HISTORIA DE UN MATRIMONIO

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En la superficie, Historia de un matrimonio narra el proceso de divorcio de un matrimonio con hijo. Sin embargo, esa es una temática-marco. Conviene atender a las concreciones, a la sustancia, e incluso al subtexto. Elementos que, por supuesto, siempre interesan a lo analítico, aquí añadiendo un elemento que va de lo industrial a lo cultural, el hecho de que se trata de una propuesta mainstream en la definición específica de la actual plataforma televisiva Netflix: firma autoral y cierta pretensión de prestigio.  En estas líneas intentaré atinar un poco entre esas concreciones y sustancias, partiendo de una determinada personalidad creativa y finalizando en cuestiones generacionales. Intentaré aproximar, en fin, de qué habla este filme cuando habla de un divorcio.

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Conocí a Noah Baumbach con la ya lejana Una historia de Brooklyn, que narraba el divorcio de un matrimonio neoyorquino a través de los ojos de un hijo. Aquí, aunque la concomitancia es evidente (y dejo lo de “los elementos autobiográficos” para otros a quienes eso les interese), no se trata tanto de narrar un proceso de divorcio como otras cosas. No hay una explicación de motivos o cronología del descalabro sentimental que pase de lo difuso; no hay, tampoco, un énfasis especial en relatar cómo sobrelleva el hijo menor esa ruptura. Sí, en cambio, la constatación de la decisión de divorcio como partida y, a partir de ahí, el foco en dos aspectos que se entrecruzan. El principal, el proceso de degradación moral al que ese hombre y esa mujer se ven sometidos cuando, por razones malentendidas de defensa de sus intereses, dejan en manos de abogados la disolución matrimonial. A Baumbach le interesa claramente dirigirse ahí, y ni siquiera se toma demasiadas molestias en   preparar el terreno: a pesar de tener la sensación inicial de que la pareja resolverá amistosamente su controversia, el cineasta utiliza una breve secuencia de transición (y un personaje satélite que no volverá a aparecer) para poner a Nicole (Scarlett Johansson) en manos de una abogada pija agresiva de Los Angeles, que será quien inicie lo que se acabará convirtiéndose en una (carísima) guerra sucia entre ella y su marido, Charlie (Adam Driver). Tanto esa abogada encarnada por Laura Dern como los dos que asistirán a Charlie, encarnados por Ray Liotta y Alan Alda, sirven para ofrecer una imagen bastante temible de cómo la maquinaria judicial y psico-social maltrata con su burocracia inflexible y despiadada el proceso, ya per se, doloroso de una ruptura matrimonial. No es baladí que el filme se abra y se cierre con sendas descripciones amables de cada cónyuge ofrecidos por la voz en off del otro,  constancia de una empatía que confiere algo así como una estructura circular al relato, siendo lo que sucede entre esas dos orillas el relato de un accidente y un desasimiento, bien ataviado por unos planteamientos argumentales que se centran en lo interior, en la sutil exposición de sentimientos al límite, elemento central en la narrativa de su cineasta.

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El otro elemento importante del relato radica en el enfrentamiento por la residencia del menor (que no exactamente -es llamativo-, por la custodia), de la que subyace una pugna entre dos ambientes muy distintos, los que corresponden a las ciudades de Nueva York y de Los Angeles. A la primera pertenece él, director del off-Broadway; al segundo, ella, actriz, quien huye de NY y de su trabajo como intérprete teatral para reverdecer sus laureles como actriz famosa en LA protagonizando un episodio piloto de una serie de televisión. Baumbach opone intencionadamente ese mundo del teatro, que asocia a la inteligencia y el talento que Charlie personifica, con el círculo relacional asociado a la ciudad de la televisión y el cine, en el que Nicole defiende su personalidad y deseo de realización personal más allá de la sombra de su (ex-)marido dramaturgo. La perspectiva del cineasta toma claramente partido por Charlie, el personaje mejor trabajado en el guion y cuyos avatares se enmarcan en un exilio vital y profesional del que no puede escapar -la escalofriante secuencia del enfrentamiento entre los dos en el apartamento vacío de él, la torpeza y patetismo de la visita de la asistenta social, y, por todo, su fuga/catarsis al interpretar, entre amigos en un ambiente bohemio, una pieza musical a capella.

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El filme, de ritmo bien sostenido a través del montaje (Baumbach no es un gran metteur en scéne, pero sí un buen articulador de ritmo), halla su punto fuerte en las interpretaciones de la pareja protagonista: Scarlett Johansson tiene oportunidad de lucirse mucho más allá de lo habitual, si bien es Adam Driver quien arrebata con una composición francamente extraordinaria. Mención aparte merece la partitura de Randy Newman, que ofrece pequeñas pero precisas (y muy bellas) notas de emotividad al relato.

UNA HISTORIA DE BROOKLYN

The Squid and the Whale

Director: Noah Baumbauch.

Guión: Noah Baumbauch

Intérpretes: Jeff Daniels, Laura Linney, Owen Kline, Jesse Eisenberg, David Benger, Ana Paquin.

Música: Britta Phillips y Dean Wareham.

Fotografía: Robert D. Yoeman.

EEUU. 2005. 91 minutos.

 

Afectividades

 

De puntillas aterrizó en España esta obra escrita y dirigida por Noah Baumbauch, y que, al parecer, recoge las experiencias autobiográficas de los años de mocedad del escritor/director, cuando él y su hermano sufrieron el advenimiento del divorcio de sus padres. Obra de visionado interesante, The Squid and the whale (“el calamar y la ballena”, título que remite a un elemento de carga metafórica que aparece en los últimos compases del filme –sobre el acomodaticio título español, decir que parte de la inutilidad y va hacia ella: si esta película tuviera vocación comercial podría entenderse el intento de buscar algo más convencional, y sin perjuicio de que no es el caso, tampoco tiene Brooklyn un peso más allá de circunstancial en el devenir de la historia-) halla su punto fuerte en la carga de intimidad que a menudo alcanza la película en su radiografía de la familia Beckman, así como la belleza de la propuesta lírica que la historia contiene, que se va trazando en el progresivo cambio de punto de vista de Walt, el hijo mayor de los Berkman, cuando descubre que su admiración ciega por el intelectualismo de su padre esconde una vacuidad campante en el ámbito afectivo, llevando ese doloroso procedimiento de aprendizaje emocional a reconocer la virtud de la ternura de su madre una vez liberado de esa especie de coraza que ocluía el recuerdo.

 

 

La sombra de Wes Anderson

 

  Se trata sin duda de un filme más atractivo que redondo, toda vez que la caligrafía de Baumbach – en parte, pupila de Wes Anderson, productor ejecutivo del filme- calibra su intensidad en el continuo y fácil recurso a los primeros planos y la repetición de encuadres reconocibles –lo que resulta hasta cierto punto efectivo-, pero le perjudica cierta tendencia a la elipsis que en el fondo no revela otra cosa que la falta de cohesión del guión. Por otra parte, la impostada frialdad como estrategia narrativa –heredera natural evidente del realizador de The Royal Tenenbaums– puede resultar jocosa en ocasiones, pero también deja patente en otras cierta arrogancia expositiva que, para mi humilde gusto, la naturaleza de la historia no demandaba. Con todo, The Squid and the whale se conserva en la retina como una muestra lo suficientemente sugestiva de esa especie de género off-Hollywood que tiende a bucear sanamente en las pulsiones emocionales, miedos, pasiones y decepciones de los microcosmos familiares.

http://www.imdb.com/title/tt0367089/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20051103/REVIEWS/51018003/1023

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