ROBOCOP (2014)

x6ash7nzisfcsisgq4u7

Robocop (2014)

Dirección: José Padilha

Guión: Joshua Zetumer, según una historia de Edward Neumeier y Michael Miner

Intérpretes: Joel Kinnaman, Gary Oldman, Michael Keaton, Abbie Cornish, Samuel L. Jackson, Jackie Earle Haley, Michael K. Williams, Jay Baruchel, Jennifer Ehle, Marianne Jean-Baptiste

Música: Pedro Bromfman  

Fotografía: Lula Carvalho

EEUU. 2014. 118 minutos.

 

Viejos dilemas, nuevos escenarios

Ya lo mencioné en la reseña de la reciente Carrie (2013) (Kimberly Peirce), y lo repito: algún día deberá analizarse en conjunto, y como tendencia –con señas más o menos parangonables–, las relaciones de semejanza (parecidos y diferencias) que los remakes, tantos, que produce actualmente Hollywood guardan con sus referentes, el cine de diversos ayeres. Deberá hacerse, porque sin duda que un atento análisis a esos patrones comunes sirve como magnífico barómetro objetivo para dilucidar el actual estado creativo del cine industrial, pues la manera escogida para resintonizar con el público tomando viejos patrones que en su día fueron exitosos nos puede servir, en última instancia, para efectuar una lectura de signos de los tiempos que, siempre desde el prisma del cine, resulte bien válida.

 Joel Kinnaman and Abblie Cornish star in Columbia Pictures' "Robocop."

Pero en otra ocasión y lugar será. Aquí interesa hablar de un remake en particular, análisis que en cualquier caso, también lo he comentado otras veces, parte de lo derivativo, pues no es lícito ponerse a hablar aquí a secas de la película de Padilha sin tomar en consideración su fuente, el argumento y personajes creados por Edward Neumeier y Michael Miner y puestos en solfa cinematográfica por Paul Verhoeven en la excepcional y tan exitosa RoboCop (1987). Pero utilicemos el título de Verhoeven sólo como punto de partida, para no generar cortocircuitos ni nostalgias. Digamos, pues, que de aquella fábula distópica de estética sucia y con elementos de cartoon ultraviolento pasamos a un espacio narrativo que, partiendo de idéntica esencia argumental –una todopoderosa corporación securitaria crea un robot-policía a partir del cuerpo malherido de un policía, Alex Murphy, que no deja atrás del todo su consciencia ni sus recuerdos– nos ubica en un escenario ultratecnificado y en las maneras hipervitaminadas –y a menudo innecesariamente sofisticadas– de los argumentos-tipo del thriller y el cine superheroico actual. Y digamos también que de la fábula de partida los responsables de esta nueva versión prefieren incidir en comentarios más abstractos, que tienen más que ver con la miga filosófica  –poniendo al personaje en su contexto familiar de entrada y de forma prioritaria a lo largo del metraje, e introduciendo a un personaje de peso en el científico que encarna Gary Oldman, cuyo apellido, Norton, nos recuerda en cualquier caso, guiño mediante, al valedor del primigenio RoboCop que encarnaba Miguel Ferrer, Bob Morton–, sin que ello signifique pasar de puntillas sobre los aspectos políticos que el filme de Verhoeven ponía en solfa, pero sí bastante más sobre la lectura o trasfondo social, tan deprimente de la obra de 1987, aquí trasladada a otras cuestiones referidas a estrategias e intereses creados en torno a la gestión de la seguridad nacional, a partir del recurso a ese programa televisivo que presenta Samuel L. Jackson que puntúa los acontecimientos no como lo hacían esos noticiarios en la primera RoboCop (que, recordemos, cubrían el devenir de una huelga del cuerpo de policía que ponía en cuarentena el orden en la destartalada ciudad de Detroit), sino trabajando con herramientas populista para promover un cambio legislativo a escala nacional por el cual los robots puedan substituir a los seres humanos en la labor policial (el programa se sostiene, se entiende, con el patrocinio del lobby de tecnología robótica que encarna la corporación OmniCorp (OPC)).

 Robocop-2014-6

Todo lo anterior, de entrada, debería valer para reconocerle a la película escrita por Joshua Zetumer algo que de verdad le sobra: personalidad propia. Zetumer, Padilha y el resto de responsables de la película toman la juiciosa decisión de no pretender hacernos olvidar el título de Verhoeven sino, simplemente, implementar sus premisas desde una perspectiva diferente, que en parte, y conectando con lo que aseveraba al principio, pueda sintonizar más fácilmente con las expectativas del público actual (por mucho que la película tenga personalidad, está lejos de tener las intenciones rompedoras y la mala leche de la película de 1987), aunque dentro de esa opción exista margen de maniobra suficiente para priorizar unos temas y dejar otros en segundo término. A juicio de quien esto firma resulta oportuna por alegórica esa magnificación del discurso sobre el cuestionamiento ético entorno a la hipertecnificación de la sociedad, por mucho que la película, más allá de apuntes poco más que anecdóticos sobre la globalización, mayoritariamente se dedique a tensar la cuerda en torno a conceptos ya preexistentes (y que, si quieren, tanto en el filme de Verhoeven como en la extraña secuela que firmó Frank Miller, RoboCop 2 (1990), ya podían rastrearse, analizarse, pensarse) y sólo se atreva a poner toda la carne en el asador de la explicitud visual en unas pocas pero impactantes secuencias, aquéllas que nos muestran lo que queda del cuerpo de Murphy (Joel Kinnaman) o esos planos de detalle que muestran cómo el doctor Norton manipula quirúrgicamente el cerebro del policía robotizado. Por otra parte, edifica esa sencilla subtrama sobre la dolorosa realidad de la esposa y el hijo de Murphy que, aunque nunca tan poderosa como aquella inolvidable secuencia del filme de Verhoeven en la que RoboCop acudía a su antigua casa en Primrose Lane y empezaba a recordar cuando aquel habitáculo frío era aún un hogar, el suyo, sí resulta efectiva para describir esa sempiterna tensión entre la humanidad del personaje y su pérdida, que aquí no funciona como una revelación –Murphy casi nunca deja de ser consciente de su identidad– pero sí como un campo de batalla para la investigación científica que atañe a Morton, que en su labor prometeica  cada vez está más acuciado por el dilema entre tratar de forma digna a quien para él es un paciente y obedecer las consignas del patrón de la OPC, Raymond Sellars (Michael Keaton), para quien Murphy no pasa de ser un producto, además instrumental para una maniobra política planificada.

 robocop-2014-L-fTLcwK

Lo que se aprecia bastante claramente viendo esta RoboCop 2014 es que los responsables de la película tenían claro que debían proponer una historia densa en esos enunciados filosóficos, éticos, políticos que con tanta agudeza y cualidad acerada fueron puestos en solfa en el filme de Verhoeven, y de ello deriva que nos hallemos ante una película de estructura extraña y de ritmo deslavazado, que probablemente ofrece lo mejor de sí en la primera hora larga en la que se entretiene efectuando una minuciosa presentación de personajes y ambientes y que sin duda se precipita muy por debajo de sus intenciones en un clímax demasiado abrupto, que paga el precio de la extensa exposición de esos enunciados temáticos, pues pretende condensar en más bien pocos minutos la sustancia candente del enfrentamiento entre RoboCop y Sellars (y sus prescindibles acólitos, como el militar al que encarna Jackie Earle Haley) revelando las fisuras de una edificación de personajes poco compacta. En cualquier caso, salva un poco ese escollo la irreprochable labor tras las cámaras de José Padilha, que se sirve de los efectos visuales de última generación para hacer funcionar como leit-motiv visual y sacar lustre a las buenas ideas preexistentes (la cámara subjetiva que corresponde a la visión de Murphy y todas esas subpantallas que nos muestran sus recuerdos o su manera de procesar datos), que en su apuesta escenográfica juega a menudo la baza de mostrar reflejos, espejos o monitores de televisión para subrayar esa realidad en proceso de fragmentación o descomposición que atañe al protagonista de la película (y la mascarada corporativa y política que se esconde tras el proyecto RoboCop) y que tiene la sensatez de resolver con sobriedad  secuencias climáticas del filme de 1987 que, ya desde el propio planteamiento de la menor explicitud de la violencia, el argumento de la presente obra ha modificado (la explosión del coche de Murphy, que le causa las heridas incurables) o diluido (el asalto a la fortaleza del gángster: teniendo en cuenta que este gángster carece del protagonismo –y no digamos del carisma– del Clarence Bodicker que interpretó Kurtwood Smith en la película de Verhoeven, el ajuste de cuentas terminará resultando deliberadamente anodino, pero antes Padilha nos regalará una breve secuencia de montaje y efectos visuales a costa de las luces que se apagan que resulta el momento de acción más bien resuelto de la película).

Anuncios