THE READER (EL LECTOR)

 

The Reader

Director: Stephen Daldry.

Guión: David Hare, basado en la novela de Bernhard Shlink

Intérpretes: Kate Winslet, David Kross, Ralph Fiennes, Bruno Ganz, Lena Olin, Alexandra Maria Lara, Matthias Habich.

Música: Nico Muhly

Fotografía: Chris Menges y Roger Deakins

EEUU-Alemania. 2008. 120 minutos.

 

 

Hare, Daldry, Cunningham y Schlink

 

La tercera película de Stephen Daldry se emparenta muy directamente con su opera prima, y deja en otro plano de personalidad la celebrada (y peor de las tres películas) Billy Elliott. Como en The Hours, el guionista David Hare utiliza como punto de partida sustratos literarios de altura (allí, la obra de Michael Cunningham que se había alzado con el Pulitzer pocos años antes de la realización del filme, aquí la también laureada novela de Bernhard Shlink), y el filme no oculta, antes bien exhibe, el siempre difícil (aunque también a menudo innecesario, o revelador de falta de cualidades cinematográfica) afán de pormenorizar en imágenes pulsiones que son mucho más propias de la literatura. El mero hecho de que lo haya detectado ya supone un punto a favor de Daldry, significa que ha conseguido ilustrar la novela de Schlink. Como en The hours, el juego con el tiempo es convencional pero complejo (quiero decir que no propone experimentos o manierismos estructurales, pero tampoco sigue las reglas más o menos establecidas del flashback: en The hours fusiona el avance narrativo de tres historias paralelas –que deben convergir en un discurso- y en The Reader se desdoblan en tres periodos distintos los tiempos de un flash-back inicial que, por lo demás, no acota el argumento desde el final, pues los acontecimientos continúan tras instalarse en ese presente). Las dos obras, para terminar el parangón, nos ofrecen relatos marcados por una aura de fatalismo que proviene de una belleza, perdida o nunca obtenida, pero que reúne en cualquier caso los elementos de la entelequia, y, en consecuencia, el desarrollo de los acontecimientos tiene un peaje dramático más allá de las situaciones concretas que detalla, en el propio planteamiento de los términos narrativos y de los personajes (atiéndase aquí al pasaje que deberíamos catalogar de “luminoso” del relato: el romance fogoso entre el adolescente y la taquillera del tranvía; ni siquiera en esos primeros compases nos libramos de cierto pesar en el ambiente, sea por el comportamiento a menudo distante de Hanna –excelente Kate Winslet – o por las inseguridades que ello genera en Michael).

 

Amor tras tiempos de guerra

 

En The Reader, condensando en lo cinematográfico ese rico flujo discursivo que se halla en las buenas novelas, se habla de muchas cosas, aunque las más destacables –pues guían la narración-  sean sólo dos: por un lado, una historia de amor febril convertido en estigma sentimental a lo largo de una vida (esto es, el halo romántico); el otro, relacionado con el aprendizaje/profesión de Michael, una mirada a los conflictos éticos que la sociedad alemana de la posguerra (a cierta distancia: los juicios que se visualizan en el filme transcurren en 1966: veintiún años después del final del conflicto) tuvo que afrontar para (empezar a) digerir su responsabilidad como pueblo en una de las peores atrocidades (y la más famosa) del siglo XX, el genocidio del pueblo judío llevado a cabo por los nazis. Habrá espectadores a los que les parecerá interesante, sugestivo o enriquecedor que les planteen diversos temas y conflictos (unos morales, otros espirituales) y éstos queden abiertos, irresolutos como los sentimientos que nos acompañan a lo largo de una vida; habrá otros a los que no les agradará que se activen tantas teclas narrativas para después dejarlas sin eco, esperando a que sea el propio receptor de la información quien conjeture (también habrá el amante de los aspavientos dramáticos, que se quedará con una dosis que en este relato podría haber sido muy generosa, y por suerte al gusto de quien suscribe, no lo es). En cualquier caso, la razón por la que considero que The Reader es una película digna de interés es porque esos dos temas principales (que, ya he dicho, guían la narración) colisionan con extraña lógica y contundente fiereza: el pasado siempre está volviendo durante el metraje del filme para separar a los dos amantes, para recordar que la diferencia entre ellos no tenía que ver sólo con la edad, sino también con la barrera entre generaciones (Michael nació, cavilo, justo al terminar la guerra); de este modo se abre la vía a una lectura en la que la descripción sociológica o histórica encuentra un fuelle en lo íntimo y lo lírico.

 

El consuelo de la literatura

 

Esa idea y su implementación en el libreto de David Hare son tan brillantes que casi cabría quitarle mérito a Daldry: la puesta en escena sirve para albergar el tono contenido de la película, pero no enfatiza de modo especialmente brillante lo que se plantea en el guión. Daldry se apoya bien en la labor fotográfica (obra de dos operadores de solvencia contrastada: Roger Deakins y Chris Menges), presta atención al bien ejecutado encourage de los directores artísticos, se concentra en la pericia de los actores, y, con el apoyo de la montadora Claire Simpson, ensambla la sucesión de fragmentos que van alargando y congestionando la trama y que al final la liberarán. Pero es que probablemente no hace falta mucho más para consignar lo que The Reader consigna sobre los sentimientos, la culpa, el miedo y la frustración, sea por los propios actos o por el peso de la historia que los abruma. Si buscamos un valor añadido, lo encontramos en los pasajes en los que aparecen los libros leídos o por leer, pasajes en los que Daldry esmera sus encuadres/da vigor al montaje, bien consciente de que en su presencia, en el seno de las palabras escritas por Gotthold Ephrain Lessing, D. H. Lawrence, Hergé, Mark Twain, Homero, Dostoievsky o sobretodo (por la importancia que el filme otorga a ese texto) Antón Chéjov, habita la única vía para atravesar las barreras y para encontrar la paz, pues su contenido es el único asidero emocional de los personajes, el que los mantiene a salvo de su circunstancia. Ellos, los grandes escritores, están a buen cobijo de las inclemencias de la historia. Que son inmortales, todos deberíamos saberlo. Aunque siempre es hermoso que alguien nos lo recuerde.  

http://www.imdb.com/title/tt0976051/

http://www.rottentomatoes.com/m/reader/news/1797418/rt_interview_reading_the_reader_with_stephen_daldry

http://www.aintitcool.com/node/39380

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.

LAS HORAS

 

The Hours

Director: Stephen Daldry.

Guión: David Hare, basado en la novela de Michael Cunningham.

Intérpretes: Nicole Kidman, Meryl Streep, Julianne Moore, John C. Reilly, Toni Collette, Allison Janey, Ed Harris, Stephen Dillane.

Música: Phillip Glass.

Fotografía: Seamus McGarvey

EEUU. 2002. 107 minutos.

 

        Prosa sobre prosa

 

        Michael Cunningham es el autor de la novela The Hours, complejo y a la postre intenso, brillante (amén de laureado, se alzó con el Pulitzer en 1999) intento de efectuar prosa sobre prosa (sea o no poética) en consideración a una figura literaria de la enjundia Virginia Woolf. Obra que aúna inteligencia y talento para canalizar una obsesión literaria de forma que devenga homenaje, la obra de Cunningham reunía a tres personajes/situaciones/contextos históricos distintos –uno de ellos, la propia escritora, otra, una mujer casada que vive en uno de esos suburbios residenciales middle-class iconográficos de los años cincuenta, y la tercera una editora que está enamorada de un poeta enfermo, en la actualidad- para sembrar como leit motiv narrativo el espíritu, contenido o trascendencia de la obra de Woolf en su tiempo y posteridades.

 

 

       

Talento y oportunidad

 

        Para ser justos, casi cabría cualificar de proeza el hecho de realizar una película con semejante material de partida, máxime en el caso de un cineasta como Stephen Daldry, cuyo bagaje cinematográfico previo se limitaba a la (muy distinta) Billy Elliott. Pero el realizador afrontó el proyecto con talento y oportunidad. Talento porque logra lo más difícil: la fluida síntesis de tres pasajes narrativos (que se articulan de un modo que no puede parangonarse a la convencional mezcla de historias, sino que obedecen a un patrón superior, invisible, lírico, que es el que otorga el tono narrativo, su dramatismo y, claro, su sentido). Oportunidad porque el solvente guionista David Hare sabe pulir el sustrato literario de Cunningham con el temple suficiente para ofrecer una justa mesura a un relato basado a menudo en la omisión, sin por ello traicionar la trascendencia con la que Cunningham desgranaba los avatares vitales de escritora y escritos.

 

       

       

Trascendencia literaria

 

        Apoyado en ese más que estimable auxilio de Hare (a quien, como también sucede en la ulterior The Reader, cabe otorgarle una cuota de autoría superior a la media en el resultado del filme), Daldry se convierte en avezado ilustrador, y ejecuta con precisión rítmica y tonal esta suerte de melodrama de corte clásico, utilizando la música como metrónomo y nexo entre las secuencias paralelas, enhebrando con esmero los montajes paralelos o encadenados que constante todo el metraje encajan los segmentos que componen la tríada argumental. La puesta en escena, elegante, se matiza de forma poderosa merced de los embates interpretativos del impresionante reparto, del cual destaco (sin ánimo de agravio para el resto del excelente plantel) a Julianne Moore y Ed Harris. Unos y otros nos ofrecen una película que ofrece ya desde su propio título un febril carpe diem, y que, bajo su envoltorio inopinadamente tan amargo (tanto como el pulso vital de la literata, el final de cuya vida, el suicidio en el río, no por casualidad se plasma en la primera secuencia de la película), pretende y logra reflexionar en palabras y –en las mejores ocasiones- en imágenes (sobretodo, el fragmento protagonizado por Moore, John C. Reilly y Toni Collette) sobre algo tan sutil, difícil de encapsular, como el sentido de una creación artística, su vida propia (v.gr. las secuencias en las que Virginia, totalmente abstraída de su compañía, mantiene un debate interno, decidiendo qué curso tomarán los acontecimientos de la novela que escribe: aunque no la escuchemos, sabemos que la señora Dalloway habla con ella), o el modo en que afecta al ánimo, sentimientos y actos de los receptores de la misma. Quién sabe si fue para librarse del trasfondo tan infausto del texto, de la vida y obra de Virginia Woolf, que en su ulterior The Reader Daldry y Hare nos hablaran de nuevo de literatura, pero esta vez como fuente de amor, paz y equilibrio en medio del caos. Está claro el parentesco que mantienen las dos obras, en The Reader se continuará escarbando, y desde un prisma diría que opuesto (aquí estamos en la quieta intimidad de la existencia humana, allí bajo el peso de los horrores de la historia) en los mismos temas que dan razón de ser a esta The Hours.

http://www.imdb.com/title/tt0274558/

http://classiclit.about.com/od/woolfvirginia/a/aa_mrsdalloway_2.htm

http://www.slate.com/id/2076387/

Todas las imágenes pertenecen a sus autores.