VACACIONES EN EL INFIERNO

Get the Gringo

Dirección: Adrian Grunberg

Guión: Mel Gibson, Adrian Grunberg y Stacy Perskie

Intérpretes: Mel Gibson, Kevin Hernandez, Daniel Giménez Cacho, Jesús Ochoa, Dolores Heredia, Peter Gerety, Roberto Sosa, Peter Stormare

Música: Antonio Pinto

Fotografía: Benoît Debie

Montaje: Steven Rosenblum

EEUU. 2012. 104 minutos.

Mel Gibson, el francotirador

 Desde siempre, y hoy sigue siendo así, la industria de Hollywood tiene ciertas reglas de lo ideológico no escritas pero que todo el mundo conoce y son de observancia obligatoria por el conglomerado de profesionales del cine que trabajan allí. Y, claro, desde siempre ha habido quien, por romper esas reglas, se ha convertido en persona non grata. Un ejemplo lo podemos encontrar en Lars Von Trier, cineasta considerado en Europa entre los mejores que existen, pero que en Hollywood sigue siendo más bien invisible. Aunque más llamativo es sin duda el ejemplo que nos ocupa: Mel Gibson. Hay quien opina que esta condición de persona non grata puede venir decretada por el descuido de las formas. Cierto es que tanto Von Trier como Gibson se dejan llevar por el desaire o la polémica alegremente en algunas de su declaraciones a la prensa. Pero no nos engañemos: los motivos son de fondo: es evidente que ambos cineastas realizan películas que resultan, por diferentes motivos, incómodas. Von Trier puede resultarles incordiante, pero lo hace desde fuera, desde el Viejo Continente. En cambio, el caso de Mel Gibson debe de considerarse más imperdonable: habiendo sido una auténtica estrella –sin duda un destacado representante del star system en las dos últimas décadas del siglo pasado-, y habiendo sido incluso elevado a los altares de la industria con la lluvia de Oscar que le labró su segunda película como director, que también protagonizaba, Braveheart (1995), Gibson se negó a ser domesticado, y en 2004 llevó a buen puerto un arriesgado proyecto que siempre había acariciado y con el que, de forma aguerrida y preclara, exponía parte de sus profundas convicciones religiosas. Hablo, por supuesto, de La pasión de Cristo que marca un antes y un después en su filmografía. Si sólo habláramos de la dimensión artística del cine, el filme supondría un punto de inflexión por su madurez estilística, o, dicho más llanamente, por su potencia cinematográfica: La pasión de Cristo y la posterior (y por ahora su última película como director) Apocalypto (2006) son dos obras extraordinarias, que empequeñecen los ya de por sí meritorios logros precedentes (El hombre sin rostro (1993) y la citada Braveheart). Empero, desgraciadamente, La pasión de Cristo marcó un antes y un después por otros motivos, que nada tienen que ver con la creación cinematográfica: a no pocos gerifaltes y lobbies que operan en el seno del establishment les molestaron, y mucho, determinados elementos de la película, por lo que trataron de boicotearla con todas las herramientas posibles (cosa que sin duda lograron: hay mucha gente que tiene prejuicios contra el filme; algunos de ellos, sin haberlo visto), incluyendo el azote de la (mala) prensa a su vida privada. Esos fariseos –y perdonen que me exprese sin sutilezas- hicieron lo que tristemente era dable esperar de ellos: ejercer su poder en contra del cineasta, que pasó a convertirse en un auténtico indeseable dentro del engranaje industrial.

 

En Hollywood, y desde hace tiempo, concurre lo que podríamos llamar la política de los actores. Son tan importantes sus sueldos que, cuando les alcanza el éxito, muchos de ellos deciden erigirse en productores y ejercer su posición más allá de lo que incumbe al rumbo de sus carreras. Ejemplos de ello podríamos hallarlos en tipos como Brad Pitt, George Clooney, Edward Norton, Mark Whalberg o Matt Damon. El caso de Gibson es algo distinto, quizá porque procede de una generación anterior, pero principalmente porque, como hemos analizado, está tan estigmatizado por la industria que carece de capacidad de maniobra. A la luz de dicha circunstancia, la película que nos ocupa, Vacaciones en el infierno (Get the Gringo, 2012) es un buen, diría que paradigmático ejemplo, de cómo gestiona Gibson su reducido margen de maniobra. En la película, Gibson confía la realización a un viejo aliado suyo, Adrian Grunberg (un hombre de larga experiencia como asistente de dirección, labor que desempeñó en Apocalypto y en Al límite, el notable thriller de Martin Campbell que Gibson protagonizó en 2010), reservándose para sí mismo la escritura del guión, el papel protagonista y tareas de productor, y nos propone un relato de acción violenta, pasada de vueltas, la mar de solvente pero, más importante, en la que sus señas de identidad quedan impresas desde el primer al último minuto de metraje. Gibson juega con los arquetipos que el espectador asocia con el propio actor (el héroe duro explotado en Mad Max y el Martin Riggs de la saga Arma Letal, o en Payback (1999) y la citada Al límite), y nos presenta un relato de caldo noir traspolado a un deprimente paisaje contemporáneo: nada menos que un sangrante penal ubicado en Tijuana, al norte de Méjico, donde Gibson –el nombre de su personaje no será desvelado- va a parar tras una aparatosa persecución en la mismísima frontera, donde finalmente es cazado en territorio mejicano (a modo de ejemplo del material argumental corrosivo podríamos anotar al respecto que la policía mejicana tranquilamente hubiera declinado su jurisdicción y  hubiera ofrecido el detenido a los rangers estadounidenses sino fuera por el suculento botín que encuentran en el asiento trasero de su coche).

 

Sin desmerecer un ápice las buenas maneras escenográficas de Grunberg (que se mueve con suma convicción por entre las convenciones del cine carcelario), se hace evidente que la película es fruto de la independencia creativa de Gibson, algo que se aprecia por la absoluta falta de ortodoxia en el tratamiento de personajes y situaciones, que si recuerdan a algo es a otro outsider de Hollywood, pero de otros tiempos, Sam Peckinpah. Vacaciones en el infierno es un thriller, una película de acción y suspense, pero, a diferencia de lo que sucede en las obras de este corte genérico que promueve Hollywood, en ella se efectúa un cierto esfuerzo naturalista, de descripción de las (penosísimas) condiciones de vida en ese inhóspito lugar, haciendo hincapié (para después aprovecharlo en beneficio de la trama) en datos coyunturales como las jerarquías que establece la mafia que controla de hecho el penal o el modo de organización y funcionamiento social en tan degradado microcosmos (así como en una escabrosa temática que forma parte de la terrible realidad de aquel submundo, como es el tráfico de órganos). La película visita tales e incómodas parcelas del mundo real con la excusa que le ofrece el propio planteamiento genérico, haciendo de su frescura en las formas precisamente una herramienta de incorrección política.

 

Y esa incorrección política está de hecho proyectada, claramente, en el modo en que el actor/productor/guionista aprehende las relaciones humanas y el funcionamiento del mundo; se podrá estar de acuerdo con ellas o no, pero lo que es innegable es que Gibson, a través de los actos de su personaje, las defiende con convicción y hasta sus últimas consecuencias. Veamos. El paisanaje de la película está poblado por individuos todos ellos indeseables, se hallen a uno u otro lado de una ley que, se deja bien claro, está hecha a la medida de los todopoderosos. Con este elemento discriminatorio de partida, no importa tanto que Gibson sea un delincuente como que sea un (implacable) hacedor de justicia, una justicia que, en buena lógica, no es de este mundo. Su personaje no evoluciona, pero el espectador sí que modifica el modo en que lo percibe cuando va acumulando datos que, básicamente, nos revelan dos cosas: una, que circunstancias del pasado le han llevado a ser un delincuente; y dos, que, a pesar de serlo, aún cree que ciertos valores son inviolables, y los defiende hasta sus últimas consecuencias. En ese sentido, al personaje le mueven dos motivaciones principales. La primera es la venganza: la venganza sirve para explicar su situación de desclasado, tiene que ver con la víctima de su robo inicial, un gángster (y en este particular, Gibson se permite incluso un dardo envenenado a costa de su actual y depauperada situación en el establishment: haciéndose pasar por Clint Eastwood (sic), cita a ese gángster en el elegante despacho de un gran empresario, donde consuma su vendetta), y también se dirime, implacable, contra un hombre que era amigo suyo y que, de forma artera, le robó a lo que más quería: su mujer. El otro móvil es precisamente la familia: el personaje perdió a su esposa, pero en el penal mejicano hallará a otra mujer y a un niño, a quienes defenderá con suma astucia (y grave y constante peligro) contra el mismísimo capo del lugar, que los mantiene bajo su aparente protección por un único y deleznable motivo (el niño tiene el mismo grupo sanguíneo que él, que es muy poco frecuente, y precisa su hígado para un trasplante). El niño es el primer y de hecho único amigo de Gibson en la prisión, y pronto se convertirán en aliados, y el mayor en protector del menor. Está claro que el personaje, aunque viva imagen de la supervivencia y adalid del individualismo –él solo contra el mundo-, no por ello deja de hablarnos, para aquél que quiera acogerse a ese trasfondo temático, de la posibilidad de redención a través de la familia, una familia que, literalmente, salva de la muerte. Ecos bíblicos reverberan, sin duda, de semejante entramado argumental. Toscos, probablemente, degradados, si quieren, pero no por ello inválidos. Y buena prueba de ello es una bien llamativa imagen que se convierte en recurrente en la película: una efigie de una virgen, cuyo rostro es en realidad una calavera, estridente santuario ubicado en algún lugar del penal al que el niño, temiendo por su vida o por la de quienes más quiere, acude a rezar…

http://www.imdb.com/title/tt1567609/

http://alone-in-the-dark-pg.blogspot.co.uk/2012/05/how-i-spent-my-summer-vacation-review.html

http://www.elespectadorimaginario.com/vacaciones-en-el-infierno/

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LA PASION DE CRISTO

The Passion of the Christ

Director: Mel Gibson.

Guión: Mel Gibson y Benedict Fitzgerald, basado en el Nuevo Testamento.

Intérpretes: Jim Caveziel, Maya Morgenstern, Christo Jivkov, De Vito, Monica Bellucci, Mattia Sbragia.

Música: John Debney, Gingger Shankar.

Fotografía: Caleb Deschanel.

EEUU. 2004. 110 minutos.

 

Empeño hagiográfico

No voy a ocultar que sufrí, y bastante, durante el visionado de la película de Mel Gibson, lo cual puede ser motivo de aplauso o de reprobación. Aplauso porque indudablemente esta polémica incursión de Mel Gibson en el cine bíblico derrocha intensidad por todos sus poros, y está planteada y ejecutada con un esmero especial por los elementos: un espectacular diseño de producción, la equilibrada conjunción argumental entre un afilado empeño hagiográfico y una sobria descripción del entorno social en el que aconteció la historia (del que no es ajeno el uso del arameo y el latin vulgaris, uso que tiene un peso específico en la función), y una labor de casting de lo más inspirada.

 

Tortura

En el otro lado del espejo, no puedo dejar de pensar que The passion of the Christ es una película ultraviolenta: dedica la práctica totalidad de su metraje a narrar la despiadada tortura y posterior asesinato de Jesucristo. Sin pretender juzgar las motivaciones del realizador –lo cual podría coadyuvar a la polémica, pero viciaría el análisis objetivo del filme-, ese irreductible empeño en detallar tanto el ensañamiento de unos como el sufrimiento inhumano de otro, ese pulso tan deliberadamente instintivo desmerece un tanto la capacidad discursiva que otros filmes (v.gr. Il Vangelo secondo Matteo, Jesus of Montreaux o The last temptation of Christ) sí hacían valer con contundencia.  Sea como fuere, el análisis rigurosamente visual del filme nos habla de lo que ya sabíamos, del talante indómito, indomeñable, visceral y rudamente ostentoso del director de Braveheart, y su pericia, absolutamente innegable, por concebir, encuadrar y ensamblar con precisión las imágenes y extraer de ello la más pura (aquí, confusa entre tanto horror) épica.

http://www.imdb.com/title/tt0335345/

http://www.thepassionofthechrist.com/splash.htm

http://en.wikipedia.org/wiki/The_Passion_of_the_Christ

http://www.passion-movie.com/english/

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APOCALYPTO

 

 

 

 

Director: Mel Gibson.

Guión: Mel Gibson y Farhad Safinia.

Intérpretes: Rudy Youngblood, Dalia Hernández, Jonathan Brewer, Morris Birdiyellowhead, Carlos Emilio Báez, Amilcar Ramírez.

Música: James Horner.

Fotografía: Dean Semler

EEUU. 2007. 121 minutos.

 

Subyugante

Ya van dos películas consecutivas de Mel Gibson que vienen precedidas de controversia. Y la razón de ser de esa controversia es probablemente lo que convierte a Gibson en un definitivo “autor” en el sentido canónico, si quieren, cahierista, del término. La controversia no provenía en The Passion of Christ del hecho que el realizador quisiera adaptar al cine ese pasaje concreto del Nuevo Testamento, ni en esta Apocalypto de que se centre en el retrato de una civilización perdida, la civilización Maya. La controversia tampoco proviene del talante más bien fanfarrón del actor/director, y los anecdotarios que se publican sobre su vida privada, hechos que evidentemente trascienden de la crítica cinematográfica, aunque, ya se sabe, vivimos en una sociedad en la que nos gustan directores, actores, deportistas o cantantes de pop por la imagen pública que proyectan a veces tanto más que por la actividad que desarrollan… qué tontería, ¿verdad? Pero volvamos al motivo de la controversia. Está claro, es la violencia. La violencia como mirada, como definición a nivel más ético que estético. La visión nihilista del mundo y de los hombres que promueve Gibson en sus narraciones (y le viene de tiempos de Braveheart).  Decía al principio que esa razón, la violencia como identidad, le define como auteur. Pero esa definición sólo se desentraña por la plasmación en imágenes –en el lenguaje cinematográfico- del discurso. Gibson es un excelente narrador, y la violencia de sus películas es, contrariamente a lo que suele ser habitual en el cine, de todo punto subyugante. Así que sus películas son subyugantes. A fe mía que los ciento veinte minutos de metraje de Apocalypso lo son. Transcurren en un suspiro, y no es un suspiro agradable.

Los Mayas

La civilización Maya, una de las más grandes culturas mesoamericanas precolombinas, floreció desde el primer milenio antes de Cristo, aunque el filme se centra en los años de su decadencia –lo digo a modo de contextualización histórica-, en un periodo indeterminado del siglo XVI o XVII. El esfuerzo realizado por Mel Gibson y el equipo técnico del filme para recrear las enseñas visuales de su cultura es de todo punto encomiable, y pasa por el vestuario y los abalorios faciales y corporales, por el diseño de producción –el filme empieza en un poblado selvático, pero visita diversos espacios de una ciudad-, por la descripción de técnicas agrícolas y sobretodo cazadoras, y, claro, por la plasmación del lenguaje: si The Passion of Christ estaba rodada en arameo y latin vulgaris, Apocalypto lo está en maya yucateco: Gibson pretende con ello dejar clara la radicalidad de su propuesta, y en cualquier caso esa habla que muchos escuchan por primera vez sirve a la perfección para introducir al espectador en la ajenidad, tan y tan inquietante, del universo que la película despliega ante sus ojos.

 

Alegorías

Sentado lo anterior, debe aclararse al potencial espectador que no va a asistir a un afanoso retrato socio-político (o arqueológico, debería decir). Bien al contrario, la narración es lineal, está comprimida en un espacio cronológico mínimo, y narra una historia particular, a la que la pródiga periferia descriptiva no hace otra cosa que servir. Y ello no signifca que Mel Gibson pretenda quedarse en lo anecdótico, ni que se escore en la banalidad. De hecho, la película empieza con una frase en sobreimpresión (una resonante cita de Will Durant: “Una gran civilización no se conquista desde fuera hasta que se ha destruido desde dentro”) que abre la narración a todos sus poros alegóricos, que los tiene pero resultan mucho más intrincados que las fórmulas gráficas utilizadas por algunos exegetas para despachar –normalmente, con despecho- a la película. Gibson nos habla del fin de la civilización, está claro, nos habla de la barbarie, pero también de la supervivencia (que es la coda de la narración, una supervivencia en condiciones extremas, y contra todos los elementos, la que lleva a cabo el protagonista Jaguar Paw, pero también su esposa embarazada e hijo desde el escondite en el que esperan aislados el regreso del esposo y padre; el parto acuático con el que finaliza el clímax de la función, amén de ser un momento prodigioso cinematográficamente, no puede ser más revelador de las intenciones narrativas). Quizá, contrariamente a lo que todo parece indicar, Gibson está oponiendo la destreza y sabiduría humana al aparato del poder, provenga de las armas o de los mitos. Quizá no sea la maya la única civilización a la que Apocalypto se esté refiriendo (porque, sino, no existe alegoría), y lejos de recetas fáciles nos esté llamando la atención sobre el estado actual de las cosas. Tras la secuencia más mesmerizante de la película, aquélla en la que Jaguar Paw y sus dos perseguidores alcanzan la playa y avistan los barcos de los descubridores, el sentido de la completa narración da un vuelco, busca otra trascendencia. En la última escena de la película –que podría ser la primera de The New World, de Terrence Malick, una obra que en cierto modo se complementa a ésta más allá de su sustrato histórico- la esposa de Jaguar Paw le propone acercarse a los viajeros que han llegado desde la mar, y él deniega tal opción, porque su hogar, le dice, es el bosque. Su existencia edénica, que parecía rehabilitada, queda maculada por un mal presagio. ¿Hasta cuándo durará?

 

Aventura y horror

Enlazando con el primer párrafo de esta reseña, podemos efectuar una aproximación a Apocalypto desde parámetros genéricos y decir que, en esencia, es una película de aventuras. También cito el horror, y es porque la premisa de una barbarie recrudece el texto y da lugar a la aventura. Y precisamente ésa es la clase de épica que define la idiosincrasia de Gibson, y que convierte esta película en su más redonda, pues deja a Braveheart y a The Passion… a la altura de apuntes, el primero más bien tímido (aunque suene paradójico), y el segundo, demasiado censurado por la caligrafía hagiográfica. En Apocalypto ya no existen ambages a la narración pura, y Gibson puede dar rienda suelta a su mayúculo talento. Un guión caracterizado por su sencillez, pero en el que no parece faltar ni sobrar casi nada, porque las imágenes lo asumen a la perfección, y lo enriquecen. Un modo de contar la historia que juega la baza de la fisicidad en todo momento, atenta a los espacios en los que se mueven en los personajes, ávida por la descripción. Los movimientos de cámara fruto de una magnífica planificación, y que van erigiendo lo que de homérico tiene la completa narración. La espectacularidad mejor entendida como sostén del incesante ritmo de la función. Contrastes lumínicos que apuntalan la temperatura atmosférica y la belleza de las imágenes… El dominio de la técnica cinematográfica es tan proverbial que la película, a priori construida a costa de no pocos excesos, acaba resultando una rotunda exhibición cinematográfica.

 

 

http://www.imdb.com/title/tt0472043/

http://www.apocalypto.aurum.es/apoc-teaser.html

 

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.