NO

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Director: Pablo Larraín

Guión: Pedro Peirano

 Música: Carlos Cabezas

Fotografía: Sergio Armstrong

Intérpretes:  Gael García Bernal, Alfredo Castro, Luis Gnecco, Antonia Zegers, Néstor Cantillana, Alejandro Goic, Diego Muñoz, Jaime Vadell, Marcial Tagle, Manuela Oyarzún, Pascal Montero, José Manuel Salcedo, Enrique Garcia

Chile. 2012. 114 minutos

La alegría ya viene

A la hora de analizar no sólo las motivaciones sino lo que da de sí –y da mucho– este cuarto largometraje de Pablo Larraín no resulta meramente anecdótico citar que el personaje protagonista, René Saavedra, aunque hijo de la pluma de Antonio Skármeta [la película se basa en una obra teatral inédita del autor titulada El plebiscito, tema que el autor también abordó en su novela Los días del arco íris (2011)], incorpora diversas señas de identidad de reflejo autobiográfico de Larraín. No tanto por la condición de realizador –en este caso, experto en publicidad- del personaje encarnado por Gael García Bernal, sino porque el cineasta chileno es hijo de Hernán Larraín, senador y expresidente de la UDI, y de Magdalena Matte, exministra de Vivienda y Urbanismo en el gobierno de Sebastián Piñera,  conexión familiar derechista que indudable, inevitablemente, forjó los términos de su antipinochetismo, unos términos que se trasladan con avidez discursiva en el filme que nos ocupa, haciéndolo trascender del mero documento de presunción objetiva radiográfica.

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El filme se centra en la preparación de la campaña del “No” para el plebiscito nacional de Chile de 1988, referéndum que tuvo lugar el 5 de octubre de 1988, durante el Régimen Militar, en aplicación de las disposiciones transitorias (27 a 29) de la Constitución Política de 1980, para decidir si Augusto Pinochet seguiría en el poder hasta el 11 de marzo de 1997, y que tras los resultados de rechazo de ese continuismo supuso la convocatoria de elecciones democráticas conjuntas de presidente y parlamentarios al año siguiente, que conducirían tanto al fin de la dictadura como al comienzo del período llamado de transición a la democracia. Vemos, por tanto, que el director de Tony Manero (2008) propone un ejercicio de disección de un momento crucial en la Historia contemporánea de su país, disección que lleva a cabo con unas llamativas armas escenográficas y estéticas: la película está filmada en el soporte de video U-matic 3:4, que se usaba a fines de la década de 1980, para dar mayor realismo a las escenas, desechando el uso de las cámaras modernas, pues, según apreciación del propio realizador, “filmar en cine o con las cámaras digitales de alta definición actuales hubiese generado una distancia con la imaginería de la época”; esa arriesgada decisión formal cubre con toda intención un objetivo primordial, que no es otro que en última instancia se produzca la confusión entre las imágenes televisivas que el cineasta inserta en el relato –principalmente de las respectivas campañas para el plebiscito, pero también otras imágenes de archivo de noticiarios de la época– y la textura visual esgrimida por la ficción. Pero, siendo ese experimento ya por sí sólo sugestivo para los fines expositivos, el juicio de relevancia de esa decisión escenográfica no se agota en el juego de trampantojos entre los términos de representación y la realidad representada, sino que va más allá.

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De hecho, el experimento no se limita al uso de la cámara de baja definición. De partida y en efecto, en el grueso del relato –a excepción de las breves secuencias que discurren en la intimidad del hogar de René, donde se aprecian soluciones escenográficas más sofisticadas, a menudo al servicio de juegos simbólicos, objetualmente ese tren de juguete que, a la manera de lo que acaece en The Hidden Room (Edward Dmytrick, 1949), refleja sutilmente el angst del personaje–, esa escenografía buscadamente plana, de rebato amateur en la plasmación lumínica, carente de perspectivas de espacio, está puesta al servicio de un enunciado naturalista en el trazo descriptivo de lo que acaeció en aquellas tensas vísperas del  de octubre de 1988. Pero ello sólo conforma la vis externa del relato, que en ese sentido progresa como una solvente crónica socio-política. Pero termina resultando más apasionante el aspecto interno –casi subterráneo- que dirimen, como en un diorama, las mismas imágenes, hermanando forma y contenido para plantear atentas disquisiciones sobre la realidad y la estética que la sustenta. Disquisiciones que, regresando al primer párrafo de esta reseña, emergen de las propias contradicciones que atañen a René, atrapado entre la devoción por su trabajo (que le lleva a la planificación de lo político con herramientas de utilidad publicitaria) y la censura de los partidarios ideológicos del “No” plebiscitario a esas elecciones creativas, estéticas y tonales, por considerar que suponen una rendición a las mismas y falsarias –por alegres y optimistas, que pretenden esconder la miseria que campa bajo esa estampa luminosa-. Pero es que, nos dice la película, de eso se trata. De la posibilidad de que esa campaña fuera efectiva precisamente por haberse enfrentado al sistema desde su entraña manipuladora, con sus propias armas. Telón de fondo radiográfico nada complaciente, que Larraín impresiona a través de un retrato del personaje protagonista en el que las constancias de hallarse solo, de ser un desclasado, planean de buen principio pero terminan de afianzarse, precisamente, tras el éxito de la campaña, en esa culminación dramática que marca distancias entre esa alegría que reina en las calles, y que en efecto “ya viene” según rezaba el logo publicitario, y la reacción tibia de René, a quien nadie felicita por los resultados porque, en una victoria política, sólo importan las soflamas y uno no se da cuenta –o prefiere no hacerlo– de cuán decisivas pueden haber sido las herramientas de comunicación/manipulación que han dado difusión y aceptación generalizada a esas soflamas. Un tema, éste último, primordial en el análisis de las sociedades en la era de la información, y sobre el que Larraín reflexiona de forma amarga y brillante utilizando a aquel Chile, y a aquel plebiscito, como suerte de barómetro o precursor, del mismo modo que antes, durante la dictadura, la sangrante política económica de Pinochet funcionó como modelo-conejillo de indias de un modelo que los gobiernos ultraconservadores de los años ochenta extendieron en los EEUU y Gran Bretaña como coda del funcionamiento económico global.