A BITTERSWEET LIFE

A Bittersweet Life/ Dalkomhan insaeng

Dirección:  Kim Jee-Woon

Guión Kim Jee-Woon

Intérpretes: Byung-hun Lee,Jeong-min Hwang, Yu-mi Jeong,        Hae-gon Kim,      Roe-ha Kim, Yeong-cheol Kim

        Música: Dalparan

Fotografía: Ji-yong Kim

Montaje: Jae-geung Chon

Corea del Sur. 2005. 102 minutos.

Paseo por el amor y la muerte

 Indudablemente uno de los cineastas surcoreanos más notables que han alcanzado nuestras latitudes en los últimos tiempos (aunque en el caso concreto del filme que nos ocupa, haya tardado siete años en hacerlo, y directamente en el mercado doméstico), Kim Jee-Woon escribe y dirige esta A Bittersweet Life, en diversos sentidos una auténtica pieza de orfebrería cinematográfica, que asienta sus resortes narrativos en la más vasta tradición del cine negro y se sirve explorar un relato de sustancia intimista y universal, que no es otra que la pugna del individuo contra el sistema, en este caso, y valiéndose de ese vehículo genérico, llevando el enunciado a sus últimas y nihilistas consecuencias. El cine de gángsters de Scorsese, los paisajes nocturnos de Michael Mann, las aportaciones marcianas de Seijun Suzuki, soluciones heredadas de El precio del poder de Brian de Palma, ecos evidentes del polar francés y de Jean-Pierre Melville, e incluso vasos comunicantes con la posmodernidad de Tarantino (fruto, indudablemente, del efecto boomerang), son algunos de los ingredientes que bullen en este relato que, empero, Jee-Woon maneja con suficiente consistencia y –de hecho, endiablada- habilidad para que esas influencias (o acaso, en algunos casos, meras semejanzas) no condicionen un ápice la personalidad del cineasta y de la historia que nos propone. Personalidad eminentemente descriptiva, que efectúa un sutil, inteligente bagaje entre lo ambiental y lo temperamental, nutirendo lo psicológico a través de los elementos externos merced de una meticulosísima labor de puesta en escena y montaje, de la que resulta una fachada sumamente estilizada y que presenta no pocos elementos llamados a sugestionar al espectador.

 

El filme relata, básicamente, el enfrentamiento entre el gángster Kang (Kim Yeong-chen) y su joven y más sobresaliente soldado, Sun-Woo (Lee Byung-hun), enfrentamiento que se detona por un acto de desobediencia del súbdito fruto de un conflicto tanto ético como de intereses sentimentales: Kang, que debe marcharse fuera de la ciudad unos días, le pide a Sun-Woo que vigile de cerca a la joven amante del capo, Hee-Soo (Shin Min-a), pues el primero sospecha que le es infiel con otro, por lo que le pide a su soldado que, si certifica que así es, elimine a los dos amantes. Sun-Woo, como era previsible, se enfrentará ante semejante y fatídica tesitura, pero será incapaz de cumplir la orden –quizá porque siente conmiseración por la chica, quizá porque, por muy hermético que sea su comportamiento, se ha enamorado de ella–. Cuando Kang se entere de lo acaecido, mandará capturar y torturar a Sun-Woo, quien logrará escapar in extremis –de hecho, de forma tan improbable como aparatosa–, para, a partir de ahí, cuando todo su mundo se ha desmoronado, planear su vendetta… En esta partitura argumental, o más bien en el modo en que Jee-woon la orquesta en imágenes, esos términos de conflicto que van de lo interior a lo exterior, se dirimen asimismo según las reglas de esos polos diamétricos, de lo psicológico a la eclosión de la violencia. Por eso, en A Bittersweet Life se concatenan, y a menudo funden, una vis implosiva y otra explosiva.

 

La primera, implosiva, llamada a condensar la sustancia trágica del relato, se sirve de diversos leit-motiv que avanzan para ilustrar el proceso de descomposición anímica y emocional del protagonista, que en realidad, de forma notoria, es también un proceso de humanización. Al respecto, por un lado hallamos las muchas capturas del personaje a través de reflejos o espejos, anotaciones sobre una existencia superficial, desposeída de voluntad o sentimientos y, después lo sabremos –a coste de ingentes cantidades de dolor–, verdades y convicciones; pero Sun-Woo abandonará esa existencia de vacuo egocentrismo cuando conozca a la chica y, significativamente, un cristal les separará –ergo, él dejará de mirarse a sí mismo para (ad)mirarla a ella– en la magnífica secuencia en la que él la observa mientras ella toca el violoncelo. Por otro lado, a través de los constantes viajes en coche del protagonista, Jee-woon traza un proceso de transición, tímido al principio, pero que da un súbito e inesperado giro (algo muy bien subrayado: el instante en el que el coche del amante de Hee-Soo, que había abandonado el domicilio de ésta, regresa y casi colisiona con el vehículo de Sun-Woo; cuando él se da cuenta, también dará la vuelta, cambiando de sentido de la marcha bruscamente a la salida de un túnel, anuncio del giro que le depara el destino). Una secuencia con apariencia de mero juego estético, aquélla en la que Sun-Woo, en la soledad de su apartamento, enciende y apaga el interruptor de la luz (y, por arte del montaje, el encuadre varía cada vez que la luz vuelve a iluminar la estancia), es en realidad el momento clave del filme: el curso de su existencia parpadea, y tras el último encendido, aparecen las figuras de los matones que han ido a buscarle…

 

La segunda vis, la explosiva, no menos genuína en su consumación escenográfica, juega la baza de la violencia con intenciones que encajan astutamente con los enunciados psicológicos. Esa violencia, descarnada pero de definición más bien irreal, empieza siendo un mero pasatiempo (la primera secuencia de enfrentamiento en el night-club, la pelea en la carretera), al que el ágil y expeditivo Sun-Woo se entrega con presteza. Pero la violencia cada vez es menos recreativa, y sus consecuencias más crudas: aquí también se produce un tránsito, que parte de las artes marciales, pasa por los cuchillos y termina en el territorio más letal, el de las armas de fuego (que, como vemos en la esperpéntica secuencia de la compra de los revólveres, no es una herramienta de trabajo para Sun-Woo: las circunstancias le llevan a saltarse los códigos y los límites). El citado night-club de diseño en el que había discurrido la reyerta al inicio del relato será el mismo escenario del enfrentamiento final, que ineludiblemente terminará en un baño de sangre. La violencia es, en muchos sentidos, el modo escogido para reflejar los posos sentimentales que incumben a su protagonista, y esos tránsitos el espejo de su evolución interior, una evolución por supuesto traumática, y que tiene su punto de no-retorno en la larga y brutal secuencia central en la que Sun-Woo, amén de ser torturado –enterrado vivo, mutilado–, se enfrenta con el peor de sus miedos: la acusación de traición.

 

A través de la incesante batería de ideas labradas desde las herramientas del lenguaje cinematográfico, y sin moverse del territorio genérico que transita, A Bittersweet Life termina componiendo un conmovedor mosaico de pulsiones románticas que, si nos detenemos a pensarlo, se sostienen en arquetipos sencillos y puros, pero perfectamente refinados, incólumes a la fachada sofisticada, delineados con agudeza, a menudo fiereza, y un extraño pero indudable hálito lírico de resonancias hamletianas, que, poroso, termina recubriéndolo todo.

http://www.imdb.com/title/tt0456912/

http://regrettablesincerity.com/?p=7436

http://catecinem.wordpress.com/2011/05/16/bittersweetlife-2005/

http://www.koreancinema.org/2009/10/a-bittersweet-life-south-korea-kim-jee.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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