. Si el filme tiene por título el nombre o nickname del personaje encarnado por McConaughey no es porque nos relate sus espinosos avatares vitales, sino por el modo en que esos avatares implican emocionalmente a Ellis, quien siente devoción hacia aquel extraño personaje cuyas únicas posesiones de valor son una camisa blanca que dice ser un amuleto indio y un revólver, en un momento-encrucijada de su vida.

 

Sobre el papel hay un cierto parentesco con Cuenta conmigo, el filme que en 1986 dirigió Rob Reiner sobre un hermoso cuento de Stephen King llamado El cuerpo, básicamente por la introducción de elementos sórdidos (allí era una expedición en busca de un cadáver arrollado por un tren; aquí, esa clandestinidad de Mud y el hecho de que le acecha no sólo la policía, sino un grupo de matones muy peligrosos) que funcionan como acicate para reacciones sentimentales espinosas y a la postre catárquicas para los jóvenes protagonistas. Sin embargo, los raíles argumentales concretos y las intenciones narrativas son muy distintas. Para empezar, Nichols, que filmó la completa película en localizaciones diversas de la misma zona que recrea, juega con agudeza la baza ambiental, cultural y telúrica, e impregna su relato de esa fuerte enseña localista, interesando que la descripción de lo geográfico, ese lugar en el mundo, se refleje en el carácter, actitudes y comportamientos de sus personajes; por ejemplo, enfatiza un proceso de descomposición –la madre de Ellis quiere divorciarse, harta de vivir en aquella zona, para trasladarse a la ciudad–, que el chico percibe como una amenaza de extinción de los márgenes estrechos vitales en los que se halla cómodo, y que están llamados a caducar como inexorablemente lo está su juventud, idea ésta magníficamente gestionada en los diálogos y situaciones de la película y que se amplifica en otro reflejo, el de la lucha contra el tiempo y los elementos que atañe a Mud, su amigo, razón por la que el auxilio y compromiso que el joven le ofrece no deja de ser un auxilio y compromiso que, por así decirlo, se ofrece a sí mismo.

 

Nichols es un realizador de alto voltaje psicologista, y ciento treinta minutos de metraje le dan tiempo para narrar muchas cosas, haciendo que el relato vaya engrandeciéndose y volviéndose cada vez más fascinante. A pesar del dinamismo que imprime a las secuencias que discurren en el río –que se erige en símbolo de esa búsqueda constante y, al mismo tiempo, sensación de libertad que es propia de un joven desorientado, como Ellis, o como cualquier otro–, la cámara de Nichols permanece más bien estática en la aproximación escénica a lo que narra, pero siempre buscándole un sentido: como Take Shelter, ésta es una película donde el contenido del encuadre no es casi nunca ocioso, y que por tanto invita a la contemplación inquieta por parte del espectador de los conflictos que se dirimen tanto desde lo descriptivo de situaciones y lugares como a través de los diálogos entre personajes, a menudo intensos, siempre pletóricos de significados, aparentes u ocultos. En esta historia de auxilio a un fugitivo se introduce otro personaje, Juniper (Reese Witherspoon), novia de Mud con quien Ellis actúa de intermediario para favorecer la posibilidad de que la pareja pueda reencontrarse y fugarse juntos, y este elemento argumental añadido también aporta otros importantes reflejos en el atento trazo de las ansiedades y deseos que moran en el bullir emocional del joven Ellis, pues se relacionan tanto con los torpes intentos del chico de cortejar a una chica que le gusta cuanto, en un extremo opuesto, en su asimilación de la cruda realidad de la separación de sus padres (aspecto éste último que está gestionado de forma excepcional tanto desde la sensibilidad narrativa como en lo que refiere a la economía de medios: en pocas películas actuales se transmite tanto con tan poco, breves pero contundentes conversaciones entre Ellis y su padre, su madre o los dos, que se van dosificando en el devenir narrativo para armonizarse en el cierre).

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(SPOILERS!!) Pero el atractivo de la película no termina ahí. A juicio de quien esto firma quizá lo más apasionante de Mud termine siendo un elemento que termina de emparentar definitivamente la película con el título precedente, y en lo temático aparentemente tan distante de Nichols, Take Shelter. Si allí el punto de vista distorsionado por una enfermedad y por lo ambiguo marcaba el devenir traumático del relato, aquí sucede algo bien parecido, por mucho que el subjetivismo obedezca a un perfil psicológico bien distinto: el de un chico de catorce años. Así, casi todos los acontecimientos que refiere la película están narrados desde el prisma de lo que Ellis o su amigo Neckbone contemplan, y esa regla –que delimita claramente la temperatura emocional del relato- sólo se quiebra en unas pocas ocasiones y siempre de forma intencionada. Al parecer de quien esto suscribe, esas pocas secuencias (una protagonizada por los matones, que se reúnen en una habitación de motel y celebran un ritual; otra en la que Juniper, desde el balcón de la habitación de su hotel, contempla en la distancia a Mud despedirse de ella con un ademán; y la última que pertenece al cierre de la película) no tienen lugar en (la) realidad, sino que obedecen al modo en que Ellis percibe que deben de ocurrir (imaginación, la primera de las tres) o, directamente, deben ocurrir (ferviente deseo, las dos últimas de las tres). Así, a la postre, lo más hermoso de esta formidable película de Nichols es la confianza, convicción e inteligencia con la que, sin aparentes aderezos formales que lo enfaticen o alerten al espectador, el guionista y cineasta termina relegando del todo la narración convencional para moldear la realidad según la percepción y los deseos del joven protagonista cuyo cambio de ciclo vital la película relata. Según esa decisión narrativa, no es tan importante saber qué acaba pasando con Mud y con Juniper sino constatar cómo percibe Ellis ese destino, o la posibilidad de un destino no empañado por la tragedia y la violencia. De hecho, esto no son meras elucubraciones de quien esto suscribe, pues Nichols inserta otra secuencia aparte de la percepción de Ellis, protagonizada por Galen, que sí certifica la realidad de los hechos (cuando, en el curso de su pesca submarina, entrevé el cadáver flotante de Mud). Precisamente esa incongruencia aparente entre lo que el personaje encarnado por Michael Shannon vislumbra y lo que se relata en el epílogo de la película (suerte de recapitulación circular: el fugitivo, reunido con su padre putativo (Sam Shepard), contempla el horizonte en movimiento del río, como hicieran Ellis y Neckbone en el otro extremo del metraje, embargados por la sensación de libertad que desprende) es la bellísima forma escogida por Nichols para decirnos que, siendo ésta la historia de Ellis, prefiere quedarse con su versión de los hechos. Una versión llena de promesas y de esperanza, como corresponde a un chico joven, para quien el primer aprendizaje en esta primavera de su existencia es que la vida puede doler y mucho, pero los corazones aún son fuertes, resistentes, y pueden recuperarse y cerrar esas primeras heridas.

http://www.imdb.com/title/tt1935179/?ref_=fn_al_tt_1

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

TAKE SHELTER

Take Shelter

Dirección: Jeff Nichols

Guión: Jeff Nichols

Intérpretes: Michael Shannon, Jessica Chastain, Tova Stewart, Shea Whigham, Katy Mixon, Natasha Randall, Kathy Baker

Música: David Wingo

Fotografía: Adam Stone

Montaje: Parke Gregg

EEUU. 2011. 120 minutos.

Escenarios de la fragilidad

 

No me cuento entre quienes opinan que sea necesario, en todo caso, aproximarse al visionado de una película sin la “intoxicación previa” (sí, entre comillas) que supone el conocimiento de la sinopsis o de análisis cinematográficos sobre la misma. Pero sí que es cierto que una película como la que nos ocupa agradece muy mucho la carencia de información, la absoluta falta de disposición de ningún tipo ante su visionado, pues Jeff Nichols, el director y guionista de la película, sabe mover muchas y diversas piezas en distintas coordenadas narrativas que se superponen y zarandean las expectativas del espectador. (Así que, en efecto, estimado lector, si usted no ha visto la película, le invito a que deje en suspenso la lectura de la presente reseña; agradeceré mucho que regrese una vez la haya visto, cosa que le recomiendo encarecidamente).

La premisa de partida, los avatares de una familia prototípica de la clase media trabajadora de una zona rural de Ohio (compuesto por Curtis, un padre obrero de la excavación de terrenos; Samantha, una madre que compagina sus tareas de ama de casa con una labor artesanal de la que obtiene un humilde lucro en un tenderete semanal; y Hannah, una hija pequeña que padece de sordera) nos ubica de cabeza en los términos canónicos o leit-motiv temático del cine indie en su definición  más contemporánea (y progresivamente más industrial). El desarrollo argumental, enfatizado por el protagonismo de Michael Shannon –magnífico actor que, tan cierto como lo anterior, está encasillado en interpretar a tipos de personalidad desquiciada, apreciación que parte desde que lo descubrí en Revolutionary Road (Sam Mendes, 2008) hasta lo mucho que da de sí el papel que encarna en la serie de la HBO Boardwalk Empire (2010- )-, nos dirige, en el núcleo duro del dramatis personae invocado, al tortuoso escenario del progreso de una enfermedad psiquiátrica, una esquizofrenia, cuyos síntomas empiezan a detectarse en el personaje de Curtis (Shannon) y amenaza seriamente con devastar el equilibrio sentimental y económico de la familia. Y aquí instalados es legítimo entender que lo primero (la crónica del devenir familiar) y lo segundo (la crónica de una enfermedad mental) pueden coligarse perfectamente. Sí, pero la cosa se complica si planteamos la siguiente variable: ¿y si Curtis no está enfermo, y sus pesadillas, alucinaciones, delirios y actos obsesivos –principalmente, construir un “shelter”, un refugio para una formidable tormenta que, según proponen esos malos sueños y visiones psicóticas, está por llegar- son ciertas? La respuesta está en su mano y particular interpretación de lo acontecido en imágenes, y por tanto no se puede hablar de un cambio de tono (en todo caso de sutiles tránsitos). Sí más bien de la coexistencia de ambas posibilidades, la forma sutil de narrar esas dos verdades, pero no a la manera de Scorsese en Shutter Island (2009), donde los términos (psiquiátricos) quedaban claramente plasmados en el twist y la explicación final, sino en una dramaturgia que reniega de asumir una única opción, y en ese fuego abierto a las expectativas e interpretaciones, halla el caudal de sus muchas digresiones y reflexiones (que, cierto es, en todo caso remiten a la paráfrasis de estos tiempos de fragilidad, de lo social a lo espiritual, en los que nos hallamos instalados).

Aunque para mi gusto a la película le sobra algo de metraje –y no porque considere imprecisa la métrica de la película, ese tono a menudo contemplativo, cadencioso, muy pertinente para desglosar el estado anímico de Curtis, a partir del cual todo lo demás, subjetivamente o no, se desmorona; simplemente, porque esa métrica, para nada sencilla, se desacompasa un tanto en la parte central del metraje-, ello no es óbice para reconocer la profunda astucia de Nichols en la edificación argumental de la obra y el talento que demuestra en su, ya por propio planteamiento, arriesgada plasmación  en imágenes. Película de visionado tan incómodo como sugestivo, es curioso comprobar como Take Shelter termina dejando a la intemperie las limitaciones del acomodado cine indie que se destila actualmente en los EEUU, precisamente por ubicarse en sus términos idiosincrásicos más reconocibles (el día a día de la familia, las cuestiones referidas a la economía doméstica, las pugnas con el seguro médico por conseguir que operen a su hija, los avatares relacionales, de apariencia mínimos, con compañeros de trabajo de él o amigas de ella, …) para trascenderlos desde dentro, dejando a las claras que esas crónicas de lo doméstico (y me refiero al modo en que se suelen plantear en el cine de esa procedencia cultural e industrial) son sólo un material de partida que precisan de una labor de introspección psicológica, anímica o sociológica pertinente para alcanzar un significado más allá de lo anecdótico o superficial. Se podrá decir al respecto que los resortes esgrimidos por Nichols resultan exacerbados, pero sólo sobre el papel, sin perjuicio de que, por otra parte, no se trata de lo que se despliega, sino de la manera como se despliega un relato cinematográfico lo que nos da la medida de sus líneas de profundidad.

Esta es una película de evocaciones constantes al pírrico equilibrio entre lo aparente y lo oculto, entre lo apacible y lo inquietante. O entre lo que es y lo que va a ser. Y a través de esa tensión, fraguada principalmente en las sugerentes imágenes de la película (en el juego entre lo paisajístico y lo onírico, como elemento más llamativo, móvil iconográfico de todas las alegorías puestas en solfa; pero también en las composiciones que Nichols arranca de Michael Shannon y Jessica Chastain; en el montaje que confiere un metódico ritmo interno a las secuencias; o en el uso minimalista de la música y los efectos de sonido, siempre en respaldo de lo subjetivo), se van afianzando múltiples ardides para el espectador, que, empero, nada tienen que ver con trampantojos ni efectismos argumentales, sino que se ubican deliberada e intencionadamente en el aparato filosófico. Take Shelter nos dirige, sea cual sea la percepción del espectador, al corazón de una tormenta de la que ya no va a hablar. Desde ese título que puede verse tanto como la trascripción de la coda obsesiva de los actos del protagonista (“resguárdate” o “busca un refugio”, sería su traducción literal) o como una interpelación nihilista al espectador acorde con los tiempos que corren a ese desenlace triple y sucesivo de la película (la climática salida del refugio/el poco alentador diagnóstico del psiquiatra/la majestuosa secuencia de cierre en la playa, colofonada con ese mohín de asentimiento que Samantha le dedica a su marido), Take Shelter se atreve a y consigue inquirir al espectador desde múltiples perspectivas complementarias, bien entrelazadas desde la entraña espiritual de la historia, la danza entre lo objetivo y lo subjetivo y la vis expresiva inagotable de los signos y los símbolos cuando se saben hacer aflorar con inteligencia en un relato. Si me preguntan sobre mi interpretación sobre lo que, a fin de cuentas, narra la película, les diré muy sinceramente que cuando se sabe elucubrar un sistema de ecuaciones con diversas incógnitas, es imposible de resolver despejando sólo una.

 

http://www.imdb.com/title/tt1675192/

http://www.sonyclassics.com/takeshelter/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20111005/REVIEWS/111009991

http://www.miradas.net/2012/04/actualidad/criticas/take-shelter-2.html

http://www.elperiodico.com/es/noticias/ocio-y-cultura/fin-del-mundo-como-estado-mental-take-shelter-jeff-nichols-1622965

http://criticas-de-cine.labutaca.net/take-shelter-la-logica-del-caos/

http://www.indiewire.com/article/review_jeff_nichols_and_michael_shannon_create_american_epic_with_take_shel

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