THE BLING RING

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The Bling Ring

Director: Sofia Coppola

Guión: Sofia Coppola, según el artículo periodístico “The Suspect Wore Louboutins” de Nancy Jo Sales

Música: Daniel Lopatin y Brian Reitzell

Fotografía:  Harris Savides y Christopher Blauvelt

Intérpretes:  Katie Chang, Israel Broussard, Emma Watson, Claire Julien,

Taissa Farmiga, Georgia Rock, Leslie Mann

EEUU. 2013. 93 minutos

 

Tesoro pirata en Hollywood Hills

 Aunque soy de los que desconfío de entrada, y casi por principios, del recurrente rótulo que nos dice que una película está “basada en hechos reales”, la última película de Sofía Coppola es uno de esos pocos casos en los que la aseveración es honesta y justificada. De hecho la película refiere un episodio bien peculiar (cabría decir chocante) de los anales criminales recientes de los EEUU, la historia de la banda organizada (pues hay muchas maneras de organizarse) que en aquellas latitudes fue bautizada como “The Bling Ring” (juego de palabras de procedencia slang que vendría a denominar un anillo cubierto de pedrería, alusión por tanto enfática a lo fachendoso o petulante), o también como “Hollywod Hills Burglar Bunch”, “The Burglar Bunch” o “Hollywood Hills Burglars”, formada por un grupo de adolescentes –la mayoría, chicas– que durante medio año entre 2008 y 2009 se dedicaron a colarse en la casa de diversos famosos –Paris Hilton, Lindsay Lohan, Orlando Bloom…– y robar de forma caprichosa diversos objetos de valor (dinero en metálico, relojes, ropa, bolsos, zapatos…) hasta que una cámara de vigilancia ayudó a identificar a diversos de ellos, que fueron detenidos y llevados ante la justicia, donde tuvieron que responder por una defraudación económica cifrada en más de tres millones de dólares. Sofia Coppola comprendió a la perfección que en esos singulares delitos -cuya peculiaridad procede, por supuesto, de la naturaleza de los robos y la idiosincrasia y ralea socio-cultural tanto de sus perpetradores como de sus víctimas– existía un precioso potencial radiográfico sobre razones de funcionamiento socio-cultural que atañen a las jóvenes generaciones, amén de un comentario de fondo bien revelador sobre la estraficación social que es asumida por los propios poderes públicos, y también por la ciudadanía, en aquel país.

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Basada en hechos reales en su definición auténtica, sí. ¿Pero acaso ello significa que Coppola nos entregue una suerte de crónica docudramática sin mayor ambición que la objetiva y presuntamente informativa? Para nada, y además salta a la vista. Huelga recordar que si hay un tema que atraviesa la completa filmografía de la hija de Francis Coppola, desde Las vírgenes suicidas (1999) a Somewhere (2010), pasando por Lost in Translation (2003) y María Antonieta (2006), ése no es otro que el afán retratista de los pulsos de la juventud, retrato de vocación entre psicologista y de fuga lírica, que a menudo se focaliza en un determinado contexto (la procedencia de un status socio-económico alto) que, es de fácil pronóstico, resulta cercano a las vivencia propias de la cineasta. Lo que sucede es que en ese íter filmográfico hay una diferencia sustancial entre los mecanismos narrativos que en sus inicios se plegaban a la identificación espiritual, anímica, con los jóvenes personajes (representativos o no) que protagonizaban los relatos, y en cambio en los últimos títulos, y con mención específica aquí, Coppola asume y propone una distancia evidente con los personajes y comportamientos que describe, lo que no revierte en un déficit de precisión analítica, antes bien lo contrario. En The Bling Ring Coppola no pasa a ejercer de juez y censora de los actos de los teenagers delincuentes que protagonizan los hechos que se narran, pero tampoco los justifica ni defiende: trata de levantar acta de sus motivaciones, y somete los mismos a un estudio en profundidad de vis sociológica y cultural dejando al espectador asumir las conclusiones.

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La película recordará al espectador en diversos aspectos constancias discursivas nada alejadas a la más o menos coetánea Spring Breakers (Harmony Korine, 2012), y es clara heredera, incluso en cuestiones de tono y estructura, de la muy interesante Bully (Larry Clark, 2001), si bien en ambos casos emerge una diferencia sustantiva de raíz que tiene que ver con  el diferente statu quo económico de los protagonistas de esas dos películas –de procedencia clase media-baja– respecto a ésta –clase media-alta–, y, sólo en parte en relación con ello, esas constancias discursivas emergen en los casos de las películas de Clark y Korine de plasmaciones hiperbólicas y sustantivos viscerales, virulentos, que en cambio en The Bling Ring ceden el lugar a una narración que se oxigena de forma más bien inversa, y que progresa sin aspavientos dramáticos ni tintas cargadas en las posibilidades corrosivas, infinitas, que ofrece lo que se narra. El de Sofia Coppola es un cine que se suele caracterizar por la construcción de imágenes estilizadas que alambican atmósferas a menudo subjetivas y que sugieren las texturas dramáticas por encima de los diálogos, y en The Bling Ring esa forma de narrar se mantiene vigente, aunque da la neta sensación que Coppola se halla aquí, en cada secuencia, cada plano, cada imagen, pletórica de expresividad y capacidad para la sugerencia, razón por la que las posibilidades sugestivas de la película trascienden –ni que sea por su constancia traducida en virtuoso pulso rítmico merced tanto del pulido guión como del no menos depurado montaje– en positivo los resultados –en general nada desdeñables– del corpus fílmico precedente de la realizadora.

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Hay, como antes comentaba, mucho jugo en el relato de esos robos cometidos por adolescentes alocados que, con tanta inconsciencia como impunidad (por ejemplo, eran reincidentes: parece ser que llegaron a colarse en el domicilio de Paris Hilton… ¡hasta siete veces!), y lo cierto es que Coppola –autora asimismo del guión de la película– centra los términos a la perfección para que el espectador pueda extraer ese jugo. La presentación de personajes y motivaciones es modélica en su sencillez y hábil gestión de la información que se va entregando al espectador, mostrando a los teenagers en sus hábitats cotidianos, manteniendo conversaciones mínimas que los ilustran, y utilizando sin abusar una voz over que, al erigirse en la confesión de los hechos que, sabemos, espera al final de la historia, va potenciando la dinámica del devenir dramático, que se va a focalizar muy escrupulosamente en los actos delictivos de los personajes, dejando en segundo término las consideraciones específicas sobre el contexto familiar de los mismos [si bien la película se detiene en mostrar el aparentemente sosegado, realmente desquiciante ambiente específico de uno de los hogares de los protagonistas, concretamente el de Nicky (Emma Watson, por cierto espléndida) y su hermana adoptiva Sam (Taissa Farmiga)], y relegando del todo los condicionantes dramáticos que nos alejan de ese epicentro del relato (las relaciones sentimentales o el elemento de la sexualidad, elementos que a menudo resultan motrices en las películas de corte temático semejante). Y ello es porque Coppola sabe perfectamente lo que quiere narrar, lo que le interesa principalmente, y no termina siendo otra cosa que la fascinación devenida en fetichismo que estos alelados jóvenes sienten por las pertenencias de esos famosos; fascinación que emerge del continuo martilleo al que los mass-media someten a esos jóvenes, presionando, moldeando, quizá secuestrando su personalidad en aras a una uniformidad de pensamiento que se sostiene sobre los aspectos superficiales y banales de las vidas de esos famosos, y que por ende y supuesto debe ser superficial y banal. No es ocioso, al respecto, que una de las codas visuales de la película radique en mostrar cómo esos jóvenes se fotografían o cuelgan fotos en el facebook repitiendo poses, apariencias de comportamientos, mimetizados de esos personajes que tienen idealizados y a quienes, colmo de la ironía, roban para identificarse mejor con ellos.

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El indudable fuste como cineasta de Coppola se revela en la diestra y nada acomodada capacidad que lo visual tiene para lo descriptivo –v.gr. el plano-secuencia con la cámara inmóvil, casi pictórico, que nos muestra el opulento salón decorado con tonos apastelados de una de las protagonistas a punto de ser detenida– o para lo sintético –esa magnífica elipsis que nos muestra cómo las puertas de la sala de vistas judicial se cierran al inicio y se abren al final del juicio, revelando así una inversión de términos: tras revelar los actos privados de los personajes, la vista pública que los enjuicia se escatima al espectador–. Su notable labor como guionista, se ha apuntado ya, se revela en la concisión de planteamientos que alcanzan densidad de contenidos. Su personalidad más reconocible tras las cámaras queda perfectamente patente en los estudiados, bien inseridos planos subjetivos que revelan ese caudal de fascinación/fetichismo que los objetos robados despiertan en los jóvenes –Marc (Israel Broussard) grabándose a sí mismo en primer plano cantando una canción a lo popstar, ataviado con un objeto que ha robado; Becca (Katie Chang) probándose, ello capturado en solemne ralentí, no un perfume de la misma marca que el de Lindsay Lohan, sino el mismísimo frasco de perfume que usa la actriz–. Pero su potencia expresiva nos cautiva esencialmente en esas estudiadas composiciones visuales (magníficamente fotografiadas por el malogrado Harris Savides –a quien en los créditos iniciales se dedica la película– y quien le sustituyó, Christopher Blauvelt) que nos muestran las idas y venidas nocturnas de los protagonistas por las empinadas calles de Hollywood Hills, a las puertas o por los jardines de las casas que van a asaltar, imágenes que vienen a sugerir ese hálito de ensoñación que en última instancia embarga a los jóvenes delincuentes en el acto de colarse en las casas de los famosos, o más bien ens sus vidas, vidas que quieren imitar, como así en efecto hacen a través de sus posesiones… Francis Coppola, a la edad de cuarenta y cuatro años, nos evocaba la juventud a través de imágenes míticas, elegíacas y altamente románticas en el excepcional díptico conformado por Rebeldes (1983) y La ley de la calle (1983). Su hija Sofia Carmina, a una edad pareja, cuarenta y dos años, en The Bling Ring nos habla igualmente de jóvenes, pero para proponernos una ensoñación de bien distinta ralea, rayando en lo pornográfico, y arbitrada por aterradoras constancias sociológicas. El talento puede heredarse, pero como le decía Michael Corleone a su madre en un pasaje de El Padrino, Parte II (1974), “los tiempos cambian”.

 

http://www.imdb.com/title/tt2132285/?ref_=nv_sr_1

MARIA ANTONIETA

 

Maria Antoinette.

Director: Sofia Coppola.

Guión: Sofia Coppola

Intérpretes: Kirsten Dunst, Jason Schwartzman, Judy Davis,

Rip Torn, Asia Argento, Danny Huston, Molly Shannon, Steve Coogan.

Fotografía: Lance Accord

Montaje: Sarah Flack

EEUU. 2006. 110 minutos.

 

         Sofia, auteur

          Con mucha mayor clarividencia que la laureada obra previa de Sofia Coppola –Lost in translation-, el visionado de Maria Antoinette patenta dos circunstancias cabales que nos indican la condición autoral de la hija del mítico realizador: la primera es que hace buena aquella máxima que dice que a lo largo de su filmografía un realizador siempre dirige la misma película, y la segunda es que la directora de The Virgin Suicides está aprendiendo, a pasos agigantados, a sintonizar los recursos cinematográficos –lo que podríamos rebajar a decir “la forma”- con sus propósitos textuales.

 

 

 

Desorientación

 

         Por partes. Todas las películas de la Coppola convienen en una esencia discursiva que habla de la desorientación adolescente, de los sentimientos abiertos que eclosionan con entornos fríos y herméticos, siempre con una mirada que no se pretende tanto realista –ni siquiera behaviourista– cuanto aferrada al subjetivismo con un punto lírico. En su opera prima llevaba sus intenciones al extremo relatado en la obra de Jeffrey Euginides, y en la mentada Lost in translation, quintaesencia de una historia de soledad, se pretendía –y conseguía en parte- transmitir esa cerrazón en la que anidaban destellos de una tímida pasión. Sin embargo esta otra gran historia sobre la soledad en la que en definitiva se erige esta Maria Antoinette me recuerda más poderosamente a otra obra que no dirigió Sofia, sino su padre, pero que ella argumentó: el capítulo –para mi gusto, más bien paupérrimo, en términos de resultados cinematográficos- Vida sin Zoe de la Trilogía de Nueva York que codirigió Francis Coppola con Scorsese y Woody Allen: el entorno de opulencia sirve en ambos casos para trazar un laberinto del que la protagonista –¿alter ego de la guionista/realizadora?- no tiene noticia, pero que el espectador conoce a la perfección, y también en ambos casos la narrativa se propone de espaldas a ese laberinto que podríamos llamar realidad, o en el caso concreto de Maria Antoinette, Historia. Precisamente me parece esa cuestión la que mejor revela la audacia de Sofia Coppola al encarar esta película: servirse de un celebérrimo personaje y una encrucijada histórica por todos conocida para trazar una narración de espaldas a esa Historia, permitiendo al espectador (o hasta obligándole) de este modo a que se detenga en el que es objeto de su tesis del primer al último segundo del filme: la vida y sentimientos a flor de piel de una adolescente que vive en un palacio de cristal, que es absolutamente alérgica a la realidad porque no la llega a asir ni sentirse parte de ella jamás. Es fácil confundir ese axioma narrativo con cierta empatía –posh, o como diríamos aquí, “pija”- por el personaje histórico, pero quien esto suscribe halla en esa “perspectiva” de Sofia Coppola muchos elementos que se hallan mucho más allá de esa visión reduccionista.

 

Forma y fondo

 

Y no se trata sólo de lo que dé de sí en términos discursivos esa visión tan personal sobre un tapiz (excusa) histórico (reconocible), sino del modo en que se capturan en imágenes las pulsiones emocionales de María Antonieta –por cierto, excelente Kirsten Dunst-, del modo en que se va erigiendo la narración, en la que la forma alienta el fondo. Si Maria Antoinette es sin duda la mejor película de Sofia Coppola es precisamente porque se produce esa fusión virtuosa, y las imágenes transmiten con la mayor afinación ese discurso. La puesta en escena aprovecha con sumo talento el entorno refinado en el que se encauza (rodado el filme on location, en el Palacio de Versalles), y toda la película promueve un interesante juego entre el la personaje protagonista y el encuadre que sostiene sus actos, que también son sus sentimientos, pero también sus valores, sus valías y sus flaquezas espirituales. Las opciones escenográficas trascienden así –sin dejar de serlo- lo estético, y nos hablan del descubrimiento de la obligación y la devoción, del amor y del odio, y, a la postre, en ese desenlace lacónico y brillante, de la sobrevenida imposibilidad de redención. Es cierto que el ritmo de la obra flaquea un tanto en su segmento central, y es porque quizá la Coppola reincide demasiado en los elementos con los que peviamente ha sabido encauzar el ritmo de la función –v.gr. los juegos de repeticiones con el montaje, la utilización de la música-. Pero ello no puede empecer el innegable atractivo de una película consagrada a una idea y llevada al extremo con un talento que por momentos se revela soberbio, cuyo despacho visual no titubea en emparejar lo cartesiano y lo naïf, ofreciendo en definitiva al espectador un raudal de propuestas de lo más imaginativas, imaginación que tiene tanto de voluntarioso como de genuino. De artístico, por supuesto.

 

http://www.imdb.com/title/tt0422720/

http://www.sonypictures.com/homevideo/marieantoinette/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

LOST IN TRANSLATION

 

Lost in Translation

Director: Sofia Coppola.

Guión: Sofia Coppola

Intérpretes: Bill Murray, Scarlett Johansson, Akiko Takeshita, Giovani Ribisi, Diamond Yukai, Ana Faris.

Música: Kevin Shields.

Fotografía: Lance Acords

EEUU-Japón. 2004. 107 minutos.

 

De lo fashion

 

Contrariamente a la (fungible) tendencia de la crítica-con-vistas-a-los-Oscar, no encontré en el visionado de esta película en su estreno mayores fundamentos para la alabanza de la tarea de la hija menor del maestro Coppola. Después el boca-oreja de una ciudad como Barcelona, tan tendente a ensalzar ciertas opciones estéticas bajo ínfulas pedantes, se encargó de alzar el filme al pedestal de la crême. Por si acaso, la revisé en DVD cierto tiempo después, y mi opinión no cambió un ápice. Y, ojo, que reconozco que la opera prima de Sofia Coppola, The virgin suicides –con la que esta Lost… mantiene evidentes concomitancias-  sí fue en su día santo de mi devoción, porque aprecié sobremanera la desazón y el nihilismo escondido bajo esa puesta en escena de resonancia naïf, y su ulterior Maria Antoinette me pareció una película espléndida. Así que supongo que dejo sin argumentos a cualquiera, incluso a mí mismo.

 

 

 

De las posibilidades expresivas

 

Con Maria Antoinette, obra a todas luces mucho más redonda, no voy a compararla, pero volviendo a pensar en The Virgin Suicides –que era un filme tan afectado como en el fondo ejecutado con valiosa libertad creativa-, sólo puedo decir que la idiosincrasia formal que diera la medida de esa carta de presentación de Sofía Coppola aquí parece medrar en la caja de resonancias de la puesta en escena de esta historia de un breve encuentro de dos almas igual de perdidas en un país extraño, y la propuesta, argumentalmente interesante, acaba corriendo serio peligro de perderse en su propio ombligo en diversas ocasiones, dando con ello al traste con lo que sería un tempo narrativo coherente y sobretodo con las posibilidades expresivas. Así, las ínfulas esteticistas de la Coppola, la vacuidad de ciertas pretensiones visuales, y los paupérrimos diálogos entre los dos protagonistas, desmerecen otras soluciones de narración de todo punto estimulantes –pienso, por ejemplo, en la secuencia del karaoke, en el sketch de Murray en la filmación del anuncio de whisky, o en la conversación telefónica de éste con su esposa con el muestrario de tapices dispersados por el suelo-, pero que se difuminan en la irregularidad, caprichosa, de una película que acaso sólo encuentra su sentido en un desenlace entre la sobriedad y la convención. Lo mejor, sin duda, las interpretaciones del gato viejo Murray y de su precoz comparsa, Scarlett Johansson –poco antes de convertirse en mujer-florero-, que encuentran lo que la película tanto echa en falta: el justo equilibrio del lirismo.

http://www.imdb.com/title/tt0335266/

http://www.rottentomatoes.com/m/lost_in_translation/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.