OBLIVION

Oblivion

Director: Joseph Kosinski

Guión: Joseph Kosinski, Karl Gajdusek, William Monahan y Michael Arndt, según la novela gráfica del primero

Música: M83 y Anthony González

Fotografía:  Claudio Miranda

Intérpretes:  Tom Cruise, Morgan Freeman, Olga Kurylenko, Andrea Riseborough, Nikolaj Coster-Waldau, Melissa Leo, Zoe Bell

EEUU. 2013. 124 minutos

 

Odiseas en el espacio y en la Tierra

 Como sucede con cualquier película, existen múltiples maneras de enfocar el análisis cinematográfico. Propongo de esta Oblivion, y muy brevemente, dos de ellas. Una primera, ceñida estrictamente a sus razones argumentales y al trabajo escenográfico, empieza por decir que Oblivion es una película de ciencia-ficción (algo, si se piensa, meritorio en el paisaje del mainstream actual, tan saturado de productos ubicados en un futuro pero que de ciencia-ficción, estrictamente, tienen más bien poco, lo que a veces lleva a los críticos a añadir aquello de ciencia-ficción “adulta”) que propone una fábula de limitado atractivo, no porque carezca de buenas ideas, sino por el hecho, indudable, de que el grueso de ellas se extraen de referentes –por lo general considerados nobles– del género, acaso el principal de los cuales la literatura de Philip K. Dick, aunque el lector avezado en la materia quizá encuentre más de alguna conexión con elementos que cabe hallar en relatos de escritores como Robert A. Heinlein, Isaac Asimov o hasta el Stanislav Lem de Solaris, así como William Gibson, Bruce Sterling y otros autores de la rama cyberpunk. La gracia del asunto puede residir más bien en el modo en que todas esas ideas –sobre lo distópico, sobre la identidad y los döppleganger, sobre nuestra relación con lo trascendente– son puestas en el túrmix narrativo buscando una cierta –y bastante lograda, debe decirse- cohesión narrativa que busca y logra el equilibrio entre la cierta densidad y los lugares comunes de los relatos cinematográficos pensados para el gran público.

 

Operación, pues, más artesanal que otra cosa de la que cabe responsabilizar al propio director del filme, Joseph Kosinski, cuya novela gráfica homónima es el sustrato del libreto, por mucho que el guión venga co-firmado por Karl Gajdusek y los hoy muy cotizados William Monahan y Michael Arndt, lo que acaso ayude a explicar ese trabajo de equilibrio narrativo. Y esa artesanía comparece de igual modo en el balance visual de la película, donde no se puede negar que el firmante de Tron: Legacy es muy capaz de urdir poderosas imágenes (post-)apocalípticas, efectuando un trabajo de síntesis entre la CGI y portentosos escenarios naturales que da mucho de sí, y no sólo en términos de espectacularidad, también de eficacia narrativa y de elaboración atmosférica. Esas buenas maneras, conjugadas con no menos evidentes referencias a títulos punteros del género de los últimos tiempos –de Steven Spielberg a Paul Verhoeven, de ¡cómo no! Stanley Kubrick al Wall-E de la factoría Pixar, entre muchos otros–, terminan por cristalizar en un relato sin duda entretenido, aunque quizá demasiado extenso, que encuentra su intensidad en la meritoria labor creativa despachada en escenarios tan llamativos como esa vivienda aérea en la que residen los protagonistas de la cinta o en secuencias de acción marcadas por su fisicidad, como ese subyugante momento en el que el personaje encarnado por Tom Cruise queda colgado en el lúgubre interior de las ruinas de la Biblioteca Pública de Nueva York –el mismo lugar en el que, detalle ocioso o no, discurría buena parte de la apocalíptica El día de mañana, de Roland Emmerich (2004)-, y es asediado por los haces de luz que emiten unas repulsivas máscaras que presuntamente corresponden a los rostros de los seres hostiles que amenazan su vida y su trabajo en La Tierra.

 

Otra forma de encarar el análisis de la película pasaría por un prisma más centrado en lo que de acontecimiento cultural pretende ser la película, pues se trata de una de las apuestas más fuertes de la Universal para este ejercicio de 2013, en la que se ha efectuado una formidable inversión de medios y se ha utilizado las tecnologías más punteras en materia de desarrollo y efectos visuales, entre ellas la recientemente desarrollada cámara de alta definición (4K) de la Sony, la llamada CineAlta F65. Podemos regresar a los datos antes referidos sobre este túrmix de temas y motivos visuales y decir que los responsables y patrocinadores de la película pretenden aprovechar esa relectura sampleada de motivos clásicos buscando nuevas audiencias que acaso puedan convertir la película, y sus medidos alardes de trascendencia, en un fenómeno cultural al estilo Matrix (hermanos Wachowsky, 1999) o incluso Origen (Christopher Nolan, 2010). Lo llamativo del caso es la confianza depositada en el relativamente poco avezado Kocinsky para la elaboración visual de la película, así como que se utilice como patrón narrativo material extraído de un cómic, lo que revela no tanto que en Hollywood la novela gráfica se consolide en su consideración como Noveno Arte cuanto el hecho de que la industria, en parte merced de los formidables réditos del cine superheroico, apuesta claramente por las sinergias que esos dos lenguajes, el del cómic y el cinematográfico, pueden alumbrar para hallar la sintonía con el público. Todos estos argumentos pueden ser motivo de escarnio o de alabanza, dependiendo de la visión del funcionamiento de la cultura que tenga cada uno; lo que es evidente es que, por su ralea de filiación industrial, sin duda Oblivion no es una apuesta por una personalidad narrativo-visual muy marcada, sino por una fórmula sintética, sin duda inspirada, sin duda limitada, cuyo beneficiario es en este caso Kocinsky, que, como otros cineastas de su generación, se revela como un solvente hacedor de imágenes y texturas y un diestro constructor de relatos que eluden hábilmente los riesgos. A partir de ahora, veremos como gestiona el cineasta esa posición labrada en el seno del establishment.

http://www.imdb.com/title/tt1483013/?ref_=sr_1

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