LAWLESS (SIN LEY)

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Lawless

Director: John Hillcoat.

Guión: Nick Cave, según la novella de Matt Bondurant.

 Intérpretes: Shia LaBeouf, Tom Hardy, Jason Clarke, Jessica Chastain, Guy Pearce, Mia Wasikowska, Gary Oldman, Noah Taylor, Dane DeHaan, Eric Mendenhall, Chris McGarry

Música: Nick Cave y Warren Ellis

Fotografía: Benoît Delhomme

EEUU. 2013. 112 minutos

Moonshiners

 En ese impropio western, nunca estrenado en España (sí editado en dvd) pero hoy acreedor de merecidísimo culto, que es La propuesta (The Proposition, John Hillcoat, 2005), llamaba poderosamente la atención la capacidad de Hillcoat y Nick Cave, guionista del filme, para edificar un relato impregnado de las mejores esencias de la tradición del Viejo Oeste pero al mismo tiempo transgrediéndolas merced del jugo narrativo que se sacaba a su localización peculiar, en territorio australiano. Impresión parecida nos deja en la retina esta Sin ley, que nos presenta la época de la Prohibición desde una perspectiva poco desarrollada en el cine: si normalmente se nos habla de las guerras de gángsters que discurren en escenarios urbanos, aquí nos trasladamos a un entorno rural, en el que se relatan los periplos de los hermanos Bondurant (encarnados por Shia LaBeuf, Jason Clarke y un Tom Hardy en plena progresión filmográfica meteórica), fabricantes artesanos y vendedores de alcohol durante aquellos años, que sufren el constante asedio de unos poderes públicos mediatizados por los intereses de la mafia (utilizando a un personaje de vocación abiertamente freak, encarnado por Guy Pearce –quien fuera uno de los protagonistas de The Proposition-, como pieza de engarce).

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Pero las similitudes entre esas dos obras de Hillcoat no terminan ahí. O quizá deberíamos decir que se extienden a partir de ahí. En Lawless el atributo dramático sigue férreamente acodado en una imaginería hiperrealista, fuente estética muy pulida y sugestiva, que se utiliza como marco idóneo para la tesis, para el progresivo paso que va de la urgencia de lo dramático a la abstracción de lo reflexivo. Esa tensión entre lo descriptivo y lo soterradamente lírico, conseguido con la inexcusable colaboración de un magnífico trabajo del DP Benoît Delhomme, encuentra asimismo una correspondencia modélica en el score de Nick Cave y Warren Ellis, que se sirve fusionar el concepto musical con la intencionalidad de efecto de sonido, apuntalando la fuerza atmosférica, a veces lo etéreo, y otras lo terrible del relato (pudiendo llegar a afirmarse que esos dos nombres, Cave y Ellis, son indisociables del imaginario narrativo-visual del cine de Hillcoat). Semejantes engranajes, es cierto, no alcanzan la potencia fantasmagórica de The Proposition (y sus efervescentes ecos peckinpahianos), pero el retrato de costumbre sí funciona con la misma cualidad genuina superpuesta a ese afán escénico y fotográfico por capturar la esencia poética del todo, desentrañada a través de una ecuación en la que no falta el elemento, ora litúrgico, ora cismático, de la violencia.

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A pesar de todo lo anterior, nos hallamos ante un filme de desarrollo más convencional que la naturaleza de sus imágenes y signos. Lawless se caracteriza especialmente por el recurso a hermosas, evocadoras imágenes de ese entorno rural, que contrastan con esa plasmación cruda de la violencia, los dos elementos que mediatizan el drama. Hillcoat es un poderoso creador de imágenes, y la verdad es que a poco de avanzado el metraje ya se aprecia el desarrollo de una sugestiva iconografía visual, al que en las mejores ocasiones se acomoda el relato y no lo contrario. Pero de aquí espora una diferencia importante respecto a The Proposition: si en ambos casos se trata –y las imágenes lo avalan de forma incontestable– de incidir en razones mitológicas a la hora de contemplar una historia pretérita, en el western “australiano” se logra una densidad en el estudio psicológico que se troca aquí por ingredientes más cerrados en su propia formulación que en la sustancia (como de mixtura entre un fairy tale y la truculencia de un relato pulp, ataviado en lo estético como una reformulación posmoderna de la corriente noir retro practicada en los setenta por Polanski, Altman u otros), de lo que emerge una mirada más idealizada sobre los indestructibles hermanos Bondurant que la que atañía a esos otros hermanos, los Burns, en The Proposition. Cierto es que esos ingredientes están bien proyectados a la descripción historicista, la glosa de esos entornos rurales en los que los moonshiners o bootlegers manufacturaban licor y traficaban con el mismo en el contexto de la dura pugna por la supervivencia económica durante la Depression, pero al fin y al cabo esos atinados comentarios históricos no dejan de revelar una perspectiva digamos externa en la contemplación de los mitos de la historia americana.

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En ese sentido, la película que nos ocupa también es una evolución filmográfica coherente si pensamos en la intermedia The Road (2009) –película injustamente menospreciado por la crítica, y que conserva toda su fuerza tras diversas revisiones–, ya que en aquella adaptación de la sobresaliente novela de Cormac McCarthy, amén de apostar fuerte por la huella atmosférica como mecanismo de correspondencia con la austeridad descriptiva y espiritualidad transcriptiva de McCarthy, la posibilidad de adentrarse en ese sustrato literario –que no deja de hablar del amor y la dignidad (personificadas en un padre y su hijo, por tanto un seno familiar superivivente) como esencias posibles en el fin del mundo– ya encajaba con diversas señas sobre lo psicológico que interesan a Hillcoat según lo apuntado en The Proposition. En Lawless, y a través de la continua atención que, a través de cualquier detalle escénico/simbólico, las imágenes prestan a la relación de complementariedad entre los tres hermanos Bondurant –así como a las dos mujeres que pretenden, magníficas encarnaciones de Mia Wasikowska y Jessica Chastain, para apuntalar un reparto de auténtico lujo–, el encaje se revela aún más armónico, pues el contexto es el espejo en el que se miran las inevitables asimetrías, pero también la fuerza indestructible, de esas relaciones sentimentales, fraternales, que –y ahí la evidencia última del paralelismo- serán puestos continuamente contra las cuerdas para, más que otra cosa, celebrar la capacidad redentora de la mera supervivencia, como atestigua esa bonita solución epilogar con la que la película se cierra, imagen no por optimista menos febril de las bondades del individualismo que, dicen esos mitos, soporta un posible sueño americano.

LA CARRETERA

The Road

Director: John Hillcoat.

Guión: Joe Penhall, basado en la novela de Cormac McCarthy

Intérpretes: Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPhee, Charlize Theron, Robert Duvall, Michael K. Williams, Guy Pearce.

Música: Nick Cave y Warren Ellis.

Fotografía: Javier Aguirresarrobe

Montaje: Jon Gregory

Canadá. 2009. 110 minutos

 

Cormac McCarthy

Cormac Mc Carthy es, qué duda cabe, uno de los más prestigiosos novelistas norteamericanos contemporáneos, y ostenta una reputación de autor de culto equiparable a nombres como el de J.D. Salinger. Llevaba en realidad muchos años consagrado cuando en 2007 ganó el premio Pulitzer por The Road, la novela que John Hillcoat adapta en la película homónima. Pero aquel 2007 la relevancia de McCarthy halló otro motivo, éste relacionado con el cine: los hermanos Coen adaptaron su novela No Country for Old Men, que les valió los Oscar a Mejor Película y Director (entre otras) en la ceremonia de aquel año (de hecho, recuerdo a Cormac Mc Carthy, desde la platea, aplaudiendo rabiosamente el éxito de la película basada en su obra). Es probable que esa circunstancia condicionara, propiciara, la cierta premura en convertir en película la novela The Road. Una novela, a mi juicio, soberbia, quizá la más redonda de su autor, que contiene una de esas esencia indescifrables pero categóricas para reconocer las grandes obras maestras de la literatura estadounidense. Una novela que hace de la austeridad impronta de estilo, y que, a través del relato desnudo de un padre y su hijo avanzando penosamente por el páramo de un mundo apocalíptico, pone en solfa con idéntico rigor que capacidad emotiva cuestiones tan trascendentales como los límites de la voluntad y la resistencia humanas o la Fe.

 

John Hillcoat

El escogido para llevar a cabo la adaptación cinematográfica fue John Hillcoat, un cineasta australiano con un largo pero apenas conocido bagaje cinematográfico, que sin duda consiguió la consideración necesaria para responsabilizarse de este proyecto tras el brillante ejercicio cinematográfico The Proposition (2005), un relato épico en clave de western que mixtificaba los resortes clásicos del género con una propuesta de corte psicológico. La verdad es que habiendo visto The Proposition uno intuía lo que Hillcoat podría llegar a hacer con el material de McCarthy. Lo primero que debe decirse al respecto es que esas expectativas se revelaron fundadas, porque la labor narrativa de Hillcoat no defrauda en absoluto. El cineasta, apoyado en labores de libretista por Joe Penhall, optó por una vía en realidad arriesgada, la de buscar la fidelidad con la letra y espíritu del relato. Y digo arriesgada porque el secuenciado relato de McCarthy logra su genuinidad e interés en las concisas pero tan intensas descripciones de lo telúrico tanto como de lo anímico, para, a partir de ahí, abrir la vía a la espiritualidad. Y si Hillcoat logra llevar su relato por idéntico cauce es porque se deja llevar por el portento fondo literario, pero para ello debe lograr, y logra, hechizar al espectador con la cualidad atmosférica de su escenografía y con el dominio de esa secuenciación. Digan lo que digan los amantes de la verborrea, si algo no puede predicarse de The Road es que sea una película lenta, y es así porque el cauce narrativo no concede tregua, porque la temperatura febril de las imágenes atrapa al espectador en los primeros compases de la cinta y ya no lo suelta hasta que aparecen los créditos finales, porque las diversas secuencias están planificadas con endiablado ingenio y economía expresiva, porque su tempo es idóneo, no parece faltar ni sobrar nada que no tenga que ver con el modo particular de apreciación del discurse que incumbe a cada espectador (y por tanto, ya no al artista).

 

De lo feérico

Aunque ya hace algún tiempo que se cita a The Road como exponente de una supuestamente nueva, en realidad cíclica, tendencia del cine americano por el cine catastrófico, es imposible comparar la película de Hillcoat con los filones diversos que del escenario apocalíptico ha venido extrayendo el cine americano, normalmente utilizando un desencadenante holocáustico (normalmente nuclear, aunque cabe también una invasión alienígena, o una destrucción natural) como plataforma a lo genérico –sea CIFI o terror, o la fusión entre ambos- para sembrar alegorías (caso de, por ejemplo, la reciente War of the Worlds, de Steven Spielberg) o para celebrar el artificio del mainstream puro y duro (caso de I am Legend, de Francis Lawrence). Aquí también existe espacio para la alegoría, por supuesto, pero cabría hablar más bien de simbologías, y el discurso está depurado hasta la abstracción: a pesar de contener dos secuencias afiliables al horror, lo que The Road condensa en su metraje es, eminentemente, un relato de alto voltaje dramático, en el que se habla de la vida en el abismo, la lucha de un padre por la supervivencia propia y de su hijo; la descripción del hostil escenario (y sus moradores) no tiene otro afán que el de vestir de urgencia y radicalidad los postulados discursivos, la exploración a la postre filosófica -o teológica- que lo sostiene todo. En un mundo en proceso de destrucción, en el que apenas quedan supervivientes y en el que los bienes son escasos, las reglas de la civilización ya no tienen sentido, y la supervivencia pasa ineludiblemente por la deshumanización. Uno de los más comprometidos planteamientos que se extraen tiene que ver con el contenido de la labor educativa que concierne a un padre respecto de su hijo en tan dantesco contexto (la enseñanza más importante es eminentemente defensiva: cómo apretar el gatillo del revólver, suicidarse, antes de ser capturado). Pero hay otros, extraídos de los diálogos entre padre e hijo, o de una intencionada utilización de los flashback: la lucha de voluntades entre los valores humanos y los de una naturaleza despiadada, un conflicto arbitrado por los conceptos feéricos: en un mundo en el que apenas queda luz, la madre presentó su renuncia, pero al padre aún le quedan fuerzas para enseñar a su hijo a “conservar la llama que hay en su interior”; o quizá el hijo, a pesar de haber nacido ya después de la muerte de la civilización, necesita aferrarse a esos valores que discriminan la bondad de la maldad, conceptos que para muchos ya han pasado a ser superficiales -y sacrificados-, y que un niño, un ser humano en proceso de madurez, en contacto con la razón que representa su padre y al calor de su protección, termina haciendo suyos, para reclamar así la misericordia y la solidaridad para con el otro, cuando lo juzga “bueno”, esto es “humano” (caso de los personajes encarnados por Robert Duvall –a quien Hillcoat dedica unos primeros planos ciertamente imborrables- o Michael K. Williams). Si McCarthy alberga una tenue esperanza en la finalización de su relato, ésta se mide exclusivamente en términos de fe, y así lo sabe subrayar Hillcoat.

 

Fascinante

En consecuencia de lo expuesto, The Road es, en muchos sentidos, un relato caracterizado por su penitencialidad, y obliga al espectador a sufrir, para implicarse en esa razón, en ese amor, en esa dignidad que personifican padre e hijo. Es el único medio posible para alcanzar todas esas reflexiones, para que calen en el espectador. Para ello, Hillcoat recurre a una escenografía cuya austeridad sólo cabe calificar de fascinante, en buena medida sumergida en conceptos fantasmagóricos, donde lo telúrico reclama el mismo poderoso peso que daba carta de naturaleza a la novela: grandes panorámicas de bosques muertos, contrapicados de árboles de ramajes desnudos que se desploman violentamente, escarpados terrenos que han vencido la endeble ingeniería humana, la carretera en proceso de descomposición, la inmensidad gris del mar embravecido o espectaculares saltos de agua que encarnan los últimos reductos de la vida natural y, en buena lógica, sirven para purificar a los personaje. Sobre ese paisaje devastado se impresiona el que ya era leit-motiv de la novela, las figuras, diminutas, frágiles, falibles, del padre y el hijo portando un carrito como casa a cuestas, y dirigiéndose al sur como entelequia, o durmiendo a la intemperie siempre con un ojo vigilante, atormentados por recuerdos del pasado o por el más mínimo ruido, que puede significar la mayor amenaza. A ese paisaje siempre a punto de engullir a los personajes se le une la descripción minimalista y la utilización de los objetos como muestra de la precariedad de lo humano: coches y casas destartaladas, cadáveres hacinados o esqueletos yaciendo en una cama, las mantas como vestuario y las bolsas y cartones como protectores de calzado, los rostros desaliñados y blanquecinos por efecto de la desnutrición y del pavor… Hillcoat articula una imaginería hiperrealista para dibujar el colapso concebido por McCarthy, y esa fuente estética, tan pulida, tan sugestiva, se erige en el marco idóneo para la tesis, para el progresivo paso que va de la urgencia de lo dramático a la abstracción de lo reflexivo. Nick Cave y Warren Ellis, en su score, se mueven en idéntica dirección, y fusionan el concepto musical con la intencionalidad de efecto de sonido, apuntalando la fuerza atmosférica, a veces lo etéreo, y otras lo pavoroso del relato.

 http://www.imdb.com/title/tt0898367/

http://alinaderzad.blogspot.com/2009/11/road.html

http://culturecatch.com/film/antichrist-the-road-reviews

http://filmfreakcentral.net/screenreviews/fantasticroad.htm

http://killerreviews.com/staff_review.php?movieid=20528

http://www.criticsnotebook.com/2009/11/the-road.html

http://www.quietearth.us/articles/2009/10/22/The-Earth-is-badder-than-you-could-ever-be-Another-positive-review-of-THE-ROAD

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

THE PROPOSITION

 

 

The  Proposition

Director: John Hillcoat.

Guión: Nick Cave.

Intérpretes: Ray Winstone, Guy Pearce, Emily Watson, John Hurt, Noah Taylor, Richard Wilson.

Música: Nick Cave y Warren Ellis.

Fotografía: Benoît Delhomme.

Australia. 2005. 107 minutos.

 

Western en Australia

 

No deja de causar estupefacción que el compositor Nick Cave se haya reciclado en la escritura de guiones para el cine, y mucho menos que esos libretos posean el interés de esta, creo que en 2008 aún inédita en España, The Proposition. El filme –para el que Cave también elabora una partitura musical que resulta tan extravagante como deslumbrante- nos sitúa en la tradición del viejo Oeste pero en territorio australiano (con severa atención  -e intención narrativa- a las diversas variaciones que esa circunstancia provoca en lo que atañe a lo paisajístico y costumbrista que este impropio filme de género aporta). En una comunidad cerrada y significada por la malsanía de los poderes públicos, el Capitán Stanley (suerte de sheriff, personaje que Ray Winstone compone a la perfección) trata de encauzar con ética la prosecución de los tres hermanos Burns, culpables del sádico asesinato de una dama. En esa coyuntura, el filme describe las diversas pulsiones que caracterizan y guían los actos de los tres hermanos, así como incide en el modo en el que se fustra salvajemente el intento pacificador en que se erige la proposición que Stanley efectúa al hermano mediano de los Burns, y que dará de resultas una terrible escalada de violencia tras la que asoma una desolada huella de redención.

 

 

Apasionante escenografía

 

La propuesta narrativa de Cave, interesante en su mixtificación de los elementos de género con la propuesta de corte psicológico, se convierte en apasionante en las expertas manos del semidesconocido realizador John Hillcoat, quien imprime a las imágenes una fuerza prácticamente inédita en el cine actual, atenta en todo momento por dotar de una significativa carga lírica a los continuos devaneos narrativos sobre el doloroso eje temático en que el filme nos sitúa (y que extiende su influencia a dolorosas secuencias que abrazan a la práctica totalidad de los personajes: el Capitán y su esposa, los tres hermanos Burns, e incluso el trampero cazafortunas Jellon Lamb –que obedece a una histriónica y despampanante composición de John Hurt-).

 

 

 

La sombra de Peckinpah

 

En los pasajes cuasifantasmales de esta imprescindible The Proposition, el espectador asiste a la insospechada fusión de los más altos postulados peckinpahianos con el retrato de costumbre más genuino y un acentuado afán escénico y fotográfico por capturar la esencia poética del todo. Cuando la belleza y el horror vencen al espectador al final del metraje queda, pues, nada más que una pregunta: ¿por qué rayos no se estrenó esta película en España? ¿No era comercial? Pregunta probablemente retórica o irónica, que nos empuja a abrazar la idea de promover el caos y el desorden para reclamar el precio de la belleza que tanta uniformidad comercial nos está cercenando impune e irremisiblemente.

 

http://www.imdb.com/title/tt0421238/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.