LIO EN BROADWAY

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She’s Funny That Way

Director: Peter Bogdanovich

Guion: Peter Bogdanovich, Louise Stratten

Música: Ed Shearmur

Fotografía: Yaron Orbach

Intérpretes: Owen Wilson, Imogen Poots, Jennifer Aniston, Will Forte, Cybill Shepherd, Rhys Ifans, Lucy Punch, Eugene Levy, Tatum O’Neal, George Morfogen, Debi Mazar, Jake Hoffman, Joanna Lumley, Kathryn Hahn, Michael Shannon, Ahna O’Reilly, Austin Pendleton, Richard Lewis

EEUU. 2015. 93 minutos

 

La comedia de la vida

 Arnold Albertson (Owen Wilson), el dramaturgo mujeriego que forma parte del reparto coral de esta película, recurre a una frase de la memorable El pecado de Cluny Brown (Ernst Lubitsch, 1946) para, más que seducir a las prostitutas con las que alterna, iluminarlas como si de un redentor de sus miserables vidas se tratara. Casi se diría que lo hace de buena fe, porque la frase acompaña la entrega de treinta mil dólares para que, como suele decirse, rehagan su vida. Así, Albertson representa a un típico personaje de comedia guerrera sobre sexos, alguien de moralidad tan distraída como, por otro lado, no carente de cierto charme. Como, de una forma u otra, el resto de participantes en este vodevil titulado She’s Funny That Way y por estos pagos estrenado en verano de 2015 con otro título, Lío en Broadway. Bogdanovich cita a Lubitsch –textualmente, al cierre de la función–, como podría citar al Hawks de La comedia de la vida (1934) o a tantos otros representantes de la alta comedia clásica, pues con esta obra pretende dar la espalda a las actuales (y tan discutidas) tendencias de la comedia americana para reivindicar esa otra forma de arrancar sonrisas al espectador, la procedente de la más ilustre herencia del género.

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Lo logra a medias. Cuenta con un plantel de actores de solvencia, que entregan un trabajo sin tacha, al estilo del que nos suelen ofrecer los repartos de las comedias de Woody Allen –que no por allenianas dejan de tener algunos puntos de contacto con el clasicismo, algo que esta película, precisamente por contraste, sirve para corroborar–. Ofrece un relato refrescante, aunque algo limitado en su articulación de lo hilarante; desenfadado y liviano, aunque más sostenido por determinados gags acertados que por la robustez o empaque que se logra cuando se maneja un guion sobresaliente; rítmico y honesto en su edificación en imágenes, demostrando la capacidad del cineasta para manejar los resortes del género pero no descollando con arrebatos visuales de genio como los de los nombres (esos Lubitsch, Hawks, Cukor, McCarey, Sturges, Leisen, etc) que convoca desde la distancia del tiempo y la cercanía del guiño. Lo logra a medias, decíamos, y por tanto merece un cierto crédito, que no la opción a reverdecer entre la crítica los laureles de antaño y que tan poco duraron. Aunque, me temo, el cineasta tampoco lo pretende a estas alturas: Lío en Broadway supone un regreso honroso tras las cámaras tras una década sin dirigir obras de ficción, y es de las más atinadas obras de la última y más bien extravagante franja filmográfica del firmante de La última película (1971), y estamos hablando de pocas películas a lo largo de tres décadas.

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Con eso basta. Y esas limitaciones, que no deniegan las virtudes de la obra –entre ellas, la modestia–, parecen indicarnos que Bogdanovich, lejos ya de ningún run for cover o mucho menos de las ínfulas de las películas de los años setenta, simplemente quiere prestarse (él, e invitar al espectador) a un juego marcado por la nostalgia. Pero en ese simple levantar acta de que es posible aún plantear una comedia de guerra de sexos sin coartadas o sofisticaciones, no se nos escapa que invita a diversos nombres importantes de su pasado sentimental –el guion está coescrito junto a Louise Stratten, quien fuera su esposa durante años, a la sazón hermana menor de la malograda Dorothy Stratten, su novia playmate asesinada, y en un papel secundario encontramos a nada menos que a Cybill Shepherd–, lo que viene a reafirmar las intenciones redentoras de su proyecto, la intención de mirar atrás sin ira, zanjar un pacto que cierre las heridas de ese historial tumultuoso al cobijo –en la dialéctica entre la vida y el arte– del noble ejercicio de la comedia. Por eso, probablemente, a pesar de la mordacidad de diversas situaciones planteadas, un tono amable es el que preside el conjunto. Todo cuadra. O eso o Bogdanovich quiso utilizar ese disfraz de la amabilidad, no poner la voz en grito, para hablar, al fin y al cabo, del deprimente paisanaje que conforman millonarios chiflados, puteros obsesivos, jovencitas en venta, actores narcisistas hasta la médula y psiquiatras que utilizan la soberbia para esconder su flagrante impericia. Es otra forma de verlo, y también cuadra.

THE LAST PICTURE SHOW

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The Last Picture Show

Director: Peter Bogdanovich.

Guión: Peter Bogdanovich y Larry McMurtry, según la novela del segundo.

Intérpretes: Jeff Bridges, Ben Johnson, Cloris Leachman, Timothy Bottoms, Cybill Shepherd, Ellen Burstyn, Randy Quaid, Sharon Taggart, John Hillerman

Musica: Phil Harris, Johnny Standley, Hank Thompson

Fotografía: Robert Surtees

EEUU. 1971. 129 minutos.

 

Nostalgia, al fin y al cabo

 Escrita en 1955 por Larry McMurtry, y probablemente –por el tono y la naturalidad descriptiva es difícil imaginar que no sea así– incorporando muchos elementos autobiográficos, The Last Picture Show es una novela brillante, harto sugestiva, de una potencia impar en la radiografía psicológica que se conjuga con una partitura lírica que emerge de la sencillez y la más aparente minucia narrativa. En ella se relata un curso –de invierno a invierno- en una pequeña localidad texana dejada de la mano de Dios, Thalia, relato en realidad cosmogónico sobre el funcionamiento social y cultural (ambas cosas enquistadas en los vicios fruto del fatídico cóctel entre la rigurosidad del acato a las tradiciones/dogmas religiosos y la ignorancia) focalizado a partir del seguimiento de la vida de principalmente tres jóvenes del lugar, Sonny, su íntimo amigo Duane y la niña bien de la que los dos están enamorados, Jacy. De desarrollo episódico en el que se balancean magníficamente los periplos sentimentales y vitales de todos los personajes –a los tres citados debe sumársele, por su peso narrativo, el de un hombre, Sam el León, regente de diversos locales de recreo en la zona, y tres mujeres, Genevieve, que sirve de camarera de noche en uno de esos locales; Lois, la madre de Jacy; y Ruth, mujer del entrenador del equipo del instituto con quien Sonny mantiene un idilio–, The Last Picture Show es una novela honesta, muy sincera, absorbente que penetra con absoluta lucidez en el sino de unos personajes todos ellos perdidos y que, a través principalmente del relato de sus avatares sentimentales y sexuales, perfila una mirada más universal, de temperatura sociológica, que arroja un balance francamente desolador, desolación que punza aún más al lector pues es fruto de constataciones muy francas y realistas.

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Peter Bogdanovich logró, en 1971, salir de la cantera de Roger Corman –para quien, amén de colaboraciones en diversos aspectos técnicos, había firmado un par de películas, el hoy título de culto Targets (1968) y Voyage to the Planet of Prehistoric Women (1968)— merced de la realización de este primer proyecto realmente personal de su carrera, al que, está bien anotarlo, accedió merced de un consejo de quien entonces era su esposa y mano derecha, Polly Platt, quien, según muchas fuentes, también participó en la elaboración del guión y, oh ironía de las ironías, fue abandonada por Bogdanovich cuando, en el curso del rodaje del filme se enamoró perdidamente de Cybill Shepherd, la actriz que en la película encarna a la neurótica joven rubita que no sabe qué hacer con su vida y para paliarlo se dedica a enamorar a todo el que se le pone a tiro.

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Detalles rosas aparte, Bogdanovich, que por entonces contaba con 31 años, logró una de sus mejores –sino su mejor- película con esta The Last Picture Show, efectuando un ejemplar trabajo de preparación y planificación del relato, ello concretado en una serie de decisiones que después se tradujeron en imágenes poderosas y de indudable capacidad para la evocación lírica, algo que logra de otra manera (esto es cine) pero no muy alejada del modo en que lo hace la novela. Si McMurtry en aquella novela había sabido pulir a la perfección el relato para narrar con el preciso detalle los acontecimientos que, a menudo bajo apariencia banal, resultaban claves para la introspección psicológica, otro tanto puede predicarse del guión de la película, que –no es de extrañar- escrito por el propio McMurtry junto a Bogdanovich, efectúa un trabajo de pulido sobre pulido, limando los elementos que resultaban accesorios a las intenciones atmosféricas del cineasta –ello consistente básicamente en eliminar los viajes y salidas del pueblo de los protagonistas, en ocasiones con inspiradas elipsis, como aquélla que nos muestra la salida nocturna de Thalia de Sonny (Timothy Bottoms) y Duane (Jeff Bridges) para, tras un corte, mostrarles de regreso a la luz de la primera mañana, con el rostro descompuesto por el cansancio y un gorro mejicano sobre la cabeza de Duane, detalle que basta para confirmar que nos hallamos en un regreso–; esa decisión no hace otra cosa que enfatizar, agravar en cierto sentido, la sensación alienante que planea sobre los personajes de hallarse encerrados en una existencia en un pueblo que es una suerte de bucle existencial; en la secuencia de la ida-regreso de México que acabamos de mencionar, atiéndase al detalle de cómo esa elipsis sirve para enfatizar la desaparición del personaje de Sam (extraordinario Ben Johnson): un primer plano del rostro del personaje había marcado la salida del pueblo de los chicos, y cuando al regresar conocemos la noticia de su fallecimiento aquel plano reciente cobra un sentido solemne y trágico. Ello es un ejemplo de la clarividencia en la sincreción del guión, y al mismo tiempo de su instrumentalización visual –el sentido de aquel plano–, la sapiencia narrativa indudable de Bogdanovich.

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En esa labor de guión Mc Murtry y Bogdanovich rebajan un poco, sin en absoluto desnaturalizarlos, los aspectos más relacionados con la sexualidad –en los que la novela se recrea más, ya se ha dicho, para a través de ellos alcanzar constataciones del desnorte emocional y vital de los personajes–, de manera que el relato termina funcionando más bien como una coming-of-age movie barnizada, merced del trabajo escenográfico y la coda lánguida de esas proposiciones visuales (el magníficamente esculpido blanco y negro que rubrica Robert Surtees; el recurso a grandes planos horizontales a compaginar con la sobria, a veces elegante, edificación de las secuencias de careo entre personajes; la renuncia a la música extradiegética y, en cambio, constante utilización de piezas musicales de country añejo que los espectadores escuchan a la par de los personajes, sonando en una radio en el coche o en el bar) por una mirada que algo tiene de elegíaco, de sentido de pérdida, no nostálgico en el sentido de la añoranza por un tiempo y lugares perdidos sino por el hecho, más denso, de que el tiempo lo devora todo sin que los personajes, peones de una absurda existencia, puedan hacer nada para remediar la repetición de los mismos errores que sus mayores. Citando una vieja canción de Joaquín Sabina, “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. McMurtry lo escribió, Bogdanovich lo filmó. Ambos de forma excepcional.

TOM PETTY AND THE HEARTBREAKERS: RUNNIN’ DOWN A DREAM

 

 

Tom Petty & The Heartbreakers

Running Down A Dream

Director: Peter Bogdanovich.

Fotografía: Ted Hayash, David Sammons, Patrick Alexander Stewart

Montaje: Jeffey Doe, Mary Ann McClure

EEUU. 2007. 238 minutos.

 

Dedicated to Xavi,

& our two-lane blacktop

from New Jersey to Florida

 

Petty, Bogdanovich y el documental

 

El 21 de setiembre de 2006, Tom Petty & The Heartbreakers ofrecieron un concierto de 30 Aniversario en Gainseville, Florida, la localidad natal de Petty y de algunos de los miembros originales de la banda. Un año después, el 14 de octubre de 2007, se estrenó en el New York Film Festival esta Running Down a Dream, documental de cuatro horas de duración dirigido por Peter Bogdanovich que se adentra, sin miedo a la densidad, en la radiografía biográfica y discográfica del autor de Free Fallin’. Se trata de la primera incursión en el género documental de un cineasta tan chocante como Peter Bogdanovich, otrora énfant terrible del cine americano –que en los años setenta nos legara filmes como Target o esa obra maestra del Cine titulada The last picture show (1971)-, y que en los últimos años ha alternado tareas de crítico/historiador cinematográfico con tareas de realización de algunos episodios de la serie de culto The Sopranos.

 

 

Ritmo

 

Habla el propio Bogdanovich: “Me dije a mí mismo que si Martin Scorsese pudo emplear tres horas en seis años de la vida de Bob Dylan en el documental No direction home, yo podía invertir 32 horas en 30 años de la vida de Tom Petty“. No se trata de parangonar uno y otro documentales, pero la radical aseveración del realizador sirve para centrar los términos de su propuesta. Cuatro horas, en efecto, es muy poco tiempo para recorrer tan luengo trayecto, y a fe mía que la destreza descriptiva y estructural del filme (que, como en la obra de Scorsese, rehuye al narrador en off para dejar que sean los biografiados quienes hablen, yuxtaponiendo sensaciones y pensamientos con los hechos insertos en imágenes, con profusa utilización de actuaciones musicales y fragmentos de videoclips) no da tregua al espectador; son cuatro horas a ritmo de los acordes más frescos del rock’n’roll prototípico de la costa oeste, es decir, cuatro horas que transcurren en un tris.

 

 

Running a dream

 

Puerta grande abierta a uno de los más míticos artistas rockeros contemporáneos, el filme deshoja la historia de ese sueño que enuncia el título del documental (acuñado de una de las tantas magníficas canciones de Petty), efectuando especial hincapié en la detallada progresión inicial del modo en que aquellos chavales del pueblo de Gainesville  decidieron consagrar todos sus esfuerzos a emular a tipos que veían por la tele -gente como Elvis Presley (siempre Elvis) o como los Beatles-  y se abrieron paso en una industria discográfica en la que aún era posible vender un sonido y no una cuadrícula, para saltar a la fama con sus primeros himnos, American Girl y Breakdown. El filme mima especialmente el punto de vista de Petty y de sus compañeros de banda, que meditan en voz alta sobre acontecimientos, algunos conocidos y otros menos, que han atravesado su singladura artística, sin descartar anotaciones críticas y referidas al éxito, la industria o hasta al showbiz. Siguiendo una guía eminentemente cronológica, conoceremos detalles de diversas de las giras del grupo, de gracias y desgracias en procesos  creativos (p.ej. cuando Petty se rompió la mano tras dar un puñetazo a la pared del estudio donde estaban grabando Southern Accents), de encuentros y desencuentros en el seno de la banda (sin escatimar detalles del malogrado final de Howie Epstein), de la gloriosa gira compartida con Bob Dylan o de la fértil colaboración de Petty con Johnny Cash o con otros eminentes músicos que dieron a luz a una banda llamada Traveling Wilburys. Y en ese trayecto sobre el hombre que quiso aprender a volar, también hay espacio para mostrarnos que “coming down is the hardest thing”: Petty nos ofrece confidencias de tipo personal, reflexiones sobre sus malas relaciones con su padre, su doloroso divorcio o el terrorífico episodio del incendio provocado que arrasó su casa.

 

 

Los altares de la historia del Rock

 

El trayecto cinematográfico por el trayecto artístico se erige desde la voz de Petty y los diversos miembros de la banda, pero se enriquece con las reseñas de gentes como Jackson Browne, George Harrison (en documentos grabados poco antes de que nos dejara), Dave Grohl, Eddie Vedder, Roger McGuinn, Jeff Lynne, Stevie Nicks, Rick Rubin o Dave Stewart. Pero probablemente el mayor interés del documental radica en el abundante material inédito que Bogdanovich logró recopilar y nos muestra, desde home movies de 8 mm de un Petty adolescente a clips sonoros de las primeras bandas del artista, The Sundowners, The Epics y Mudcrutch,  extrañas perfomances en televisiones europeas, y otras golosas muestras de archive footage que nos muestran idas y venidas de la banda en aeropuertos, o secuencias tomadas del off en los estudios de grabación. Todo ello conforma un monumental fresco, en el que parece que no falta nada y en el que está claro que no sobra nada. Una mirada que hermana lo objetivo con lo nostálgico, el sentido épico que es inherente a la lírica musical del rock’n’roll y a su esencia mítica. El magnífico sonido que caracteriza la música de Tom Petty, los refulgentes himnos que han ido erigiendo una discografía caracterizada por un talento y una coherencia estilística para nada reñida por el gusto por la experimentación. Una carrera artística que, si a alguien le quedaban dudas Bogdanovich se las despeja, se merece figurar en los altares de la historia del Rock.

 

 

Tom Petty en España

 

Termino felicitando al amante patrio del rock por el esfuerzo que le supone acceder a este documental, pues su adquisición no es fácil. Además, más le vale que sepa inglés (preferentemente, que conozca el acento de la costa este sureña de los States), porque el DVD viene sin subtítulos en castellano. Son cosas que pasan en este país, donde, eso sí, hay juanes que reparten esa clase demorada de estopa, Hannah Montana pasea multicolores por los escenarios impostados del IMAX, todas las niñas guapas se parecen demasiado a Christina Aguilera y, en fin, Ali Babá sigue rallando discos en los Cuarenta Criminales. Yo prefiero que Tom Petty me enseñe a volar, o, dicho de otro modo:  Let there be Rock!

http://www.imdb.com/title/tt0965382/

http://www.variety.com/review/VE1117935090.html?categoryid=31&cs=1&p=0

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.