LA TRAGEDIA DE MACBETH

La_tragedia_de_Macbeth-133754334-large

Aunque en ocasiones negociaran con adaptaciones (Cormac Mc Carthy) o remakes, ni siquiera en esas ocasiones los hermanos Coen renunciaron un ápice a apropiarse los materiales de partida, no sacrificaron su marcado worldbuilding, su sentido de la lucidez cimentada desde una ironía a veces críptica, su visión de lo que de problemático tienen las relaciones humanas y el funcionamiento del mundo, y su capacidad para expresar todo eso en su complejidad, a menudo sublimando toda emotividad bajo caparazones solo aparentemente herméticos, a veces patéticos, otras en el fondo conmovedores. Y todo eso se destilaba en su poderosa herramienta visual, pero partía, con suma importancia, de la escritura, del guion.
344930
Quizá por ello cuando Joel Coen en solitario asume las riendas de una película, cuando Ethan se queda en el camino por las razones que sean, la herramienta del guion se plantea en parámetros muy otros: Joel Coen firma la adaptación, pero manejando el material más noble e intocable posible, Shakespeare (y además una de sus obras mejor adaptadas al cine a lo largo de los tiempos, tanto que se hace obvio poner ejemplos), y no pretende llevar ese material a latitudes coenianas reconocibles, sino pulir la estructura pensando en una ilustración expresiva, sosteniendo la forma (no el guion) como herramienta crucial de la película.
Capturadepantalla2022-01-09alas11.18.54.png_NoticiaAmpliada
Lo logra, y zanja una adaptación excelente y muy personal, que sí que nos retrotrae, en otros términos, a pasajes reconocibles del mejor cine de los Coen. Y esos otros términos son, principalmente, la sobriedad conjugada con la capacidad de abstracción. Joel Coen conjuga la iluminación en blanco y negro (profundamente contrastada, muy digitalizada) con la absoluta minimalización escénica para edificar una nada abstracta, un no-lugar desangelado desde el que progresan, sin interrupción ni rutina ni matiz, las ominosas aristas de los grandes temas manejados: la ambición, la mendacidad moral, el desacato al propio honor y la vorágine destructiva del alma humana. Tal cual si fueran piezas de un puzzle a la postre diáfano, Coen va acumulando breves set-piéces, casi siempre sosteniendo una idea crucial en el diálogo, siempre sostenida en hallazgos visuales de impacto. Las contenidas y brillantes interpretaciones se funden en esa nada en blanco y negro, llena de sugerencias que reverberan en sonidos (como los de las gotas de agua o sangre que retruenan en la mente atormentada del protagonista), pero la belleza plástica desarmante que resulta no es un fin en sí mismo, sino que se sostiene en profundas meditaciones dramáticas que, lento pero seguro (atiéndase por ejemplo a la solución del personaje de Lady Macbeth), hallan su puerto.
espec-series1_optjpeg
Cuando uno se cuelga de una pantalla para ver una buena adaptación de Shakespeare, la propia universalidad del texto clásico le invita a pensar las razones de oportunidad subyacentes en esa adaptación en concreto, los contextos. Viendo (en mi caso, en un cine) la arquitectura formal y la filigrana escenográfica que traduce la tragedia de Macbeth en palabras de Joel Coen, a uno le da que pensar en la tramoya cuasiapocalíptica que metaforiza el cineasta, que nos habla de los tiempos que corren desgobernados al capricho de la brujería moderna, la información sinformación en la ola ombliguista de la sociedad líquida, y en la perdición intelectual y moral que se va revelando como coda del individuo a la búsqueda de un lugar digno en el mundo. El rodaje del filme se tuvo que interrumpir en primavera de 2020 por la pandemia, insidiosa metáfora de la realidad equiparable a esos cuervos que inundan, a la manera hitchcockiana, la imagen al cierre de la película. Y, al final, aunque sea a través de la forma, ése es el contundente valor expresivo de este extraordinario Macbeth