CARRETERA ASFALTADA EN DOS DIRECCIONES

Two-Lane Blacktop

Dirección: Monte Hellman

Guión: Rudy Wurlitzer,Will Corry y Floyd Mutrux

Intérpretes: James Taylor, Dennis Wilson, Laura Bird, Warren Oates

Música: Billy James   (no acreditado)   

Fotografía: Jack Deerson

Montaje: Monte Hellman

EEUU. 1971. 108 minutos.

 

La modernidad y la road-movie

Como sucede con El Padrino, con Bullitt, con El graduado, o con infinidad de otros títulos realizados a finales de los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, Carretera asfaltada en dos direcciones es una obra fuertemente imbuida por los conceptos de lenguaje cinematográfico esgrimidos por la modernidad europea. Richard Linklater definió la película en ese sentido, y de forma de lo más gráfica, diciendo algo así como que se trataba de una película típica de drive-in dirigida a la manera de un director de nouvelle vague. Una de las dos premisas de esa aseveración apunta a esos conceptos rupturistas de la cinematografía de este lado del Atlántico, pero no menos importante es la otra premisa, lo de “película de drive-in”: siendo más o menos patentes esas influencias de las cinematografías europeas, Carretera asfaltada en dos direcciones es al mismo tiempo una película que aborda motivos argumentales y visuales categóricamente americanos: hablo de la road-movie, género o temática cinematográfica que en aquellos tiempos llegó a verse como una reverberación en clave moderna del género antonomásico americano, el western, del que títulos tan referenciales como Buscando mi destino (Easy Rider), rodada dos años antes, llegaron a fagocitar diversas de sus codas y motivos, esencialmente entorno a su vis crepuscular, que era la que imponía los criterios temáticos y estéticos por aquel entonces. En esas razones esenciales confluye lo idiosincrásico y lo ideológico -la lectura en términos contraculturales-, motivos suficientes, creo, para comprender las razones por las que esta Two-Lane Blacktop ostenta, además con mayúsculas, la categoría de cult-movie (en nuestro país se le suman otros motivos, relacionados con la escasa distribución de la película). Monte Hellman, un director que se había forjado en los años sesenta a la sombra del incombustible Roger Corman, alcanzó con este título su cenit artístico, si bien antes ya había firmado dos westerns extraños y magnéticos, A través del huracán (Ride in the Whirlwind, 1967) y El tiroteo (The Shooting, 1967), que también han quedado para las antologías de lo exquisito (y que, en su cauce de concomitancias o elementos que prefiguran Two-Lane Blacktop, vienen a corroborar lo que más arriba anunciaba en cuanto a la relación entre el western y la road-movie).

 

Crónica desgajada de un viaje a ninguna parte

El filme escenifica un relato sobre dos jóvenes que viajan por la geografía americana en un Chevrolet de 1955, acondicionado para correr, y que no tienen otro oficio o beneficio que buscar carreras ilegales en las que participar. A esos dos personajes (anónimos, pues no sabemos sus nombres; les conoceremos simplemente como “el conductor” y “el mecánico” –sí los de sus intérpretes, ambos conocidos por otra disciplina artística, la música: se trata, respectivamente, del cantautor country James Taylor y el batería de los Beach Boys, Dennis Wilson-) se les unirán otros dos, una chica (interpretada por Laura Bird, y cuyo nombre tampoco será escuchado en ningún momento), que comparte camino y una relación sentimental –las dos cosas de forma intermitente- con el conductor, y un cuarto en discordia, un veterano conductor de un Pontiac GTO con el que los pilotos del Chevy cruzan una apuesta para una carrera de larga distancia (el único encarnado por un actor profesional, Warren Oates). El filme se articula a modo de crónica desgajada de un viaje del que no sabemos el principio ni el final. El meticuloso estudio del paisaje (o más bien debería decir de los paisajes cambiantes) que nos propone Hellman a través del formato panorámico empleado (el Techniscope, un cinemascope abaratado) se conjuga con unos planteamientos minimalistas en lo que se refiere al estudio de personajes y situaciones. La fórmula, a menudo desconcertante en un primer visionado de la película, no es a la postre nada ociosa, pues merced de la misma se alcanza un nivel de abstracción que habilita formidables cargas líricas. Con una formulación expresiva no muy alejada del patrón bressoniano, Two-Lane Blacktop parece explorar el alma herida de una nación abocada a una existencia que carece de otro sentido que el de un asidero enunciativo: partiendo de la clásica metáfora sobre las carreteras, el filme efectúa una reducción que para el espectador roza el absurdo, pues dos de sus protagonistas no comprenden la existencia allende las reglas de esa carretera y lo mecánico, y los otros dos sí parecen buscar otros sentidos pero son incapaces de huir de ella, de la telaraña en que parece constituirse esa formidable red de carreteras secundarias que atraviesan la geografía de la nación americana. Los diversos avatares de ese camino a ninguna parte se interpretan a esa luz esencial y marchita, se trate de los tratos para celebrar apuestas, las carreras, los rifirafes con la policía o incluso los accidentes de tráfico. Nada escapa de esa coda en las imágenes, en realidad tan densas y opacas, de la cámara de Hellman.

 

El mítico cierre

Sirviéndose de una gramática que a ratos cobija lo enfermizo, Carretera asfaltada en dos direcciones termina avanzando entre esa cita a la dramaturgia más pesimista de Robert Bresson y ecos oscuros pero evidentes del alma beatnik que Jack Kerouac describió con tanta fuerza y sentido en su novela En el camino. Hellman debía hallar una deriva, un cierre cinematográfico a lo que carecía del mismo sustantivamente, y tuvo la idea que daría por convertirse en el muy celebrado cierre visual de la película. La imagen más evocada, lógicamente, es aquella última en la que el celuloide se quema literalmente; ello nos transmite una acusada sensación de vacío, de desasimiento: el camino que recorren los personajes, o su carencia, ya no están a nuestro alcance. Pero hay algo más, que se elucida a partir de la planificación y la utilización del sonido de esa secuencia final, y que se formula de forma subjetiva. La secuencia, filmada enteramente desde el interior del coche, empieza cuando se cierran las puertas para iniciar una carrera; un efecto de sonido hace reverberar el “clic” del seguro al cerrarse, y a partir de entonces no queda ya rastro sonoro del exterior, dando la sensación de que el conductor se ha quedado finalmente solo con su máquina que devora la carretera, y que ya nada más puede turbarle ni afectarle: sólo el rugido del motor, la dinámica de la conducción y el paisaje, panorámico y vertiginoso, desde el parabrisas del Chevrolet. Se trata, sin duda, de una solución malditista, que llega a plantear incluso los términos de una fusión final entre el ser y la máquina. Los motivos quedan sublimados. Pero no la consecuencia, la impresión de que fruto de esa fusión el hombre queda despojado de la vida en su dimensión colectiva y cultural, para dar lugar a otra cosa… que la ciencia del cinematógrafo es incapaz de captar ni mucho menos reproducir.

http://www.imdb.com/title/tt0067893/

http://www.highperformancepontiac.com/features/hppp_0806_behind_the_camera_two_lane_blacktop/index.html

http://www.avclub.com/articles/monte-hellman,13630/

http://www.austinchronicle.com/screens/2000-03-10/cars-and-speed-and-flight/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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