ATMOSFERA CERO

Outland

Director: Peter Hyams.

Guión: Peter Hyams

Intérpretes: Sean Connery, Peter Boyle, Kika Markham, Clarke Peters, Steven Berkoff, John Ratzenberger

Música: Jerry Goldsmith

Fotografía: Stephen Goldblatt.

Montaje: Stuart Baird

EEUU. 1981. 100 minutos.

 

Hyams

Bastante olvidada, como a su realizador, Peter Hyams (que a finales de los años setenta del siglo pasado y hasta mediados de los ochenta mantuvo cierto cartel en el panorama cinematográfico sobretodo fantástico, siendo director y guionista de obras como la que nos ocupa, Capricorn One, Hannover Street o la secuela del 2001 de Kubrick, la no siempre justipreciada 2010, para después diluir su talento y suerte en los noventa con material más bien de derribo y obras más bien mediocres como Timecop, The Relic, End of Days o The Musketeer), esta Outland se cuenta entre sus mejores logros, e incluso entre lo más destacable del cine de ciencia-ficción realizado durante principios de los ochenta en latitudes norteamericanas. La premisa argumental, urdida por el propio Hyams, nos ubica en el futuro, y en Io, una remota colonia en una luna de Júpiter consagrada a la extracción mineral. En ella, un nuevo vigilante de seguridad (sinónimo de jefe de policía, pero adscrito a una corporación privada) investiga diversas muertes de obreros en condiciones inexplicables, pero que se suceden con demasiada frecuencia. Su investigación se complica cuando descubre que las muertes son causadas por los efectos nocivos producidos por una droga anfetamínica en cuyo tráfico parece estar involucrado el capataz de la mina y hombre fuerte del lugar.

 

Distopías

El filme, inevitablemente, no se libra de la comparación con dos títulos que lo preceden y que sí han afianzado la condición de clásico que a ésta se le niega. El primero, cercano en el tiempo, es Alien, de Ridley Scott, obra referencial en su construcción atmosférica y definiciones estéticas, cinta señera del look embrutecido que, a juego con los tiempos (y a la contra de los referentes aclamados), definieron intenciones y contenidos en muchas obras de ciencia-ficción. Ya desde sus créditos iniciales, Outland hereda muchos ítems estéticos de la obra de Scott, me imagino que en parte por imposición comercial, pero también por interés del propio Hyams en  elucubrar sobre ese futuro distópico. Si le restamos la presencia de lo monstruoso (la criatura creada por H.R. Giger que, en realidad, no es la única responsable de la belleza y trascendencia de la película de Ridley Scott), Outland se asemeja muchísimo a Alien a diversos niveles; por un lado, en la construcción escénica, en el diseño de producción (los espacios compartimentados, y los cubículos y pasillos claustrofóbicos) y el modo en que Hyams recurre a una determinada iluminación, una determinada música y efectos de sonido y un determinado montaje para subrayar lo que de lúgubre habita tras lo tecnificado; por otro lado, en coherencia con lo anterior, y llevando más allá los enunciados de fondo social o sociológico también presentes en Alien (recuerdo conversaciones sindicales entre Ripley, Brett y Parker, al respecto), Hyams incide en el deprimente panorama social, situándonos en lo que no deja de ser un tercer mundo de la era galáctica, un lugar desheredado de espacio y de luz en el que los hombres viven poco menos que esclavizados para lucrar a una corporación invisible (no representada por el capataz corrupto que encarna Peter Boyle, sino, a lo sumo, por la voz de un interlocutor que se comunica con él desde otro lugar –pensamos, desde algún hermoso lugar de La Tierra- y le ofrece apoyo logístico al capataz, aunque se lava las manos respecto del turbio asunto, y, por supuesto, queda bien lejos del alcance justiciero del héroe de la función). De hecho, la premisa de la función, el hecho de que se les suministre a los mineros una droga que acrecienta su capacidad para trabajar sin importar que después se vuelvan locos, es la viva imagen de la injusticia social, la que se cierne sobre los parias. Y el vigilante que encarna Sean Connery, que se alza contra esa injusticia a pesar de que todos los elementos están en su contra, es, en ese sentido, un defensor de los derechos humanos, un representante y garante de una ley superior, o para un estadio de vida más decente que aquél en el que les toca existir al grueso de moradores de la colonia.

 

Una civilización decadente

La otra obra con la que Outland es comparada es con High Noon de Fred Zinnemann, de la que en buena medida ésta se erige en un remake futurista, llevando al terreno del puro suspense –o thriller- algunos de los elementos que configuraban el western. Al igual que Gary Cooper veinticinco años antes, Connery se queda solo ante el peligro más acuciante, pero las intemperies son distintas: si allí los hechos acaecían en una ciudad sin ley típica del midwest en proceso de colonización, aquí se trata de una enésima frontera traída por un progreso imaginado. Esto es –y ahí está el interés del remake-, se establece una mirada circular que hace converger el pasado (el western) con el futuro (la ciencia-ficción), por el parangón entre las normas del salvaje oeste y las de esta realidad, también colonial, futura. De ahí se sigue, evidentemente, una deprimente (¿y lúcida?) reflexión sobre el ciclo de la civilización, pues si existía una clara motivación de medrar económicamente en la colonización de las tierras vírgenes de Norteamérica, no puede predicarse lo mismo de las razones por las que estos mineros han terminado trabajando en tan lamentables condiciones en una mina infernal situada en una luna de Júpiter. O, dicho de otra forma, la carencia de una ley y unos derechos en el Oeste tienen que ver con el arduo proceso de construcción de una civilización, y la carencia de la misma ley y los mismos derechos en tan inhóspito lugar del futuro está relacionado con el estado moribundo, decadente, de esa civilización, representada por el imperio económico de una corporación desalmada y los delincuentes que la sirven con toda impunidad. 

 

         Soledad

Sin embargo, más allá de estas reflexiones sobre las eventuales intenciones discursivas de Hyams (que a mí me parecen evidentes), la relación con High Noon también se establece a otro nivel, focalizado en la peripecia personal y profesional del protagonista, y relacionada con lo que podríamos llamar el estudio psicológico del personaje (al que Connery se presta, pues ofrece una interpretación muy sólida). La soledad del “sheriff” (tal y como llegan a llamarle) no se refiere sólo a su lucha contra los elementos, sino a la circunstancia agravante de que su mujer e hijo le abandonan al inicio de la función, no por cuestiones sentimentales sino porque no aguantan vivir en esas condiciones demasiado semejantes a una reclusión, y porque, tal como la mujer le explica en el mensaje de despedida, su hijo necesita ver el sol y respirar oxígeno “auténtico”. El hecho de que Hyams escriba con esmero esas secuencias y las filme con no menos capacidad sugestiva (humanizando al personaje, mostrando su fragilidad) sirve, más allá de para eludir el esperable cliché, para plantear un dilema donde el cuestionamiento supera lo ético (pues sería legítimo abandonar la investigación por razones familiares, para reunirse con su familia, como así le es propuesto). Enlazando con el desolado panorama social y laboral al que antes nos hemos referido es coherente que, en el desenlace, la recompensa del personaje consista precisamente en abandonar aquel paraje abominable. La redención, pensamos, no está sólo en el reencuentro con los seres queridos, también en el regreso al lugar que, en las imágenes y referencias del constante metraje no pasa de ser casi una entelequia, La Tierra.

http://www.imdb.com/title/tt0082869/

http://midnightshowing.com/2009/07/outland-1981-review/

http://moria.co.nz/index.php?option=com_content&task=view&id=2824&Itemid=0

http://www.eyeforfilm.co.uk/reviews.php?id=8477

http://www.mutantreviewers.com/routland.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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