LA JUVENTUD

62c9e7f460ec73187a69d30265bad5a3

Youth – La giovinezza

Director: Paolo Sorrentino

Guión: Paolo Sorrentino

Intérpretes: Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano, Jane Fonda, Tom Lipinski, Poppy Corby-Tuech, Madalina Diana Ghenea, Emilia Jones, Mark Kozelek, Rebecca Calder, Anabel Kutay, Ian Keir Attard, Roly Serrano

Música: David Lang

Fotografía: Luca Bigazzi

Italia-Francia-Suiza. 2015. 122 minutos

 

Perspectivas como requiebros de la imagen

En el cine de Paolo Sorrentino, los viajes introspectivos son la excusa para la edificación de una determinada poética de la imagen. Sus personajes avanzan de forma desnortada, aturdida, hacia lo que parece ninguna parte. Ese trayecto es terreno abonado para la recolección, entre la aspiración impresionista y la forma barroca, de elementos que forman parte de su equipaje emotivo, y que les enfrentan a una encrucijada, a una crisis, de modo tal que al final Sorrentino les ofrezca algún tipo de redención, por indefinida que sea –el personaje que encarna aquí, magistralmente, Michael Caine, o su hija, Rachel Weisz–, o al menos catarsis, que puede ser trágica –su comparsa, a quien da vida Harvey Keitel–. La cámara, siempre fascinada por la mirada exacerbada a los sentimientos que ofreció Fellini, se pasea por esas existencias y los espacios que las cobijan, que las explican. Y ahí emerge esa clase de poética que, de forma tan excesiva, se le aplaude al cineasta.

fotonoticia_20151213114636_1280

 No son tantas, a poco de pensarlo, las diferencias entre su anterior La gran belleza (La grande bellezza¸2013) y esta La juventud (Youth, 2015). En ambos casos el protagonismo se halla en manos de hombres que se hallan en la tercera edad de la vida y que se enfrentan, de un modo u otro, a ese juicio catárquico sobre su pasado y su presente, sus relaciones con los demás, o la variabilidad del sentido de las cosas. En ambos casos, y eso es lo que nos permite el cotejo, estas razones argumentales se exploran según una grandilocuencia esteticista y rigor en el aparato formal que a veces da de resultas lo brillante, por más que la fachada rutilante guarde espacios interiores más discutibles de lo que pretende. Porque, con la excusa de la definición de lo poético, Sorrentino termina sugiriendo más bien menos de lo que ofrece a la libre interpretación por parte del espectador. Y eso es tan peligroso como coartar su imaginación. Porque todo puede valer.

el-tornillo-de-klaus-La-Juventud-de-Paolo-Sorrentino-Youth-la-giovinezza-Luca-Bigazzi-indigo-film-michael-caine-composer-old

La diferencia entre las dos obras tiene que ver con el paisaje en todos los sentidos, de lo exterior a lo interior. Si la Roma por la que se perdían los pasos del protagonista de La gran belleza invitaba a adentrarse en los pulsos de la vida aristócrata y bohemia romana, aquí nos hallamos en un espacio bien distinto, un beatus ille, un balneario para gente pudiente perdido en algún lugar de los Alpes. Es, en definitiva, un retiro; y eso configura los términos del relato: cómo a través de ese retiro diversos personajes –los dos principales, ancianos de profesión relacionada con las artes: uno compositor, el otro director de cine– pueden, como se suele decir, encontrarse a sí mismos y rendir cuentas con personas a las que aman, presentes o ausentes. Digamos, pues, que si en La gran belleza el viaje introspectivo habilitaba al mismo tiempo una radiografía exuberante de un determinado lugar y tiempo (o quizá de unos signos de los tiempos), ese contexto deja de interesar a Sorrentino aquí –aunque exista algún apunte, pero mucho más secundario–, que prefiere centrarse en la abstracción del ejercicio, principalmente, del recuerdo, que no es lo mismo que la nostalgia. En esa diferencia de matiz radica parte importante de la naturaleza de La juventud.

1453410710380

La juventud es un estado mental, que reza el aforismo, y el filme nos dice algo parecido: la juventud tiene que ver con la capacidad de resistencia del ánimo, la juventud es la capacidad para cambiar y seguir adaptándose a las veleidades del paso del tiempo, venciendo si es preciso las convicciones más profundas. La juventud, como coda visual de ese discurso, es la circularidad, el continuar dando vueltas a una noria, la vida, que no tiene otro sentido que el propio movimiento. Las imágenes del filme terminan transmitiendo bien todas esas ideas, aunque los vericuetos no parezcan buscar esa armonía finalmente alcanzada. Y ése es probablemente el gran mérito del cineasta. El trayecto narrativo es el propio de una comedia dramática, donde a veces comparece lo grotesco o una tilde hilarante, pero no nos distrae de la miga introspectiva ni permite que un tono liviano llegue a apropiarse del relato. Sorrentino es demasiado sofisticado en sus formas para dejar que un relato fluya, y sus imágenes, algunas poderosas, otras donde espora cierta pretenciosidad, ofrecen continuos síncopes visuales como subrayados de los avatares interiores de los personajes, en una vía de evocación que no se halla, a menudo, lejos de la paranoia. El manierismo insistente del cineasta es felizmente compatible con una dirección de actores notable, a cuyas miradas y silencios, a veces su presencia en el encuadre, Sorrentino confía parte muy importante de lo que tiene que contarnos. Precisamente esta última reflexión es la que, sea dicho con toda la humildad por quien esto firma, quizá marca la distancia entre lo atractivo y rutilante de unas imágenes y la fuerza expresiva de las mismas. O, dicho de otra forma, ¿no es quizá lo más interesante de las obras de Sorrentino el núcleo duro, desnudo, de las ideas expuestas que defienden  los actores? ¿Sobran imágenes abigarradas? ¿O son realmente necesarias para alcanzar esas ideas? La respuesta probablemente la ofrecerá el tiempo, el juicio sobre lo que es o no perdurable.

Anuncios

LA GRAN BELLEZA

La Gran Belleza Poster

La grande bellezza

Dirección: Paolo Sorrentino

Guión: Paolo Sorrentino y Umberto Contarello

Intérpretes: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Serena Grandi, Isabella Ferrari, Giulia Di Quilio, Luca Marinelli, Giorgio Pasotti, Massimo Popolizio

Música: Lele Marchitelli

Fotografía: Luca Bigazzi

Italia. 2013. 141 minutos.

La mirada fascinada, perdida y vencida 

Oscar incluido, La grande belleza parece haber cambiado, en el registro de la crítica cinematográfica, la consideración en torno a su artífice, el cineasta italiano Paolo Sorrentino. Al respecto cabe decir, quizá admirar, que Sorrentino lo haya logrado efectuando una indudable maniobra de fuerza desde su entraña creativa. El filme protagonizado por su actor-fetiche Toni Servillo no supone un cambio del estilo forjado por el cineasta en títulos como Las consecuencias del amor (2004), Il Divo (2008) o Un lugar donde quedarse (2011), y en él concurren diversos de los mismos atributos por los que el realizador solía ser vilipendiado, los que de hecho cabe decir que Sorrentino ha elevado a una summa de motivos desbordantes a través de una historia, eso sí, que ha tenido la virtud de sintonizar con el gusto de público y crítica sin que a priori ello resultara fácil de pronosticar.

 1393804368_944423_1393816233_sumario_normal

El filme, pretendido vástago de la monumental La Dolce Vita (Federico Fellini, 1960), nos habla como aquélla, aunque medio siglo después, de los pulsos de la vida aristócrata y bohemia romana. Como aquélla persigue a un personaje desnortado –aunque Gep Gambarella (Servillo) lo está más voluntariamente que Marcello Rubini– que transita por diversos, a menudo ocultos y a menudo grotescos paisajes de la existencia de esa clase alta y monstruosa cuyas miserias se ponen en solfa. Pero del mismo modo que no es lo mismo la modernidad que la posmodernidad, y aunque Sorrentino herede no sólo la estructura narrativa sino elementos temáticos, motivos argumentales y hasta peculiaridades que confieren el tono a la obra de Fellini –el halo fantasmagórico; los vicios de la jet-set a través del retrato barroco de sus fiestas; la irreverencia sobre lo que la sociedad ha sacralizado; la memoria como ensoñación; la presencia de la muerte…–, La Dolce Vita guardaba bajo su potencial lírico una capacidad radiográfica, una vis sociológica, que en cambio Sorrentino no es capaz de, o no quiere, dejar aflorar, quedando los enunciados, al fin y a la postre, enclaustrados bajo la piel del protagonista, consecuencia insalvable de un ejercicio que en última instancia –y no es tanto un defecto como una seña de carácter– se erige en un culto terapéutico al ego de Gep, asimismo el propio cineasta.

 La Grande Bellezza [10-15-38]

El tiempo es el que termina decidiéndolo todo, por supuesto, pero ese hecho es el que me lleva a mí a pensar que si la película de Fellini es un título decisivo de la Historia del Cine, La grande bellezza probablemente será incapaz de ostentar en letras mayúsculas su tan pretendida condición de clásico. No porque se trate de una mala película, pero sí porque termina siendo, bajo tanta grandilocuencia esteticista y rigor en el aparato formal, más inane de lo que pretende. Hay diversos elementos de interés en el filme de Sorrentino, hay imágenes poderosas, hay secuencias de manufactura brillante. Pero cuando una película pretende de forma tan inequívoca cautivar y avasallar con su magnificencia en cada plano, en cada solución visual, en cada esquina del tenor argumental, resulta casi imposible que no se le aprecien las costuras, una clase de pretenciosidad asumida que no es mala per se (decía Coppola, y estoy de acuerdo, que pretencioso puede ser aquél que intenta innovar, hacer algo que no se ha hecho antes) sino que se convierte en molesta cuando el espectador es incapaz de canalizar de forma intelectual y/o emotiva los tantos enunciados enfáticos que se van concatenando, y por tanto se da cuenta de que no existe un hilo conductor –y no me refiero a hilo argumental; nada de malo hay en la dispersión narrativa cuando se sabe gestionar– en el discurso que pueda detectarse bajo la superficie impoluta, abigarrada y cacofónica de las imágenes.

 toni-servillo-es-protagonista-gran-belleza-amp

La gran belleza va deshojando la margarita de un viaje introspectivo que a su vez se pretende una radiografía exuberante de un determinado lugar y tiempo o, acaso, si buscamos una definición más ambiciosa, de unos signos de los tiempos. No obstante, y aunque probablemente sea ésta la mejor película de su director hasta la fecha, en su infinidad de encuadres que parecen poses y movimientos de cámara que retribuyen lo ornamental termina anidando demasiado material desechable y mucha menos sustancia lírica y corrosiva de la que aparenta y pretende enarbolar. En el trabajo fotográfico de contraste sombrío, agresivo, anida la espiritualidad de esta obra cuyos sentidos vendrían a converger en la crónica de dónde desaguan las incesantes treguas que este personaje, ya cerca del final de su camino, ha firmado con una vida disipada fruto de los alienantes vicios de una sociedad cosmopolita víctima de sus propias neurosis. Esas imágenes fugaces –que aparecen en y desaparecen en las sombras en únicos y reiterados planos– de las esculturas que Gep y su amante apenas vislumbran cuando transitan entre los suntuosos y penumbrosos pasillos de los palazzos de Roma resumen de forma poética esa tensión que Sorrentino filma entre la apariencia desenfadada de este personaje al que ya no sorprende ni casi agrede nada y el poso de angustia existencial que le atenaza, entre la herencia sublime del artista romano y el desperdicio patético al que los tiempos han arrojado esa herencia. Sin dejar de ser motivos que el cine de Fellini –y no sólo La Dolce Vita– enarboló con (incontestablemente) mayor contundencia que Sorrentino, en ellas, la partitura altisonante y orgullosa de La gran belleza deja de serlo para alcanzar sus constataciones más sinceras, más diáfanas, más hondas y hermosas.