ARRÁSTRAME AL INFIERNO

Drag me to hell

Director: Sam Raimi

Guión: Sam  e Ivan Raimi.

Intérpretes: Alison Lohman, Justin Long, Lorna Raver, Dileep Rao, David Paymer, Adriana Barraza, Chelcie Ross, Reggie Lee

Música: Christopher Young

Fotografía: Peter Deming

Montaje: Bob Murawski

EEUU. 2009. 99 minutos

 

Como en los viejos tiempos

Sam Raimi comentaba en una entrevista que la inspiración de la historia procede de los comentarios que, de niño, le había escuchado decir a su madre sobre el mal de ojo. El relato, coescrito por Raimi con sus hermanos Ted e Ivan, fue confeccionado al parecer hace más de una década, y por diversas razones no pudo materializarse hasta que el propio Raimi, en la cresta de popularidad auspiciada por la saga de Spiderman, asumió la dirección de la película, algo que inicialmente no tenía previsto. Lo que Drag me to hell como filme de género fantástico nos propone queda bien lejos de los parámetros actuales del mismo. Y cerca de los postulados temáticos y estilísticos del Raimi de los primeros años, el de la trilogía de Evil Dead (Posesión infernal, 1981, Terroríficamente muertos, 1987, y El ejército de las tinieblas, 1992), Ola de Crímenes, Ola de Risas (Crimewave, 1985) o incluso Darkman (1991), superando las distancias entre las metodologías de producción más los cambios estéticos que ha traído consigo la infografía y, en relación con lo anterior, los medios económicos implicados en los proyectos añejos y éste que nos ocupa realizado en 2009. No seré el primero en celebrar este retorno a una vieja e imaginativa visión del cine fantástico, ni tampoco el primero en advertir que la decisión de Raimi de asumir la dirección de esta película puede verse como un cierto placer casi privado o respiro tras la manufactura de las carísimas, celebradísimas y para mí más bien olvidables películas (no hablo de trilogía pues no procede aquí) de Spiderman.

 

Mal de ojo

Pienso que el relato que nos plantea Arrástrame al infierno  no es débil, como a menudo se dice, sino sencillo, incluso simple en su literalidad, lo que habilita fácilmente que bajo la superficie aniden interesantes e incluso subversivos comentarios sobre cuestiones de moralidad en general y la coyuntura económica/el funcionamiento de la sociedad actual en particular. Esa simplicidad de planteamientos da lugar a una saludable carencia de ínfulas y sofisticaciones (esa retórica absurda que es mal casi endémico del cine de género comercial actual) y a un elemento aún más cabal, la mordacidad, que anida en esta mirada raimiana un poco a la manera de las últimas películas de John Carpenter, probablemente de un modo más profundo y menos afectado que en las cacareadas (al respecto) películas de Quentin Tarantino o Robert Rodríguez. La película está protagonizada por Christine, una chica que trabaja en un banco y que tiene un novio de posición económica más acomodada que la suya; su vida se debate entre el intento de medrar en su trabajo (obtener el puesto de subdirector que el jefe está rifando entre ella y otro compañero) y convencer a los padres de su novio de que es un buen partido para aquél. Todo ello se tuerce en el momento en el que una anciana indigente, la señora Ganush, llega al banco y le solicita una ampliación de su hipoteca, algo a lo que ella se niega, a pesar de sentir conmiseración por la anciana, pues pretende quedar bien ante su jefe y obtener así el ansiado ascenso. La Sra. Ganush, como represalia, lanza una maldición a Christine, que la arroja al sinsentido y al horror de pugnar contra un tenebroso y todopoderoso ser, Lamia, que pretende condenar su alma para los restos.  Convertida su vida en un progresivamente literal infierno, Christine deberá abandonar todas sus convicciones y razones y luchar por la supervivencia, ayudado por un tarotista y una vidente que tratan de deshacer la maldición…

 

Efectos Raimi

Lo primero que debe decirse tiene que ver con el tono y las intenciones del cineasta. Raimi, ciertamente a la contra, edifica su historia dejando de lado la construcción de una atmósfera densa y malsana jugando las bazas de la fotografía y la dirección artística. Siendo honesto con el relato que pretende contarnos –el molde, en realidad clásico, en el que acaece una súbita intrusión de lo fantástico/terrorífico en un entorno cotidiano–, opta por una textura neutra de la imagen y de los escenarios, a partir de la cual articula una sucesión –sólo en crescendo en los pasajes finales– de instantes terroríficos que, tanto por su brusca irrupción (y ulterior desaparición) cuanto por su hiperbólica manufactura visual, nos arrancan de cuajo de ese escenario neutro, deliberadamente anodino (deliberado en el sentido de que hay cierta ironía en su dibujo: por idéntica razón, Raimi sin duda que siente cierto placer en hacer sufrir a la protagonista) para, por así decirlo, celebrar el teritorio fantástico en el que, por vía del personaje diabólico Lamia, nos introducimos. Ello explica igualmente ese, ya conocido por los amantes del primer Raimi, desparpajo visual en la manufactura de esas eclosiones salvajes, en las que el cineasta, al tiempo que deja patente su suma habilidad en la planificación, el uso del sonido y el montaje (véase la secuencia del ataque de la Sra. Ganush en el aparcamiento), se sirve de unos efectos digitales que revelan a las claras su condición de fake, ello en sintonía con el efecto hilarante, por puro kitsch, que resultan tales situaciones. En definitiva, está claro que Sam Raimi no pretende turbarnos, sino hacernos reír, exigiéndonos, eso sí, un poco de sentido del humor macabro. A cambio nos ofrece una fábula por momentos desternillante, y con mucho más mordiente que el aparente. 

 

Paranoia

Todo lo anterior también se relaciona con el dibujo de personajes, esencialmente el encarnado por Allison Lohman, sobre el que, como ya he mencionado, Raimi siente la justa simpatía y ningún sentido de la conmiseración, pues su sufrimiento habilita nuestras risas. Al igual que el ente diabólico que emana de la maldición gitana que se cierne sobre Christine, el cineasta disfruta llevando a la protagonista contra las cuerdas de una realidad en proceso de descomposición (ello patente en diversas secuencias, como la que discurre en el banco en la que la chica ve la garra diabólica en lugar de la mano de su compañero Stu, o por supuesto la secuencia de la cena en casa de los padres de su novio). De tal modo, nos vamos instalando en una coda de paranoia que sólo cede en el pasaje climático en el que los dos espiritistas intentan exorcizar el ente diabólico, y que tiene su punto climático probablemente en la secuencia de la vela fúnebre de la anciana Sra. Ganush, de exposición tan bizarra (el cadáver que cae sobre la sufrida protagonista) como ambigua en su formulación de lo que es real y lo que es aparente, pues no sabremos si, al igual que en una ulterior secuencia onírica, todo lo que vemos no es otra cosa que una proyección subjetiva, la paranoia de Christine. Si evidente resulta, a fin de cuentas, la digresión que contiene la película sobre la carestía moral que da lugar al arribismo (y al éxito social), no es menos cierto que Arrástrame al infierno acaba penetrando, en los últimos compases (y desesperadas decisiones de la protagonista), en términos más abstractos, más universales, referidos a la vileza que anida en el espíritu humano cuando es arrancado de un entorno amable y llevado al límite. Bromas aparte, lucidez no le falta.

http://www.imdb.com/title/tt1127180/

http://rogerebert.suntimes.com/apps/pbcs.dll/article?AID=/20090603/REVIEWS/906079997/1023

http://www.sfgate.com/cgi-bin/article.cgi?f=/c/a/2009/05/29/MV3G17S753.DTL

http://www.criticaloutcast.com/2009/05/movie-review-drag-me-to-hell.html

http://www.themovierambler.com/2009/06/movie-review-drag-me-to-hell.html

Todas las imágenes pertenecen a sus autores

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