UN LARGO ADIOS

The Long Goodbye.

Director: Robert Altman.

Guión: Leigh Brackett en base a una novela de Raymond Chandler.

Intérpretes: Elliott Gould, Nina Van Pallandt, Sterling Hayden, Mark Rydell, Henry Gibson.

Música: John Williams.

Fotografía: Vilmos Zsigmond.

EEUU. 1973. 110 minutos.

 

Chandler y Altman

Robert Altman era un realizador cuya condición de iconoclasta tenía mucho que ver con un sentido de la narrativa en la que algo había de moroso, y que solía y suele causar ciertas reticencias entre el gran público. Así sucede con el grueso de sus mejores obras, que no son pocas, y entre las que se cuenta la presente The Long Good bye, traslación no sólo al cine sino a una forma distinta de hacer cine de los postulados de serie negra, en este caso los contenidos en la obra homónima de Raymond Chandler, protagonizada por su personaje más célebre, el detective Phillip Marlowe.

 

Chandler y Brackett

Ya digo, The Long Good bye remeda la historia a la ciudad de Los Angeles contemporánea a la realización del filme (el inicio de la década de los setenta), y, tratando de jugar con las cartas sin marcar, parte del guión de alguien tan poco discutible como Leigh Brackett (autor muchos años antes del guión cinematográfico del también chandleriano The Big Sleep), del que la trama extrae su mesura, su forma cartesiana en el desarrollo de una historia que no abandona la quintaesencia cínica de un personaje, y que describe con solvencia –y a menudo elegancia- los avatares del detective afrentado en uno de los peores ultrajes por su profesión concebibles: ser manipulado con fines criminales.

 

Invisibilidad

Las intenciones de Altman, empero, quedan bien lejos de revisitar unos códigos narrativos tan fructíferos en el pasado, antes bien se concentra en trasladar conceptos temáticos y dramáticos a otros cánones estéticos. Reveladora en ese sentido es la elección de un actor como Elliott Gould y la interpretación que nos ofrece de Marlowe, un hombre de tan indiscutible integridad como sutil sensibilidad, que es capaz de convivir amigablemente con un grupo de pseudo-hippies místicas que siempre se pasean desnudas ante sus narices, capaz de esperar una tortura casi segura de un gángster local con el sempiterno cigarrillo inmóvil en una sonrisa sarcástica, y a la vez capaz de recordar a su gato desaparecido antes de ajusticiar al culpable de sus tantos quebraderos de cabeza. Marlowe, como Altman tras la cámara, opta por una suerte de invisibilidad ante los acontecimientos que se van desgranando en su investigación (y al conocimiento del espectador), prefiere situarse en una segunda fila para dejar que los personajes y escenarios opulentos de la ciudad angelina y de Malibú vayan desmenuzando por sí mismos la turbiedad que anida bajo su impoluta apariencia.

 

Maestro

Las anotaciones líricas se dejan en el interesante subtexto propuesto con los diversos tonos a los que se recurre de una misma canción, la de idéntico título al filme compuesta por John Williams, que puntúa e incluso enriquece en puntos de vista los acontecimientos que las imágenes nos proponen, y que cuadraremos en el lacónico, genial desenlace de la función.

http://www.imdb.com/title/tt0070334/

http://en.wikipedia.org/wiki/The_Long_Goodbye_(novel)

http://www.rottentomatoes.com/m/1031440-long_goodbye/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19730307/REVIEWS/301010320/1023

http://en.wikipedia.org/wiki/The_Long_Goodbye_(film)

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EL JUEGO DE HOLLYWOOD

The Player

Director: Robert Altman.

Guión: Michael Tolkin, basado en su propia novela.

Intérpretes: Tim Robbins, Greta Scacchi, Fred Ward, Whoopi Goldberg, Peter Gallagher, Vincent d’Onofrio, Sidney Pollack.

Música: Thomas Newman y otros.

Fotografía: Jean Lépine.

Género: Comedia/Drama/Thriller. EEUU. 1992.

Duración: 120 minutos.

 

Peleando a la contra

Aunque Robert Altman sabía de la existencia de su cáncer desde un año y medio antes de morir, la terapia que escogió para combatirlo no fue otra que la realización de la que se convierte en su obra póstuma, A Prairie Home Companion, y, por si fuera poco, inició la preproducción de un nuevo filme cuyo rodaje debía iniciarse en febrero de 2007. El epíteto de cineasta incansable, pues, debe otorgarse justamente a Mr. Altman, un caballero que, podemos decir utilizando una figura bukowskiana, peleó a la contra durante cinco décadas desde esa peculiar mirada radiográfica tras la cámara. Sus continuas trifulcas con los executives de Hollywood son legendarias (creo que fue Peter Biskind que dijo de él, en referencia a sus canales de colaboración con el establishment, que “quemó más puentes que la Luftwaffe”). A este contexto arroja ingentes cantidades de luz esta acerada película que dirigió en 1992. Su título original es The Player, que podría traducirse como “el jugador”, pero también como “el actor”, y en ambos casos se trata de una buena descripción de la realidad que esconde el oficio del protagonista Griffin Mill (magníficamente incorporado por Tim Robbins). Griffin es productor ejecutivo en una de las majors de Hollywood, y su trabajo consiste en seleccionar los guiones cuya realización pueda interesar al estudio (doce al año de una terna de 50.000 libretos, según sus palabras). Esa elección se basa evidentemente en su potencial comercial, en el contexto de los clichés que el público pueda tolerar mejor, y de los accesos taquilleros del star-system (son los años de mayor éxito de las carreras de Bruce Willis y Julia Roberts, que efectúan sendos cameos en el filme interpretándose a sí mismos en una de las sátiras más inflamables que efectúa la película).

 

Vivir (y morir) en Hollywood

A esa premisa de la rutina de la vida del ejecutivo, el filme adiciona una trama policiaca, relacionada con un asesinato diríase que accidental del cual Mill es responsable. Así que The Player nos propone, principalmente, un viaje en la ruleta rusa de la vida profesional y sentimental del ejecutivo, una introspección en su frialdad, en su capacidad de cálculo, en su despotismo, pero también en su debilidad: los momentos en los que bordea el fracaso o la desesperación. Y en este retrato, y en el modo en el que la cámara fisgonea en el entorno del personaje –ya desde el primer instante del filme, plano-secuencia, homenaje explícito al inicial de Touch of Evil-, The Player se convierte principalmente en un magnífico fresco de los cánones de conducta en el mundillo de la industria de Hollywood, su excentricidad, los subtextos de sus comidas y cocktails, sus galas de entregas de premios, las incendiarias conversaciones telefónicas, y, en fin, la mercantilización de absolutamente todo (personas y sentimientos) en aras al Dios de la taquilla. Un fresco subversivo y valiente, dosificado con tanta capacidad de sugerencia como mucho humor negro –a menudo tamizado por referencias cinéfilas diversas, como los pósters de viejas cintas de serie B, o las postales que el protagonista recibe del guionista iracundo-, y que a la postre se convierte en un cuento moral que, con prolijidad de líneas discursivas, termina por converger en un mismo todo.

 

Robert Altman, entre otros

Al que no conozca la obra de Altman, ésta es una magnífica puerta de entrada, muy reveladora de su atenta mirada y su inmensa capacidad, más mordaz que doliente, para el retrato de microcosmos. Pasen y vean: esto es Hollywood. Y sino, pregúntenselo a los diversos actores que se prestaron –por algo será- a interpretarse a sí mismos en el filme: Cher, James Coburn, John Cusack, Anjélica Huston, Andy McDowell, Burt Reynolds, Mimi Rogers, Susan Sarandon, Lily Tomlin, Patrick Swayze, Malcolm McDowell, Nick Nolte, Peter Falk, Dennis Franz, Louise Fletcher, Scott Glenn, Jeff Goldblum, Elliott Gould, Harry Belafonte, Gary Busey, Robert Carradine, Sally Kirkland y Jack Lemon, entre otros.

http://www.imdb.com/title/tt0105151/

http://www.rottentomatoes.com/m/player/

http://en.wikipedia.org/wiki/The_Player

http://www.washingtonpost.com/wp-srv/style/longterm/movies/videos/theplayerrhinson_a0a761.htm

http://tech.mit.edu/V112/N22/player.22a.html

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EL ÚLTIMO SHOW

A prairie home companion.

Director: Robert Altman.

Guión: Garrison Keillor, basado en su propia novela.

Intérpretes: Garrison Keillor, Meryl Streep, Lily Tomlin, Lindsay Lohan, LQ Jones, John C. Reilly, Woody Harrelson, Kevin Kline, Virginia Madsen, Tommy Lee Jones, Maya Rudolph, Tim Russell.

Música: Richard Dworsky.

Fotografía: Edward Lachman.

EEUU. 2006. 106 mins. aprox. 

 

Elegía

En este su filme póstumo, Robert Altman encara frontalmente la senda de la evocación elegíaca mediante la narración de la última emisión en directo de un programa musical, grabado desde un teatro de una pequeña localidad de Minnesota para ser emitido en directo por la radio. A prairie home companion, el título original de esta película (ninguneado en su traducción española, como siempre, hasta el estereotipo más futil) remite al nombre de la compañía de variados músicos que interpretan sus canciones en directo en aquella radio-fórmula tan ajena a la que estamos acostumbrados a conocer, pero su traducción literal (“Compañía de una casa en la pradera”) nos da la medida y auténtico sentido de esa evocación, al definir la tipología de los artistas que nos presenta y el contenido de sus canciones, arraigadas al country rural –tradicional- y melodioso, con leves variaciones del folkie más genuíno, entronizadas por los propios artistas (y en su portentoso retrato en imágenes) como una auténtica coda vital, una música que ostenta, defiende y exporta esos sentimientos identitarios y comunitarios de raigambre regionalista y humilde.

 

Nostalgia

Tomando como punto de partida el libro homónimo escrito por el locutor de radio y escritor Garrison Keillor –que se interpreta a sí mismo en el filme-, Altman nos da la oportunidad de, nada más ni menos, que asistir a ese último show en directo para las ondas, y a abrir ese espectáculo (en el que paradójicamente apenas se ven los espectadores) hasta permitir un all access a los camerinos, a los sentimientos encontrados de los diversos artistas, artesanos, productores y empleados, en definitiva a todos y cada uno de los artífices de ese espectáculo en el que, nos dicen las imágenes del constante tránsito entre bambalinas que Altman patrocina (y que la excelente fotografía de Edward Lachman puntúa), prima un sentimiento de compañerismo barnizado por otro, más inconsciente o quizá interiorizado, de nostalgia por una forma de radiar y de ganarse la vida cantando que está a punto de perecer.

 

Joie de vivre

Nos hallamos ante otra de las célebres películas corales del realizador de Gosford Park, y en esta A prairie home companion da la sensación de que, acaso más allá de la propia voluntad del retratista, la sencillez unívoca de los (no pocos) personajes en liza auspicia una precisa y preciosa descripción. Así, constante el metraje, el espectador tiene la perenne sensación de que los artistas creen en lo que hacen hasta sus últimas consecuencias, que para ellos el tiempo se funde en ese pequeño hogar compartido, y que logran ahogar sus penas (cuando éstas se muestran, principalmente en el caso del sentido personaje que tan bien encarna Meryl Streep) en las canciones, y que éstas, por mucho que puedan aparecer vanalizadas por fórmulas publicitarias diversas, ofrecen un repertorio humano de formidable calado, exhalan una prodigiosa joie de vivre.

 

La Pálida Dama

Empero, como decía, el filme se sostiene desde y hasta un férreo alambicado nostálgico, que proviene precisamente de dos focos externos, ajenos a aquel tiempo detenido en la música, y sabiamente –en términos narrativos- opuestos: por un lado, el elemento circunstancial, el hecho de que sea la última actuación en ese formato de música en directo para la radio (que obliga al propio presentador a aceptar la realidad de nuestro presente, esto es que “algún día en la radio sólo se oirá a gente gritándoles a los oyentes y serán los ordenadores los que pongan la música”), y que se personifica en el personaje de Axeman (Tommy Lee Jones), inversor que ha adquirido el teatro para convertirlo en un aparcamiento (sic), tipo frío y antipático que aparece en la mayoría de secuencias en el palco principal, resguardado por un cristal, separado por el mismo de la música en vivo que se interpreta ante sus ojos, sugiriendo que ese cristal le protege o resguarda (y aleja en definitiva) de la belleza y alegría que se contagia desde el escenario a las plateas (y asimismo, en una solución visual brillante, se contrapone a menudo en el reflejo de ese cristal a una efigie del novelista F. Scott Fitzgerald, es decir a la cultura que él tan fríamente anatemiza y condena); por otro lado, y sobre el elemento circunstancial, se impone el feérico, la lírica, el personaje de la Pálida Dama que viste la bella piel de Virginia Madsen, y que se pasea impunemente por el escenario, y amén de ordenar la suave muerte del más provecto de los artistas, se empapa de ese sentimiento de pérdida, causando estragos emocionales en los diversos personajes con los que interactúa; es innegable el atractivo de ese personaje sobrenatural que planea sobre la vida misma equiparada ésta al de la forma de entenderla que radica en el ambiente y la música de la “Prairie home companion”, y por ello resulta a la par hermoso y sobrecogedor la última aparición del ángel en el desenlace de la función (que lo es de la filmografía de Altman). Al respecto de esos dos personajes, por la misma razón por la que A prairie home companion toma partido por los artistas que componen la pequeña colonia artística, el filme abraza un sentimiento de justicia poética en una de sus resoluciones argumentales, y en el plano más calculado del filme convierte al ángel en una femme fatale que -curiosamente tratando de aplazar lo inaplazable- conseguirá que el villano Axeman encuentre su hado.

 

Carpe diem

Aunque mi admiración por Robert Altman viene de lejos, me maravilla sobremanera comprobar la genuidad y fortaleza con la que despacha en imágenes y sentimientos esta película. Y me emociona pensar que quisiera realizarla cuando descubrió que un cáncer estaba terminando con su tiempo en este mundo. No hay colofón más hermoso a una vida consagrada al Arte que el tono de este filme, mucho más cálido del que el director de MASH nos tiene acostumbrados, y que la auténtica declaración de principios que se concreta en la hermosa secuencia epilogar en la que el personaje que encarna Kevin Kline se sienta al piano de cola, frente al busto de F. Scott Firzgerald, y mientras diversos operarios están procediendo a la destrucción del teatro, entona una lírica y sencilla pieza que abraza el más sentido y hermoso carpe diem que nos dejaron los poetas.

http://www.imdb.com/title/tt0420087/

http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2006/06/08/AR2006060801841.html

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20081112/REVIEWS08/811129987/1004

http://en.wikipedia.org/wiki/A_Prairie_Home_Companion_(soundtrack)

http://en.wikipedia.org/wiki/A_Prairie_Home_Companion

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CONFLICTO DE INTERESES

The Gingerbread Man

Director: Robert Altman.

Guión: Clide Hayes, basado en una historia original de John Grisham.

Intérpretes: Kenneth Brannagh, Embeth Davidz, Robert Downey jr, Daryl Hannah, Robert Duvall, Tom Berenger, Famke Janssen.

Música: Mark Isham.

Fotografía: Changwey Wu.

EEUU. 1997. 107 minutos.

 

Grisham y el cine

A decir verdad, nunca he podido aguantar hasta el final la lectura de ningún libro de John Grisham, otrora hacedor de blockbusters (los sacaba como churros) de temática judicial, y (por el mismo precio) reputado caldo de cultivo para no pocas adaptaciones cinematográficas (o televisivas) de diversa enjundia. Y si honestamente nunca he podido soportar esas lecturas es porque me parece que sus historias están plagadas de clichés y circunloquios (por lo demás, bien alejados del marchamo de “verista” que en los noventa a menudo se adjudicaba a su talante descriptivo de la profesión de la abogacía) que, no sólo alargan de forma indecible (e inútil) las narraciones, sino que suelen resultar, ya de entrada, aburridas, y en su desarrollo, inverosímiles. No es de extrañar que con esos antecedentes tampoco dé mucho por el grueso de adaptaciones cinematográficas de diverso pelaje que se llevaron a cabo para aprovechar el filón: que recuerde, The Firm me parece una película interminable, The Pelican Brief  un estéril vehículo de lucimiento para las stars que en ella intervenían, A time to kill poco más que una narración correcta pero superficial, y la más reciente Runaway Jury una película totalmente desquiciada e increíble en su hiperbólica premisa, desarrollo y desenlace. Tenía que ser el bueno de Coppola quien, con pocos aspavientos, rubricara esa inteligente y atractiva versión homónima de The Rainmaker, al fin una película que sí abundaba con fuerza y talento en los entresijos de la profesión y contenía interesantes reflexiones sobre su ética.

 

Obra alimenticia

A este panorama cinematográfico de acuñación grishamiana falta añadir esta The Gingerbread Man, adaptación llevada a cabo por Robert Altman y que, como sucede con el caso de Coppola, se considera una obra pura y netamente alimenticia del realizador de Nashville, comentario más pertinente en este caso que en aquél, por cuanto aquí se hace más patente la cierta desgana del realizador por la visualización y explotación narrativa de la obra. En The Gingerbread Man funcionan algunas ideas aisladas, como puede ser el marco escénico en Savannah y la importancia argumental del huracán que asola la zona y acompaña el clímax de la función; funciona el modo en que Altman juega a construir tensiones en algunas secuencias, principalmente del último tercio del filme (la huida con los niños o la secuencia del descubrimiento del cadáver de Clide); funciona el buenhacer actoral, principalmente de Brannagh, quien hace esfuerzos por matizar –haciendo algo antipático- al prototípico protagonista de la función. El resto del bagaje arroja un saldo más bien pobre, y ello es debido principalmente a que la propia premisa narrativa del filme (la de un abogado triunfador que se ve metido en una laberíntica trama que le complica la vida y compromete su profesión, su familia y hasta su futuro) resulta tediosa, porque al argumento se le ven las costuras por todas partes, y, con semejante material, resulta difícil insuflar imágenes que respiren con cierto oxígeno en pantalla. No es de extrañar que al filme le cueste tanto arrancar y que, a pesar de desplegar con habilidad los resortes de la enrevesada trama, Altman sólo consiga interesarnos en las secuencias ya mencionadas, que dirimen lo climático de la función.

http://www.imdb.com/title/tt0119196/

http://en.wikipedia.org/wiki/The_Gingerbread_Man_(film)

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PRÊT-À-PORTER

Prêt-à-porter

Director: Robert Altman.

Guión:Robert Altman y Barbara Shulgasser.

Intérpretes: Marcello Mastroiani, Kim Basinger, Stephen Rea, Tracey Ullman, Linda Hunt, Ainouk Aimeé, Rupert Everett…

Música: Michel Legrand.

Fotografía: Jean Lépine.

EEUU. 1994. 118 minutos.

 

Microcosmos

Siguiendo la estela y estilemas narrativos de las obras realizadas por Altman en el (prolífico) tramo final de su carrera cinematográfica, Prêt-à-porter presenta y se inmiscuye en/tre un auténtico mosaico de personajes enlazados, retratados con sus proverbiales ansias corrosivas, al igual que sucedía en The Player -allí era el mundillo de Hollywood, aquí la colectividad de profesionales relacionados con las altas esferas de la Moda-, pero también en Short Cuts, Cookie’s Fortune, Dr. T and the women, Gosford Park y su última película, la espléndida A prairie home companion –con otra tipología de microcosmos humanos, pero microcosmos bien definidos al fin y al cabo-.

 

Comedia crispada

  Altman apuesta por esa danza coral (y no son pocos los actores –y su renombre- que se prestan al juego), orquestando una sucesión de encuentros, desencuentros, accidentes, porfías y romances que se desatan en sede del meeting en París de los más renombrados modistos del globo que presentan sus colecciones y tendencias, y con la retahíla de periodistas y fotógrafos que van a cubrir el evento. En ese despliegue de historias cortas (que por su tendencia a lo explosivo y la compresión temporal de la narración no se parecen a los short cuts de la terminología carveriana), Prêt-à-porter se imbuye de aquel tono sardónico, de comedia crispada, tan característica de su autor, para lanzar dardos envenenados sobre la vacuidad imperante y campante en aquellos círculos, el endiosamiento y la actitud caprichosa que se esconde bajo esas formas sofisticadas y bohemias, los juegos de máscaras (y mascaradas) que sostienen el invento… A pesar de que el guión resulta por momentos algo deslavazado, todos esos hilos se estiran del perfil, preciso y canalla, de no pocos personajes-tipo (empresarios americanos, directores de revistas de moda, presentadores de televisión y sus guionistas, modistas de la vieja guardia y de la nueva, supermodelos, fotógrafos mediáticos, vividores del cuento de diverso pelaje, etc), y aunque Altman rehuye un análisis concienzudo y sobrio de la vertiente económica que les mantiene a ellos (y a otros) a costa de la mayoría, escarba con suficiente lucidez en la superficie por la que transita, de modo que facilita lecturas en el interlineado (la más feliz, la que tiene que ver con el clímax de la función, en la que una veterana modista francesa reacciona a la venta de su firma a una empresa tejana de botas –efectuada por su hijo a sus espaldas- presentando una colección de modelos que posan y se pasean en cueros por la pasarela).

 

Desfases

Precisamente con aquel personaje, que encarna Anouk Aimeé, su amante fallecido en un accidente (Jean Pierre Cassel), la esposa de aquél (Sofia Loren), y un amante de ésta que ha llegado de Rusia (¡!) (Marcello Mastroiani), Altman se permite otro juego, éste de sesgo sociológico y anotación cinéfila, a partir de la idiosincrasia de esos cuatro personajes, que sin dejar de participar de idéntica ácida visión, representan a una generación y a unos usos de otros tiempos, el hálito marchito del romanticismo y el glamour que existió previa la irrupción de los apabullantes métodos actuales de lo mediático.

http://www.imdb.com/title/tt0110907/

http://thecinema.blogia.com/2004/101901-pret-a-porter-1994-robert-altman-pret-a-porter.php

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/19941225/REVIEWS/412250302/1023

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LA FORTUNA DE COOKIE

Cookie’s Fortune

Director: Robert Altman.

Guión: Ann Rapp

Intérpretes: Patricia Neal, Charles S. Dutton, Glenn Close, Julianne Moore, Liv Tyler, Ned Beatty, Lyle Lovett, Donald Moffat.

Música: David A. Stewart.

Fotografía: Toyomichi Kurita.

EEUU. 1999. 111 minutos.

 

Una comunidad sureña

 

Nacido en Kansas City, Missouri, en 1925, Robert Altman siempre mostró mucha predilección por la radiografía humana de los estados sureños norteamericanos. Amén de la película que nos ocupa, es ineludible citar Nashville (1975), una de sus primeras grandes obras; en 1996 dirigió Kansas City, ópera romántico-criminal ubicada en su ciudad natal en la década de 1930, punteada por un score jazzístico de altura; el mismo año realizó Jazz’34, inédita en España, que recreaba un concierto de jazz clásico en un music-hall de la época; e incluso cabría citar que The Gingerbread Man (1998), su adaptación de una obra de John Grisham, transcurría íntegramente en en Savannah, y probablemente el mayor interés de la película residía en el tratamiento de ese espacio físico y del huracán que asola la zona, utilizado con fines expresivos. Se puede hablar de la pasión de Altman por sus fueros, pero más bien cabría ramificarlo al sustrato cultural que define aquella zona estadounidense, y decir que la pasión de Altman era la música negra, el jazz y el blues más genuínos, de cuyo imaginario se extraen muchos ítems en el dibujo de cierto estado de ánimo o tono. Y también se puede decir que las descripciones de los microcosmos rurales de Altman a menudo han servido para que el autor dejara patente su fobia por lo urbano, pues en oposición a lo que de entrañable suelen tener muchos de los personajes que pueblan las obras citadas (y Cookie’s Fortune sería un ejemplo paradigmático), las tipologías humanas que visitó de las ciudades siempre se definían por comportamientos neuróticos, enajenados y enajenantes: cabe citar al respecto, entre muchas otras, The Player y Short Cuts, ubicadas en Los Angeles,  o Dr. T & the women, realización inmediatamente posterior al filme que nos ocupa y que transcurría en Dallas, o incluso, como tesis de confrontación entre lo rural y lo urbano donde se impone moralmente los valores de lo rural y materialmente los de lo urbano, su última y bellísima película, de título tan revelador como es A prairie home companion.

 

 

Encuentros, desencuentros y equívocos

 

En el filme que nos ocupa, la Cookie del título, Jewel Mae Orcutt (incorporada por una auténtica leyenda del star-system de antaño, Patricia Neal) es una venerable y algo excéntrica anciana que no se lleva bien con su única familia conocida, sus dos sobrinas -no menos excéntricas-: la marimandona Camille y su comparsa, Cora (Glenn Close y Julianne Moore). Sí siente afecto por su nieta Emma (Liv Tyler), pero la ve menos de lo que desearía, así que su único amigo y confidente es Willis (Charles S. Dutton), un hombre de color, de gran corazón, buen bebedor (alcohólico, habría que decir), y que empeña su tiempo y esfuerzos en cuidar a la anciana. Tras la breve presentación de espacio, situación y personajes –junto a los citados, hay que añadir a diversos miembros de la pequeña comunidad de aquel pueblo del Mississippi, como los policías que incorporan Ned Beatty y Chris O’Donnell o el abogado encarnado por el veterano Donald Moffat-, se plantea la trama: Cookie está cansada de vivir, y sólo desea reunirse con su difunto marido Buck, así que planea y ejecuta tranquilamente un suicidio. El problema surge cuando su sobrina descubre su cuerpo inerte, y, por motivos presuntamente religiosos –“el suicidio es una ofensa”- decide fingir que su tía Cookie ha sido asesinada… Hay diversas opciones para abordar semejante temática, y tanto el libreto de Ann Rapp como la manufactura visual de Altman rehuyen tanto el retrato psicologista (o dramático) como los motivos típicos de una investigación policial. Bien al contrario, el filme se plantea y fluye cual comedia amable, por mucho que por momentos asome el sarcasmo o hasta el humor negro –esas sábanas llenas de sangre que Cora tragina-, y que pretende (y en buena medida consigue) dar empaque a un retrato coral, lo que se alcanza imbocando el vaudeville o el juego de equívocos (a través de la descripción hiperbólica de los personajes que encarnan Close, Moore o Donnell, y de la sensación anticlimática que resulta del tratamiento de situaciones que, per se, deberían revestir tintes dramáticos –p.ej. la detención de Willis-): aunque se trate de una investigación policial, nada parece tener demasiada gravedad en ningún instante del metraje, tal como si todo el entramado de sospechas y pesquisas judiciales (y otras referidas a elementos familiares que se dirimirán al final) estuvieran empapadas de la impostación que reviste el montaje del Salomé wilderiano que Camille prepara para su estreno la noche de Pascua. (Incluso el tratamiento del suicidio de Cookie, que antes he definido de “tranquilo”, se alcanza por la vía menos tortuosa, y tirando de otro referente cultural, éste mitológico: escuchando la definición que Willis efectúa de Helios –deidad griega del Sol-, Cookie se imagina que subirá al cielo “con un carro dorado, con alas doradas”, dejando patente su conciencia de hallarse más allá del bien y del mal).

 

 

Altman en el jardín del bien (y el mal)

 

Amén de la aguda utilización de la intertextualidad con los referentes citados (eminentemente con la obra de Oscar Wilde), Altman convoca para su rúbrica cinematográfica los elementos característicos de su cine: una puesta en escena diríase que funcional pero en la que asoma el gusto por el tratamiento sardónico de los detalles (el cartel en el que se expone “hay pescado fresco” cuando Emma lo entrega; el cinturón con útiles policiales del personaje de Chris O’Donnell, que queda enganchado en la puerta cuando el chico trata de encerrarse con Emma en un cartucho para hacer el amor; los huevos de pascua que el niño espía y que, accidentalmente, le llevan a evidenciar el destino de otros objetos menos inofensivos; el juego que ofrece el dichoso armario donde se guardan los viejos y que cierra mal; el cuenco de frutas que se rompe; las pequeñas botellas de Wild Turkey…): de simples definiciones anecdóticas supuran agudas sugerencias sobre los personajes o la trama, y en este caso (contrariamente a lo que sucedía por ejemplo en Short Cuts), ese rico anecdotario se imbrica en la identificación de lo atmosférico, en la fotografía que en imágenes va apuntalándose de un lugar donde el tiempo parece detenido (esos carteles que hacen alusión a la Guerra de Secesión), donde los conflictos raciales han dejado una compleja herencia (el “elemento familiar” de Willis) y donde la convicción de la inocencia de una persona tiene que ver con la relación de amistad previa (“Es inocente, lo sé porque he ido a pescar con él”, dice Ned Beatty en un par de ocasiones en alusión a Willis). En ese cierto sentido, Cookie’s Fortune está hermanada con una película de Clint Eastwood estrenada más o menos al mismo tiempo, la sugerente Midnight in the Garden of Good & Evil, por cuanto en ambos casos la idiosincrasia del lugar es tan marcada que acaba por tener su propia (e intransferible) lógica.

http://www.imdb.com/title/tt0126250/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.