EL HOMBRE DE MIMBRE

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The Wicker Man

Director: Robin Hardy

Guión: Anthony Schaffer, según la novela de David Pinner

 Música: Paul Giovani

Fotografía: Harry Waxman

Intérpretes:  Edward Woodward, Christopher Lee, Diane Cilento, Ingrid Pitt, Britt Ekland

GB. 1973. 86 minutos

Giro al infierno

Pieza de culto incontestable en latitudes anglosajonas –aquí también, pero menos–, The Wicker Man emerge del bullicio de la producción (modesta) de género fanta-terrorífico británico a principios de los años setenta (concretamente de una productora al borde de la bancarrota, British Lion), y del argumento de Anthony Shaffer [que por aquellos años se había significado merced de su autoría de La huella (Sleuth, 1970), posteriormente guión de la celebrada película de Mankiewicz (1972)], quien tomó como punto de partida la novela de David Pinner Ritual y escribió esta historia que propone un viaje poco menos que alucinado a una realidad socio-cultural totalmente diferente de la nuestra, diferencia que radica en el aferramiento a unas tradiciones ancestrales que se oponen a las creencias de la tradición judeocristiana y que abogan por el culto a antiguos dioses paganos de origen celta. De hecho, “el hombre de mimbre” la imagen iconográfica que da título (y subyugante clímax) a la película está extraído de una ilustración llamada “The Wicker Image” que puede hallarse en el Britannia Antiqua Illustrata, estudio publicado por Aylett Sammes en 1676 sobre tradiciones culturales y feéricas de raigambre céltica, y otras posteriores que, recogiendo referencias romanas, recogen el hecho de que semejante artilugio de mimbre era usado por los druidas  para efectuar sacrificios humanos, incineraciones.

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La película sustenta esas nociones de partida y sustancia en los lugares comunes de un argumento de suspense, y también del relato de terror que evoca un viaje a un lugar del que no hay punto de retorno: el sufrido protagonista del filme, un sargento de policía llamado Neil Howie (Edward Woodward) viaja a Summerisle, una remota isla ubicada en el archipiélagos de las Hébridas, en Escocia, para investigar la desaparición de una niña, y en el curso de esa investigación hallará indicios bastante claros de que la niña está siendo ocultada por los lugareños y será ofrecida en sacrificio en un ritual de primavera que está a punto de ser celebrado en la isla, algo que el investigador tratará de evitar por todos los medios. La gracia del asunto es que las revelaciones que van jalonando su investigación se acompasan con otras, el descubrimiento de los pulsos que rigen el comportamiento –individual y colectivo- en aquel lugar, al principio estrafalarios, progresivamente más y más hostiles y nocivos al parecer de Howie, un católico convencido –que rehusa acostarse con Willow (Britt Ekland), la camarera de la posada donde pernocta, cuando ésta se lo propone, porque cree en mantener la virginidad hasta el matrimonio (sic)- que se verá desencajado, hostigado, cada vez más solo, desnortado y progresivamente más vulnerable en este lugar donde, según le relata Lord Summerisle, el gobernante de hecho del pueblo (terrateniente del negocio de frutos que sustenta la economía del lugar, y que ejerce a su vez como suerte de druida), la comunidad se mantiene unida merced de estas otras tradiciones que no sólo dan la espalda a las creencias mayoritarias del mundo exterior, sino que resultan moralmente inadmisibles para el policía.

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Robin Hardy defiende en imágenes este retrato devorador más allá de la solvencia, con el espíritu transgresor que el material precisa. La apariencia de la progresión del relato es sin duda abrupta, se aprecia la escasez de medios en la manufactura y las servidumbres típicas de los productos de su filiación (incluyendo, por ejemplo, las concesiones nudie, alguna tan gratuita como esa imagen en la que Howie abre una puerta y se encuentra a Ingrid Pitt, quien encarna a la bibliotecaria del lugar, desnuda en la bañera), por no hablar de los poco menos que evidentes hachazos de un montaje que reduce el metraje a menos de una hora y media. Empero, la historia tiene un poderoso empaque atmosférico al que Hardy y el productor Peter Snell saben hacer justicia mediante imágenes llamativas, extrañas, que instalan lo chocante y lo malsano de forma sutil, o a través por ejemplo de esa alienante (y por ello recordada) partitura musical de motivos folk y celtas, algunas preexistentes, otras escritas por Paul Giovanni y  Magnet, que en ocasiones son interpretadas por los propios personajes. Aunque para quien esto suscribe lo más memorable son las secuencias de choque que ilustran a la perfección el motivo matriz del guión de Schaffer, que no es otro que el conflicto de ideas existente entre la religión cristiana del policía y las prácticas paganas de los isleños. Estoy pensando, por supuesto, en el rito primaveral que funciona como clímax y que nos ofrece la furiosa y dantesca solución argumental, pero también en otros inspirados momentos, como aquél en el que Willow y Howie mantienen una pugna de alta carga sexual separados por una pared –ella desnuda (aunque al parecer no es el cuerpo de Ekland sino el de una doble el que aparece en imágenes), incitándole, y él luchando patéticamente contra la tentación–, en lo que parece una prueba a la que se somete al personaje protagonista pero que también contiene, en clave crispada, los mismos términos de enfrentamiento cultural cuyo crescendo será dirimido progresivamente y catapultado a lo trágico en última instancia.