LA CLASE

 

Entre les murs

Director: Laurent Cantet.

Guión: François Bégadeau, Laurent Cantet y Robin Campillo.

Intérpretes: François Bégadeau, Nassi Amrabt, Laura Baquela, Franck Keïta, Chérif Bounaïja Rachedi, Juliette Demaille.

Montaje: Stéphanie Léger y Robin Campillo.

Fotografía: Pierre Milon, Catherine Pujol y Georgi Lazarevski

EEUU. 2006. 107 minutos.

 

De profesor a actor

 

Avalada por nada menos que la Palma de Oro en la edición de 2008 del Festival de Cannes, el cuarto filme de Laurent Cantet, Entre les murs, puede y debe contarse como una más de diversas aportaciones de la cinematografía francesa a la temática de la educación. Al igual que Ser y tener (Être and Avoir, Nicolas Philibert, 2002), Hoy empieza todo (Ça commence aujord’hui, Bertrand Tavernier, 2000) y otras estimables obras rubricadas durante la presente década, Cantet lanza una mirada radiográfica sobre diversas y a menudo controvertidas cuestiones que subyacen del análisis (contemporáneo) socio-económico, sociológico e incluso político sobre el particular. Una mirada radiográfica que no es propia del realizador (aunque lógicamente asumir el proyecto revela sus intenciones) sino que debe atribuirse a François Bégadeau, autor del texto que el filme adapta (la novela-ensayo homónima, premiada con el France Culture-Télérama en 2006), coautor del libreto que el filme pone en imágenes y, agárrense, protagonista de la función. De hecho, Bégadeau es (o fue) profesor de un instituto en una zona deprimida de París, y en su novela Entre les murs narraba sus experiencias durante un curso con la clase bajo su tutoría. Tavernier, en su obra precedentemente citada, también partía del material recogido en primera persona por un profesor, pero el hecho de que sea el propio Bégadeau quien haya asumido la piel del François que vemos en imágenes resulta llamativo por diversas razones, no siendo la menor de ellas por la clase de intimidad que Cantet (y  Bégadeau, por supuesto) propone(n) en el filme.

 

        

La mirada del profesor

 

En España el filme se ha estrenado con el insulso título de “La clase”. Y digo yo que hubiera costado poco traicionar un poco menos el título original y rotularla, al menos, “En clase”. La práctica totalidad del metraje transcurre en el interior del instituto en el que el profesor de lengua y sus alumnos se carean, y diría que dos terceras partes de ese mismo metraje acontecen en el interior del aula. Estar instalado entre esas cuatro paredes, como indica el título original, tiene una connotación psicológica de opresión, pero más bien en el sentido de escaso margen de maniobra (del que dispone François). Por otro lado, aflora esa clase de intimidad que antes refería: la mayoría de cosas que se dicen en clase se quedan en clase; con sus palabras y actitudes, el profesor establece un vínculo muy especial tanto con el grupo como con los alumnos individualmente considerados (hay más de diez que tienen un peso específico en el relato, auténtico reto, bien superado, para el metraje de un filme convencional, en este caso dos horas), un vínculo que define a la perfección la gran responsabilidad que supone y las dificultades que entraña la enseñanza. En esa descripción de lo particular, en esa configuración como apunte al natural, planea el filme a gran altura y sin un solo altibajo durante todo el metraje. El acierto reside por un lado en el libreto, los certeros perfiles dramáticos de los que emana el naturalismo de que hace gala la película, y por otro en la escenografía que propone Cantet, ya desde la definición de la imagen –las dosis de realismo que el espectador extrae de esas imágenes rodadas en cámara digital de alta definición-, hasta la concienzuda planificación de las escenas, utilización constante de planos cortos, de movimientos que parecen intuitivos, la cámara moviéndose por entre las cuatro paredes tan pacífica o beligerante, tan firme o indecisa como la temperatura emocional que habita en ellas en cada secuencia concreta. La clave de esa composición cinematográfica reside, inequívocamente, en el poderoso aliento subjetivista que encauza la narración, y que nos hace partícipe de todos los dilemas de François desde su primerísima persona, no porque se los cuente a un tercero (de hecho, en las conversaciones que mantiene con el resto del profesorado siempre tenemos la sensación de que François no termina de decir lo que piensa, se anda con pies de plomo, o quizá, apenas, no sabe describir con certeza sus sensaciones) sino porque los ojos del espectador ven lo mismo que él ve y, en las ocasiones más brillantes del filme -tales como el episodio que termina con la salida violenta de Soulemayne, o ese ulterior plano semipicado en el que vemos al chico y a su madre retirándose de la escuela por el patio vacío– del modo en que él lo ve: el contenido moral.

 

        

Preguntas sin respuesta

 

Estamos lejos del (más bien frívolo, y a menudo más bien trasnochado) paternalismo del grueso de filmes comerciales norteamericanos que se han acercado a semejante temática, sin embargo cerca de los territorios del off-hollywood transitados por ejemplo por Ryan Fleck y Anna Boden en Half Nelson, o por la propuesta sociológica globalizante sobre la ciudad de Baltimore que hallamos en la excelsa serie de televisión por cable The Wire (la cuestión educativa abordada concretamente en su cuarta temporada). Es evidente que desde la intimidad de ese careo entre profesor y alumnos o entre profesores o entre éstos y padres de alumnos se logra trazar muchísimas líneas de atención sobre lo que damos en llamar “el estado de las cosas” en materia de educación pública, un prolífico sesgo a menudo frontal (esencialmente, la inmigración y las muchas cuestiones que derivan de la convivencia entre jóvenes de diversa procedencia) y en otras ocasiones transversal (sobre relaciones de profesorado, organigramas políticos, metodología educativa, financiación…), que enuncia con letras mayúsculas la complejidad de la materia y por tanto la necesidad de reflexión que exige a todos los niveles y para todos los agentes implicados. Cantet no erige, sin embargo, tesis alguna en texto ni imágenes que no sea ese desagüe en esa complejidad, en lo laberíntico de las opciones tanto del profesorado como, en otra instancia, del alumnado; el filme consigna preguntas, muchas y necesarias, y toma partido por el pesimismo en no pocas soluciones: véase, al efecto, cómo dos de las subtramas más poderosas del relato, la posible expulsión del padre sin papeles de un alumno chino o la devolución de Souleymane a su país, quedan sin resolución, quedan en el terreno inhóspito del mal augurio –incidiendo tanto en la subjetividad del punto de vista narrativo como en la naturaleza sesgada del relato: un curso termina, y otro empezará-. Quizá esa sea, a nivel discursivo, la principal diferencia del filme con Ça commence aujord’hui, y probablemente la razón por la que considero Entre les murs una película no tan redonda como aquélla. Tavernier tampoco planteaba soluciones, pero sí tesis más elaboradas desde el foro cinematográfico.

http://www.imdb.com/title/tt1068646/

http://www.entrelesmurs-lefilm.fr/site/

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